Llewellyn Rockwell
Punto 8. El gasto militar tiene objetivos imperialistas
Ronald Reagan solía decir que su aumento militar era esencial para mantener la paz. La historia de la política ex- terior de EEUU desde la década de 1980 ha demostrado que esto es un error. Hemos tenido una guerra tras otra,
guerras lanzadas por Estados Unidos contra países no colaboradores y creación de aún más estados clientelares y colonias.
La fortaleza militar de EEUU no ha llevado a la paz, sino todo lo contrario. Ha hecho que la mayoría de la gente en el mundo considere a Estados Unidos como una amenaza y ha llevado a excesivas guerras en muchos países. Las guerras de agresión se definieron en Nuremberg como crímenes contra la humanidad.
Se suponía que Obama acabaría con esto. Nunca prometió hacerlo, pero todos sus defensores creían que lo haría. Sin embargo, ha hecho todo lo contrario. Ha aumentado los niveles de tropas, afianzado guerras y empezado otras nuevas. En realidad ha presidido un estado belicista igual de malo que cualquiera en la historia. La diferencia esta vez es que la izquierda ya no critica el papel de EEUU en el mundo. En ese sentido, Obama es lo mejor que la haya ocurrido nunca a los belicistas y el complejo militar- industrial.
Respecto de la derecha en este país, hubo un tiempo en que se oponía a este tipo de fascismo militar. Pero todo cambió tras el inicio de la Guerra Fría. La derecha sufrió un terrible cambio ideológico, bien documentado en la olvidada obra maestra de Murray Rothbard, The Betrayal of the American Right. Bajo la disculpa de detener al comunismo, la derecha pasó seguir el apoyo del ex-agente de la CIA, Bill Buckley, a una burocracia totalitaria en el interior para hacer la guerra en todo el mundo.
Al final de la Guerra Fría, hubo un breve retorno cuando la derecha de este país recordó sus raíces en el no intervencionismo. Pero no duró mucho. George Bush I reavivó el espíritu militarista con la primera guerra en Iraq y no ha habido ningún cuestionamiento fundamental del imperio estadounidense desde entonces. Incluso hoy, los republicanos obtienen los mayores aplausos espoleando a las audiencias con amenazas exteriores, aunque nunca mencionando la amenaza real para el bienestar estadounidense que existe en la Beltway.
El Futuro
No puedo pensar en una prioridad mayor que una alianza antifascista seria y efectiva. En cierto sentido, ya se está formando una. No es una alianza formal. Está compuesta por quienes protestan por la Fed, los que rechazan seguir con las políticas fascistas de la corriente principal, los que buscan la descentralización, los que reclaman impuestos más bajos y libre comercio, los que defienden el derecho a asociarse con quien quieran y comprar y vender en los términos que elijan, los que insisten en que pueden educar a sus hijos por sí mismos, los inversores y ahorradores que hacen posible el crecimiento económico, los que no quieren ser toqueteados en los aeropuertos y los que se han convertido en expatriados.
También incluye a los millones de empresarios independientes que están descubriendo que la amenaza número uno a su capacidad de servicio a otros a través del mercado es la institución que afirma ser nuestro mayor benefactor: el gobierno.
¿Cuánta gente entra en esta categoría? Más de la que sabemos. El movimiento es intelectual. Es político. Es cul- tural. Es tecnológico. Vienen de todas las clases, razas, países y profesiones. Ya no es un movimiento nacional. Es verdaderamente global.
Ya no podemos predecir si los miembros se consideran como de izquierdas, de derechas, independientes, libertarios, anarquistas u otra cosa. Incluye gente tan diversa como padres que educan en casa a sus hijos en los suburbios como a padres en áreas urbanas cuyos hijos están entre los 2,3 millones de personas que languidecen en la cárcel por ninguna buena razón en un país con la mayor población reclusa del mundo.
¿Y qué quiere este movimiento? Ni más ni menos que la dulce libertad. No pide que la libertad de conceda o dé. So- lo pide la libertad que promete la propia vida y existiría si no fuera por el estado Leviatán que nos roba, nos fastidia, nos encarcela, nos mata.
Este movimiento no desaparece. Estamos rodeados diariamente por evidencias de que es legítimo y real. Cada día es más evidente que el estado no contribuye absolutamente nada a nuestro bienestar, sino que resta masivamente a él.
De vuelta a la década de 1930, e incluso durante la de 1980, los defensores del estado estaban rebosantes de ide- as. Tenían teorías y programas que tenían muchos soportes intelectuales. Estaban ansiosos y excitados acerca del mundo que crearían. Acabarían con los ciclos económicos, traerían avances sociales, crearían clase me- dia, curarían las enfermedades, proporcionarían seguridad universal y muchas más cosas. El fascismo creía en sí mismo.
Ya no es verdad. El fascismo no tiene nuevas ideas, ni grandes proyectos y ni siquiera sus propios partidarios creen realmente que pueda lograr que pretende. El mundo creado por el sector privado es tanto más útil y bello que cualquier cosa que haya hecho el estado que los propios fascistas se han desmoralizado y son conscientes de que su programa no tienen ningún fundamento intelectual real. Cada vez es más conocido que estatismo no funciona ni puede funcionar. El estatismo es la gran mentira. El estatismo nos da exactamente lo contrario de lo que promete. Prometía seguridad, prosperidad y paz y nos ha dado temor, pobreza, guerra y muerte. Si queremos un futuro, es el que tenemos que construir nosotros mismos. El estado fascista no nos lo dará. Por el contrario, se interpone en el camino.
También me parece que ha pasado el antiguo romance de los liberales clásicos con la idea del estado limitado. Es hoy mucho más probable que los jóvenes adopten una idea que hace 50 años se consideraba impensable: la idea de que la sociedad está mejor sin ningún estado en absoluto.
Yo consideraría el auge de la teoría anarcocapitalista como el mayor cambio intelectual en mi vida de adulto. Ha desaparecido es visión del estado como el vigilante
nocturno que solo defendería derechos esenciales, resolvería disputas y protegería la libertad.
Esta opinión es deplorablemente ingenua. El vigilante nocturno es el tipo con las armas, el derecho legal a utilizar la agresión, el tipo que controla todas las entradas y salidas, el tipo que se posa en lo alto y ve todas las cosas. ¿Quién le vigila? ¿Quién está limitando su poder? Nadie y precisamente por esto es la verdadera fuente de los mayores males de la sociedad. Ninguna constitución, ni elecciones, ni contrato social controlarán su poder.
De hecho, el vigilante nocturno ha adquirido el poder total. Es él quien sería el estado total, al que Flynn describe co- mo un gobierno que “posee el poder para aplicar cualquier ley o tomar cualquier medida que la parezca apropiada”. Mientras un gobierno, dice “esté investido con el poder de hacer cualquier cosa sin ninguna limitación en sus poderes, es totalitario. Tiene el poder total”.
Ya no es algo que podamos ignorar. El vigilante nocturno debe ser despedido y sus poderes distribuidos entre toda la población y debería gobernarse ésta por las mismas fuerzas que nos proporcionan todas las bendiciones que nos permite el mundo material.
Al final, esta es la alternativa que afrontamos: el estado to- tal o la libertad total. ¿Cuál elegiremos? Si elegimos el es- tado, continuaremos hundiéndonos más y más acabaremos todo lo que atesoramos como civilización. Si elegimos la libertad, podemos aprovechar el notable poder de la cooperación humana que nos permitirá continuar haciendo un mundo mejor.
En la lucha contra el fascismo, no hay razón para desesperar. Debemos continuar luchando con toda la confianza en que el futuro nos pertenece a nosotros y no a ellos.
Su mundo se está desmoronando. El nuestro se está construyendo.
Su mundo se basa en ideologías en bancarrota. El nuestro se asienta en la verdad acerca de la libertad y la realidad. Su mundo solo puede mirar atrás hacia los días gloriosos. El nuestro mira adelante al futuro que nos estamos construyendo.
Su mundo se asiente en el cadáver del estado-nación. Nuestro mundo se basa en la energía y la creatividad de todos los pueblos del mundo, unidos en el gran y noble proyecto de crear una civilización próspera a través de la cooperación humana pacífica.
Es verdad que ellos tienen las armas más grandes. Pero las grandes armas no han garantizado una victoria perma- nente en Iraq o Afganistán (o en cualquier otro sitio del planeta).
Poseemos la única arma que es verdaderamente inmortal: la idea correcta. Esto es lo que nos llevará a la victoria.
Como dijo Mises:
A largo plazo, ni siquiera los gobiernos más despóticos con toda su brutalidad y crueldad pueden competir con las ideas. Al final, prevalecerá la ideología que se haya ganado el apoyo de la mayoría y haya frustrado sus planes. Entonces los muchos oprimidos se levantarán en rebelión y acabarán con sus amos.