II. NOTAS PARA UNA LECTURA HISTORICA DE “MISTER WITT EN EL CANTON”
3. El discurso del inglés pendiente de su personalidad:
La cabeza de Jorge Witt es, sin duda, una de las que Sender hubiera hecho volar, empujada por la tromba, en La noche de las cíen cabezas, si hubiera dispuesto ya del personaje. Ahora, en las páginas de Mister Witt en el Cantón, lo hace venir de Inglaterra para situarlo en la Cartagena de 1873 como antítesis de la “hombría” que prevalece al otro lado de su balcón. Personalidad frente a hombría: el lector ha advertido ya que otra vez, como en el caso del discurso de la revolución, nos encontramos ante la necesidad de buscar en La noche de las cien cabezas — novela publicada, recordemos, apenas año y medio antes del momento en que Sender emprende la redacción de la historia de Mister Witt— el antecedente inmediato de este otro discurso que nos disponemos a abordar ahora. Ello pone de manifiesto, una vez más, la profunda coherencia interna del universo novelesco de Sender, tal y como va desarrollándose a lo largo de los años treinta. Esta coherencia resulta aquí tanto más notable cuanto que las dos novelas mencionadas —la de 1934 y la de 1936— parecen responder a modelos novelísticos aparentemente muy distintos.
Creo, sin embargo, que el personaje central de Mister Witt representa fundamentalmente la personificación y reducción a prototipo del conjunto de caracteres psicológicos y morales que definen, en La noche de las cien cabezas (es
decir, en el pensamiento filosófico del Sender de 1934), una determinada forma de civilización: precisamente aquella forma de civilización destinada a ser aventada por la tromba revolucionaria en la novela recién mencionada. El hecho de que Sender haya superpuesto esta abstracción filosófica —la “personalidad”, en el sentido que nuestro novelista da a tal vocablo— precisamente sobre un determinado tipo humano —un ingeniero inglés inmerso en la civilización victoriana—, es un aspecto del discurso que exigirá de nosotros una atención diferenciada.
La contraposición entre “personalidad” y “hombría” constituye, como es sabido, una de las principales claves en la concepción del hombre y de la sociedad que va cobrando progresivo desarrollo en la mente del Sender de los años treinta. En cuanto se refiere a La noche de las cien cabezas, tenemos la fortuna de disponer de un buen análisis de la contraposición indicada, llevado a cabo por Manuel Béjar en un artículo que he citado más arriba. No dispongo aquí de espacio para repetir y glosar las observaciones de este crítico, ni tampoco para exponer las que yo añadiría a su razonamiento. He de limitarme, pues, a remitir al lector al artículo de referencia, en la seguridad de que encontrará en él un buen punto de partida para acercarse a la fisonomía moral y psicológica del personaje que Sender situó en el centro de su historia cantonal. Cuando Béjar, utilizando esquemas y conceptos de Max Scheler, sistematiza los componentes de la actitud individualista en que se manifiesta la “personalidad” senderiana, tenemos la impresión de encontrarnos ante una especie de certera prefiguración de nuestro personaje. Así el resentimiento, piedra de toque que decide, para Sender, “la salud moral del hombre o su estado
pecaminoso”, y que el lector de Mister Witt encontrará presidiendo omnímodamente
la referencialidad del inglés con respecto a la sombra de Froilán Carvajal; recuérdese, como culminación y símbolo de este resentimiento, la patética venganza de Witt contra la urna que contiene la venda ensangrentada de aquél, al final del capítulo X. Así el sentido defensívo-ofensivo en las relaciones con el prójimo que manifiestan tantas actitudes y comportamientos del inglés en su relación con Antonete Gálvez (cap. VII), y más frecuentemente con Milagritos. Así el predominio de la observación analítica sobre la apreciación intuitiva y sintética, que centrará la reflexión en soledad de Mister Witt, un momento antes de arrojar al suelo violentamente la urna con la venda (cap. X), y que preside un carácter
fundamentado “sobre la jerarquía social de la ciencia”; de una ciencia en la que Witt
no ha comprometido sino “su espíritu de asimilación para ordenar una serie de
conclusiones empíricas”. Así la consideración del mundo como objeto, por encima de
su contemplación como don, tan explícitamente manifestada por el siniestro Witt que deja transcurrir el tiempo mientras llega, inexorable, el momento del fusilamiento de Froilán (cap. VIII): “He aquí la naturaleza —se decía—, sin otra misión que esclavizar
a esos hombres (a los labriegos), embriagar de infinito a otros (Carvajal, por
ejemplo) y ser dominada por unos pocos (por él)”. Así la tendencia a “medir las diferencias de nivel entre nuestro ser y el de los demás y a tomar las medidas pertinentes a la situación competitiva que surja de tal comparación”; tendencia bien visible en la posición asumida por Witt frente a Carvajal, frente a Gálvez, frente a Turner o al redactor del Times: en el fondo y de manera radical y continuada, frente a la explosión de humanidad que ve prevalecer al otro lado de los cristales de su balcón y, dentro de su misma casa, en el talante de Milagritos.
Así, en fin, esa conciencia de muerte que Béjar subraya como particular objeto de la atención de Sender entre todas las manifestaciones del egotismo, y que Sender parece desplazar aquí a la personalidad del médico Binefar, sin que deje de manifestarse, por otra parte, en el mismo Mister Witt. La verdad es que, después de este inventario —para el cual me he atenido estrictamente, repito, al esquema
scheleriano movilizado por Béjar para encuadrar las referencias concretas de la “personalidad” según Sender—, queda poco que añadir a la semblanza psicológica y moral de nuestro protagonista. Sin otra pretensión que la de completar un tanto las coordenadas filosóficas a que pudiera responder la forja de Jorge Witt como personaje novelesco, quisiera recordar aquí la reacción antisprangeriana que parece manifestar un texto de comienzos de 1933 publicado por Sender en La Libertad. Se trata, precisa Collard, de “su primer texto importante sobre la novela”, y en él habla Sender de la hombría “sin decir en qué consiste exactamente; habla de «la posición simplemente humana» y del «hombre integral» (por oposición a «lo espiritual», «lo intelectual», «lo artístico»)”. “Indicaciones, prosigue el critico citado, que se
precisarán en textos ulteriores”, especialmente en La noche de las cien cabezas y en El novelista y las masas, para lograr pleno desarrollo en “el ambicioso conjunto teórico que aparece en La esfera”. La verdad es que resulta difícil no relacionar esa
fragmentación del hombre en proyecciones diferenciadas, frente a la que reacciona Sender en nombre del “hombre integral”, del hombre a secas, con la clásica distinción de Spranger entre seis tipos ideales básicos de la personalidad: homo
theoreticus, homo aestheticus, homo politicus, homo oeconomicus, homo socialis, homo religiosus. Es difícil encontrar “puros” estos tipos; lo corriente es encontrar
personalidades mixtas en las que coexistan dos o más de estos últimos, aunque siempre habrá uno que predomine y que defina la clave de la personalidad, orientándola hacia una u otra “forma de vida”.
La dificultad estriba, por el momento, en establecer los canales a través de los cuales tuvo lugar la recepción, en el pensamiento de Sender, de estas ideas de Spranger; que yo sepa, la primera edición española de Lebensformen no verá la luz hasta 1935; pero ello no constituye argumento decisivo frente a las numerosas posibilidades que un periodista, ateneísta y lector incansable, como Sender, pudo tener a su alcance para saber lo que se estaba cociendo en la filosofía alemana desde, por lo menos, diez años antes. Lo cierto es que, a partir de la construcción de Spranger, resulta inteligible esa definición indirecta de la hombría como algo que corresponde al hombre “en plena puridad, sin la corrupción de la vieja personalidad adquirida y pegadiza”, y Collard glosa así la concepción de Sender:
La religión, la sociedad, la economía forman, crean y exaltan al individuo que se edifica una personalidad. Pero a medida que la edifica tiende a diferenciarse de los demás, se aleja de su calidad consubstancial, la hombría. Este hombre está aislado, es vulnerable, torturado por su soledad y su insuficiencia.
En fin, creo, por mi parte, que Mister Witt será ni más ni menos que este hombre, convertido en personaje novelesco.
Un hombre cuya personalidad dejará sobriamente trazada Sender ya desde las primeras páginas de su novela:
Amaba la firmeza de las categorías de Aristóteles, la seguridad fatalista de Carlyle, el boato de la corte inglesa, la geografía, la arquitectura e incluso la idea de Dios (...) Aunque lo firme, lo seguro, lo que le apasionaba era la ciencia, dominando a la materia a través no de inspiraciones divinas, sino de experiencias y de cálculos hechos sobre la realidad; un hombre cuya suprema aspiración personal consistía en alcanzar, algún día, el collar de miembro de número de la Royal Society of Science
(cap. 1).
Si cediéramos a la tentación de intentar definir la personalidad de Witt en términos sprangerianos, quizá hubiéramos de decidirnos por una mezcla del homo oeconomicus y del homo theoreticus, con predominio del primero. Ya hemos visto que su devoción por la ciencia no era desinteresada; se trataba de dominar a la
materia mediante cálculos y experiencias basados en la realidad; en el capítulo octavo Witt se contará a sí mismo entre los pocos privilegiados que tienen por misión dominar la naturaleza, sin dejarse esclavizar por ella como los labriegos, ni dejarse embriagar de infinito por ella, como Carvajal. La autodefinición como homo theoreticus brotará, en cambio, de una reflexión acerca de su propio carácter en contraste con el del cónsul Turner (cap. X); encontrará fundamentado aquél “sobre la
jerarquía social de la ciencia”, una ciencia en la que reconoce no haber
comprometido sino “su espíritu de asimilación para ordenar una serie de
conclusiones empíricas. Y también estaba dando la vida (dedicando toda la vida) a esas conclusiones empíricas”. En el fondo, lo que está a punto de cuestionarse el
inglés en aquel momento es la misma pregunta que formula el cráneo del profesor de provincias, “a grandes voces”, en el decisivo capitulo XXII de La noche de las cien
cabezas: “¿Han vivido ustedes, señores míos?”. Pero la crispación sobrevendrá
cuando compare esta desviación monolineal y estéril de su carácter con la “humanidad” que percibe en torno:
«Estuvo contrastando todo aquello con la pujanza bárbara de aquellos
caracteres, ebrios..., ¿de qué? De humanidad.
Esa era la cuestión. Y es entonces cuando Mister Witt, asomado al abismo del contraste entre personalidad y hombría o humanidad, “estuvo más a punto que
nunca de desdeñarse a sí mismo”. Saldrá del paso cerrando su imaginación “como un diafragma”, cogiendo entre sus manos la urna que contiene la venda de Froilán,
alzándola sobre su cabeza y arrojándola al suelo violentamente. Es evidente que el narrador ha querido dotar de la mayor fuerza expresiva —y del más intenso simbolismo— al momento en que su personaje cobra conciencia plena del papel que le corresponde en el drama forjado por aquél.
Por superficial y fragmentaria que haya debido ser mi referencia a la teoría senderiana de la personalidad, creo que queda suficientemente indicada la procedencia de la solitaria, compleja, atormentada “persona” que protagoniza la historia de Mister Witt en el Cantón. La crítica ha insistido mucho en la calidad del análisis psicológico que revelan tanto la fisonomía del personaje como su evolución a través de la novela; la profundidad y finura de tal análisis se corresponde bien con el carácter casi obsesivo que la reflexión sobre tales problemas —la personalidad y la hombría— hubo de revestir en el Sender de aquellos años. La pregunta inmediata que nos sale al paso es la de la procedencia del concreto e individualizado tipo humano en el cual estimó Sender adecuado encarnar el esquema antropológico abstracto que, para él, definía la “personalidad”. Dicho en otras palabras, la pregunta sería ésta: ¿por qué, puesto a dar forma de personaje de carne y hueso al conjunto de caracteres psicológicos y morales definitivos de una “personalidad”, vino a escoger Sender precisamente a un ingeniero inglés llamado Jorge Witt, inmerso en la civilización victoriana que corresponde a su tiempo, casado con una lorquina llamada Milagritos Rueda, y residente en Cartagena por los días del Cantón?
Es muy probable que el punto de partida de tal personificación radicara en la creencia, por parte de Sender, de haber sido el inglés, en su versión victoriana, la más perfecta y acabada encarnación histórica de esa referencialidad anuladora de la espontaneidad vital en que estriba la necesidad de singularización, de afirmación egocentrista de la “personalidad”. Sabemos que Sender no tenía, en 1935, un conocimiento directo de la realidad británica: “cuando escribí la novela yo no sabía
una palabra de inglés”, confesará en 1968, al explicar el divertido lapsus ortográfico
deslizado en la primera edición. En consecuencia, hay motivos para suponer que Sender se estaba ateniendo ni más ni menos que a un estereotipo muy difundido en la España —y en la Europa— de anteguerra, al concebir los trazos generales, en lo
físico y en lo psicológico, de su Mister Witt. En otro lugar he mencionado, como ejemplo de esta imagen del inglés-tipo —tan sumaria como injusta—, la que encontramos en las páginas de la Novísima Geografía Universal de Onésime y
Elisée Reclus, traducida y prologada por Vicente Blasco Ibáñez:
Los ingleses son inventivos, aficionados a las aventuras (...) Son personales hasta llegar al egoísmo; violentos y predispuestos a la injusticia, a la grosería brutal, a la crueldad: orgullosos, y su orgullo suele convertirse en arrogancia; prudentes, y su prudencia se aproxima mucho a la hipocresía; inquietos, y su inquietud se convierte en horror a la vida, tedio antojadizo y suicidio.
Por cierto que no nos extrañaría encontrar la obra de los Reclus entre las lecturas de un intelectual revolucionario del tiempo de Sender, dado el prestigio de que aquéllos disfrutaban en los medios anarquistas.
Por lo demás, es evidente que la estampa de Jorge Witt que nos ofrece la novela guarda más semejanza con la imagen a que acabo de referirme que con la traza personal de otros dos ingleses de carne y hueso que nos han salido al paso al hilo de nuestro recorrido por la biografía del Sender de aquellos años. El primero de estos dos ingleses es Mr. Carrow Ashley Cooper, “caballero inglés aclimatado a
estos ámbitos mediterráneos”, ingeniero de ferrocarriles casado con una hermana de
Joaquín Arderius, a cuya posible influencia en la gestación del personaje novelesco de Mister Witt aludo en el capítulo siguiente de esta introducción. En cuanto al otro, hubo de ser nada menos que George Borrow, autor de La Biblia en España, libro que nos consta frecuentó Sender mientras redactaba su reportaje sobre Casas Viejas. Nada en la persona de aquél parece anticipar la fisonomía novelesca de Jorge Witt, excepto el nombre; cuando leemos en la nota preliminar de don Manuel Azaña a su traducción del libro de Borrow que este último llegó a ser popular en España “con el nombre de don Jorgito el inglés”, no podemos dejar de pensar en ese “Mister Güí” conque el pueblo cartagenero castellanizó, a su manera, el apellido del marido de doña Milagritos, erizado de uves y de tes. Pero hay algo harto más profundo en el libro de Borrow que bien pudo influir en la gestación de la estructura novelística de Mister Witt: la presentación de una sociedad y de una civilización meridionales desde la óptica de una personalidad inmersa en una civilización ajena, precisamente la inglesa. El recurso encerraba grandes posibilidades, y es preciso reconocer que Sender supo sacarle partido a lo largo de su narración.
Porque, efectivamente, el contraste entre Mister Witt y el ambiente popular que lo circunda, sí traduce desde el fondo de los significados novelescos esa contraposición entre “personalidad” y “hombría” típicamente senderiana, no deja de manifestar también, de una manera harto más plástica e inmediatamente visible, un contraste de civilizaciones. Detrás del proceso revolucionario, detrás del pueblo movilizado para la defensa del Cantón, hay todo eso que recoge el vívido reportaje de una ciudad y que Sender quiso injerir en su narración: la cultura popular que se manifiesta en el habla, en la canción, en la fiesta, en las formas de vida cotidianas, en el talante colectivo de las gentes, en la sensibilidad aguzada para determinados valores, en el horizonte utópico y en las motivaciones para la lucha.
Ni Milagritos ni Antonete Gálvez comparecen en el relato como individualidades cerradas en si mismas, sino como seres humanos en estrecha comunión con un ambiente, con un peculiar estilo de civilización que nuestro novelista ha hecho gravitar, de manera más o menos inmediata y explícita, sobre la “hombría”. Observación análoga cabe hacer en lo que se refiere a Mister Witt; el narrador ha hecho un esfuerzo por presentarlo ante nosotros bien arropado en signos y nociones de su propia civilización: desde los objetos y recuerdos que se
acumulan en su despacho, hasta una referencia pormenorizada y viva a sus lecturas y a sus clásicos. Todo un contexto de civilización burguesa y victoriana que brindará al ingeniero inglés de la Maestranza de Cartagena no sólo pautas de comportamiento, sino también un plano referencial inmediato para esa competitividad sostenida que alimenta el despliegue de la “personalidad”. Y es así como la historia de Mister Witt en el Cantón deja entrever, página tras página, un contraste de civilizaciones, que en algunos lugares de la novela se manifiesta explícitamente. La civilización a que corresponde la personalidad de Mister Witt queda esbozada en el cuerpo de la narración con trazo firme, y ello en tres planos que el narrador armoniza sabiamente. En el primero de estos tres planos encontramos inventariado el conjunto de objetos que pueblan el despacho del inglés, haciendo de este cuarto de trabajo una especie de enclave británico y victoriano situado en el corazón de la ciudad meridional. La descripción es sistemática, azoriniana, y va recorriendo lienzo tras lienzo de pared a través de distintos momentos de la novela. Sobre cada uno de los objetos consignados recae una inequívoca significación, que viene a relacionar cada faceta de la personalidad y del carácter de Witt con una dimensión específica de la civilización victoriana. El cuadrito que representa la coronación de la reina Victoria y su posición central trasuntan, no sólo el amor de Mister Witt por el boato de la corte inglesa, sino también la incardinación del cíves britannicus en un imperio más ancho, poderoso y culto que su país de residencia. La religiosidad victoriana, puritana y formalista, pudo sentirse representada iconográficamente en el cuadrito de Cromwell. En cuanto a la radical devoción de Witt por la ciencia, hay que contar con el “magnífico barómetro” colocado tras el sillón del inglés, dando a su hogar “una solidez social formidable”. Por lo demás, bueno será advertir que el cientificismo de Witt se proyecta desde una perspectiva técnica, con la finalidad de dominar la materia; no desde planteamientos doctrinales o especulativos: es significativo que Darwin no figure en el pequeño