Cenaba con Hitler una o dos veces por semana. Sobre las doce de la noche, cuando había terminado la última película, me pedía a veces mi rollo de planos y nos dedicábamos a discutir los detalles hasta las dos o las tres de la madrugada. El resto de los invitados se retiraban a tomar una copa de vino o, sabiendo que ya les sería difícil hablar con él, se volvían a casa.
Lo que más atraía a Hitler era la maqueta de nuestra ciudad modelo, que estaba montada en los antiguos locales de exposición de la Academia de Bellas Artes. Para poder llegar allí sin que nadie lo molestara, había hecho abrir una puerta en el muro de los jardines ministeriales que había entre la Cancillería y nuestro edificio. A veces invitaba a los comensales a acompañarnos al estudio y nos poníamos en marcha equipados con llaves y linternas de mano. Unos focos iluminaban las maquetas dispuestas en las salas vacías. Yo no tenía que decir nada, pues Hitler, emocionado, daba a sus acompañantes toda clase de explicaciones.
Había gran expectación cuando se colocaba una nueva maqueta, que se iluminaba con potentes focos dispuestos con una orientación semejante a la del sol. Generalmente se construían a escala 1:50; unos ebanistas reproducían hasta el último detalle las construcciones reales, incluso en el color. Así pudimos ir componiendo gradualmente partes enteras de la nueva gran avenida y obtuvimos una impresión plástica de las obras que debían realizarse diez años más tarde. Esta calle de maquetas ocupaba unos treinta metros de las antiguas salas de exposición de la Academia de Bellas Artes de Berlín.
Hitler se sentía particularmente entusiasmado por una gran maqueta general que reproducía, a escala 1:1.000, la gran avenida. La maqueta se podía fraccionar en partes que estaban montadas sobre mesas con ruedas. De este modo, Hitler podía entrar en «su calle» por algunos puntos y comprobar su efecto real: por ejemplo, podía adoptar la perspectiva del viajero que llegaba a la estación del sur, o contemplar el efecto desde la Gran Sala o desde el centro de la calle. Llegaba a ponerse casi de rodillas, con los ojos algunos milímetros por encima del nivel de la calle, para hacerse una idea correcta. Mientras tanto, hablaba con una vivacidad inusual. Esas eran las únicas horas en las que abandonaba por completo su habitual rigidez. En ninguna otra ocasión lo vi tan espontáneo, activo y relajado como en aquellos momentos; en cambio yo, que por lo general estaba cansado y seguía sintiendo, aun con todos los años que había pasado a su lado, un resto de respetuosa inhibición, solía quedarme callado. Uno de mis más íntimos colaboradores resumió la impresión que le producía aquella singular relación diciendo:
—¿Sabe lo que es usted? ¡Usted es el amor desgraciado de Hitler!
Pocos eran los visitantes que tenían acceso a aquellos locales, cuidadosamente ocultos a la vista de los curiosos. Nadie podía ver el gran proyecto de las obras de Berlín sin autorización expresa de Hitler. Göring, después de haber contemplado en una ocasión el conjunto de maquetas de la gran avenida, ordenó a su escolta que se adelantara y me dijo con voz emocionada:
—Hace algunos días, el Führer me habló de mi misión después de su muerte. Me dijo que hiciera siempre lo que creyera acertado; sin embargo, me hizo prometerle que nunca lo reemplazaría a usted por otro, que no me entrometería en sus proyectos y que le dejaría libre iniciativa. Y que pondría a su disposición todo el dinero necesario para las obras, todo lo que usted me pidiera. —Göring, emocionado, hizo una pausa.— Prometí al
Führer con un solemne apretón de manos que lo obedecería en todo, y ahora también se
lo prometo a usted.
Y dicho esto me estrechó largo rato la mano con ademán patético.
También mi padre examinó los trabajos del hijo que se había hecho célebre. Pero al ver las maquetas se limitó a encogerse de hombros y decir:
—¡Os habéis vuelto completamente locos!
Por la noche, mi padre y yo fuimos al teatro a ver una comedia en la que actuaba Heinz Rühmann. Casualmente, Hitler acudió a la misma representación. Durante el entreacto preguntó a su asistente si el anciano caballero que estaba conmigo era mi padre. Entonces nos pidió que fuéramos a verlo. Cuando mi padre, que a pesar de sus setenta y cinco años iba siempre erguido y se mostraba dueño de sí mismo, fue presentado a Hitler, le acometió un fuerte temblor, algo que jamás vi que le sucediera ni antes ni después de aquel momento. Se puso pálido, no reaccionó ante el himno de alabanza que entonó Hitler en loor de su hijo y se despidió sin despegar los labios. Mi padre nunca mencionó el encuentro y yo evité preguntarle el motivo de la inquietud que lo había asaltado al verse frente a Hitler.
«¡Os habéis vuelto completamente locos!» Cuando hojeo hoy las numerosas fotografías de las maquetas de nuestra antigua gran avenida, me doy cuenta de que no sólo habría sido una locura, sino también un alarde de monotonía.
Pensamos que a la nueva calle le faltaría vida si únicamente había en ella edificios públicos, por lo que destinamos dos tercios de su longitud a edificios privados. Los posibles intentos de la Administración pública para desplazarlos podrían ser acallados con ayuda de Hitler. De ningún modo queríamos erigir una calle ministerial. Con la intención de dar vida urbana a la nueva avenida se proyectaron un lujoso cine de estreno con capacidad para dos mil espectadores, una nueva ópera, tres teatros, una sala de conciertos, un edificio de congresos que se llamaría «Casa de las Naciones», un hotel de veintiún pisos, con mil quinientas camas, locales de variedades, restaurantes de lujo y hasta una piscina cubierta, de estilo romano, que parecía unas termas imperiales.47 Plácidos patios
interiores con columnatas y pequeñas tiendas bien cuidadas invitarían a pasear lejos del ruido de la calle. También habría abundantes anuncios luminosos. Hitler y yo habíamos imaginado toda la calle como una exposición comercial continua de artículos alemanes que habría de atraer particularmente a los extranjeros.
Al examinar hoy los planos y las fotografías de las maquetas, también estas zonas de la avenida me parecen carentes de vida. A la mañana siguiente a mi puesta en libertad, cuando al dirigirme al aeropuerto pasé por delante de uno de esos edificios,48 vi en pocos
segundos lo que no había advertido en años enteros: que construíamos a una escala desmesurada. Incluso para las empresas privadas habíamos previsto bloques de 150 a 200 metros de longitud; fijamos de manera unitaria la altura de los edificios y la de las fachadas de las tiendas, desterramos los rascacielos a segundo término y, por otra parte, nos centramos en los recursos que podrían dar vida y animación a la calle. Al contemplar las fotografías de los edificios de oficinas, siempre me asusto ante aquella rigidez monumental, que habría destruido todos nuestros esfuerzos por dar a la calle un aire
47 Estas obras están consignadas en la Crónica de 1941.
cosmopolita.
En términos relativos, lo que estaba mejor resuelto era la estación central, situada en el comienzo meridional de la gran avenida de Hitler, que habría destacado positivamente sobre el resto de los monstruosos edificios de piedra gracias a su tejado de planchas de cobre y a su revestimiento con superficies de cristal. La estación preveía cuatro niveles de tráfico superpuestos y unidos por medio de escaleras automáticas y ascensores, y pretendía superar a la Grand Central Terminal de Nueva York.
Los visitantes oficiales habrían salido de allí por una gran escalinata exterior. Tanto ellos como los viajeros que salieran de la estación tendrían que quedar sobrecogidos —o, mejor dicho, patidifusos— por la imagen urbana y, por consiguiente, por el poderío del Reich. Siguiendo el modelo de la avenida de esfinges que lleva de Karnak a Luxor, la plaza de la estación, con sus mil metros de longitud y trescientos treinta de anchura, estaría flanqueada por las armas conquistadas. Hitler había ordenado este detalle después de la campaña de Francia y lo confirmó una vez más en las postrimerías del otoño de 1941, tras sus primeras derrotas en la Unión Soviética.
El Gran Arco de Hitler (o Arco de Triunfo, aunque raramente lo llamaba así), que se situaría a 800 metros de la estación, cerraría y coronaría la plaza. El Are de Triomphe que Napoleón hizo levantar en la Place de l'Étoile constituye, con sus cincuenta metros de altura, una masa monumental, un remate imponente de los dos kilómetros de longitud de los Champs Élysées, pero nuestro Arco de Triunfo, de 170 metros de anchura, 119 de profundidad y 117 de altura, habría anulado el resto de edificaciones de aquella parte de la calle.
Después de algunos intentos infructuosos, ya no me quedaba valor para tratar de persuadir a Hitler de que alterara parte de su plan. Este era el corazón de sus proyectos; surgido mucho antes de que el profesor Troost ejerciera sobre él su beneficiosa influencia, es el mejor ejemplo de las ideas arquitectónicas que Hitler desarrolló en los años veinte y plasmó en su cuaderno de bocetos, que se ha perdido. Hacía oídos sordos a cualquier propuesta que implicara modificar las proporciones de la obra o simplificarla, pero parecía satisfecho cuando yo, en los planos terminados, ponía tres cruces en el lugar donde debía ir el nombre del arquitecto.
Tras el ojo del Gran Arco, de ochenta metros de altura, y a cinco kilómetros de distancia, la segunda construcción triunfal de la calle, la mayor sala de reuniones del mundo, con su cúpula de 290 metros de altura, se perdería en el humo de la capital.
Entre el Arco de Triunfo y la Gran Sala, once ministerios aislados interrumpían nuestra calle. Además de un Ministerio del Interior, otro de Comunicaciones, uno de Justicia, otro de Economía y uno de Abastecimientos, después de 1941 todavía tuve que incorporar al proyecto un Ministerio de Colonias.49 Así pues, ni siquiera durante la
campaña de Rusia renunció Hitler a establecer colonias alemanas. Los ministros que esperaban conseguir con nuestros proyectos la concentración de sus dependencias, desperdigadas por Berlín, quedaron decepcionados cuando Hitler dispuso que los nuevos edificios se destinaran sobre todo a fines representativos y no al aparato del Gobierno.
A continuación de aquella monumental parte de la calle, trataba de imponerse un carácter comercial y de esparcimiento a un trayecto de más de un kilómetro que desembocaría en la Plaza Redonda, en la intersección con la Potsdamer Strasse. A partir de este punto y en dirección al norte, la calle volvía a adquirir un carácter solemne: a mano derecha se elevaba la «Galería de los Soldados» diseñada por Wilhelm Kreis, un
49 Crónica de 1941: «La Ópera del Reich se encuentra frente al Ministerio de Economía; la Filarmónica,
frente al Ministerio de Colonias.» El arquitecto Klaje, director general de una sección del Ministerio, me dijo hacia 1941 que en la Sección de Construcciones del Alto Mando del Ejército de Tierra iban a exponerse unas maquetas de casas apropiadas para África.
cubo gigantesco sobre cuya finalidad Hitler no se manifestó nunca abiertamente, aunque es posible que pensara en una combinación de arsenal y monumento conmemorativo. En cualquier caso, tras el armisticio con Francia ordenó que la primera pieza que se expusiera en aquel lugar fuera el vagón comedor en el que se había sellado la derrota de Alemania en 1918 y el derrumbamiento de Francia en 1940. También estaba previsto que hubiera una cripta para albergar los féretros de los mariscales alemanes más famosos del pasado, el presente y el futuro.50 Más allá de la Galería se extendían por el Oeste, hasta la
Bendlerstrasse, los edificios destinados a alojar al Alto Mando del Ejército de Tierra.51
Göring, después de examinar estos proyectos, sintió que su Ministerio del Aire debía superarlos. Me convenció para que me pusiera a su servicio,52 y encontramos un
solar ideal para sus fines ante la «Galería de los soldados», en el límite del Tiergarten. Göring se mostró entusiasmado con los planos del nuevo edificio, que después de 1940, bajo el nombre de «Departamento del Mariscal del Reich», habría de reunir la totalidad de sus cargos. Hitler, en cambio, dijo con decisión:
—El edificio es demasiado grande para Göring; destaca demasiado. Además, no me gusta que emplee a mis arquitectos para construirlo.
Aunque muchas veces hablaba con desagrado de los planes de Göring, nunca encontró el valor necesario para refrenar a su ministro. Göring, que conocía a Hitler, me tranquilizó con estas palabras:
—Deje las cosas como están y no se preocupe. Lo vamos a construir así, y ya verá cómo, al final, el Führer estará entusiasmado.
Hitler se mostraba muy a menudo así de indulgente en su esfera particular. Por ello cerraba los ojos ante los escándalos conyugales que se producían a su alrededor, siempre y cuando, como en el caso Blomberg, no se les pudiera sacar partido político. Así, podía sonreírse ante el afán de ostentación y pronunciar cáusticas observaciones en su círculo íntimo, sin insinuar siquiera a los afectados que consideraba incorrecta su conducta.
En el anteproyecto del edificio de Göring había gran cantidad de escaleras, salas y vestíbulos, que ocupaban más espacio que las zonas de trabajo. El punto central de la parte destinada a fines representativos habría de estar constituido por un vestíbulo con una pomposa escalinata que llegaría hasta el cuarto piso y que era probable que nunca fuera utilizada, pues, naturalmente, todo el mundo preferiría emplear el ascensor. Desde luego, el conjunto era una pura obra de exposición; para mí constituyó el paso definitivo del neoclasicismo que hasta entonces había pretendido, que quizá aún fuera perceptible en la nueva Cancillería del Reich, a una recargada arquitectura representativa propia de nuevos ricos. El 5 de mayo de 1941, la Crónica de mi departamento oficial registra que al mariscal del Reich le había gustado mucho la maqueta del edificio y que había parecido
50 Del diario del Dr. Goebbels, anotación del 12 de mayo de 1943: «Si no se construye en el parque de
Sanssouci un grandioso mausoleo, de estilo griego, para albergar los restos de Federico el Grande, estos serán depositados en la gran "Galería de los Soldados" del futuro edificio del Ministerio de Guerra.»
51 Incluyendo el hueco del arco, el Arco de Triunfo de Berlín habría tenido un volumen de 2.366.000 m3;
el Arc de Triomphe de París habría cabido 49 veces dentro de él. La «Galería de los Soldados» era un cubo de 250 metros de longitud, 90 de anchura y 83 de alto. El terreno que se extendía tras la Sala, destinado al Alto Mando del Ejército de Tierra, tenía una extensión de 300 por 450 metros. El vestíbulo con escalinatas del nuevo edificio de Göring tenía una superficie de 48 por 48 metros, y una altura de 42 metros. Los costes del edificio destinado a Göring se estimaban en un mínimo de 160 millones de marcos del Reich. El nuevo Ayuntamiento de Berlín tenía una longitud de 450 metros, y su cuerpo central iba a alcanzar una altura de 60 metros. El edificio del Alto Mando de la Marina de Guerra habría de tener 320 metros de longitud; la nueva Jefatura Superior de Policía de Berlín, 280 metros.
52 A pesar de mi cargo oficial como Inspector General de Edificación, Hitler me permitía proyectar
grandes edificios como arquitecto particular. En la reestructuración de Berlín se observaba sistemáticamente el procedimiento de encomendar a arquitectos particulares tanto las obras del Estado como las casas comerciales.
particularmente entusiasmado por la escalera. En ella comunicaría todos los años su consigna a los oficiales de la Luftwaffe. De acuerdo con lo registrado en la Crónica, Göring dijo literalmente:
—Breker tiene que hacer un monumento al Inspector General de Edificación para colocarlo en esta escalinata, que será la más grande del mundo. La expondremos aquí en honor del hombre que ha concebido una obra tan grandiosa.
Esta parte del Ministerio, cuya fachada, de 240 metros de longitud, daba a la gran avenida, estaba unida a un ala de las mismas dimensiones que se orientaba hacia el Tiergarten y acogía los salones para fiestas que Göring me había pedido y que, al mismo tiempo, constituirían las estancias de su vivienda. Dispuse los dormitorios en el piso superior. Pretextando razones de protección antiaérea, proyecté cubrir el edificio con un espesor de cuatro metros de tierra de jardín, de manera que incluso se pudieran plantar grandes árboles en ella. Así, sobre los tejados de Berlín, a cuarenta metros por encima del Tiergarten, habría surgido un gran parque de 11.800 m2, con piscina y campo de tenis,
fuentes, estanques, columnatas, pérgolas y un bar, así como un teatro de verano con capacidad para doscientos cuarenta espectadores. Göring quedó abrumado y enseguida se puso a soñar con las fiestas que celebraría en aquella terraza ajardinada:
—Iluminaré la gran cúpula con bengalas y desde allí organizaré unos grandes fuegos artificiales para mis invitados.
Sin contar los sótanos, el edificio de Göring habría tenido un volumen de 580.000 m3, mientras que la Cancillería del Reich recién construida sólo tenía 400.000. No
obstante, Hitler no se sintió superado por Göring; en el discurso que pronunció el 2 de agosto de 1938, muy ilustrativo respecto a sus ideas constructivas, manifestó que únicamente podría utilizar diez o doce años más la nueva Cancillería, porque el gran proyecto urbanizador de la ciudad de Berlín preveía la edificación de una obra mucho mayor como vivienda del canciller y sede gubernamental. Tras una inspección conjunta a la sede oficial de Hess en Berlín, Hitler decidió que el edificio se levantaría en la Voss- Strasse. El de Hess tenía una escalera en llamativos tonos rojos y una decoración mucho más sencilla que la de estilo transatlántico que él y los jerarcas del Reich preferían. De nuevo en la Cancillería del Reich, Hitler criticó con expresión de horror la falta de criterio artístico de su lugarteniente:
—A Hess no lo han favorecido en absoluto las musas. Jamás permitiré que levante ninguna obra nueva. Más adelante, su sede será la actual Cancillería del Reich, y no dejaré que haga en ella la menor modificación, pues no entiende de esto.
Una crítica semejante, relativa además al criterio estético, podía a veces acabar con una carrera, y así lo interpretaron todos en el caso de Rudolf Hess: sólo en presencia del propio Hess se expresó Hitler con moderación. Pero bastaba con constatar el comportamiento reservado de la corte para que Hess se diera cuenta de que su cotización había descendido considerablemente.
Al igual que al sur del proyectado centro urbano, también al norte había una estación central. Un estanque de 1.100 metros de largo y 350 de ancho la separaría de la Gran Sala, situada casi a dos kilómetros. No uniríamos aquel enorme estanque con el Spree, cuyas aguas estaban llenas de basura. Como antiguo deportista acuático, quería que el agua del lago estuviese limpia para los nadadores. Vestuarios, cobertizos para las