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posguerra en Kosovo Itziar Mujika Chao

3. El conflicto desde la perspectiva de género

En Kosovo existe una larga tradición patriarcal que se ha visto reforzada durante las varias etapas del conflicto, es decir, el periodo de resistencia civil noviolenta, el propio conflicto armado y la posguerra.

Como hemos visto, la resistencia civil noviolenta en la década de 1990 tuvo como objetivo principal lograr para Kosovo el estatus de república dentro de la Federación de Yugoslavia. Desde su inicio y en todos los niveles, las mujeres fueron participantes activas del proceso, tanto a través de las principales organizaciones que promovieron la noviolencia (LDK, CDDHL

y Madre Teresa) como en las organizaciones independientes de mujeres que comenzaron a crearse en ese período.

En 1990, antes de la creación de la LDK, diversas mujeres establecieron la Asociación Independiente de Mujeres (AIM) con el fin de defender los derechos de las mujeres y hacer oír sus voces en el marco de los cambios políticos que estaban desarrollándose en el territorio. Casi alrededor de 1.300 mujeres se unieron a esta iniciativa. Sin embargo, la organización no se inscribió de forma oficial, ya que varias representantes de la misma votaron a favor de unirse al LDK en una reunión celebrada en Pristina en la que participaron una treintena de mujeres17. Como resultado, todas las mujeres que habían decidido

integrarse en la AIM se unieron a su vez al Foro de Mujeres (Women’s Forum) creado en el seno de la LDK y, por tanto, se adhirieron a este partido político.

La participación de las mujeres en la resistencia civil noviolenta a través de la LDK fue difícil, ya que el partido atribuyó al Foro de Mujeres responsabilidades consideradas “secundarias”. Entre tanto, la dirección del partido, formada en su gran mayoría por hombres, gestionaba el movimiento de resistencia civil y el funcionamiento de las estructuras estatales paralelas. La directiva del Foro de Mujeres no participaba en la dirección de la LDK, a excepción de la líder Edita Tahiri. Por lo tanto, la LDK como pilar principal de la resistencia civil, seguía una clara jerarquización patriarcal de prioridades: el objetivo principal era la independencia, y solo después llegarían los derechos de las mujeres.

Aquellas que se opusieron a la unión con la LDK, junto a otras que se distanciaron del partido más tarde fruto del descontento con sus políticas respecto a las mujeres, acabaron formando diversos grupos y organizaciones independientes. Este hecho supuso un acto de rebeldía y de resistencia ante la LDK y el proyecto que esta promovía.

El activismo de las mujeres en esos grupos y organizaciones independientes se articuló en torno a tres cuestiones básicas que han caracterizado su trayectoria: el bajo nivel educativo de las mujeres y niñas; el sexismo en la documentación de las violaciones de derechos humanos, que omitía referencias a las violaciones de los derechos de las mujeres; y los servicios de salud para mujeres y niñas, que eran casi nulos hasta entonces.

17 Entre las mujeres que votaron en contra de unirse a la LDK se encontraban las principales promotoras de la AIM.

En primer lugar, los niveles de analfabetismo entre las mujeres y las niñas eran muy elevados, sobre todo en el ámbito rural. Con el fin de aumentar su nivel educativo, así como el de la población en general, diversos grupos de mujeres se concentraron en hacer frente a este problema.

En segundo lugar, si bien las violaciones de derechos humanos eran constantes tanto contra hombres como contra mujeres, las iniciativas para denunciar estos hechos únicamente registraban los ataques contra hombres: las mujeres no aparecían en los archivos con nombre y apellidos, sino como hermanas, hijas o madres de hombres. Así, los grupos y organizaciones de mujeres independientes comenzaron a documentar las violaciones de los derechos de las mujeres. Esto permitió dar a conocer el nivel de violencia contra ellas en varios sentidos. Por ejemplo, una investigación llevada a cabo por el Centro para la Protección de Mujeres y Niños/as reveló que un 50% de las mujeres había sufrido violencia por parte de las fuerzas armadas serbias en sus propios hogares (cuando habían ido a detener a sus familiares), pero también que un 30% de las mujeres sufría violencia en el ámbito privado y familiar. Esta investigación fue fuertemente contestada por la LDK, que acusó a los grupos de mujeres de anteponer los derechos de estas a la independencia de Kosovo.

Por último, las mujeres organizadas de forma independiente comenzaron a ofrecer servicios de salud para mujeres y niñas, ya que, sobre todo en las zonas rurales, estos servicios eran muy escasos o inexistentes. Esta labor permitió que algunas mujeres viajaran a Pristina, la capital, para hacerse chequeos de salud y, a su vez, encontrar espacios donde intercambiar información, hablar y/o desarrollar su activismo junto a otras mujeres.

Así, la participación de las mujeres durante el proceso de resistencia civil noviolenta estuvo atravesada por la dicotomía género-nación. Por un lado, la presencia de las mujeres en la LDK era alta, aunque en un rol secundario; antepusieron su identidad albanesa y sus objetivos nacionales a su identidad de género. Asumieron que el horizonte del movimiento de resistencia civil era la independencia y que los derechos de las mujeres y/o la mejora de su situación llegarían junto con esta, o se tratarían después.

Por otro lado, las mujeres que participaron en la resistencia civil noviolenta a través de organizaciones independientes antepusieron su identidad de género a su identidad nacional; no se oponían al objetivo de la independencia, pero entendían que los derechos de las mujeres debían ser defendidos en ese proceso. Estas llegaron a ser definidas por parte de la LDK como traidoras al

partido y al proyecto nacional. Con todo, eran conscientes de la importancia de lo nacional como vía para llegar a otras mujeres en el territorio, sobre todo en las zonas rurales: “Tuvimos que acceder a las mujeres a través del concepto de nación”; “Utilizamos el concepto de nación, pero nuestro objetivo principal eran los derechos de las mujeres”.

La aparición del ELK y la intensificación del conflicto armado llevó a las mujeres activistas que hasta entonces se habían dividido en dos claros espacios –en el proyecto por la independencia unas, y en la priorización de los derechos de las mujeres otras–, a unir sus fuerzas en contra de la guerra y a favor de la reactivación del proceso de resistencia civil noviolenta . Así, el estallido del conflicto afectó a la acción colectiva de las mujeres, aunque no la detuvo: trabajaron intensamente tanto dentro como fuera del territorio (en campamentos de población refugiada o desde otros países).

La imagen más conocida de las mujeres en el conflicto armado de Kosovo ha sido la de víctimas y, en gran medida, sus roles de género han girado en torno a los cuidados (Luci, 2002: 5). Con todo, las mujeres no fueron solo víctimas; muchas de las que permanecieron en el territorio participaron en la guerra de forma activa, bien como combatientes o colaboradoras en el ELK, bien luchando a favor de la paz.

La participación de las mujeres en el ELK fue mucho menor que la de los hombres, aunque no por eso menos importante. Aunque la cifra exacta de mujeres guerrilleras se desconoce, según los archivos del ELK son 300 las que se inscribieron de forma oficial (KGSC, 2008: 108), mientras que tras fuentes elevan esta cifra a 857, un 3,33% del ELK (IOM [2000], citado en KWN, 2011: 73). Junto a las mujeres que tomaron las armas, su participación en la guerrilla también se llevó a cabo a través de otras vías: un número elevado trabajó en servicios de información y comunicación, en asistencia médica, en el reparto de alimentos, etc., sobre todo en entornos rurales.

A su vez, muchas mujeres fueron activas constructoras de paz durante la guerra, defendiendo el alto al fuego y promoviendo el diálogo entre las partes enfrentadas. En ese contexto, destaca la labor que realizaron las mujeres en los campamentos de población refugiada (Luci y Krasniqi, 2006: 217). Por ejemplo, se organizaron para protestar contra la falta de seguridad y los ataques que sufrían a pesar de la fuerte presencia internacional18.

18 Una de las protestas más llamativas se organizó bajo el lema “You don´t really care about us”, al ritmo de la conocida canción de Michael Jackson.

La acción de las mujeres durante la guerra también se centró en la defensa de las mujeres víctimas de violencia sexual. De hecho, el conflicto armado de Kosovo se caracterizó, al igual que otros conflictos de la ex Yugoslavia, en particular el de Bosnia Herzegovina, por la utilización de la violencia sexual contra las mujeres como un arma de guerra (HRW, 2000). El número de mujeres víctimas de esta violencia es aún desconocido (Wareham, 2000: 67); según organizaciones locales, fueron alrededor de 20.000 (Ahmeti, 2010: 77), pero otras organizaciones sitúan la cifra entre 10.000 y 45.000 (HRW, 2000; KWN, 2008: 14)19.

En la cultura albanokosovar la violación sexual contra las mujeres se interpreta como un ataque no solo contra las mujeres, sino contra toda la comunidad. Es decir, los hombres también se sintieron víctimas porque hombres de otra etnia habían atacado a “sus mujeres” y ellos habían sido incapaces de protegerlas, interpretándolo como un ataque “contra su masculinidad” (Luci, 2002: 5-6). Además, esta violencia contra las mujeres se asoció a ataques contra el honor de las familias (Ahmeti, 2010: 78) y de la propia comunidad étnica. Por ello, en la mayoría de casos este crimen quedó silenciado, lo cual explica también la falta de datos precisos sobre su alcance.

La violencia sexual contra las mujeres en Kosovo tuvo varios rasgos (Wareham, 2000: 61-66): a) el objetivo principal era la limpieza étnica de la población de origen albanés; b) los perpetradores identificados fueron en su gran mayoría miembros de la policía y/o paramilitares serbios; c) las mujeres eran separadas de los hombres y recluidas en fábricas, mezquitas, escuelas u otro tipo de edificios públicos, normalmente en grupos, donde además de sufrir continuas violaciones sexuales, eran obligadas a cocinar y limpiar para los soldados; d) normalmente las violaciones se perpetraban en grupos de entre dos y doce hombres; y e) las violaciones eran “brutales”: además de violaciones en grupo, se utilizaban drogas para que las víctimas no recordaran lo sucedido; quemaban, herían, cortaban o tatuaban con símbolos nacionalistas serbios partes de los cuerpos de las mujeres (pechos, genitales, cara, etc.), y en otros casos directamente las asesinaban. La violencia sexual contra las mujeres fue premeditada y planeada (HRW, 2000; Ahmeti, 2010), y se acompañó del intento de borrar las pruebas: “Quemaron todas las pruebas 19 Conocer la cantidad exacta de mujeres que fueron víctimas de violencia sexual es prác-

ticamente imposible, ya que muchas de ellas fueron asesinadas y pocas de las que sobre- vivieron lo denunciaron. Según Wareham (2000: 67), podría realizarse una estimación a través del número de nacimientos, abortos y abandonos de bebés, pero esta cifra volvería a quedarse lejos de la realidad.

de los crímenes destrozando las evidencias a través de la operación de ‘tierra quemada’”20 (Ahmeti, 2010: 78).

Durante casi una década tras la guerra, la sociedad kosovar en general adoptó una estrategia de “aparente amnesia colectiva” (Di Lellio, 2016: 13) en torno a la violencia sexual contra las mujeres. La fuerte tradición patriarcal en la zona ha tenido una influencia directa en ello. Por un lado, las mujeres supervivientes guardaron silencio y únicamente hablaron de ello en ámbitos muy privados, de mucha confianza y bajo acuerdos de confidencialidad. Por otro, la nueva élite política –local e internacional– ignoró durante años la cuestión, afianzando y reproduciendo el silencio generalizado. Además, al acabar la guerra se produjo un brusco aumento de la violencia en el entorno familiar (Corrin, 2003: 190; KWN, 2007: 5; Kelmendi, 2014: 18) y un notable incremento del tráfico de mujeres (Istrefi y Qosaj-Mustafa, 2009), junto al hecho de que estas tuvieron un menor acceso a la economía formal y, en general, a los recursos de la sociedad. En ese contexto, para las mujeres la posguerra estuvo marcada por una “paz muy frágil” (Corrin, 2003: 190).

En el nuevo espacio socio-político tras la violencia armada, tanto la reconstrucción del territorio como la construcción de la paz han estado protagonizadas oficialmente por hombres. Los lideres locales, divididos entre la Liga Democrática de Kosovo de Ibrahim Rugova y el Partido Demócrata de Kosovo liderado por Hashim Thaçi y demás antiguos miembros del ELK (como hemos visto, casi en su totalidad hombres), ocuparon todo el espacio público (Krasniqi, 2009)21, caracterizándose su actuación por la exaltación de

los valores masculinos y la privatización de los valores femeninos.

Debido a la influencia en Kosovo de las instituciones y organizaciones internacionales, y en el marco de la aparición de nuevos partidos políticos, la Resolución 1325 de las Naciones Unidas sobre Mujeres, paz y seguridad adoptada en 2000 ha sido la principal herramienta del movimiento de mujeres para defender la igualdad de género y su participación activa en la reconstrucción (Eifler y Seifert, 2009; Lynne, 2009). Sin embargo, en la práctica ningún organismo gubernamental ni internacional ha tenido en cuenta dicha Resolución, alrededor de la cual ha prevalecido el desconocimiento, de su propia existencia y/o de cómo implementarla (KWN, 2011).

20 “Schorched earth” en inglés, concepto con el que se quiere hacer referencia a la destrucción de cualquier tipo de pruebas mediante la quema del territorio en el que los militares o para- militares habían cometido crímenes.