Cómo expresar este misterio?
El Incorpóreo toma un cuerpo: el Verbo se sarga con una carne; el Invisible se hace visible, y el Hijo de Dios se hace hijo del hombre:
Jesucristo permanece el mismo ayer y hoy y eternamente.
(Oficie de Vísperas de la Iglesia oriental para el 26 de diciembre).
"El Verbo se hizo carne" (Jo. I, 14) ... Con las palabras que el apóstol san Juan escuchó en la última Cena, el mundo no conoce otras más grandes. Ellas expresan todo el prodigio de la Encarnación y resumen este inmenso misterio.
Dios se hizo carne, es decir, criatura. El Dios eterno, el Dios infinitamente libre viene a lo que es finito y pasajero, se mezcla en la trama histórica de la vida humana, acepta el vivir como nosotros un destino. Jamás un pensamiento humano se hubiera atrevido, hubiera sido capaz de concebir algo parecido o de expresarlo con palabras. Sólo el Espíritu Santo que todo lo sondea, hasta las
profundidades de Dios (I Cor. II, 10), pudo revelar de Dios que Dios fué su propia criatura.
Un día, para manifestar su amor, Dios decretó la creación del mundo. Quiso que una criatura finita "coexistiese" con su existencia absoluta. Pues bien: he aquí que para probarnos la grandeza de este amor, para confirmar y coronar todas estas revelaciones, Dios nos da a su propio Hijo. ¡Beneficio inmenso, cuánto más grande que el don de la existencia!
El Verbo, "por quien todo fué hecho" (Jo I, 3) viene a la tierra; como lo dice nuestro Credo, "descendió del cielo". Evidentemente este "descendió del cielo" no debe entenderse en el sentido espacial y temporal y, podría decirse, geográfico. El Verbo "deja al cielo" con la paz bienaventurada de la existencia divina y viene a participar de nuestra existencia creada; se hace criatura.
¡Qué maravilla! ¿Cómo apartar la mirada de esta paradoja? ¡Dios se hace hombre! El Hijo de Dios se anonada a sí mismo y se hace hijo de la Virgen. Llevará también un nombre humano, el nombre de Jesús. Porque así es como ha sido llamado. "Este nombre no le fué dado de afuera, sino que le viene desde toda la eternidad. Pertenece a su propia naturaleza el ser Salvador. Este nombre le es innato, no le ha sido dado ni por un hombre ni por un ángel" (S. Bernardo) (1).El Dios eterno deja, por así decirlo, su vida divina y "levanta su tienda en medio de nosotros" (Jo. I, 14).
"Subsistiendo en la forma de Dios, no consideró como una rapiña la igualdad con Dios, sino que se anonadó tomando la forma de esclavo y haciéndose semejante a los hombres. Y reconocido como hombre en su exterior se humilló más aún, haciéndose obediente hasta la muerte y hasta la muerte de Cruz" (Fil. II, 6-8).
¿En qué consistió este anonadamiento o, para emplear la fuerte expresión del griego, ese
vaciamiento, esa "kenosis"? Para el que se resiste el atribuir a San Pablo un absurdo, debe ser claro que Cristo no podía vaciarse ni de su propia naturaleza divina, ni de las propiedades que le son esenciales, vida, ciencia, potencia, bondad. En el lenguaje usual la palabra forma (morfé) no es un simple sinónimo de "naturaleza" o de "esencia" (físis, usía). Morfé significa la forma exterior, el aspecto de un ser, que nos lo manifiesta por lo que es; la forma de ese ser es su figura (2). Según la enseñanza de San Cirilo de Alejandría, el anonadamiento de Dios consiste "en la aceptación de la carne y de la forma de esclavos, en la semejanza con nosotros, a la cual Él se sometió, Él que, según su propia naturaleza no era como nosotros, sino elevado por encima de toda la creación. De esta manera se humilló descendiendo por la Encarnación al estado de la humanidad. Pero permaneció siendo Dios, aunque no hubiera recibido lo que le correspondía por su naturaleza... Debió, sí, acomodarse al estado de la humanidad y al mismo tiempo conservar esa majestad de dignidad divina que le era inmanente según su naturaleza, lo mismo que al Padre" (3).
En su "Explicación del símbolo de Nicea", el gran Doctor repite la misma idea: "El Señor Jesús es uno, el Verbo único del Padre, que se ha hecho carne sin dejar de ser lo que era antes. Ha seguido siendo Dios en la humanidad, y Señor en la forma de esclavo, y lleno de la divinidad en medio de nuestro anonadamiento; Señor de las potencias en la debilidad de la carne y en el estado de
humanidad exaltado por encima de toda la creación. Porque lo que tenía antes de la Encarnación lo conserva sin perderlo jamás. ¿ No era verdadero Dios y verdadero Hijo, Hijo único y luz, Vida y Poder? Y lo que no era lo asumió al tomar las propiedades de la carne... Sin embargo, no se encarnó de tal suerte que haya una transformación o modificación o cualquier cambio al tomar la
naturaleza de la carne, ni tampoco de tal manera que se haya producido una fusión o una mezcla..., una reunión de las naturalezas... Más bien, como se ha dicho, tomó del cuerpo virginal e inmaculado una carne animada por un alma razonable y se las apropió a ambas... El Verbo, al hacerse hombre, no dejó, pues, jamás de ser lo que era ; al contrario: siguió siendo Verbo cuando apareció revestido de nuestra naturaleza... Se enseña que Cristo se anonadó porque antes de su anonadamiento poseía con plenitud todo lo que le correspondía como a Dios. El mismo se bajó de las alturas inefables de los esplendores divinos... Un ser libre tomó la figura de esclavo... EI, que subsistía en la forma del Padre y era igual a Él se hizo semejante a los hombres"(4).
Al tomar la forma de esclavo y al hacerse semejante a los hombres, el Verbo aceptó también las condiciones propias de una vida humana. En consecuencia renunció a las prerrogativas del honor, de la dignidad y de la gloria, de las que Él hubiera podido disponer con derecho como Hijo de Dios hecho carne. Su humanidad es creada y por lo tanto finita. "Infinita en dignidad, como unida hipostáticamente a una Persona divina, pero finita en su esencia y dotada de una perfección que no agota toda la potencia de Dios; sin contar que ella no ocupa el grado más elevado en la escala de los seres actuales... Por este despojamiento voluntario, operado en su humanidad santa, el Verbo se despojó a sí mismo, puesto que no forma con ella más que una sola Persona"(5).La gloria de la divinidad se esconde bajo el velo de la humanidad. Ahora bien: la gloria es el gozo que experimenta un ser razonable ante el hecho de su perfeccionamiento, el regocijo de su perfección. He aquí a lo que renuncia el Hijo de Dios. "En lugar del gozo sufrió la cruz" (Hebr. XII, 2). El, Dios y Señor de la gloria, apareció aquí abajo en una carne semejante a la del pecado. Con excepción del pecado y de la concupiscencia, aceptó libremente todas las debilidades de nuestra carne pecadora:
corruptibilidad, pasibilidad, mortalidad, hasta el punto de que, para su conservación y protección, tendrá necesidad de la ayuda y de los dones de Dios (6).
La elevación de la creación hasta la unión hipostática con el Creador, tal es el gran acto del "descenso" de Dios y el don de su amor. Este amor es tan grande, que Él mismo echa un puente sobre el abismo que separa al Creador y a su creación. En realidad se trata aquí no sólo del abismo ontológico existente entre el Creador y su creación, sino también de ese otro abismo que ha sido cavado entre Dios y el mundo por el pecado del hombre. Por consiguiente la elevación del hombre hasta su unión con el Creador significa también su redención y su reconciliación con Dios, es decir, la victoria del pecado. En estas condiciones, el "descenso del cielo" es la cruz que el Hijo de Dios toma sobre sus hombros para salvar al mundo. He aquí el prodigio absolutamente inconcebible del amor de Dios, un misterio en el que "los ángeles mismos desean hundir su mirada" (I Pedr. I, 12). La palabra "esclavo" en la expresión "la forma de esclavo" que la Escritura aplica a Cristo, se refiere, pues, menos a la naturaleza que a las relaciones del ser creado con Dios. Significa que el Verbo asumió delante de Dios una situación semejante a la de un servidor. "En los días de su vida terrena Él ofreció con grandes clamores y lágrimas oraciones y súplicas a Aquel que podía salvarlo de la muerte. Y fué escuchado por su piedad para con Dios" (Hebr. V, 7). Es imposible explicar hasta el detalle el alcance de este testimonio, porque habla expresamente de una oración muy distinta de lo que es una "conversación con Dios". El Hijo "suplica" verdaderamente al Padre que lo salve de la muerte. Centenares de años antes el profeta Isaías en su libro, al que se ha llamado "el quinto Evangelio", expresó lo mismo: "Y se levantará como un débil arbolito, corno un brote que sale de una tierra disecada; no había en Él ni forma, ni belleza para atraer nuestras miradas, ni apariencia para excitar a nuestro amor. Fué despreciado y abandonado de los hombres, hombre de dolores y conocedor del sufrimiento; como un objeto ante el cual se oculta la cara ; expuesto al desprecio, nosotros no hicimos caso de Él" (Is. LIII, 2-3).
Sin embargo, tan verdaderamente como es Cristo y pudo mostrarse, no puede pensar demasiado humanamente ni de su Persona en cuanto que está unida a la humanidad, ni de esta misma humanidad. En la historia de la raza humana la figura de Cristo aparece como un caso absolutamente único. Como hombre fué perfecto. Compuesto de un cuerpo y de un alma, su naturaleza humana poseía todas las propiedades de su componentes. Y con todo, su naturaleza divina no estaba por ello ni deformada ni disminuída. Fué un hombre perfecto y un hombre sin pecado; pero porque su naturaleza humana fué asumida por la hipóstasis divina y unida a la
naturaleza absolutamente perfecta de Dios, fué al mismo tiempo un Hombre-Dios, es decir, un Dios que llevaba una vida humana o un hombre que, por su unión interior con Dios, participaba de la vida divina. Ni antes de Él, ni después de Él habrá un ser viviente y racional que pueda igualarlo en
perfección y en el que, según la expresión de Berdiaeff, "los dos nacimientos se unen en uno solo, los dos movimientos —el que viene de Dios y el que viene de los hombres— se transforman en un solo y mismo impulso" (7).El amor realiza enél la síntesis de lo divino y de lo humano; y todo, menos el pecado, podía entrar en Él. Aunque fuera Dios, podía anonadarse hasta tomar la forma de un esclavo, y porque se había cargado con el peso de nuestros pecados, podía sentirse realmente como abandonado de Dios.
Desde el instante de su concepción, su naturaleza humana, como consecuencia de su unión con la naturaleza divina, fué divinizada; y desde ese momento fué Cristo, es decir, el ungido de Dios. La naturaleza humana no fué por esto ahogada ni arrojada a la sombra por la divinidad. Al contrario: se volvió todavía más luminosa y más grande. Cristo fué enviado para revelarnos a Dios por medio de su palabra, por su acción, por su predicación profética, sus milagros y su sacrificio. Para el hombre como tal esto es una gloria, una elevación que en sí y por sí Dios mismo la ha vivido y por la que se ha revelado. Su persona, la Persona del Hijo. "lleno de gracia y de verdad", ha derramado su
plenitud sobre la naturaleza humana en la medida en que esta naturaleza podía recibirla y aceptarla. Y en primer lugar la plenitud de la Gracia, de la Verdad y de la Sabiduría de la misma Divinidad que llena su humanidad como un globo de sol, para irradiar luego esta luz de perfección espiritual sobre toda la humanidad y sobre el mundo entero.
La unión hipostática implica, además, la plenitud de la gracia santificante, es decir, de la
divinización. Ella la sigue como la luz sigue al sol. Se trata aquí de un perfeccionamiento que hace apto para unir a Dios lo que es finito (naturaleza humana). La gracia es precisamente el modo de ser de la naturaleza, y su esencia consiste en fundar en lo finito esta relación de la unión con lo infinito que, en el caso presente, es la unión hipostática. De la plenitud de esta gracia del Hombre-Dios todos hemos recibido, y "gracia por gracia" (Jo. I, 16-17). El "Doctor de la gracia", San Agustín, comenta luminosamente estas palabras : "El mismo Señor Jesús nos ha dado al Espíritu Santo, no solamente como Dios, sino que también lo ha recibido como hombre. Por esto es llamado "lleno de gracia y del Espíritu Santo" (Jo. I, 14; Luc., II, 52; IV, 1). No ciertamente por una acción visible, sino por el don de la gracia, simbolizado por la unción visible de la que se sirve la Iglesia para ungir a sus bautizados"(8).
Por esto también Él aparece como el más amable, elmás fascinante, el más hermoso de todos los hijos de los hombres. Todo en Él, todo su ser respira la gracia y el amor. El es la garantía que nos certifica que el amor de Dios se ha derramado, una vez más por todas, sobre la raza humana. Toda su vida, todo lo que ha pensado, dicho y anunciado, todas sus plegarias, todo lo que ha hecho y cumplido, no fué sino un oleaje continuo de la bondad generosa y de la benevolencia de Dios. Por esto las turbas estaban hasta tal punto subyugadas por "las palabras que caían de sus labios", que les parecía que Él "no enseñaba como los doctores y los fariseos", y se apretujaban alrededor de Él y lo buscaban por todas partes. "Jesucristo, dice Pascal, es un Dios al que uno se acerca sin orgullo y bajo el cual uno se humilla sin desesperación"(9).
Si la Encarnación es una ratificación divina de la creación, más aún: su elevación hasta la unión con el Creador, esto vale sobre todo y en primer lugar para la naturaleza humana del Hombre-Dios. Ella lleva grabada en sí la impronta indeleble de la realidad eterna de Dios, de modo que las leyes inflexibles de la caducidad de todo lo que es terreno están fundamentalmente abolidas para ella. Del cuerpo del Señor emanan fuerzas sanas, llenas de frescura y de vida. Su sangre y su carne son portadoras y dispensadoras de vida. La vida sobrenatural de toda la raza humana está contenida en ellas como el agua en la fuente. Por eso el cuerpo de Cristo será capaz de realizar milagros. Dios quiere mostrarnos con esto que sin Él, sin su mediación, no es posible ni perdonar los pecados, ni resucitar a los muertos. Sus manos, sus ojos, la saliva de su boca y aun las cenefas de su vestido, todo está impregnado de esa fuerza que proporciona la felicidad y la gracia. Todo irradia la luz de Aquél que por naturaleza es Luz, mientras que Él mismo, por más que tenga la facultad de hacer resplandecer su cuerpo con toda la gloria el cielo, se somete voluntariamente a todas las debilidades de su carne humana. Sufre la sed y el hambre, experimenta la fatiga, crece, se desarrolla, duerme, llora, pasa de un lugar a otro; brevemente: vive como vive todo hombre. Todo esto lo ha tomado Él sobre sí para regenerar y sanear la vida.
Este perfeccionamiento de todas las fuerzas naturales se manifiesta más intensamente aún en el alma de Cristo. El alma del hombre es la compañera de la vida del cuerpo. Toda la caducidad y la
continua variabilidad de la materia se refleja también en el alma. ¡ Cuántas veces es ella, en muchas personas, precisamente por esta razón, tan falsa, mentirosa y solapada ! De todo esto ninguna huella en Cristo. Permaneciendo siempre como alma humana, su alma emprende el vuelo, se instala en las cimas del Espíritu.
La Iglesia ha definido la presencia de dos voluntades diferentes en Cristo: la divina v la humana, sin fusión ni separación, pero jerárquicamente concordantes, así como una doble operación
correspondiente a estas dos voluntades. En el momento de encontrarse la voluntad creada y la voluntad no creada, la primera no es absorbida por la segunda. Tampoco está reducida a la función de un instrumento ciego. Las dos voluntades forman una unidad armoniosa que se realiza sin obstáculo por el hecho de su penetración y lucidez mutuas.
Esta mutua compenetración de las dos voluntades en concordancia con cada una de las dos 'naturalezas es, como se ha dicho, el aspecto dinámico del dogma de la unión hipostática. Del pesebre de Belén al Gólgota, el Hijo será activamente obediente a la voluntad del Padre, "seguirá su voluntad". Por eso no hay que comprender la unión de las dos naturalezas en Cristo como una especie de yuxtaposición estática, sino más bien como una reciprocidad real entre las dos operaciones.
De la integridad de las dos naturalezas se sigue que Cristo, aparte de su conocimiento divino —la Encarnación no había velado en modo alguno la Sabiduría y la Ciencia infinitas y perfectas del Verbo—, poseía también un facultad de conocimiento creada, como tenía también una voluntad creada. Bajo la influencia de la divinidad que resultaba de la unión hipostática, el alma del Hombre- Dios fué, desde el instante de la concepción, elevada a un estado de conocimiento que supera sin comparación posible el conocimiento natural y sobrenatural de todos los espíritus creados. Este conocimiento se presenta, pues, como la imagen más perfecta de la Sabiduría y de la Ciencia infinitas de Dios. Él abraza por consiguiente del modo más perfecto todo el presente y todo el porvenir, es decir, todo el mundo real en acción. Un tal conocimiento era debido al alma del Hombre-Dios. ¿No era al mismo tiempo el alma del mismo Verbo? ¿No estaba destinada a ser la corona de la creación? Este conocimiento le correspondía particularmente en cuanto jefe de todas las criaturas inteligentes, a Él, el Primogénito, en quien "habita toda la plenitud de la divinidad y en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col. II, 3).
El centro, el sol de la plenitud de la sabiduría que resplandece en el alma de Cristo e ilumina, es la visión original e inmediata de Dios, la "scientia beata". Es ella la que permite al alma de Cristo ver a Dios y contemplar todas las cosas en Dios. Aunque este conocimiento intuitivo pueda ser llamado, comparándolo con el de las simples criaturas, un conocimiento total e ilimitado, sin embargo, siempre es una esencia finita, que no equivale al conocimiento divino. No pudiendo abrazar todo el contenido de la potencia divina, no es un conocimiento exhaustivo de Dios. Pero como, por sí sola, esta visión inmediata de Dios implica el conocimiento de todas las cosas y hace al alma de Cristo,