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El fetichismo mercantil como modo de subjetivación

In document MARX: POLITICA Y ENAJENACIÓN (página 74-85)

La exposición sobre el “fetichismo adherido al mundo de las mercancías” ha sido tomada como el núcleo de la crítica a la economía política contenida en El Capital, como la for- mulación más explícita de la teoría materialista de la socie- dad.94 Permite dar cuenta de la forma “invertida” con que

los fenómenos inherentes al modo de producción capitalista (que remiten a la manera en que el incremento de valor del capital absorbe “trabajo vivo”) se perciben en la “superficie” de las relaciones económicas, y son aprehendidos por las ca- tegorías enajenadas de la economía política.

La economía política había considerado la producción capitalista de mercancías como el orden económico racional y natural, válido para toda época, al tiempo que reducido todos los conceptos económicos al valor, y toda ley econó- mica, a la ley del valor. Sus mejores exponentes habían ad- mitido como hecho que el trabajo se represente en el valor, y las distintas cantidades relativas de trabajo, en la relación de valor entre los productos del trabajo. Rebasar este hori- zonte implicaba abolir las categorías económicas burguesas

94 Solo tras medio siglo de difusión de El Capital, en 1923, esta inter-

pretación corrige el aislamiento de la teoría del fetichismo mercantil, al presidir su recuperación filosófica por Georg Lukács (cfr. Historia y conciencia de clase) y la menos influyente fundamentación de la pers- pectiva económico social marxista realizada por Isaak Illich Rubin (cfr.

mediante una mayor generalización: Marx asume como ca- tegoría económica más general, en lugar del valor o la “mag- nitud del valor” medida por el tiempo de trabajo, la forma

del trabajo productor de mercancías, esto es, la forma-valor del producto del trabajo o la forma de la mercancía misma.

Esta forma básica, límite último de abstracción dentro del ámbito de la economía política, supone, para la crítica de Marx, el elemento específico que caracteriza históricamente, y desde una perspectiva de clase, al modo de producción ca- pitalista, como un tipo determinado de producción social.95

Y el tránsito de una a otra consideración, de la abstracción a la concreción, que subyace a toda la obra económica de Marx, es explicitado en el análisis contenido en “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto”.

El “fetichismo de la mercancía” alude al hecho de que

una relación determinada existente entre [los mis- mos hombres] adopta […] la forma fantasmagórica de una relación entre cosas. […] [Ante los producto- res], las relaciones sociales entre sus trabajos priva- dos se les ponen de manifiesto […] no como relacio- nes directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como

relaciones propias de cosas entre las personas y rela- ciones sociales entre las cosas.96

El valor de cambio de las mercancías (generalmente expresa- do en forma de precio) varía en tiempo y espacio, en función

95 Cfr. Karl Korsch: Karl Marx, pp. 126-127.

96 Carlos Marx: El Capital. Crítica de la economía política. Libro pri-

de la competencia y de otras fluctuaciones a más o menos largo plazo. Lejos de disipar la apariencia de una relación in- trínseca entre la mercancía y su valor, dichas variaciones le otorgan más bien una objetividad complementaria: los indi- viduos se trasladan voluntariamente al mercado, pero si en este los valores (o los precios) de las mercancías fluctúan, no es en virtud de sus decisiones; a la inversa, la fluctuación de los valores determina las condiciones en que los individuos tienen acceso a las mercancías. Así, pues, los hombres deben buscar en las “leyes objetivas” de la circulación de las mer- cancías los medios de satisfacer sus necesidades y arreglar entre ellos las relaciones de servicios mutuos, de trabajo o de comunidad que pasan por relaciones económicas o de- penden de ellas.97

Marx hará de esta objetividad elemental, que aparece desde la relación simple con las mercancías en el mercado, el punto de partida y el modelo de la objetividad de los fenó- menos económicos en general y de sus leyes. Para la econo- mía política, estas son análogas a la objetividad de las leyes naturales.

Este fenómeno posee una relación inmediata con la fun- ción del dinero: como condición de la circulación de mer- cancías, añade un elemento al fetichismo y permite compren- der el uso de este término. Si las mercancías, el mundo de los objetos humanos producidos o consumidos, parecen tener un valor de cambio, el dinero, por su lado, parece ser el valor de cambio mismo y poseer la facultad intrínseca de comunicar a las mercancías su poder. De ahí que se le tome como un fin en sí, como objeto de una necesidad universal. Si el dinero “ma- terializa” el valor de las mercancías en el mercado mediante

actos individuales de compra y venta, los individuos que los realizan aparecen como equiparables.

Esta relación del dinero con las mercancías puede ser re- presentada como el efecto de un poder “sobrenatural” del dinero que crea y anima la circulación de las mercancías y encarna su propio valor imperecedero en el cuerpo pere- cedero de estas. O bien como efecto “natural” de la relación de las mercancías entre sí, que expresa sus valores y las pro- porciones en que se intercambian, por medio de institucio- nes sociales. Ambas representaciones se desarrollan juntas y corresponden a dos momentos de la experiencia que los “sujetos del intercambio” hacen de los fenómenos de circula- ción y mercado constituyentes de la forma general de toda la vida económica. Marx pudo así referirse a la percepción del mundo de las mercancías como la de “cosas sensorialmente suprasensibles” en las que coexisten lo natural y lo sobre- natural, y declarar que la mercancía es un objeto “místico” lleno de “reticencias teológicas”.98 El mundo moderno es el

mundo de los objetos de valor y de los valores objetivados. Marx se propone desmitificar ese fenómeno, mostrar en él una apariencia que, en último análisis, se apoya en un quid pro quo.99 Fenómenos como el valor de cambio (tomado como

propiedad de los objetos), la autonomía del movimiento de las mercancías y los precios, deberán ser reducidos a una causa real enmascarada o cuyo efecto se ha invertido. Este análisis permite la crítica de la economía burguesa, pues su explicación científica de las fluctuaciones del valor, al redu- cirlas a una medida invariable que es el tiempo de trabajo necesario para la producción de cada mercancía, considera

98 Ibídem, p. 87. 99 Cfr. ibídem, p. 69.

esa relación como un fenómeno natural, y por consiguiente eterno.100 Esto obedece a que la economía política, com-

plemento de la Filosofía de las Luces, concibe la apariencia como un error o una ilusión, un defecto de la representación que podría eliminarse mediante la observación (o la estadís- tica) y la deducción.

Sin embargo, el fetichismo no es un fenómeno subjetivo, una percepción falseada de la realidad, al modo de una ilu- sión óptica o una superstición sostenida por hábitos cotidia- nos. Antes bien, es la manera en que la realidad, una cierta formación social, no puede dejar de aparecer. De ahí que esa “apariencia”, farsa y fenómeno, ilusión y materialización a la vez, represente una mediación o función necesaria sin la cual, bajo ciertas condiciones históricas, la vida de la sociedad se- ría imposible. Suprimir la apariencia es abolir la relación so- cial. El fetichismo mercantil no se reduce a un fenómeno de la conciencia social, sino del ser social, propio de la estructura económica de la sociedad capitalista.101 Por ello Marx rechaza,

por utópica, la propuesta (difundida entre socialistas ingleses y franceses de principios de siglo) de eliminar el dinero en fa- vor de bonos de trabajo u otras formas de redistribución so- cial, sin mediar la transformación del principio de intercam- bio entre unidades de producción privadas.102 Al constituir un

todo la estructura de producción y circulación que confiere un valor de cambio a los productos del trabajo, la existencia de la moneda (forma “desarrollada” del equivalente general de las mercancías) es una función necesaria.

100 Cfr. ibídem, pp. 91-92.

101 Cfr. Isaak Illich Rubin: ob. cit., pp. 54 y 108-109.

102 Cfr. Carlos Marx: Contribución a la Crítica de la economía política,

pp. 70-73; y Carlos Marx: El Capital. Crítica de la economía política. Libro primero. El proceso de producción del capital, cap. III, pp. 115-116, n. 1.

En consecuencia, al primer momento de la crítica (la di- solución de la “apariencia de objetividad” del valor de cam- bio) debe agregarse otro, que lo condiciona y muestra la constitución de la apariencia en la objetividad.

Lo que se presenta como una magnitud de valor dada es en realidad la expresión de una relación social. Unidades in- dependientes entre sí (pequeños productores o grandes em- presas) solo pueden determinar a posteriori el grado de ne- cesidad de sus trabajos, la parte de trabajo social que debe dedicarse a cada tipo de objeto útil, ajustando su producción a la demanda. A los ojos de cada productor, el valor de cam- bio de las mercancías representa de manera invertida, como atributo de las mismas, la relación que su propio trabajo mantiene con el de todos los demás productores. Por ello su trabajo parece “socializado” por la “forma valor”, en lugar de que esta figure como la expresión de una división social del trabajo.103

Por otra parte, el fundamento de su crítica de la econo- mía política es la idea de que las condiciones que hacen ne- cesaria la objetivación “fetichista” de la relación social son íntegramente históricas. Surgen con el desarrollo de una producción “para el mercado”, cuyos productos solo alcan- zan su destino final (el consumo en todas sus formas) a través de la compra-venta. Se trata de un proceso milenario que, con el capitalismo (cuyo elemento decisivo es la transformación de la misma fuerza de trabajo humana en mercancía), se universaliza rápida e irreversiblemente. A falta de una re- gulación directa del proceso social de la producción, dicha regulación debe realizarse, indirecta y necesariamente, a

103 Cfr. Carlos Marx: El Capital. Crítica de la economía política. Libro

través del mercado, a través de los productos del trabajo. En lo sucesivo, el único progreso posible consiste en el “control planificado y consciente” de la producción por los producto- res “libremente asociados”, cuyas condiciones técnicas pre- para justamente la cuantificación universal de la economía. La transparencia de las relaciones sociales no será entonces una condición espontánea, sino una construcción colectiva. El fetichismo de la mercancía aparecerá por tanto como un largo tránsito entre la dominación de la naturaleza sobre el hombre y la dominación del hombre sobre la naturaleza.104

La relevancia filosófica de esta concepción de Marx reside en que, a través de un rodeo en apariencia contingente por el análisis de las formas sociales de la circulación mercantil y la crítica de su representación económica, la cuestión de la objetividad queda transformada. El mecanismo del fetichis- mo puede interpretarse como una constitución del mundo social, estructurado por las relaciones de intercambio, que representa lo esencial de la “naturaleza” en que viven, pien- san y actúan los individuos bajo esa formación socioeconó- mica. Expresa una percepción de fenómenos y un modo de ser de las cosas que no es posible alterar a voluntad. Por eso Marx escribe que “las categorías de la economía burguesa” son “formas del pensar socialmente válidas, y por tanto ob- jetivas, para las relaciones de producción que caracterizan

ese modo de producción social históricamente determinado: la producción de mercancías”.105

La originalidad de esta teoría de la constitución del mun- do reside en que constituye sujetos, o formas de subjetividad y de conciencia, en el campo o como parte de la misma ob-

104 Cfr. ibídem, p. 97. 105 Ibídem, p. 93.

jetividad: se dan en la experiencia de los individuos en re- lación con las “cosas”, con las mercancías. De su posición trascendental en la filosofía clásica alemana, la subjetividad pasa a la de efecto, resultado del proceso histórico de rela- ciones sociales. El “sujeto” que Marx refiere es el conjunto de las relaciones de producción, intercambio, consumo, cuyo efecto combinado cada individuo percibe fuera de sí, como propiedad “natural” de las cosas. Y ese conjunto de activida- des produce representaciones sociales de objetos al mismo tiempo que objetos representables (mercancía, dinero, capi- tal). Por su parte, los sujetos constituidos son los individuos que, en la sociedad burguesa, son en primer lugar sujetos de intercambio económico, propietarios, aunque solo sea de su propia fuerza de trabajo. La constitución del mundo, por tanto, es una génesis de una forma de subjetividad histó- rica determinada, como parte y contrapartida del mundo social de la objetividad.106

La idea del fetichismo de la mercancía que ha sido ana- lizada implica, con relación a los fundamentos de la ideolo- gía, una reformulación del proyecto “teórico” de Marx y una reorientación de sus perspectivas sobre la revolución social. Claro que fetichismo e ideología poseen elementos co- munes. Ambos relacionan la condición de los individuos (aislados entre sí por la división del trabajo y la competen- cia) con la constitución y el contenido de las abstracciones “dominantes” en la sociedad burguesa. Uno y otro analizan la contradicción inherente al desarrollo del capitalismo, en- tre dos dimensiones universales: a) la de los individuos, la diversidad de sus relaciones sociales, el despliegue de sus

106 Cfr. Jacques Rancière: Lire le Capital III, pp. 70-71; y Etienne Bali-

actividades y “capacidades” que ofrece la técnica moder- na; y b) aquella de la teoría, de los conceptos (trabajo, valor, propiedad, persona) que tienden a reducir a los individuos a meras expresiones equiparables de una sola y misma esen- cia. Finalmente, suponen el empleo del fundamento lógico de la enajenación.

Sin embargo, los conceptos de ideología y fetichismo apuntan a procesos sociales no independientes pero distintos, a expresiones enajenadas que se desarrollan en sentido inver- so. La ideología remite a creencias, a valores trascendentes que reivindican los individuos; se trata de una representación abstracta que aparenta una existencia autónoma. El fetichis- mo refiere una “abstracción material” (mercancía, dinero) del orden de la percepción, de las evidencias cotidianas (utili- dad, precios, reglas “normales” de comportamiento). Res- pecto al trabajo y la producción, la cuestión de la ideología enfatiza el encubrimiento de su determinación social, de las condiciones materiales de la producción. La idea de fetichis- mo, al contrario, atiende a la forma del intercambio mercan- til, al modo en que toda producción está subordinada a la reproducción del valor de cambio.

Como resultado, la política (incluida la revolucionaria) aparece en su doble aspecto, concerniente a la vez a los ideales y a las costumbres. Pues la concepción de la ideología es, en lo fundamental, una teoría del modo inherente de dominación del Estado: el objeto de su crítica es la definición de Hegel acerca del Estado de derecho como dominio ejercido sobre la sociedad. En cambio, la del fetichismo apunta hacia el modo de subjetivación o de constitución del “mundo” de su- jetos y objetos inherente a la socialización propia del merca- do, al dominio de las relaciones mercantiles. Fue elaborada como crítica de la economía burguesa, de su “anatomía” del

valor fundada en la cuantificación del trabajo y de la noción liberal de una autorregulación del mercado.107

Esta diferencia se debe al cambio en la concepción de Marx sobre las condiciones y los objetivos de la lucha revo- lucionaria. La idea de un derrocamiento de la dominación burguesa, contraria al desarrollo de la sociedad y a la organi- zación del proletariado en clase, transita hacia la de una re- solución de la contradicción inherente al modo de socializa- ción producido por el capitalismo.108 Ambos momentos, sin

embargo, deberán ser asumidos por el proceso de transición bajo la égida proletaria: la supresión del Estado y la política como esfera disociada y dominante sobre la sociedad, y la superación de la valorización mercantil inherente a las rela- ciones sociales capitalistas.

La dificultad de Marx para conciliar ambos fines se ex- presa en los diferentes niveles de conceptualización que sos- tienen su labor crítica. Al análisis del desarrollo desigual de la crítica del Estado y de la crítica de la economía política, será dedicado el siguiente capítulo.

107 Cfr. Etienne Balibar: La filosofía de Marx,pp. 85-88.

108 Esta diferencia ha sustentado la distinción de modelos o patro-

nes de transición al comunismo presentes en diversos momentos de la obra de Marx, como condición de la “selección” de principios teóricos y políticos que caracterizaron a los grandes movimientos del marxismo pos- terior (ortodoxia, revisionismo, bolchevismo). Cfr. Stanley Moore: ob. cit.

In document MARX: POLITICA Y ENAJENACIÓN (página 74-85)