De todos los intelectuales que estamos examinando, León Tolstoi fue el más ambicioso. Su audacia infunde un temor reverente, a veces aterra. Llegó a creer que gracias a los recursos de su propio intelecto, y en virtud de la fuerza espiritual que sentía surgir dentro de él, podía llevar a cabo una transformación moral de la sociedad. Su propósito fue, tal como expresó, “Hacer del reino espiritual de Cristo un reino de esta tierra.”1
Se vio a sí mismo como formando parte de una sucesión apostólica de intelectuales que incluía a Moisés, Isaías, Confucio, los primeros griegos, Buda, Sócrates, y así hasta Pascal, Spinoza, Feuerbach y todos aquellos que, a menudo inadvertidos y desconocidos, no aceptaron ninguna enseñanza a ojos cerrados, pensaron y hablaron con sinceridad sobre el sentido de la vida. Pero Tolstoi no tenía la menor intención de permanecer “inadvertido y desconocido”. Sus diarios revelan que, cuando era un joven de veinticinco años, ya tenía conciencia de un poder especial y un destino moral dominante. “Leí un libro sobre la caracterización literaria del genio en la actualidad, y esto hizo surgir en mí la convicción de ser un hombre notable tanto en lo que respecta a capacidad como en cuanto a afán de trabajar.” “Hasta ahora no he conocido a un solo hombre, que moralmente, fuera tan bueno como yo.”, y que creyera que, “no recuerdo un momento en mi vida en el que no me haya atraído lo que es bueno y en que no estuviera dispuesto a sacrificar cualquier cosa por ello”.
En su propia alma sentía “una grandeza inmensa. Le desconcertaba que otros hombres no pudieran reconocer sus cualidades.”¿Por qué no me ama nadie? No soy tonto, ni deforme, no soy un mal hombre ni un ignorante. Es incomprensible.”2
Tolstoi siempre se sintió en cierto modo apartado de los otros hombres, por mucho que tratara de simpatizar e identificarse con ellos. De una manera curiosa se sentía con derecho a juzgar a los demás, a ejercer una jurisdicción moral. Cuando llegó a ser novelista, quizá el más grande de todos, asumió sin esfuerzo este poder divino. Le dijo a Máximo Gorka: “Cuando escribo, yo mismo de pronto siento compasión por algún personaje, y entonces le doto de alguna buena cualidad, o privo de una buena cualidad a otro, para que no aparezca tan negro en comparación con los demás.”3
Cuando se convirtió en reformador social, la identificación con Dios se hizo más fuerte, ya que el programa que se proponía era coincidente con la divinidad tal como él la definía: “El deseo del bienestar universal…. Es lo que llamamos Dios.” En verdad se sentía poseído por la divinidad, y anotó en su diario: “Socorro, Padre, ven a habita dentro de mí, ya habitas entro de mí. Ya eres “yo.”4
Pero el problema de esta convivencia de Tolstoi y Dios habitando la misma alma era que Tolstoi recelaba mucho de su Creador, como observó Gorka. Le hacía acordarse, dijo, de “dos osos en la misma guarida”. En ocasiones
1 Citado en George Steiner, Tolstoy or Dostoievsky (Londres, 1960).
2 Anotaciones en el diario, del 12 de octubre, 2-3 de noviembre de 1853; 7 de julio de 1857; 18 de julio
de 1853, en Aylmer Maude (ed.). The Private Diary of Leo Tolstoy 1853-57 (Londres, 1927), pág. 79-80, 37, 227,17
3 Maxim Gorka, Reminiscences of Tolstoy, Chekhov and Andreev (Londres, 1934), citado en Steiner, pág.
125.
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Tolstoi parecía pensar de sí mismo como el hermano de Dios, en realidad su hermano mayor.
¿Cómo fue que Tolstoi llegara a colocarse en esta situación? Quizá el elemento asilado más importante en su sentido de majestad fue su propio nacimiento. Como Ibsen, nació en 1828, pero como miembro de la clase dirigente hereditaria que, durante los siguientes treinta años, conservaría la forma de esclavitud llamada servidumbre. Bajo ella, familias de siervos, hombres, mujeres y niños, estaban ligados por la ley de la tierra que trabajaban e incluidos en los títulos de posesión. Algunas familias nobles tenían hasta 200.000 siervos cuando en 1861 se abolió la institución. Los Tolstoi no eran ricos según estas pautas; el padre y el abuelo de Tolstoi habían sido gastadores, y el padre se salvó gracias a casarse con una hija nada agraciada del Príncipe Volkonski. Pero los Volkonski pertenecían a más alto rango, habían sido cofundadores del reino y estaban en el mismo nivel social de los Romanov cuando su dinastía emergió en 1613. El abuelo materno de Tolstoi había sido el comandante en jefe de Catalina la Grande. La dote de su madre incluyó la propiedad de Yasnaya Poliana cerca de Tula, y Tolstoi la heredó de ella, con sus mil seiscientas hectáreas y 330 siervos.
En su juventud Tolstoi no pensó mucho en sus responsabilidades como terrateniente, y de hecho vendió partes de sus tierras para pagar deudas se juego. Pero estaba orgulloso, en realidad se vanagloriaba, de su título y su linaje y de la posibilidad que le ofrecían de acceder a los salones de moda. Consternaba a sus amigos literarios con su pose y su esnobismo. “No puedo entender”, escribió Turgenev, “este afecto tan grande por un título de nobleza”. “Nos asqueaba a todos”, fue el comentario de Nekrasov.5 Les disgustaba que tratara de aprovechar los dos mundos, la alta sociedad y la bohemia.
¡Por qué vienes a estar con nosotros?” le preguntó Turgenev enojado. Este no es tu lugar; vete con tus príncipes.” Al madurar, Tolstoi abandonó los aspectos más falsos de su casta, pero desarrolló en cambio un hambre de tierras mucho más profunda; utilizó sus ganancias literarias para comprar tierra, y atesoró hectárea sobre hectárea con la codicia del fundador de una dinastía. Hasta que llegó el momento en que decidió deshacerse de todo, no solamente fue dueño de tierras, sino que las gobernaba. Su espíritu autoritario surgía directamente del título hereditario a tierras y almas. “El mundo se dividía en dos partes”, escribió su hijo ILSA, “una compuesta por nosotros y la otra por los demás. Nosotros éramos personas especiales y los demás no eran nuestros iguales….[Mi padre] fue responsable en alto grado de la arrogancia y autoestima sin fundamento que semejante crianza inculcó en nosotros, y de las que me resultó tan difícil deshacerme.”6 Hasta el final Tolstoi mantuvo la creencia de que había nacido para mandar, de una forma u otra. En la ancianidad, escribió Gorka, siguió siendo el amo, el barin, que esperaba que sus deseos fueran obedecidos al instante.
A este deseo fundamental de mandar se sumaba un feroz rechazo a ser gobernado por otros. Tolstoi tenía una voluntad diamantina que las circunstancias contribuyeron a fortalecer. Sus padres murieron cuando era joven. Sus tres hermanos mayores fueron débiles, desdichados, licenciosos. Le crió su tía Tatiana, una prima segunda pobre, que hizo todo lo que pudo para enseñarle sus deberes y generosidad, pero no tenía autoridad sobre él. El relato de sus primeros años, “Infancia”, y sus diarios despistan al lector, como los de Rousseau, con su sinceridad aparente, pero en realidad ocultan más de lo que revelan. Es así que describe haber sido castigado por un tutor feroz, Monsierur de Saint-Thomas, “un motivo para ese horror y aversión ante cualquier tipo de violencia
5 Citado en Henri Troyat, Tolstoy 1968, págs. 133-40 6