II. LA PSICOTERAPIA CONSTRUCTIVISTA
I.1. Enfoques terapéuticos constructivistas
II.1.2. El enfoque sistémico
Desde que a mediados de los años cincuenta el equipo dirigido por el antropólogo Gregory Bateson en Palo Alto se interesó por una conceptualiza- ción distinta de la problemática humana, especialmente de la esquizofrenia, fundando lo que se ha llamado enfoque comunicacional, el movimiento de terapeutas sistémicos ha ido desarrollándose y creciendo tanto en los Estados Unidos como en Europa y Australia. Muchos son los libros publicados, y las revistas especializadas sobrepasan la quincena,
Este enfoque terapéutico se deriva de la Teoría General de Sistemas de Von Bertalanffy y de los modelos cibernéticos (ver I.1.4). Se le conoce como el enfo- que sistémico por considerar a la familia como un sistema y por conceptuali- zar los problemas en términos de relaciones, funciones y parámetros del siste- ma (ver p. e., Watzlawick et al., 1967). A modo de sinopsis presentamos las pro- piedades sistémicas de la familia como sistema abierto:
Totalidad: Cada miembro de la familia se relaciona con el resto de manera que
un cambio en uno de los otros miembros le afecta en algún sentido. Las con- ductas interactivas de los miembros de una familia están interconectadas de manera que cada una encierra un significado especial relacionado con el contex- to interaccional en el que se da. La organización de la familia se basa en una jerar-
quía entre los subsitemas que la componen en forma de alianza y coaliciones (ver,
p. e., Haley, 1976). Los límites de dicho subsistema, así como los del sistema fami- liar con el exterior, varían según esta estructura organizacional pudiendo ser rígi- do, claros o difusos. Desde esta perspectiva, el valor de una conducta, sintomá- tica o no, de un miembro de la familia hay que entenderlo de acuerdo con su posición en la estructura organizacional y en la secuencia de interacción.
Retroalimentación: Cada conducta de un miembro de la familia sirve de infor-
mación que revierte sobre el sistema individual. Influye así en las conductas pos- teriores de los otros que se conducirán contrarrestando el efecto de la primera (retroalimentación negativa) o bien favoreciéndolo (retroalimentación positiva). Mientras la positiva se da más en relaciones simétricas en las que la conducta de cada miembro puede activar al otro en lo que se conoce como escalada simétri- ca, la retroalimentación negativa es más característica de relaciones comple- mentarias, en las que los roles se sitúan a distinto nivel jerárquico (ver Watzlawick et al., 1967).
Equifinalidad: Las familias pueden llegar a estados interaccionales o tipos de
estructura familiar por orígenes muy diversos. Sin embargo, lo que interesa al terapeuta sistémico es su estado actual de organización, que no es dependiente del estado inicial, es decir, de la historia familiar.
Tendencia a estados constantes: En una secuencia comunicacional todo inter-
cambio de mensajes disminuye el número posible de movimientos siguientes. La necesidad de economizar favorece la aparición de redundancias que aportan cierta estabilidad a la relación llegando a configurarse como su regla o paráme- tro interrelacional regulador.
Este enfoque sistémico-comunicacional, actualmente designado también como terapia relacional, tiene el mérito de acceder al nivel molar de descripción de la conducta. Como se expone en otro lugar (Almenara, 1984; Feixas, 1994), este nivel de análisis va más allá de las conceptualizaciones de los enfoques ato-
mistas de la realidad familiar (Freud, Rank, etc.), centradas en lo intrapsíquico;
y es más abarcador incluso que los enfoques moleculares (Horney, Fromm, Sullivan, etc.), centrados en el análisis de lo interpersonal. Se diferencia nota- blemente, pues, de los enfoques tradicionales que consideran como unidad al individuo y no contemplan con la misma intensidad su contexto.
En sus inicios, y hasta hace poco, estos terapeutas solían evitar ver al paciente sólo y solicitaban la colaboración de toda la familia para enfocar el problema. Sus prescripciones implicaban también a menudo a todos sus miem- bros. Por tanto, se identificaba terapia familiar con terapia sistémica. Actualmente, esta igualdad no se cumple. No siempre los terapeutas sistémicos piden ver a toda la familia (cosa que a veces resulta difícil) y, por otra parte, existen algunos otros enfoques que también trabajan en terapia familiar con
orientación no sistémica. Además, el enfoque sistémico ha extendido su ámbi- to de aplicación a todos los sistemas humanos, y no sólo a la familia, constitu- yéndose en una especie de sociocibernética aplicada. Estas aplicaciones inno- vadoras cubren áreas como las organizaciones sociales y empresariales (p. e., Selvini, 1981), el contexto escolar (p. e., Selvini et al., 1976), y las redes socia- les (p. e., Speck y Attenave, 1976; Elkaïm, 1989). Para una descripción más amplia y precisa del enfoque sistémico nos remitimos al extenso glosario edi- tado por Simon, Stierlin y Wynne (1985); y a Hoffman (1981) para un relato documentado y bastante completo sobre la evolución del movimiento de tera- pia sistémica.
La orientación constructivista en la terapia familiar sistémica
En la presente década son cada vez más abundantes las referencias a la epistemología en el campo de la terapia familiar de orientación sistémica. Entendemos el término epistemología como el estudio de la manera “en que los organismos o agregados de organismos particulares conocen, piensan y deciden” (Bateson, 1979), o dicho en otros términos el estudio de los límites y capacidades de los sistemas vivos para adquirir conocimiento. Parece en prin- cipio paradójico que una disciplina aplicada se preocupe por cuestiones que antaño prácticamente sólo interesaban a algunos filósofos. A nuestro juicio ello refleja una toma de conciencia de las limitaciones del uso de las técnicas tera- péuticas per se, de la lucha de escuelas, y una necesidad de nuevos plantea- mientos que sin dejar de lado la vertiente aplicada permitan pensar de una forma distinta e interconectada la función del terapeuta, la conceptualización de los problemas, la relación terapeuta-cliente y el contexto de la terapia. Un cuestionamiento profundo de estos temas “requiere una epistemología total- mente nueva” (Auerswald, 1973).
Ha sido el propio Bateson, pieza clave en el nacimiento de la terapia fami- liar sistémica, quien ha proporcionado elementos fundamentales para inspirar esta reflexión. Puesto que no puede evitarse trabajar desde una premisa epis- temológica, Bateson (1979) propone una alternativa a la epistemología lineal existente. Se ha llamado con distintos nombres a este nuevo enfoque: recu- rrente, circular, ecosistémico, evolucionista, ecológico... Keeney (1983) propo- ne el término de epistemología cibernética para denominar este paradigma alternativo según el cual “la realidad vivencial es construida por nosotros” y “no hay correspondencia directa entre un suceso que ocurre “fuera” de noso- tros y nuestra experiencia interior de él”. En definitiva, el observador, de acuerdo con esta epistemología, no es ajeno a lo observado sino que participa en este proceso de observación. Sin embargo, pocos años después el mismo Keeney (Keeney y Ross, 1985) propone el término constructivismo para denomi- nar esta postura epistemológica.
En la actualidad las ideas de Bateson están recibiendo una comprensión más profunda en la que se promueve la noción de “ajuste” en lugar de las de “verdad” y “causa”. De esta comprensión también se sigue una concepción más respetuosa de la familia, la consideración de su singularidad, coherencia y su universo de posibles soluciones por encima de las metas apriorísticas del terapeuta.
Bateson reconoció explícitamente la actividad constructivista humana:
“Creamos nuestro propio mundo al mirarlo de acuerdo con nuestras pro- pias presuposiciones, nuestras propias premisas, nuestras propias expectativas” (Bateson, 1976).
Su pensamiento resultó muy brillante al captar la importancia de los actos epistemológicos de conocimiento en la interacción humana. Desde Bateson, la epistemología no se corresponde con una mera rama de la Filosofía, sino que constituye la esencia del proceso terapéutico. Una de las contribuciones más importantes de Bateson es su crítica del pensamiento lineal basado en las rela- ciones causa-efecto. De acuerdo con este modelo newtoniano de pensamiento dado un acontecimiento, por ejemplo, un síntoma, éste debe haber sido pre- cedido por otro acontecimiento, por ejemplo, una alteración neuronal, que lo causó. El pensamiento lineal presupone la existencia de una causa real y ver- dadera para cada acontecimiento, y la capacidad humana para conocerla. Tanto los psicólogos como el resto de ciudadanos usan frecuentemente reglas causales al efectuar “explicaciones eficientes” de la conducta humana en tér- minos de autoestima, pobre autoconcepto, personalidad agresiva, complejo de Edipo, etc. Todos ellos suponen la causalidad en un solo sentido. El pensa- miento causal está en la base de los modelos mecanicistas que deniegan la res- ponsabilidad del individuo y la causalidad recíproca.
La propuesta de Bateson es el pensamiento circular. Tomando un punto de vista cibernético, Bateson confiere al “efecto” propiedades causales que afectan al evento original, la “causa”, la cual, a su vez, influye de nuevo de modo cir- cular. Desde este punto de vista, una persona etiquetada como sintomática puede construirse a sí misma de ese modo. En tal caso actuará de acuerdo con la etiqueta que lleva “adosada a la espalda”.
La relación entre el uso de etiquetas patológicas y la rigidificación de los problemas es una cuestión denunciada tanto por Bateson como por Kelly (las similitudes entre ambos autores se han expresado ya en la Introducción, en Foley, 1988; y en Feixas, 1990). Ambos reconocen en este punto la influencia del teórico semántico Alfred Korzybski (1942), y en concreto en sus máximas “el mapa no es el territorio” y “el nombre no es la cosa”. Pero esta última dis- tinción se olvida fácilmente. Como se apuntaba en el párrafo anterior, cuando una conducta recibe la etiqueta de “enferma”, “problemática” o “disfuncional”, se hace muy difícil, para la propia persona y para las que le rodean, conside-
rar esa conducta de cualquier otra forma. Con la etiqueta se ha creado la “patología”, pero por lo general se olvida la distinción original con la que se erigió la etiqueta y también las circunstancias en las que se aplicó. Este olvido no se da únicamente por parte de la familia y profesionales que han participa- do en la etiquetación, sino también por parte del propio individuo. Como ejemplifica Kelly (1958),
“Si me digo a mí mismo que soy un “introvertido”, es probable que caiga en mi propia trampa del sujeto-predicado. Incluso mi ser interior –mi self– deviene cargado con el peso de ser realmente un introvertido o de encontrar alguna manera de liberarme de la introversión que se ha pegado a mi espalda. Lo que ha sucedido es que me llamé a mí mismo con un nombre, y poco después, con demasiada rapidez olvidé quien inventó el nombre y lo que tenía en la cabeza en aquel momento. De ahora en adelante trataré fanáticamente de enfrentarme a lo que me he llamado a mí mismo. Además, mi familia y amigos están a menu- do deseosos de apuntarse a esta lucha.”
En concordancia con esta visión del papel de la etiquetación en la patolo- gía, una de las mayores preocupaciones del enfoque sistémico se centra en el uso que se hace de las etiquetas. El grupo original de Milán (Selvini, Boscolo, Cecchin y Prata, 1975) advierte del peligro de las estructuras predictivas por su uso del verbo “ser”. Este uso confiere un valor de realidad a la etiqueta. El uso de las técnicas de reformulación propuestas por el modelo estructural (p. e., Minuchin, 1974; Colapinto, 1982) y la escuela interaccional del MRI en Palo Alto (p. e., Watzlawick, Weakland y Fisch, 1974) (ver también II.2.3), pro- mueve la flexibilidad de la etiqueta aplicada al síntoma con tal de que la con- notación permita alternativas más viables.
Harold Goolishian y sus colegas del Galveston Family Institute (p. e., Goolishian y Anderson, 1987; Anderson, Goolishian y Winderman, 1986; Loos y Epstein, 1989) han enfatizado también el papel del lenguaje en la crea- ción y el mantenimiento de los problemas. Su noción de sistemas problema resul- ta una implicación clínica según la cual “el sistema social con el que trabaja- mos se distingue por el problema y se constituye por aquellos que conversan sobre el problema” (Anderson et al., 1986). En coherencia con esta visión del papel del lenguaje en la patología, se han elaborado modelos conversacionales (Loos y Epstein, 1989) y narrativos para el enfoque de la psicoterapia tanto por parte de terapeutas familiares (p. e., Anderson y Goolishian, 1988) como de psicólogos de los constructos personales (p. e., Mair, 1989).
Tanto Bateson como Kelly consideraron fundamental el papel de la antici- pación o la expectación, como una parte inseparable del proceso de construc- ción. Bateson describió este proceso en términos de “patrones de puntuación de acontecimientos”. Cada individuo puntúa una secuencia de hechos de una forma idiosincrática que puede, o no, coincidir con otra persona que participa
de la misma situación. En este sentido, puntuar significa atribuir un inicio con- creto a una secuencia de acontecimientos, que se constituye, de forma más o menos explícita, en causa de dicha secuencia.
Este énfasis en el papel de la anticipación, característico de los enfoques constructivistas, contrasta por el otorgado por otros enfoques ya sea a las con- tingencias y habilidades presentes (conductismo) o las experiencias de la infan- cia (psicoanálisis). Además, la atención por las expectativas de futuro ha dado lugar a varias nociones y prácticas sistémicas. Por ejemplo, la idea de profecí- as autocumplidoras ejemplifica el papel determinante de la expectación. Penn (1985) utiliza el concepto cibernético de feed-forward para exponer el uso poten- cial de las preguntas orientadas al futuro que:
“promueven el ensayo de nuevas soluciones, sugieren acciones alternativas, favorecen el aprendizaje, descartan ideas de predestinación, y se dirigen al modelo específico de cambio de sistema”:
Keeney (1983) en una obra que ha tenido una cálida recepción en el cam- po de los terapeutas sistémicos, ha manifestado algunas implicaciones tera- péuticas de las ideas de Bateson:
“En el mundo de la terapia notamos que los clientes siguen hábitos de pun- tuación que les permiten construir un mundo particular de experiencia. Conocer cómo los clientes construyen su mundo deviene una tarea epistemoló- gica. Al mismo tiempo los terapeutas siguen los sistemas de puntuaciones que prescriben cómo deben puntuar. Una epistemología completa de la terapia debe, por tanto, mirar tanto al cliente como al terapeuta en cómo construyen la reali- dad terapéutica.”
Desde este punto de vista podríamos considerar la aventura terapéutica como una actividad orientada a engrandecer la epistemología del cliente, a cambiar su patrón de conocimiento de la realidad. Podríamos hablar, entonces, de la terapia epistemológica (Joyce-Moniz, 1985). ¿Por qué no concretar un poco más y denominarla terapia constructivista?
Para seguir con uno de los líderes antes mencionados del movimiento sis- témico, Paul Watzlawick, vamos a referirnos a su obra titulada The invented rea-
lity. How do we know what we believe we know? (Contributions to constructivism) (1984).
En este libro se pueden encontrar artículos de Von Glasserfeld, Von Foerster, y de Watzlawick entre otros. Lo presenta en estas palabras:
“En este volumen, expertos de varios campos explican cómo las realidades científicas, sociales, individuales, e ideológicas son inventadas (construidas) como resultado de la inevitable necesidad de acercarse a la supuestamente inde- pendiente realidad “allí fuera” desde ciertos supuestos básicos que consideramos son propiedades “objetivas” de la realidad real, mientras que de hecho son las consecuencias de nuestra búsqueda de la realidad”:
La sólida y manifiesta postura constructivista mantenida por este autor no es algo nuevo. En obras anteriores Watzlawick había ya discutido el mito de la realidad y la objetividad poniendo el énfasis en la experiencia subjetiva humana. En su clásica obra en colaboración con J. H. Beavin y Don Jackson (1967) ya afirmaba que la “realidad es nuestra forma de pautar (patterning) aquello que quizá no es posible verificar de forma objetiva”.
Salvador Minuchin es uno de los terapeutas familiares más influyentes. Es considerado el creador del modelo estructural de terapia familia. Emplea un lenguaje y concepción constructivistas en sus libros, y una de sus técnicas tera- péuticas, el re-encuadre o redefinición (reframing), se basa en el cambio de la defi- nición del síntoma, demanda o problema, eso es, una reconstrucción o redefi- nición. Para hacerlo es necesario ganar cierta credibilidad de la familia. El tera- peuta debe ser aceptado como tal por la familia. Un terapeuta familiar estruc- tural puede adquirir esta posición prestigiosa utilizando técnicas de unión y aco-
modación. Una revisión sintética pero muy completa del enfoque estructural
puede encontrarse en Colapinto (1982).
Al explicar el concepto de cuadro Minuchin (Minuchin y Fishman, 1981) explica que en su propia familia él era considerado responsable y soñador, mien- tras que su hermano era considerado brillante e inesperado. Si Minuchin conse- guía buenos resultados en un área determinada se atribuía a su consabida res- ponsabilidad, y si era su hermano quien lo conseguía se consideraba una con- secuencia de su brillantez. Minuchin considera que cada familia ha construi- do un cuadro para dar consecuencia de la realidad. Esta es una forma particu- lar de desarrollar el tema de los constructos familiares que será tratado más adelante. Su concepción del cambio terapéutico se expresa también en térmi- nos constructivistas:
“Los pacientes acuden a la terapia por ser inviable la realidad que ellos mis- mos han construido. Por lo tanto, todas las variedades de terapia se basan en el cuestionamiento de esos constructos” (Minuchin y Fishman, 1981).
Como Minuchin, también Sluzki considera al terapeuta como constructor de nuevas realidades. Este último manifiesta su postura constructivista en diversas publicaciones (1983, 1985). Carlos E. Sluzki fue director de la revista más prestigiosa de terapia familiar, Family Process. Imparte seminarios en diver- sidad de lugares alrededor del mundo, lo que le permite estar en contacto con las distintas tendencias existentes en el movimiento de terapeutas familiares. Por esta razón y por su talante carismático e integrador es tan relevante su posicionamiento constructivista.
“El cuerpo central de mi presentación se refiere a los procesos de construc- ción de realidades con un énfasis especial en el rol de terapeuta como construc- tor de realidades. La suposición básica consiste en que cada uno de nosotros lle-
va consigo un mapa del mundo, una representación o una concepción que con- duce a construir lo que percibe de modo que pase a ser percibido como reali- dad” (Sluzki, 1985).
Los asociados Boscolo y Cecchin (Boscolo, Cecchin, Hoffman y Penn, 1987), escindidos del equipo original de Milán, presentan uno de los enfoques más representativos del constructivismo sistémico. El objeto de su terapia es comprender la historia que cuenta la familia, en la cual se incluye la conducta etiquetada de problema, en términos de premisas y mitos familiares. Se inte- resan por las circunstancias en la que se dio esta etiquetación y por explorar las condiciones hipotéticas que permitirían disolver la etiquetación del proble- ma. Su forma de entrevista se basa en las preguntas circulares que van recons- truyendo el camino por el que se trazaron las distinciones existentes en la fami- lia y el sistema circundante con relación al problema. La conversación tiende a cuestionar las premisas del sistema, a flexibilizarlas, de forma que la familia pueda elaborar por sí misma una historia alternativa en la que no se apliquen etiquetas “problemáticas”. Esta actitud de neutralidad acerca de la elaboración de la historia alternativa parece derivarse directamente de sus presupuestos epistemológicos constructivistas.
Lynn Hoffman (1985,1988) es quizá la autora que mejor ha narrado la evolución constructivista del movimiento sistémico en términos generales. El eje de esta evolución ha sido el cambio de foco inicial de la terapia sistémica en las secuencias interaccionales de conductas hacia un interés preponderante en el significado. Así, si en un inicio se consideraba el síntoma en función de los parámetros interaccionales del sistema, ahora los terapeutas constructivis- tas se centran en la explicación de mitos y premisas familiares de los cuales se