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Como muy bien explica Burckhardt, durante todo el Renacimiento italiano, y sobre todo en Florencia, se creó la costumbre de que quien fuera elegido para asumir cargos públicos tenía que pronunciar algunos discursos políticos cuyo contenido normalmente era un panegírico de la República o del Principado a los que iba a servir. Así nos lo cuenta el autor: “Con ocasión de la renovación anual de

cargos públicos, así como de la presentación de los recién nombrados obispos, hacía siempre su aparición algún humanista, dirigiéndose al pueblo muchas veces con estrofas sáficas o en hexámetros; igualmente, al ocupar un cargo, el recién nombrado funcionario tenía que hacer frente algunas veces a algún discurso sobres su competencia, por ejemplo, sobre la justicia; afortunados los que tenían la instrucción adecuada para ello!”.110 Mario Salamone

seguramente tenía una buena cultura, puesto que representaba una de las personalidades más ilustres del Renacimiento italiano. Los discursos políticos que pronunció ante el pueblo florentino –tras tomar posesión del cargo de Capitán del Pueblo de Florencia en 1498, es decir pocos meses después de la muerte del

profeta Savonarola– tienen un valor histórico muy importante a la hora de

interpretar correctamente su pensamiento político y su vida activa. Ha sido merito de D'Addio111 haberlos sacado a la luz por primera vez, aunque

fuera Bandini quien los catalogó por primera vez entre los manuscritos de la Biblioteca Laurenziana. Los discursos florentinos pronunciados por Salamone son seis y llevan estos títulos:

1) «Marii Salamonii Alberteschi Capitanei Panegiricorum Florentinorum oratio ad excellentissimos florentinos quando praeturae sceptrum accepit»;

110Burckhardt, op.cit., p. 213.

2) «Marii Salamonii Alberteschi Capitanei Panegiricorum Florentinorum oratio ad magistratus et priores florentinos de officio dominum priorum libero et vexillifero iustitiae»;

3) «Marii Salamonii Alberteschi Capitanei Panegiricorum Florentinorum oratio ad magistratus et priores florentinos de officio vexillifero»;

4) «Marii Salamonii Alberteschi Capitanei Panegiricorum Florentinorum oratio ad magistratus et priores florentinos de consilio protestantionis»;

5) «Marii Salamonii Alberteschi Capitanei Panegiricorum Florentinorum oratio ad magistratus et priores florentinos de pompa inhendorum magistratum et officio civis»;

6) «Marii Salamonii Alberteschi Capitanei Panegiricorum Florentinorum oratio de nobilitate Reipublicae Florentinae».

En este contexto, nos interesa comentar principalmente los tres primeros discursos a través de los cuales Salamone explica la razón histórica de la Primera Constitución florentina que se remonta al siglo XIII: “en aquel entonces reinaban los

Gibelinos que, tras la derrota del Rey Manfredo, pusieron en marcha la primera constitución de los Gonfalonieros: al temer el furor de la multitud gravada con los impuestos y la llegada de los Güelfos favorecidos por el Pontífice y el Rey Carlos, fueron elegidos 36 buenos hombres encabezados por dos rectores peregrinos, D. Catalano y Loderigo caballeros de Rodi, con el fin de reformar el estado.” Tras la derrota del Rey Manfredo de Hohenstaufen, en

efecto, el pueblo florentino tomó la decisión de crear algunas figuras institucionales encargadas de defender la libertad y la justicia comunal en contra del monopolio de la aristocracia y de la llegada de los Güelfos favorecidos por el Pontífice y el Rey Carlos de Anjou. Y estos discursos representan un auténtico documento histórico y político para demostrar que las magistraturas del Capitán del Pueblo, de los Ochos Priores de Libertad, del Gonfaloniero de Justicia y de los XVI Gonfalonieros/capitanes de Compañías, es decir todas las magistraturas que con la Constitución de 1494 constituirían el gobierno democrático de la

República de Florencia, fueron instituidas progresivamente por el pueblo con el fin de defender sus propios derechos fundamentales. Asimismo, queda patente que el partido político que promovió la puesta en marcha de ambas constituciones no fue el «Partito Güelfo» –como siguen afirmando con mala fe sus seguidores– sino el «Partito Gibelino».

Como muy bien ha subrayado D'Addio, la historia política de Florencia se ha ido caracterizando fundamentalmente por el intento de buscar continuamente nuevos ordenamientos políticos, nuevas reglas de juego que garantizasen cada vez más la libertad de los ciudadanos y armonizasen con equidad los derechos de las diferentes clases sociales. Y eso representa un punto importantísimo para demostrar que Salamone, cuando desarrolló su teoría política del contrato social en El Principado, no quiso plantear un discurso puramente teórico, doctrinario, sino que dedujo sus ideas de las vivísimas experiencias políticas, pasadas y presentes.

En definitiva, Salamone –en contratendencia con el pensamiento de los grandes historiadores renacentistas como Guicciardini, que veían con desapego y fastidio las pretensiones de la muchedumbre– consideró al pueblo como el verdadero artífice de la historia política y constitucional de Florencia, es decir como el sujeto político por excelencia. Y precisamente por eso el objetivo de los discursos políticos de Salamone no fue solamente explicar la razón histórica de la constitución republicana florentina, sino también fundamentar y ampliar el concepto de pueblo, puesto que el pueblo había sido precisamente el protagonista de sus logros democráticos. En ese sentido el autor da un paso adelante con respecto al pasado: el mundo político clásico, en efecto, aunque había logrado teorizar la forma de gobierno democrático, no admitió que todos los ciudadanos tuviesen los mismos derechos y libertades propios de un gobierno popular. Y eso porque en el mundo antiguo el trabajo no gozaba de mucho prestigio puesto que los trabajadores, los opifici, estaban excluidos de la vida

política: el esclavo –que representaba al trabajador por excelencia– no tenía ningún derecho político, se le podía solamente comprar o vender.

Ahora bien, ya durante el humanismo se había puesto en cuestión si la vida

contemplativa era más importante que la vida activa, y eso que la burguesía italiana

había estado buscando las premisas teóricas para legitimar su entrada en el gobierno de la República. Por eso, en su último discurso, Salamone aborda ese tema que, en tal sentido, representa un documento importantísimo para desvelar las nuevas relaciones que vinculan la constitución política con el mundo del trabajo. El trabajo, en efecto, comienza a ser concebido en sentido moderno, convirtiéndose poco a poco en un derecho para la ciudadanía, para su libertad política, y se establecen incluso los nexos imprescindibles entre la libertad, la igualdad civil y el trabajo. En el discurso sobre la Nobleza de la República florentina, «Marii Salamonii Alberteschi Capitanei Panegiricorum Florentinorum oratio de

nobilitate Reipublicae Florentinae», Salamone realiza una clara y memorable defensa

de la ciudad de Florencia en contra de los que acusaban que estuviera gobernada por hombres que se dedicaban a los comercios liberales. Salamone opina que el comercio, la mercadura, el capital (y por analogía todos los demás trabajos) en sí mismos no representan ni un bien ni un mal: lo que hay que hacer es practicarlos honestamente, es decir rechazar todo tipo de engaño y mentiras. Además, añade que para el mantenimiento de las buenas relaciones entre los Estados, el comercio representa una actividad importantísima y recuerda, al respecto, que Platón pudo pagar sus viajes a Egipto precisamente gracias a la exportación del aceite. Salamone, en definitiva, se hace portavoz de la idea renacentista de que la nobleza no depende del hecho de pertenecer a una determinada clase social, sino de la acción personal del homo faber.

Esa nueva concepción del pueblo ligada al trabajo de hecho correspondía mejor a las exigencias de los modernos ordenamientos políticos: primero el «Gobierno de las Artes Mayores y Menores» de 1265 y, después, el «Gobierno Popular» de 1494, habían estado reconociendo cada vez más al pueblo trabajador el derecho a

ejercer el poder político, es decir el derecho a la libertad política. Además, si nos fijamos en que durante el período en que Salamone era Capitán del Pueblo de Florencia se pusieron en marcha las reformas más democráticas de la República –el Impuesto sobre la propiedad o la «Decima Scalata» y la Reforma electoral– de las que ya hemos hablado en el primer capítulo, se entiende muy bien que sus discursos políticos, lejos de ser demagógicos, hicieran referencia concretamente a la realidad de aquel momento histórico.

La diferencia entre la concepción democrática de Salamone y la elitista del mundo antiguo representada por Aristóteles es por lo tanto bastante manifiesta, el mismo autor la aclara de manera contundente: “Él [Aristóteles] quiere un gobierno

de los pocos ciudadanos (los ottimati), nosotros queremos un gobierno popular; el gobierno de los pocos tiene como objetivo la virtud, el gobierno popular la libertad.”112 Al principio

aristotélico de la desigualdad natural de todos los hombres –que había sido utilizado durante toda la antigüedad y el medioevo para justificar el gobierno de unos pocos además del fenómeno de la esclavitud– Salamone opone, pues, los principios de la libertad e igualdad civil de los hombres, y lo hace utilizando una argumentación novedosa por centrarse en el tema del trabajo. La libertad e igualdad civil fundamentan el gobierno republicano y constituyen, por lo tanto, los ideales propios del Estado popular y “la Repubblica, come ordinamento

costituzionale avente a suo fondamento il popolo, è per il Salamone l'unica forma di governo in grado di assicurare quella libertà ed uguaglianza civile che sono diritti inalienabili di ciascun individuo per essere stati posti dalla natura; c'è pertanto postulata nella conclusione che abbiamo sopra riportata, una società naturale non come motivo teorico, ossia come riconoscimento di un astratto diritto di natura, ma come un'esigenza che deve trovare il suo riconoscimento negli ordinamenti positivi”.113

112M. Salamonii, Orationes ad Priores Florentinos, p. 100.