• No se han encontrado resultados

El kaizen elimina el hábito

In document METODO KAIZEN (página 68-71)

C

uando la gente está tratando de abandonar una adicción insana, uno de sus mayores temores es la posibilidad de que a un corto período de éxito siga una larga recaída en ese mal hábito. No importa si la adicción es a los cigarrillos, la comida basura, el alcohol, las drogas o a cualquier otra cosa: incluso manteniéndose libre de la adicción durante muchos meses, la gente en muchas ocasiones recae y vuelve a su antigua costumbre. No obstante, hay esperanza. He visto a mucha gente abandonar adicciones permanentemente dando pasos pequeños.

Yo comencé recomendando esta particular modalidad de pasos kaizen para las adicciones cuando advertí que entre los fumadores que habían dejado el hábito, pero habían vuelto a él, se repetía la frase «Los cigarrillos son mis amigos». A veces se reían cuando la decían, pero su sentimiento era auténtico. Descubrí que muchos de esos fumadores se habían criado en familias con padres incapaces de prestar una atención adecuada. Siendo niños, habían aprendido rápidamente a guardarse los problemas para sí mismos y a no confiar en nadie cuando se sentían mal.

enfrentarse a la adversidad de la vida. Esto es así porque estamos «configurados» biológicamente para buscar apoyo cuando estamos estresados; está en nuestra naturaleza. Considera lo que hace un niño cuando se despierta por la noche, debido a una pesadilla o a una tormenta. Instintivamente, corre a la cama de sus padres para pedir ayuda. El niño se aferra a mamá o a papá y entonces, después de unos minutos de consuelo, se duerme en brazos de sus padres. Cuando este proceso de asimilación se ve interrumpido porque los padres son física o emocionalmente inasequibles, se reemplaza por autosuficiencia y estoicismo. Cuando ese niño independiente llega a la edad adulta, los cigarrillos, la comida u otras sustancias se convierten en compañías fiables, aportando una tranquilidad consistente y segura, pero con los desafortunados efectos colaterales de enfermedad, obesidad o algo peor. Si una persona como ésta trata de abandonar la adicción, sin aprender a pedir ayuda a los demás, es poco probable que tenga éxito. Vivir sin su «amigo» es sencillamente demasiado aterrador.

Una clienta, Rachel, era una mujer en la mitad de la cuarentena, cuya vida encajaba en el modelo que acabo de describir: siendo niña, Rachel decidió que nunca se apoyaría en nadie. Y no lo hizo. Aprendió a ser económicamente independiente, y era capaz de llevar su casa y desempeñarse en su profesión sin ayuda. Pero no había desarrollado la capacidad de recibir apoyo de los demás. Rachel podía contar con varios amigos de cuya camaradería disfrutaba, pero nunca se confiaba a ellos o se daba a conocer de manera íntima. Sus relaciones sentimentales eran con hombres siempre distantes. Pero todos nosotros necesitamos alguna forma de apoyo externo, y la de Rachel eran los cigarrillos. Cuando las cosas se ponían difíciles, ella sacaba a su «mejor amigo» y fumaba. La nicotina la animaba cuando estaba deprimida y la calmaba cuando estaba ansiosa.

Rachel vino a verme porque sabía que necesitaba abandonar de forma permanente el hábito. Frecuentes problemas respiratorios lo habían convertido en algo terriblemente inquietante. En ocasiones, ella lo había dejado durante un mes o dos cada vez, pero —lo has adivinado— siempre volvía a recaer.

Yo sabía que no tenía sentido prescribirle a Rachel el último descubrimiento tecnológico para dejar de fumar. Ella disponía claramente de la autodisciplina para dar ese primer salto. Pero uno de los más sólidos factores de éxito en la vida es que una persona se dirija a otro ser humano en busca de apoyo, en momentos en que tiene problemas o miedo. Para que Rachel realmente consiguiera tener éxito, tenía que aprender a confiar, a hallar un compañero y un confidente humano que pudiera reemplazar a los cigarrillos. Y ambos sabíamos que lo que estaba en juego era su

salud; probablemente, no disponía de un par de años para emplear en una terapia, en la que discutir a fondo su infancia antes de tratar de dejar los cigarrillos de nuevo. Tampoco tenía la paciencia para hacerlo; yo sospechaba que una terapia profunda como ésa era un paso demasiado importante y doloroso para ella.

El primer pequeño paso que dio Rachel fue llamar a mi buzón de voz una vez al día. Todo lo que tenía que decir era: «Hola, soy Rachel». Se sintió desconcertada cuando se dio cuenta de que ese pequeño paso la ponía nerviosa. Entonces comprendió el valor que tenía: si te has pasado toda la vida evitando la dependencia, el simple acto de llamar a un buzón de voz viola tu promesa de no necesitar nunca a otra persona. Cuando este paso se convirtió en algo menos temible, añadimos otra llamada, justo antes de que fumara un cigarrillo. Esto no era un intento de avergonzar a Rachel para que lo dejase. Acordamos de que podía fumar todavía cuantos cigarrillos quisiera, simplemente tenía que decir «hola» antes de fumar. «¡Hola, soy Rachel!», decía, «¡estoy fumando un cigarrillo ahora!» Debido a que Rachel había aprendido a no ansiar la compañía humana, yo intentaba desarrollar el deseo de Rachel de desearla, de una manera que no le hiciera daño. Y también estaba poniendo un paso entre Rachel y su «mejor amigo». Hicimos eso durante un mes.

Entonces le pedí a Rachel que escribiese sus sentimientos en un diario. Las investigaciones demuestran que las personas que utilizan un diario para expresar sus emociones reciben muchos de los mismos beneficios físicos y psicológicos, que aquellas que hablan con un médico, un religioso o un amigo. Yo creo que la razón por la que escribir en un diario es tan eficaz es que, para muchas personas, es realmente importante decidir que tu vida emocional es lo suficientemente valiosa como para comprometerte con un libro que nadie verá jamás. Las investigaciones psicológicas sugieren que los clientes deben escribir en sus diarios, por lo menos, entre quince y veinte minutos al día para obtener beneficios de esta actividad, pero no había manera de que Rachel dedicara todo ese tiempo a su vida interior. De modo que comenzamos con ella escribiendo solamente durante dos minutos cada día. Hicimos eso, junto con las llamadas telefónicas, durante dos meses más. El cerebro de Rachel comenzó a pensar en su diario y en mí siempre que se sentía alterada. Al final de ese período, Rachel se sorprendió al descubrir que su consumo de cigarrillos había disminuido en un 30 por ciento, sin ningún esfuerzo por su parte.

Entonces le pedí que incorporara otro paso kaizen —preguntas pequeñas— a su rutina. Ella tenía que imaginar que tenía un mejor amigo (¡uno humano!), que estaba a su lado a lo largo de todo el día, y a preguntarse qué le gustaría que hiciera ese amigo en cada momento: quizás oírla jactarse de alguno de sus logros o chatear con

ella cuando decidiera qué iba a tomar para almorzar. Estas preguntas empezaron a consolidarse. (Para mayor información sobre el poder de las pequeñas preguntas kaizen, véase el capítulo «Hacer preguntas pequeñas».) Pronto Rachel comenzó a llamar a personas reales, a aquellos amigos que parecían dignos de correr el riesgo, y empezó a tener experiencias positivas cuando se dirigió a ellos de maneras pequeñas. Alrededor de esa época, Rachel volvió a la técnica de dejar de fumar que había utilizado antes. En el transcurso de un mes dejó de fumar. Y esta vez no lo hizo durante un pequeño intervalo. Rachel no volvió a fumar un cigarrillo en dos años.

Técnica kaizen

In document METODO KAIZEN (página 68-71)