En Carta a Meneceo recomienda: “Nadie por ser joven dude en filoso- far ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues nadie es joven o viejo para la salud de su alma”.12 Como puede verse, la metáfora médica compromete sus escritos. Se dijo más arriba que representaba una voz que otros ya habían uti- lizado. Sin embargo, aquellas voces enmudecen cuando el lugar de la con- quista de ese tipo de “salud” deja de ser el agorá y pasa a ser el Jardín, tópos
de reunión de Epicuro y sus discípulos. Este escrito no asegura que haya existido una contribución política en las acciones de Epicuro o que el huerto exprese tal contribución. Simplemente podría sospecharse que hubo una acti- tud de resistencia, y esta actitud roza lo político, pues, quiérase o no, despier-
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Ibíd., La hermenéutica del sujeto, p. 236. 11
EPICURO. Exhortaciones. Gnomologio Vaticano 77. En: Obras. Estudio preliminar, traduc- ción y notas de Montserrat Jufresa.
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ta el debate, la adhesión o la repulsa. No obstante, algo del carácter resisten- cial quizás aparezca en la triple solidaridad entre límite, salud y filosofía es- crito en sus máximas.
Para tal fin, dirijamos primero la mirada al vínculo entre filosofía y sa- lud y su relación con la ataraxía. Comenta Epicuro: “mientras que los dolo- res surgidos por carencias físicas reales son fáciles de eliminar, los dolores y las penas surgidas de las vanas opiniones son infinitos […], por lo que con- viene mucho más cuidarse de la disposición buena de la mente que de la del cuerpo”.13 La filosofía, por un lado, es advertencia, y por otro, preparación. Prepara al individuo para eliminar las inquietudes que surgen de opiniones huecas, disponiéndolo a distinguir lo que es necesario de lo que no lo es. En esta doble tarea radica la utilidad de la filosofía. Expresa que “así como no es útil la medicina si no suprime las enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía si no suprime las enfermedades del alma”.14 Enfermedades que sur- gen debido a la expectativa depositada en un futuro y a la carencia que surge de la inadecuada deliberación. De este modo, la filosofía podría ser un palia- tivo importante y necesario para proteger a los individuos de determinadas morbosidades que se depositan en el alma. En sus escritos se la recomienda como el modo más placentero de vida, pues de ella “va surgiendo el placer con el conocimiento; puesto que el placer no es posterior al haber aprendido, sino que aprendizaje y placer van juntos”.15 Esta relación de inmediatez pa- rece ser la efectiva forma de lograr la salud del alma o serenidad. Dicha in- mediatez impediría la búsqueda afanosa de otras cosas por fuera del conoci- miento. Es decir, no habría un “producto” que abra la brecha entre artista y artificio. Además, la carencia de esa brecha es la que instala al hombre en la imperturbabilidad, pues producción y producto son uno y lo mismo. En esta identidad parece basar Epicuro la serenidad, debido a que dicha identidad mutilaría toda inquietud que se produce cuando hay espera. Por ejemplo, la espera subyacente de cualquier tekhnítes en el momento que reflexiona acer- ca de si lo pensado concordará o no con la cosa pensada. Por eso dice: “No
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GUAL. Epicuro, p. 163. 14
GUAL G. En Ética de Epicuro. Fragmentos y testimonios escogidos, 2. 15
EPICURO. Exhortaciones. Gnomologio Vaticano 27. En: Obras. Estudio preliminar, traduc- ción y notas de Montserrat Jufresa.
hay que despreciar lo que se tiene por el deseo de lo que nos falta, sino que debemos considerar que también lo que se tiene era antes un deseo”.16
Ahora abordemos el carácter problemático que se presenta en la rela- ción salud y espacio, junto a la noción de límite. En Epicuro dichos términos se conjugan en una doble acción que lo conduce a la privacidad del Jardín, por un lado, y al alejamiento de la pólis, por otro. Recordemos la importan- cia de la pólis como lugar de realización del ciudadano para la concepción socrático-platónica y enfrentémoslo con el siguiente aforismo: “Es necesario liberarse a uno mismo de las cadenas de las ocupaciones cotidianas y de los asuntos políticos”.17 Lo saludable pareciera radicar en otro tópos, espacio. Pues la salud del alma es un bien que sólo otorga la libertad, y en la vida pú- blica generalmente aparecen dependencias.
Esto nos lleva a retomar una noción importante: la idea de ataraxía o ausencia de dolor espiritual, es decir, un estado libre de turbación. Para ello la vida pública no sería lo conveniente, en ella surgen turbaciones. Epicuro alerta sobre alguna ellas explicando que “ni produce alegría digna de men- ción la mayor riqueza del mundo, ni el recibir honores de la multitud, ni el gozar de una consideración extraordinaria, ni otra cosa alguna que dependa de causas indeterminadas”.18 El trato público, de este modo, pondría en peli- gro la ataraxía, debido a que en él habría fuertes propensiones a perseguir fines no deseados por sí mismos sino por otra cosa: un cargo de poder, por mencionar un caso. Si de lo que se trata es de conseguir la aponía o ausencia de dolor, la discusión vincular que se da en la amplitud del agorá, quizá no sea el sitio adecuado, y sí, en cambio, la phylía amparada por el Jardín. Esto se debe a que lo que se “cultiva” en él es al individuo mismo y su libertad, lejos de las preocupaciones que suele despertar la multitud. “Una vida libre no puede llegar a poseer muchas riquezas, porque éstas no son fáciles de al- canzar sin servir a la multitud o a los poderosos”.19 Es evidente que sobre es-
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Ibíd., Gnomologio Vaticano 35. 17
Ibíd., Gnomologio Vaticano 58. 18
GUAL G. En: Ética de Epicuro. Fragmentos y testimonios escogidos, 2. EPICURO. Exhorta- ciones. Gnomologio Vaticano 81. En: Obras. Estudio preliminar, traducción y notas de Mont- serrat Jufresa.
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EPICURO. Exhortaciones. Gnomologio Vaticano 67. En: Obras. Estudio preliminar, traduc- ción y notas de Montserrat Jufresa.
ta sabiduría por la conquista de una interioridad y el anhelo de la ataraxía, sobrevuela una idea central: la idea de límite.
Ahora bien, señalemos dos límites: uno espiritual y otro espacial. Este último se refiere al Jardín. Dicho tópos, además de ser la aparente frontera que aísla y “protege” de la ciudad, también procura otra perspectiva de la realidad en la que se instituye una práxis diferente, cuyo resultado es la soli- daridad entre espacio y espíritu. Si bien el Jardín aparenta un territorio de “encierro”, sin embargo es el sitio dónde los átomos individuales se alimen- tan de un desarrollo intelectual –razonamiento y prudencia– cuya aspiración es la conquista de una vida feliz. Lugar –a pesar de tener límites, péras– en cuyo interior se busca una expansión ilimitada, pues se práctica la filosofía que exhorta a mantener la calma y la mesura, sophrosýne, ante el incognos- cible devenir. Según Epicuro, entonces, aquel que “es conciente de los lími- tes de la vida sabe cuán fácil de conseguir es lo que elimina el dolor por una carencia y lo que hace lograda una vida entera. De modo que para nada re- clama cosas que traen luchas competitivas”.20 El interés por esta máxima ra- dica en que sintetiza cuestiones referidas al límite y a la presencia de los dos
tópoi señalados: la ciudad y el Jardín. Además, hace alusión a un rasgo de la vida política que Epicuro parece aborrecer: la competencia, pues, aleja al in- dividuo de la serenidad espiritual o ataraxía.
CONCLUSIÓN
Este escrito transitó la metáfora médica, como las nociones de espacios y de límite. En cuanto a la herencia, se manifestó que, aún alejándose Epicu- ro de los dictados de Sócrates y Platón, puede aceptarse algún andamiaje terminológico cercano a ambos filósofos, quizás la metáfora médica fue ilus- trativa al respecto.
Ahora bien, si partimos de que hubo ciertos cambios en las condiciones históricas desde las cuales asomó el espíritu curioso de Epicuro, posiblemen- te sea entendible su alejamiento de la pólis. Es decir, es un tiempo en el que las creencias en los sistemas metafísicos platónicos y aristotélicos se resque-
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brajan. Además, junto a la extensión de las fronteras ampliadas por Alejan- dro vinieron tiempos inestables, y peores luego de su muerte. Quizá su posi- cionamiento frente al límite y la “desestimación” de lo público sean los emergentes de estas condiciones. Por tal motivo, es oportuno visualizar estas particularidades históricas para comprender la actitud de transformación del individuo que asume Epicuro. Actitud enrolada en una tarea resistencial ante las tradiciones políticas de enfrentamientos en la plaza. Esto, sospecho, es otra forma de la política y no un total alejamiento de ella. Creo que no hay en él una forma de lo a-político. Entiende que el rol protagónico no está en el afuera, en las calles. La salida a una vida plena no se encuentra en la ten- sión desplegada en el agorá. El cambio verdadero crece o se cultiva –y aquí hay algo simbólico– dentro del Jardín. Entonces, si bien evita la política de las calles como transformación, creo que no abandona la idea de una trans- formación que debe procurarse en el individuo. Recordemos lo dicho sobre la physiología y el término paraskeué. Es decir, al profundizar la privacidad y la moderación, el sabio intenta dar una respuesta a su intrincado tiempo. Estas respuestas, más que un desapego rotundo hacia la política, abren la po- sibilidad de un éthos distinto. Esto es una respuesta y, posiblemente, una res- puesta política.
BIBLIOGRAFÍA
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