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El Egipto cristiano

In document Historia de Los Egipcios (página 115-125)

Persecución

La expansión del cristianismo en los primeros siglos del imperio no fue del todo fácil, ni se llevó a cabo sin oposición. Había varias religiones que competían entre sí: el culto imperial oficial, las religiones mistéricas griegas, y los ritos egipcios de Serapis y de Isis. Todos ellos existían ya, y continuaron existiendo.

La más influyente de todas ellas era el mitraísmo, una religión de origen persa que era, en la práctica, una forma de culto del sol. Sus primeras manifestaciones comienzan a aparecer en Roma en tiempos de Augusto y de Tiberio. Un siglo más tarde, en tiempos de Trajano y de Adriano, llegó a ser verdaderamente prominente, y quizá la más popular de las nuevas religiones. Quien observase el Imperio Romano hacia el 200, podía creer fácilmente que si había una religión que iba a predominar en el futuro en Roma, ésta era el mitraísmo, y no el cristianismo.

Pero el mitraísmo tenía un inconveniente fatal. Sólo los hombres podían participar en sus ritos. Las mujeres, al verse excluidas, solían volverse hacia el cristianismo, y eran éstas las que criaban a los niños e influían en ellos cuando se trataba de elegir una religión.

También se daba una fuerte competencia entre versiones consolidadas de las viejas filosofías griegas, y en esto desempeñó un papel importante Plotino, de origen egipcio. Había nacido en el 205 en Licópolis, ciudad a sólo cincuenta millas al sur del lugar donde una vez se levantó la desventurada ciudad de Ijnaton, en tiempos de Ajetaton. Estudió en Alejandría y elaboró un sistema filosófico basado en las enseñanzas del filósofo ateniense Platón, pero que iba a ampliarse, en buena medida, en la dirección de las nuevas religiones: se trataba, en efecto, de algo así como una fusión entre la racionalidad griega y el misticismo oriental, una fusión que se llamaría neoplatonismo y que habría de convertirse en la más popular e importante de las filosofías paganas en los dos siglos siguientes.

De todas las religiones y filosofías del imperio, el cristianismo era la más exclusivista, si pasamos por alto al judaísmo, que hacia esta época había perdido mucha importancia. Las demás religiones carecían de verdaderos deseos de imponerse por la fuerza a los demás, conformándose con competir deportivamente en el mercado libre de las ideas. En oposición a todas ellas se hallaba el cristianismo, que rechazaba todo compromiso y que se consideraba la única religión verdadera, enfrentada a un hato de falsedades inspiradas por el diablo.

Era profundamente irritante para los no-cristianos el hecho de que la hostilidad de los cristianos no impedía a éstos apropiarse de lo que estimaban útil en otras religiones. Así, el mitraísmo celebraba el 25 de diciembre como día del nacimiento del sol, que era una fiesta popular y alegre. Los cristianos la adoptaron como día del nacimiento del Hijo, y lo convirtieron en la Navidad. El cristianismo adoptó también como propio mucho de lo que en realidad era neoplatónico.

Además, los cristianos de los primeros tiempos del Imperio Romano eran profundamente pacifistas, y rehusaban combatir por la causa de emperadores paganos (en especial porque, como soldados, se les exigía que participasen en el culto del emperador). Por su parte, sostenían que sólo si el imperio se convertía al cristianismo, la guerra desaparecería y se instauraría la sociedad ideal.

Todo esto hizo a los cristianos extremadamente impopulares para los fieles de las demás religiones (que solemos meter en el mismo saco con el nombre de «paganos»).

Ya había habido persecuciones de cristianos en los primeros tiempos, sobre todo bajo Nerón y Domiciano, pero habían sido relativamente breves y no demasiado duras. Ahora, en el período de caos que siguió al asesinato de Alejandro Severo, cuando el imperio se halló enfrentado a graves problemas, se intensificó la búsqueda de una cabeza de turco, y nadie

mejor, para ello, que un grupo de extremistas impopulares que predicaban ideas pacifistas radicales.

Alrededor del 250, el emperador Decio ordenó la primera persecución total y general de cristianos, extendida a todo el imperio, por lo que durante casi un decenio los cristianos atravesaron una gravísima crisis. Dos cosas los salvaron.

En primer lugar, que los cristianos estaban tan fanáticamente convencidos de la verdad absoluta de sus creencias que muchos se mostraban dispuestos a morir por ellas, seguros de merecer la felicidad eterna en el cielo a cambio de una muerte como mártir en la tierra. La firme actitud de numerosos cristianos al hacer frente a la tortura y a la muerte era algo impresionante, y muchos de los testigos presenciales debieron de convencerse, sin duda, del valor de una creencia que llevaba la lealtad a tales extremos. No hay duda de que las persecuciones hicieron más cristianos de los que mataron.

En segundo lugar, que las persecuciones no duraron el tiempo suficiente ni se llevaron a cabo tan completamente como para exterminar al cristianismo. Siempre, a un emperador perseguidor le sucedía otro más moderado, y, siempre, el trato duro en determinada provincia se compensaba con una relativa flexibilidad en otra.

Así, en el 259, Galieno se convirtió en emperador. Era discípulo de Plotino, que entonces enseñaba en Roma, y el neoplatonismo predicaba la tolerancia. Plotino creía que la verdad no debía ser impuesta por la fuerza, y que la falsedad podía combatirse con argumentos razonados. De ahí que la presión sobre el cristianismo se aliviase.

Con todo, el decenio de persecuciones dejó su marca. Muchos obispos fueron asesinados y, en Alejandría, Orígenes fue tratado con tal violencia que, aunque no murió, su salud se vio afectada seriamente. Se retiró a Tiro, donde murió en el 254.

Asimismo, a un período de relajamiento seguía siempre otro de renovadas persecuciones, y durante casi cien años los cristianos no pudieron sentirse realmente seguros. En Egipto se dio una respuesta a este período de persecuciones que introdujo un nuevo elemento en el modo de vida cristiano.

La respuesta fue el retiro.

Existía ya un precedente. El judaísmo había tenido siempre una veta ascética, y la austeridad que algunos creían necesaria para honrar mejor a Dios era más fácil de observar alejándose de las tentaciones del mundo. Hubo judíos que se retiraron al aislamiento para poder llevar una vida de frugalidad y renuncia, consagrada a la adoración de Dios. Los retiros se efectuaban en solitario, como hizo Elias en el siglo IX a. C, o en grupos y comunidades, como en el caso de los esenios en tiempos de Roma.

Durante las persecuciones estos ejemplos atrajeron la atención de los cristianos. En efecto, el retiro de Elias se debió en parte a su deseo de salvarse de las persecuciones de Jezabel, reina de Israel, y los esenios hallaron la salvación en el aislamiento cuando los Macabeos, los Herodes y los romanos hicieron difícil la vida para las sectas judías más estrictas.

¿Por qué no habían de retirarse los cristianos, pues? El mundo era perverso; era mejor abandonarlo. Vivir en el mundo significaba estar expuesto continuamente a las torturas de los perseguidores paganos y a la constante tentación de abandonar el cristianismo para salvar la vida. En el desierto se podía estar solo para salvar el alma.

La situación era tal en Egipto que el retiro solitario resultaba más atractivo que cualquier otra cosa. El desierto no estaba lejos, era solitario y se vivía en paz, y en él no había fríos inviernos, ni aparatosas tormentas o ventiscas. La vida podía resultar sencilla y sin problemas.

El primero de los que decidieron retirarse fue un egipcio llamado Antonio. Había nacido hacia el 250, y al llegar a los veinte años, decidió emprender una vida ascética. En el 285 llegó a la conclusión de que ésta sólo podía llevarse a la práctica lejos de las continuas

tentaciones de la vida social, y se retiró al desierto.

La fama de su santidad y piedad comenzó a ser conocida y muchos decidieron imitarlo. Cada año cierto número de personas huía del mundo pagano para ir al encuentro de Dios cristiano en el desierto egipcio, que pronto se vio salpicado por numerosas ermitas solitarias en las que los ermitaños practicaban una vida austera. Sin embargo, ninguno superó la fama de Antonio, y se multiplicaron las leyendas sobre las tentaciones a que se veía sometido por el demonio y de las que salía siempre triunfante. Se cree que llegó a la avanzada edad de ciento cinco años.

Antonio fue el primer monje cristiano, palabra que deriva del término griego que significa «solo», o «ermitaño», que deriva a su vez de otra palabra griega que quiere decir «desierto». La palabra siguió aplicándose a aquellos que se retiraban del mundo, aun cuando lo hiciesen de forma comunitaria y ya no estuviesen «solos».

Antonio puede ser considerado, así, como uno de los que contribuyeron a fundar la institución del »monacato», que iba a desempeñar un papel tan importante en la futura historia del cristianismo —y así, una vez más, otro aspecto del cristianismo tuvo su origen en Egipto —.

Los arrianos

El Imperio Romano recibió una nueva inyección de vida cuando un rudo y competente soldado, Diocleciano, se convirtió en emperador en el 284. Consiguió reparar la maquinaria del imperio, abolió los restos del antiguo sistema republicano, al que Augusto y sus sucesores habían otorgado una importancia de boquilla. En su lugar, instauró una monarquía absoluta.

Por si fuera poco, Diocleciano eligió un coemperador, y tanto él como su asociado en el poder eligieron a su vez a dos «cesares» como asistentes. Así pues, había cuatro individuos que se repartían los deberes administrativos y militares del imperio. Diocleciano, preocupado por la amenaza persa, se asignó las provincias asiáticas y Egipto, que quedaron bajo su directo control, y fijó su capital en Nicomedia, ciudad del Asia Menor noroccidental.

Pero los malos hábitos del período de crisis persistieron. Los generales seguían pensando que podían ser aclamados emperadores por sus tropas cada vez que les viniese en gana. En Egipto, un general llamado Aquileo se hizo proclamar emperador en el 295. Como se trataba del territorio de Diocleciano, éste se puso a la cabeza de un ejército con el que se dirigió a Egipto. Alejandría fue asediada durante ocho meses. Finalmente fue tomada y Aquileo ejecutado.

En el 303 Diocleciano dio comienzo a la última y, en cierto sentido, más dura persecución general de los cristianos, continuada por el sucesor de Diocleciano en el este, Galerio, y, en menor grado, por su sucesor, Licinio.

En la mitad occidental del imperio los gobernantes mostraban una mayor simpatía hacia los cristianos. En el 306, Constantino I logró hacerse con el dominio de ciertas partes de la mitad occidental del Imperio. Su poder fue creciendo gradualmente hasta el 312, en que pudo controlar totalmente la mitad occidental. Constantino era un político astuto y pronto se percató de que si obtenía el apoyo de los cristianos (que ya formaban una fuerte minoría dentro de la población, y que era, además, con mucho, la más activa y ruidosa) su camino hacia el poder se vería allanado. Así pues, consiguió obligar a Licinio, que en ese momento controlaba la mitad oriental del imperio, a unirse a él y aceptar un «Edicto de Tolerancia» por el que se concedía igualdad de derechos a todas las religiones.

Licinio no tenía en gran concepto al edicto, pero en el 324 fue derrotado finalmente por Constantino I que, como había planeado, gozaba del apoyo pleno y entusiasta de los cristianos del imperio. Faltaba todavía medio siglo para que la victoria cristiana fuera total, pero el período de las grandes persecuciones había pasado. (Trece años más tarde, ya en su lecho de muerte, Constantino I permitió que lo bautizaran, por lo que se convirtió en el primer

emperador cristiano).

Pero si el peligro de las persecuciones había pasado, existía el de las querellas internas. Siempre había habido diferencias de opinión entre los cristianos, e incluso las epístolas de San Pablo, escritas en los primeros años del cristianismo, tuvieron que ocuparse de estas diferencias. Sin embargo, mientras el cristianismo como tal estuvo en peligro constante debido a las persecuciones, tales diferencias no pasaron de las palabras. Pero cuando los emperadores romanos se convirtieron al cristianismo, cabía la posibilidad de que tomasen partido por una u otra de las facciones, con lo que la facción marginada se las tendría que ver con el poder del Estado. Así, si los cristianos en general ya no eran perseguidos por los paganos, ciertos cristianos continuaron siendo perseguidos por otros cristianos.

Alejandría, como centro importante del pensamiento cristiano, desempeñó un notable papel en estas disputas internas. Así fue, por ejemplo, durante el reinado de Constantino I, cuando se produjo una agria disputa sobre el problema de la naturaleza de Cristo. El problema se refería a si Cristo tenía un aspecto divino o no. Una de las posturas, que podemos llamar

unitaria, sostenía que Jesús no era en absoluto un ser divino, que sólo había un Dios, el Dios

del Antiguo Testamento. Jesús era un ser creado, como todo lo que existe en el universo menos Dios. Jesús podía ser el más grande y el mejor de los hombres, el más santo de los profetas, el maestro de inspiración más divina, pero aun así no era Dios.

La segunda postura mantenía que Cristo tenía tres aspectos, todos ellos iguales entre sí y que habían existido siempre: el Padre, aspecto que se manifestó especialmente en la Creación; el Hijo, aspecto que se manifestaba a través de la forma humana de Jesús, y el Espíritu Santo, que se había manifestado varias veces a través de hombres normales, a quienes había inspirado acciones de las que habrían sido incapaces sin ayuda divina. Los tres aspectos de Dios se denominan Trinidad, y la creencia en estos tres aspectos iguales se denomina

trinitarismo.

El principal defensor de la postura unitarista era un sacerdote de Alejandría llamado Arrio. Tan firme era su postura que esta creencia se conoce con el nombre de arrianismo, y quienes la defienden toman el nombre de arrianos.

Pese a que su más firme defensor era alejandrino, el reducto más importante de arrianismo en tiempos de Constantino I fue el Asia Menor. En Egipto se conservaba todavía el recuerdo del gnosticismo, según el cual Jesús era espíritu, no-materia (véase pág. 111). ¿Cómo podía ser, pues, totalmente humano? Tenía que ser por: igual divino y humano.

Si embargo, la mayoría de los sacerdotes de Alejandría eran trinitaristas, y Alejandro, obispo de Alejandría, era objeto de constantes presiones para que actuara con fuerza contra el molesto sacerdote. En el 323 Alejandro convocó una reunión de obispos (un «sínodo»), en la que se condenó oficialmente la postura arriana, pero Arrio rehusó aceptar la decisión.

Eran precisamente los tiempos en que Constantino comenzaba a ser preponderante en todo el Imperio, y hubo intento de llamar su atención sobre el problema. (Los obispos podían denunciar, pero era el emperador quien disponía de un ejército que podía forzar la aplicación de la denuncia). Constantino estaba ansioso de poder llevar la voz cantante en el asunto. El no sabía nada de las ideas teológicas que intervenían en la disputa, ni le interesaban, pero comprendía perfectamente cuáles podían ser los peligros políticos. Dependía de los cristianos del imperio, que le daban su apoyo, pero sólo a cambio de su actitud pro-cristiana. Ahora bien, si los cristianos comenzaban a pelear entre sí, su apoyo perdería eficacia. Además, sus oponentes políticos podrían siempre ofrecer su apoyo a una de las facciones, prometiéndole la supresión de la otra.

Por ello, en el 325, Constantino I convocó una gigantesca reunión de obispos en la ciudad de Nicea, a unas treinta y cinco millas al sur de su capital, Nicomedia, a quienes ordenó que resolvieran la cuestión de una vez por todas. Fue éste el primer «Concilio ecuménico» —es decir, el primero «a escala mundial»—, al participar en él obispos de todo el

Imperio, y no sólo de una o dos provincias.

La disputa quedó zanjada, al menos sobre el papel. El Concilio votó la adopción de una fórmula («la doctrina de Nicea») a la que todos los cristianos debían adherirse, que aceptaba el trinitarismo. Arrio y muchos de los más inveterados arrianos fueron enviados al exilio.

Teóricamente, el punto de vista trinitarista fue aceptado por toda la Iglesia, por la Iglesia universal o, para usar el término griego que significa «universal», por la Iglesia católica. Por ello se llama católicos a los que apoyaron el trinitarismo y se considera al arrianismo como una herejía (un sector minoritario, cuyas opiniones no han sido aceptadas oficialmente por la Iglesia).

En el 325, pues, Alejandría parecía haber alcanzado un nuevo momento cumbre. La propia Roma le estaba a la zaga. El medio siglo de caos político que había precedido a la subida al poder de Diocleciano había llevado a la ciudad de Roma a un serio declive en su riqueza y prestigio. En el 271 Aureliano se vio obligado a construir murallas alrededor de Roma —lo que significaba una tácita admisión de que la ciudad ya no estaba tan a salvo como antes de sus enemigos.

Luego, cuando Diocleciano fijó su capital en Nicomedia, Roma perdió algo más de su prestigio, pues no era ya la sede del emperador. Pero tampoco Nicomedia se benefició gran cosa: pese a la presencia del emperador, esta ciudad siguió siendo una ciudad de provincia de segunda fila.

Esto dejó a Alejandría sin rival. Esta era la gran ciudad del imperio, el centro que irradiaba influencia, la cabeza de la teología cristiana, la fuerza que respaldaba la victoria trinitarista de Nicea. Nunca, desde los tiempos de Ptolomeo III, seis siglos antes, había parecido tan grande el dominio de Alejandría y Egipto sobre el mundo.

Constantinopla

Y entonces Constantino I tomó una decisión que asestó un tremendo golpe a la posición de Alejandría: decidió crear una nueva capital. El lugar elegido estaba situado en la orilla europea del Bósforo, el angosto estrecho que separa a Europa de Asia menor, y en el que se levantaba la ciudad griega de Bizancio desde hacía casi mil años.

Constantino tardó cuatro años en construir su nueva capital, no escatimando esfuerzo alguno para que fuera todo lo amplia, pródiga, lujosa que pudiera ser; saqueando las obras de arte de las ciudades del imperio para llevarlas a la nueva capital; alentando a la burocracia y aristocracia de Roma para que se instalase en la «nueva Roma». En el 330 la ciudad, dedicada al emperador, se denominó Constantinopla (la «ciudad de Constantino»). Súbitamente Alejandría se encontró desplazada de nuevo a un segundo lugar, pues la nueva ciudad se enriqueció pronto, aumentando su esplendor y población, y pronto se convirtió en lo que iba a seguir siendo durante casi un milenio: la mayor ciudad del mundo cristiano.

La situación de Alejandría se hizo más insoportable que en el pasado. Ser segundona respecto de Roma, que era una ciudad no griega, cuyo renombre le había venido de la guerra más que de la ciencia, del músculo más que de la inteligencia, era una cosa; serlo respecto de Constantinopla —también griega— era otra.

En buena medida la querella religiosa que se produjo posteriormente se agudizó

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