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El escenario digital: pantallas, nuevas generaciones

1. Comunicación digital interactiva y nuevas ecologías de medios

1.2 El escenario digital: pantallas, nuevas generaciones

Nos encontramos con pantallas en todos los escenarios públicos y privados. Es lo que Pérez (2008) ha llamado “la omnipresencia de las pantallas”, en las que buena parte del mundo ha pasado a ser una sociedad mediática y multipantalla. El sujeto fractal presente en ellas, la pantalla del televisor y las que se le han sumado: el computador, el teléfono móvil, la tableta, los múltiples dispositivos, en palabras de Pérez (2008) se han

multiplicado, se han diversificado y se han renovado las formas del ver.

La televisión convencional, que fue masiva y centralizada hasta hace una década, se ha transformado y variado para acomodarse a los nuevos escenarios mediáticos y digitales, que la ha llevado a tener exigencias y condiciones de los nuevos contextos. Esto ha conllevado las transformaciones en los sistemas de producción, distribución y recepción de contenidos en general, así como en las formas de comercialización y financiación de lo que es la TV hoy en internet. Hoy estamos inmerso ante una ilusión de lo que vemos o queremos ser. Podemos ser productores de contenidos para que otros nos vean, nos consulten o nos sigan.

Mantener esa “regla de conservación de la ilusión” (Giffin, 1984, citado en Albornoz, 2008, p. 6) es lo que plantea Giffin: el usuario es quien asume la realidad de las redes sociales y se olvida que es una mera ficción. Esto es lo que pasa con el usuario promedio, ya que en su tiempo de ocio y de trabajo desea ver la realidad que otros le

El uso de internet como espacio de ocio, nos deja ver cómo este último es un claro agente de afirmación de la identidad. De hecho, una triada entretenimiento- información-comunicación, se desplaza en este campo, el cual es ‘apropiado’ por sus participantes mediante su uso cotidiano (Angelino, 2008)

Este planteamiento nos acerca a lo que dice Igarza: los espacios de tiempo que ha tenido el hombre desde décadas, han sido distribuidos de manera autónoma. Este ha estado despierto entre la producción de sus medios de subsistencia y otras actividades sociales, culturales, lúdicas y relacionales.

Entonces, lo que se conoce desde la revolución industrial como trabajo y que ha sido desde entonces el principal eje estructural de una sociedad, ha entrado en crisis por ese mismo planteamiento de la sociedad líquida. El trabajo que había organizado la vida de los ciudadanos alrededor de la planificación del futuro, entonces hoy en día con los avances en los ecosistemas de medios, se incorporó a una economía más lineal y democrática. El mundo moderno mediático y ocioso incluyó a millones de personas en el consumo de contenidos.

En una sociedad fluida, la inserción masiva de las TIC en las actividades cotidianas y los intercambios comunicacionales afecta cada vez más las interrelaciones sociales. Entonces la esencia del trabajo, que antes se pensaba hacia el futuro, ya no es la producción de objetos físicos sino la manipulación de datos, imágenes y símbolos. El trabajo abandona los lugares y horarios tradicionales (Igarza, 2009). Esto confirma que las redes globales son un tejido que permite poner en relación simultánea un número creciente de interlocutores; entonces, con las redes sociales, los humanos podemos sentir el doble de las cosas que pensamos, porque no solo es algo físico en nuestro cuerpo, sino a la vez es un sentimiento en una realidad virtual.

En consecuencia, se podría decir que existe una apropiación que hace el uso efectivo de las plataformas virtuales, como estrategia de vinculación a su interacción inmediata, en esta sociedad; es decir, que la economía, la política, y esta última como institución tradicional está desprovista de argumentos que orienten a quien usa la red actual, y que este se concentre en sus capacidades creativas, porque según Bauman “el retraimiento con respecto a la política y al ámbito de lo público se ha convertido, por tanto, en la actitud básica del individuo moderno” (Bauman, 1990).

Por su parte, Turkle (1984) citado por Nacimba y Heriberto (2009) afirma que las innovaciones tecnológicas hacen del usuario un moderno narciso; la pantalla como un espejo en donde este se mira para sí mismo, lo que provoca un proceso de aislamiento. Sin embargo, se puede sostener que este cercamiento lo abre hacia la vinculación con otros bajo su misma condición conectados a sus dispositivos o computadores y que están presentes en la red.

Esto no es del todo simplificador, Gurstein (2005) habla de que el “uso efectivo puede ser definido como la capacidad y la oportunidad de integrar exitosamente las TIC en la realización de objetivos identificados individual o colectivamente” (Gurstein, 2005, p. 113 Citado por Nacimba 2011) Entonces, no se puede negar que las TIC han transformado las relaciones humanas, las formas de construir conocimiento y acceder a la información; a ellas se les ha atribuido soluciones a necesidades educativas, gestión empresarial y modos de producción. También han recreado los conceptos de

participación, democracia y ciudadanía, reconfigurando su ejercicio; tema que es interesante investigar en aras de seguir el camino para preguntar si las TIC verdaderamente generan mejores prácticas ciudadanas.

En esta época digital es común escuchar hablar de un cambio de paradigma en la política, y son cada vez más utilizadas las categorías de ‘lo viejo’ y ‘lo nuevo’. Este cambio está atravesado por la revolución comunicativa propiciada por internet y afecta, de lleno, a sujetos e instituciones que componían (que componen, aún) las bases de la estructura, la organización y la práctica política en nuestra sociedad (Jurado, 2015, p. 88).

Es complejo lo que vive la sociedad en red, la contemporaneidad de hoy en la escuela nos aleja como ciudadanos, nos separa de potenciar la formación ciudadana, al presentar la inmediatez, lo light. Tenemos tanta información recibida a diario por las múltiples pantallas, que a pesar de considerarnos híperinformados, no lo estamos porque no se analiza, se procesa o se hace una observación detallada de esos contenidos.

Desde plataformas digitales, el reto está en que la generación transmedia se empodere de esas tecnologías para hacer un cambio social; las nuevas tecnologías y los medios de comunicación (redes sociales, colectivos sociales, redes académicas) tienen mucho que aportar: la voz de maestros, estudiantes de la escuela, agentes de cambio, líderes

sociales, personas del común, que quieren marcar un cambio en sus vidas y en la historia de su comunidad. Hoy nuestras interrelaciones, los nodos sociales, las empresas, la economía, la política, la cultura, la educación, entre otros importantes elementos colectivos, son atravesados por la intermediación tecnológica, la cual no solo opera como un conjunto de plataformas informáticas, sino como protagonista de insondables cambios en la manera en que nos informamos, nos relacionamos con otras personas e incluso fungimos como partícipes dentro del ágora social que cimientan las redes sociales (Aguaded y Romero, 2015, p. 45).

La política es entendida como la participación activa en la vida pública. Esto implica que la gente, según Young (2001), se distancie de sus necesidades y sufrimientos particulares, con el objetivo de crear un escenario público; en esa medida las esferas de los nuevos medios y la ecología digital se han convertido en ese espacio público en donde la participación política va sucediendo a través de fragmentos narrados en audiovisuales, para lo que precisa de productos comunicacionales que lleven los

mensajes a través de las multipantallas que ofrece la plataforma, y en las cuales aparece el individuo colectivo en sus especificidad: “Unidos en lo público” (Young, 2001, p. 694).

Con lo anterior, se puede decir que Young toma el concepto de Ana Arent y lo traslada a la noción de lo privado y lo público, que en este caso en la red se desdibuja, a modo de integración, es decir, el usuario comparte indiscriminadamente información personal, lo cual naturaliza, de esta manera, una sobreexposición de la subjetividad y poniéndola en el escenario político/público. La vida social se ve sacudida por la cruel competencia por el poder, por los conflictos, las privaciones y la violencia, que siempre amenazan con destruir el espacio político. Pero la acción política revive de cuando en cuando, y gracias al recuerdo del ideal de la antigua polis, conservamos la visión de la libertad y la nobleza humanas como acción pública participativa (Arendt, 1958, citado en Young, 2001). Es una acción de poder “sin ninguna percepción por parte del sujeto y sus nociones de privacidad empiezan a desdibujarse” (Albornoz, 2008, p. 5). Al mirarlo desde el solapamiento de lo público sobre lo privado, se infiere que este hecho

contingente recrea conflictos, ideas, necesidades, objetivos comunes, que liga a los usuarios mediante afinidades y comportamientos.

Con este enfoque, la idea es asegurar que estas afinidades y comportamientos se enmarquen dentro del carácter social de la tecnología y el carácter tecnológico de la sociedad (Albornoz. 2008), a fin de estructurar las bases de un sujeto político dentro de la vida colectiva de las redes sociales. En este punto, Igarza (2009) propone que

YouTube es un tipo de plataforma especializada, cuya función esencial es la de distribuir videos online. Este autor explica que la oferta carece de significatividad, es decir un menú variado e inconexo que la plataforma ordena arbitrariamente, donde lo que compartimos, de por sí público, queda expuesto para ser observado por otros en un escenario político de comportamiento colectivo.

Por lo anterior, los medios de comunicación (masivos, alternativos, populares y comunitarios) hoy en día hacen presencia en la red con youtubers e incluso las

instituciones del Estado cuentan con sus espacios virtuales que han sido captados por el sistema, en esa nueva forma de mercado digital, que ha hecho que la transformación de un medio de comunicación resulte de la combinación de cambios culturales y la llegada de nuevas tecnologías.

En este eje es evidente el poco interés desde la política de Estado en la alfabetización en las nuevas tecnologías de los ciudadanos en general. Antes que pensar en la

masificación de la máquina y de estos aparatos tecnológicos, se debería proponer ampliar las posibilidades de acceder a una democracia mediática, y no lo que se ha hecho: alejar más a los ciudadanos de la arena pública que, como se ha venido explicando en renglones anteriores, la web es un escenario de participación política pública, en la medida que ponemos a circular nuestra voz allí.

La llegada y masificación de internet y el uso de diferentes dispositivos móviles, computadores, celulares, tabletas electrónicas, la comunicación y el papel de los medios masivos tradicionales, se ha transformado. Este cambio es continuo y vertiginoso. Esto ha llevado a la desinformación en la esfera digital porque cuando más nos creemos informados, menos lo estamos; esa envolvente capa de datos compuesta de

entretenimiento, publicidad y gobierno, donde estarían los youtubers, algunos con contenidos muy valiosos, otros desde su perspectiva llenando de más ‘basura

electrónica’ la red, como lo han manifestado algunos. Esto quiere decir, que para atenuar esa tendencia a la desinformación hay que desarrollar una competencia mediática que

afronte la continua mutación de los medios, pero también la realidad en la que estamos inmersos.

Para terminar este subeje, se considera que los interrogantes están frente al rol que tiene el cíberciudadano en la era digital. Cómo este se aproxima a establecer que en su espacio inmediato, es un generador de opinión y, a partir de ese papel, se forma como ciudadano en lo público, informado y capaz de tomar decisiones en su accionar político. No podemos continuar alimentando las visiones esencialistas de la tecnología, pues ello solo conlleva dejar fuera de nuestro alcance y conocimiento importantes dimensiones de nuestra existencia en la red y sin dejar la posibilidad de subvertir planteamientos que creemos ya están hechos.