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El deseo metafísico como enfermedad endémica

2. DE LA INDIVIDUALIDAD A LA INTERDIVIDUALIDAD

2.4. El deseo metafísico como enfermedad endémica

La afirmación de la propia diferencia no es una novedad de la modernidad. En El

Chivo Expiatorio, Girard afirma que la exaltación actual de la diferencia no es más

que la expresión abstracta de una perspectiva común a todas las culturas (Girard, 1986, 32). Todo sujeto tiende a sentirse «más diferente» de los otros que los demás, así como en cada cultura existe una tendencia a imaginarse a sí misma como la más diferente de todas. Es el orden cultural el que mantiene en los

individuos el sentimiento de “diferencia”. Sin embargo, ahora que pretende

liberarse de la influencia de los demás, es cuando más miméticos se tornan los sujetos. La mímesis solamente ha conseguido ser disimulada. Entre tanto, el deseo metafísico se ha intensificado y se ha multiplicado en todos los espacios. Todos los sujetos están expuestos al inminente contagio de la enfermedad ontológica, pues mientras más desean la diferencia, más se imitan entre todos. El sujeto es educado para desear el ser, pero no tiene los mecanismos para resistirse a la mímesis y a la rivalidad porque siempre han ocultado. Los

“individuos” son sujetos que han sido preparados para el contagio como si desearan alcanzar lo mejor. En palabras de Spinoza, “los hombres luchan por su esclavitud como si se tratara de su libertad” (2007, 282).

El contagio generalizado de la enfermedad ontológica no hace de ella una enfermedad epidémica, sino más bien endémica. Girard nos muestra que, tanto en las sociedades arcaicas como en las modernas, el contagio de la enfermedad ontológica es generalizado. Sin embargo, en las crisis miméticas arcaicas, el contagio generalizado tenía el mecanismo sacrificial como forma de restituir la calma. Las interferencias miméticas eran distribuidas de forma divergente, adelantándose a las posibles rivalidades entre los sujetos. Las prohibiciones previenen el contagio en el futuro, evitando llegar a las crisis miméticas (Girard, 2010a, 270). En tal caso, el contagio sería epidémico, porque cuando las prohibiciones no pueden prevenir el contagio generalizado, éste tiende siempre

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hacia la crisis sacrificial. En cambio, en las sociedades modernas, el contagio siempre está presente porque el mecanismo mimético encuentra en el deseo el medio para reproducirse (Girard, 2010a, 270). La paradoja implicada en el mecanismo mimético es que los seres humanos persiguen el deseo; la enfermedad ontológica es deseada. La verdad del deseo está oculta a los ojos de los sujetos y no pueden evitar rivalizar.

En Acerca de las cosas ocultas desde la fundación del mundo, Girard y sus

interlocutores nos muestran que el surgimiento del deseo no coincide con los procesos de hominización, puesto que la mímesis de apropiación está presente incluso en varias especies animales. El deseo se produce cuando las interferencias del deseo no tienen los obstáculos que las disipen. Es decir, el deseo humano solamente se produce cuando la mímesis es incentivada por medio de la descomposición cultural y de las prohibiciones religiosas. Cuando se eliminan las barreras exteriores - las cuestiones religiosas o culturales- se

expande el deseo, “dando fruto a su maravillosa inocencia”, una inocencia que no previene ni advierte las escaladas miméticas. Girard sostiene que “cuanto más se

imaginan los hombres que realizan sus utopías del deseo, esto es, cuanto más abrazan sus ideologías liberadoras, más trabajan en realidad por el

perfeccionamiento de ese mundo competitivo que los ahoga”. E insiste: “lejos de

advertir su error, siguen su camino y confunden sistemáticamente el obstáculo

exterior del entredicho con el obstáculo interior de la pareja mimética” (Girard, 2010a, 271).

Todo sujeto está expuesto al contagio porque el deseo metafísico se ha puesto ante todos como un horizonte liberador; pero en vez de esto, lo único que hace es exasperar las rivalidades. Al oponerse a las prohibiciones, es decir, a los mecanismos de protección, los sujetos encuentran obstáculos ahora en sus semejantes. Las interdicciones religiosas y sociales eran obstáculos pasivos, pues operaban de igual modo para todos los sujetos; por el contrario, el otro que se

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torna rival es un obstáculo activo y feroz. Cada sujeto está interesado, no solamente en satisfacer su deseo, sino al mismo tiempo en obstruir a sus rivales. Ambos se condenan mutuamente, porque la reproducción recíproca de los obstáculos va socavando internamente a ambos sujetos.

El deseo está ligado al debilitamiento duradero de la violencia fundadora. A su vez, su dinámica es la de una crisis mimética que ha sido extendida y desacelerada en el contexto histórico individual (Girard, 2010a, 273). El deseo surge en medio de las relaciones miméticas cuando no hay una resolución victimal ni unas polarizaciones capaces de suscitar esa resolución; sin renunciar a la mímesis, pero sin resolución sacrificial, los sujetos se encuentran con la forma subterránea de los síntomas psicóticos que aparentan ser individuales. (Girard, 2010a, 273).

Por otro lado, el derrumbamiento de los mecanismos sacrificiales no ha impedido que se generen nuevas víctimas. La modernidad sigue produciendo víctimas, pero el sacrificio no tiene ya el fin de restituir la paz perdida. Antes, las prohibiciones que controlaban el contagio mimético eran los únicos obstáculos. En la modernidad, los obstáculos se encarnan en los mismos sujetos. Los obstáculos ya no son externos, sino que se producen en medio de las relaciones miméticas. Los sujetos se obstaculizan mutuamente. Las víctimas son producidas por la rivalidad mimética que intenta ir destruyendo progresivamente los obstáculos del deseo. Así, los sujetos que padecen el contagio del deseo, tienen dos salidas: o enfrentarse progresivamente a sus obstáculos, a fin de afirmar su propia diferencia, o disimular su deseo para no exasperar la rivalidad. Ambas decisiones conducen a la frustración pues ni la perseverancia ni el disimulo del deseo conllevan a su satisfacción. Si el sujeto ha tomado la primera vía, encontrará que se ha esforzado demasiado, pero que su vacuidad ontológica no se ha saciado. Si

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tomó la segunda opción, no habrá hecho más que diferir la rivalidad recíproca; no habrá renunciado al deseo, sino aplazado su persecución.