Pero volvamos a aquel verano: ¿duró mucho tiempo la sensación de estar inmerso en una realidad «diversa»?
-Te leo a Frossard: «Tras el impresionante episodio, el milagro duró un mes. Cada mañana volvía a encontrar, fascinado, aquella luz que hacia palidecer al sol, aquella dulzura que jamás podré olvidar». En mi caso fueron quizá tres, cuatro meses, en el suyo sólo fue uno, pero tal vez porque en su caso tuvo como el privilegio de un Big Bang inicial que en mí no se produjo, al menos no de una vez, sino que se fue como desmenuzando durante el corazón del verano y el comienzo del otoño.
Entre otras cosas, tengo una fecha de la que guardo las emociones más profundas. Fue el 21 de agosto, el día en que Palmiro Togliatti murió en Crimea. Se celebraron sus famosos funerales romanos, obviamente laicísimos, con un millón de devotos -a lágrima viva- de aquella religión para la que el ateísmo, dígase lo que se diga, es esencial. Sólo unas pocas semanas antes, lo único que me habría podido interesar habría sido obviamente -y únicamente- la significación política del acontecimiento. Pero de pronto, aquel interés se había desvanecido y, como neocreyente, todavía en la plenitud del primer descubrimiento, veía únicamente -con un repelús de temor, pero a la vez de compasión- lo temible que era la muerte del ateo; pensaba en la sorpresa de aquel jefe de los sin Dios, de aquel colaborador de Stalin en la sangrienta represión de la religión, que hacía, al morir, el mismo impresionante descubrimiento que estaba haciendo yo, en vida: que, en resumidas cuentas, existe un Más Allá eterno y que Cristo gobierna sobre él.
Con el tiempo, y con la experiencia de que la justicia divina va acompañada de la paciencia y de la misericordia (por más que, ¡ojo!, el Infierno también podría estar vacío, como dicen algunos, dando voz a sus deseos, pero nadie nos asegura que no podríamos ser cada uno de nosotros los primeros en inaugurarlo...), avanzando, pues, en aquella scientia cordis que es el cristianismo, llega uno a ser menos drástico. Pero en los oídos de todo converso resuenan no sólo las palabras de esperanza de jesús, sino también las de severa advertencia, las de puesta en guardia ante una condena sin apelación: «¡Fuera, alejaos de mí, malditos, al fuego eterno!» Desde entonces, el nombre de Togliatti, las fotos suyas que caen ante mi vista, me recuerdan aquellos días como de ensueño y a la vez lucidísimos. Y a menudo siento la necesidad de rezar por él, ya que su muerte llenó de ecos un pasaje de mi vida verdaderamente irrepetible para mí.
Mientras duró aquella temporada tan extraordinaria (pero también mucho tiempo después, aunque de manera más atenuada) experimenté cosas que ni siquiera imaginaba,
empezando por el gusto por la oración, de la que ni siquiera conocía de memoria las palabras canónicas que le presta el catolicismo. En esto hasta había olvidado las pequeñas lecciones del catecismo. Pero no necesitaba de las palabras al ser protagonista no de un rito, sino de un Encuentro, de un diálogo vital, existencial, que por su propia naturaleza no necesitaba de fórmulas. A la alegría de intimidad se unía, y así lo afirmaba, una especie de sagrado temor. Me fue regalada así otra experiencia más, hasta entonces desconocida: el regalo de las lágrimas. Para la mística, el llanto es una gracia: en aquellas semanas (y lo digo todavía con un cierto desasosiego, con ese poco o mucho respeto humano que se me ha quedado incrustado), tal gracia se me concedió en abundancia. También en este caso se trató de un periodo de aislamiento, concluido el cual volví a ser el de siempre, que -ante una emoción o ante un dolor- no prorrumpe en llanto, sino que se encierra en sí mismo, opta por el mutismo, por el silencio, por la soledad.
Tengo vivo el recuerdo de noches mágicas en la central telefónica, cuando hacía una señal al jefe de sala que estaba en su garita de cristal de que salía un momento para ir al servicio. Desconectaba la clavija de la mesa del interurbano o de la de secretaría, y las peticiones de despertador y de conexión con el mundo se sucedían ininterrumpidamente sobre el gran panel eléctrico. Ya se ocuparían de todo ello los compañeros: pero por lo que a mí se refería, me encerraba en un camerino y, con la luz apagada, apoyado en la pared, los auriculares de ordenanza en la mano, llenaba de lágrimas el guardapolvos. Pasado el tiempo concedido para estar en los servicios -según los ritmos de la Ford que aplicaba la vieja compañía telefónica de los Saboya-, regresaba a la luz cegadora y permanente de las enormes salas, junto con los otros cien fantasmas en guardapolvos que iban de acá para allá y volvía a empezar, hasta el amanecer, con el eterno «Stipel, qué desea?»
Nadie sabía nada, con nadie había tenido una confidencia. ¿Con quién, además? ¿Con aquellos compañeros, con aquellos coetáneos simpáticos y despreocupados que -como yo mismo había hecho hasta entonces- no hacían otra cosa que hablar de mujeres, de política, de coches, de viajes y vacaciones, más soñadas por otra parte que realizadas? Conociéndolos desde hacía tiempo -estaba allí ya desde hacía tres años y todavía me quedaba un año y medio más- ¿no me habrían diagnosticado enseguida una depresión, un problema psiquiátrico, una alucinación?
-Conseguías racionalizar, comprender por qué llorabas? ¿Sabes el significado de aquellas lágrimas que, según me parece haber entendido, representaron un episodio por sí mismas, aplicable solamente al verano de la conversión?
-Efectivamente, lloré más en aquellas pocas semanas que en toda mi vida. Era un llanto de consuelo, de ternura, de estupor, de reconocimiento. Pero también de compunción, de remordi miento, de arrepentimiento. De acuerdo, ni siquiera tenía 24 años y nadie -hablo, por supuesto, desde la perspectiva enteramente terrenal que hasta entonces había sido la mía- nadie en absoluto me habría considerado un «pecador». En
casa «honraba a mi padre y a mi madre», por utilizar las palabras del Decálogo que, como sabes, no pretende que se ame a los padres, le basta que se les honre. No había confidencias entre nosotros, los afectos eran inciertos y reprimidos, mezclados a veces con rechazos, y, sin embargo, no era yo un hijo ni rebelde ni ingrato. Vivía, en la medida de lo posible, por mi cuenta: pero esta independencia era aceptada, creo; más aún, era agradecida.
No tenía vicios secretos ni tampoco explícitos. Fumaba, pero todos en casa lo hacían, hombres y mujeres, y si yo no lo hubiera hecho, hubiera parecido un excéntrico. Eran, amigo mío, otros tiempos bien diferentes de los de hoy, estos tiempos nuestros de lo «sanitariamente correcto», de la persecución buenista e hipócrita por parte de una sociedad de esnifadores de cocaína, de consumidores de jeringuillas, de alcohólicos, de clientes del turismo sexual: todos ellos, edificantes cruzados contra el tabaco como vicio no elegante, propio de portorriqueños y de negros.
Por volver a mí y a mis vicios, por ser era hasta abstemio, aunque no por opción decidida (más bien, un poco me avergonzaba). No era amigo del alcohol pero no por virtud, sino por una especie de instintiva repugnancia que tuve que superar, poco a poco, después de los cincuenta años, cuando a los cardiólogos les dio por prescribir a los pacientes un vasito de tinto en las comidas. En cuanto a las drogas, ¿quién sabía nada de ellas? Pienso que estábamos aún en los raros, excéntricos, improbables «cocainómanos» -herederos viciosos y vagos, aristócratas, artistas, frecuentadores de casinos- de las novelas del viejo Pitigrilli.
Por lo demás, no sentía envidia de nadie, dado que disponía de salud, voluntad, inteligencia para ir subiendo por la escala social no mediante subterfugios y deshonestidades sino mediante el esfuerzo, la seriedad y, por qué no, un cierto talento, al saber moverme entre libros y periódicos que, sin hipocresía alguna, ya me conocía. A nadie le robaba nada, me ganaba de sobra, con nueve horas de auriculares cada noche, el módico sueldo que me daban en la Stipel, en un sobre, en metálico, como se hacía entonces, el 27 de cada mes. En la Universidad, a pesar de aquel trabajo, hacía frente a mis deberes y mi doble fracaso en Derecho Civil no había suscitado en mi familia ni recriminaciones ni alarma, ya que daban por descontado que, fuesen las cosas como fuesen, yo iba a conseguir salir adelante; y sólo con mis propios medios. Suponiendo, pero tampoco estoy seguro de ello, que en casa hubiera hablado de aquel fracaso, eran «cosas mías», y a mí me tocaba arreglármelas, sin molestar a los demás.
Por seguir con las culpas que enumera el Decálogo: si alguna vez decía un «falso testimonio», era únicamente con las chicas que me interesaban y que, para aceptar ciertas cosas, necesitaban sentirse seguras con la coartada de los sentimientos, del amor. Yo me sometía a las reglas, fingiéndome enamorado de los corazones, mientras en realidad miraba a sitios bien distintos: en suma, una pequeña comedia, pero aceptada por una y otra parte. Así que había sexo, sí, precisamente violaba lo de «no cometerás actos
impuros» y, si se quiere, también lo de «no desearás a la mujer de tu prójimo». Pero aquello ¿qué tipo de pecado era? En la prospectiva con la que había sido criado, pecado habría sido, en todo caso, vivir en castidad, o sea, ser ciertamente un acomplejado, un masturbador, un maníaco mirón o uno que envidia en otros lo que él no hace. No digamos -Dios nos libre- un homosexual en el armario. Madres como la mía temían al hijo sin mancha y se sentían seguras si sabían que andaba con mujeres. Hasta, se entiende, el matrimonio, cuando -de acuerdo con la misma prospectiva- debía saltar como un resorte la fidelidad absoluta a la terrible mujercita.
En una palabra, no me consideraba un santo (cosa que, por otra parte, ni sabía lo que era y a lo que, en todo caso, no aspiraba), sino que me parecía que mi conciencia laica no tenía nada especial que echarme en cara. Pero, lo supe después, por la lectura de tratados de mística y de biografías de hombres y de mujeres de Dios: la conciencia responsable, hasta el fondo, del pecado y de su gravedad es un don que es concedido sólo en especiales ocasiones (como me sucedió entonces), o bien, de manera constante, a los santos. Cosa que evidente y desgraciadamente no fue mi caso: esa conciencia, de hecho, se dio, pero ¿cómo diría yo? de manera «normal» nunca volvió a ser tan neta y precisa, tan profunda como entonces, hasta el punto de inducirme a llorar en silencio, de noche, incluso en mis «retiradas» de la gran central de la calle Confienza.
-Me gustaría tratar de entenderlo aún mejor: ¿Cómo definirías aquella experiencia tuya, si tuvieras que sintetizarla en un solo adjetivo?
-Fue tan impresionante que -para responder de alguna manera a tu pregunta- podría definirla como «escatológica»; es decir, referible a «las realidades últimas», al destino humano entendido no como algo cerrado y completo desde la cuna al ataúd, sino desde el proyecto divino ab aeterno, hasta un Más Allá que no tiene fin, donde el tiempo ha dejado de existir, y que, por consiguiente, nunca podrá acabar. Quizá por eso, tras Hipótesis sobre jesús, sentí la necesidad de escribir Apostar por la muerte, pero entendiendo la muerte como el comienzo de la Vida verdadera. Se me concedió darme cuenta, en suma -con una claridad prodigiosa e inquietante-, de que el tiempo que se nos da no es otra cosa que una preparación para la Eternidad.
Pero por descontado tenía que ser así: estoy convencido, por todo lo que he leído y oído, de que esta conciencia responsable acompaña a toda conversión. La deslumbradora verdad del Evangelio no se te revela, qué sé yo, para hacerte comprender que te tienes que apuntar a las ACLI [Associazioni Cristiane di Lavoratori Italiani] o a la CISL [Confederazione Italiana dei Sindacati Lavoratori] (dicho sea, obviamente, con todo respeto), o militar en tal o cual corriente de cualquier partido de «inspiración cristiana», ni tampoco que tengas que estar a favor de tal cargo o tal otro para un monseñor de la curia vaticana. Puede que, para algunos, tenga interés, como es justo, preocuparse también de eso; pero después, mucho después. No por casualidad el Memorial pascaliano, ese testimonio en caliente de la «noche de fuego», de la revelación de lo que
significa verdaderamente creer en Jesucristo, concluye con un propósito válido hasta la muerte (Renonciation totale et douce), y con un memo rando que todo lo explica y todo lo justifica: «Eternamente en alegría por un día de penitencia en la tierra».
Tal es, en efecto, y en eso consiste la iluminación: comprender lo que debería ser evidente y que, sin embargo, andamos removiendo cada hora, cada día, cada año. Es, para entendernos, la conciencia de la desproporción entre unas pocas décadas de «prueba» y la eternidad -de gozo o de pena- que espera a cualquiera que entre en la vida que no termina con el cementerio, sino que se prolonga por toda la eternidad.
Pascal de nuevo: «Me sorprende y me da miedo la sensibilidad de los hombres hacia las cosas pequeñas y su insensibilidad hacia las cosas grandes». Y ¿qué cosa mayor puede haber para cada uno de nosotros que nuestro destino definitivo? Es para quedarse de piedra cada vez que tratamos de reflexionar sobre esta palabra, «eternidad», que sólo se comprende con esfuerzo, ya que no es aplicable a ninguna de las realidades que conocemos, incluso las más longevas, todas sin excepción llamadas a tener un final. ¿Cómo no nos vamos a preocupar de la situación -de alegría o de sufrimiento- en la quedaremos para siempre, sin posible final, que la razón, la fe y toda la Iglesia siempre ha anunciado y en la que ha creído?
Entre los muchos flashes que relampaguearon en mí durante aquellas semanas, hubo uno que me hizo intuir que caminamos -no sabemos todavía por cuánto tiempo, pero en todo caso, con un final prefijado- sobre las cenizas como de unos trescientos mil millones de seres vivos que nos han precedido y que ahora, invisiblemente, lo siguen estando y lo estarán para siempre. Volviendo a mi Apostar por la muerte: había proyectado y tenía ya bastante avanzada su redacción, algo totalmente diferente de lo que, por fin, me vi «obligado» a escribir. Aquel volumen, si lo recuerdas bien, no contiene el texto de un necrófilo, sino el de un cuarentón que ama una vida que en aquel momento lo está mimando, que, si quieres, lo engaña (tout va tres bien...) y que se da cuenta de que, precisamente para disfrutar plenamente y hasta el fondo, es necesario dejar sitio a la realidad de un final. Nadie saldrá vivo de esta aventura; pero -como no solamente anuncia el cristianismo, sino todas las religiones- la vida seguirá: y podrá ser muy diferente a tenor del juicio que se nos haga.
-Así que se te concedió darte cuenta de los Fundamentos mismos de la fe cristiana, esas realidades últimas de las que hoy verdaderamente apenas si se habla incluso en las homilías.
-Precisamente por este carácter apocalíptico (en el sentido etimológico de «revelación»), lo que me envolvió, o mejor dicho, lo que me convulsionó, fueron justamente esos Fundamentos, a los que muy bien te refieres. Jesús, la Trinidad, la verdad del Evangelio, los Novísimos, tal como los llamaba el viejo Catecismo: muerte, juicio, infierno y gloria. Es evidente que, al recibir un shock como el que recibí, lo
primero que se te plantea por dentro son las Causas Primeras, es la realidad desnuda y cruda de la fe, no sus consecuencias, por importantes que fueren pero que en cualquier caso se derivan y apasionan a aquellos para quienes la fe es ya una costumbre, que tal vez se da por descontada. Nada, a fin de cuentas, me interesaba -y si te digo la verdad ya tampoco me ha seguido importando después- de la «cuestión católica» entendida en el sentido político por los democristianos, por el mismo vaticanismo, considerado como atención preferente a una Institución que, sin embargo, enseguida vi necesaria y digna de defensa frente a los ataques sectarios de aquellos tiempos, pero de los que muy bien podían ocuparse otros.
Te cuento cuál era mi clima interior: no recuerdo si fue a causa de alguna primera lectura católica o por una indicación de mi confesor, me enteré de aquella práctica piadosa -o quizá algo más, visto su origen sobrenatural- conocida como «los primeros nueve viernes de mes». Seguro que la conoces: Cristo se aparece, a mediados del XVII, a una humilde religiosa francesa de la Visitación, la futura Santa Margarita María de Alacoque, y le pide que propague la devoción a su Sagrado Corazón. Entre otros mensajes que le da está el llamado de la Gran Promesa: la «gracia del arrepentimiento final», es decir, la garantía de morir tras haber recibido los sacramentos o, al menos, tras haber logrado el arrepentimiento salvífico, para todos aquellos que hubieren confesado y hubieren comulgado nueve primeros viernes de mes consecutivos. Puede confirmarte esto el clima en el que había entrado: no me parecía verdad poder contraer semejante «seguro celestial» y, de hecho, me apresuré a cumplir las condiciones y los tiempos requeridos. Cuando pasó el noveno viernes de mes, sentí una serena tranquilidad que todavía persiste.
Dado que, como ya hemos tenido ocasión de comentar, la prudencia es una virtud cristiana esencial, alguna póliza he contratado yo también para tener garantías ante las incertidumbres de la vida terrena. Pero ninguna de ellas me da más serenidad ni me resulta mas preciosa que ésta de la vida eterna que es ofrecida a todos, gratuitamente, por el Presidente mismo de la «Compañía».
Siento en mi interior algo así como el recuerdo luminoso de aquellas colectas de noviembre, a las puertas del cementerio. ¿Quién podrá volver a darme aquel frescor, aquella alegría y energía que surgían de aquellas misas de primera hora de la mañana, en las iglesias del centro de Turín, con los cuadros antiguos, los parquets de madera chirriantes, las luces temblorosas, impregnadas de siglos de incienso y a las que iba cuando concluían mis nueve horas de auriculares, y después de las cuales seguía hacia la Universidad? La promesa del Sagrado Corazón: por tanto, la confianza en la misericordia de Cristo, pero también de la Iglesia que, al canonizar a la humilde mensajera de la Promesa, la había garantizado. Como ves, a pesar de haberme sentido sorprendido por el trallazo del rayo mientras estaba doctorándome en Ciencias Políticas, no sentí el menor deseo de confrontar, qué se yo, la doctrina de don Sturzo sobre la subsidiariedad social con el materialismo dialéctico de Gramsci, ni me entraron ganas de reformar las
conferencias episcopales. Precisamente por eso, en los años del 68 que se avecinaban,