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EL LENGUAJE

In document Cassirer, Ernst - Antropologia Filosofica (página 98-122)

EL LENGUAJE y el mito, son especies próximas. En las etapas primeras de la

cultura humana su relación es tan estrecha y su cooperación tan patente que resulta casi imposible separar uno de otro. Son dos brotes diferentes de una misma raíz. Siempre que tropezamos con el hombre lo encontramos en posesión de la facultad del lenguaje y bajo la influencia de la función mitopoyética. De aquí que para una filosofía antropológica resulte tentador reducir a un mismo denominador estas dos características específicamente humanas. Muchas veces se han hecho intentos en esta dirección. F. Max Müller desarrolló una curiosa teoría según la cual el mito se explicaba como un producto accesorio del lenguaje. Consideraba el mito como una especie de enfermedad de la mente humana, cuyas causas había que buscar en la facultad del lenguaje. El lenguaje es, por naturaleza y esencia, metafórico; incapaz de describir las cosas directamente, apela a modos indirectos de descripción, a términos ambiguos y equívocos. A esta ambigüedad, inherente al lenguaje, debe su origen, según Max Müller, el mito, y en ella ha encontrado siempre su alimento espiritual.

"La cuestión de la mitología —dice Müller— ha resultado, de hecho, una cuestión de psicología, y como nuestra psique se hace objetiva para nosotros principalmente a través del lenguaje, se ha convertido, en definitiva, en una cuestión de la ciencia del lenguaje. He aquí por qué... califiqué yo al mito de enfermedad del lenguaje mejor que del pensamiento... Uno y otro son

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inseparables y... una enfermedad del lenguaje es, por consiguiente, lo mismo que una enfermedad del pensamiento... Representarse al dios supremo cometiendo toda clase de crímenes, siendo engañado por los hombres, encolerizado con su mujer y violento con sus hijos es, ciertamente, prueba de una enfermedad, de una condición inaudita del pensamiento o, para hablar más claramente, de verdadera locura... Es el caso de patología mitológica...

El lenguaje arcaico es un instrumento difícil de manejar, especialmente por lo que se refiere a fines religiosos. Es imposible expresar ideas abstractas en el lenguaje humano si no es valiéndose de metáforas, y no exageramos al decir que todo el diccionario de la religión antigua está compuesto de metáfora... Aquí tenemos una fuente constante de malas interpretaciones, muchas de las cuales han conservado su lugar en la religión y en la mitología del mundo antiguo." (Contributions to the Science of Mythology, Londres, Long-mans, Green & Co., 1897, I, 68 s. y Lecturas on the Science of Religión, Nueva York, Charles Scribner's Sons, 1893, pp. 118 ss.)

No creemos que pueda pretender la categoría de interpretación adecuada el considerar una actividad humana fundamental como una mera monstruosidad, como una especie de enfermedad mental. No tenemos necesidad de teorías tan extrañas para ver que en la mente primitiva el mito y el lenguaje constituyen, como si dijéramos, dos hermanos gemelos. Ambos se hallan basados en una experiencia muy, general y primitiva de la humanidad, de naturaleza más bien social que física. Mucho antes que un niño aprenda a hablar ha descubierto medios más simples para comunicarse con otras personas; los gritos de desagrado, de dolor y de hambre, de temor, que encontramos a través de todo el mundo orgánico, comienzan a adoptar una forma nueva, ya no son simples reacciones instintivas, puesto que se emplean en una forma más consciente y deliberada. Cuando se le deja solo, el niño reclama, por sonidos más o menos articulados, la presencia de su nod riza o de su madre, y se da cuenta de que estas demandas obtienen el resultado apetecido; el hombre primitivo transfiere esta primera experiencia social elemental a la totalidad de la naturaleza. Para él, la naturaleza y la sociedad no sólo se hallan trabadas por los vínculos más estrechos sino que constituyen, en realidad, un todo coherente e inextricable, no hay ninguna línea de demarcación que separe nítidamente los dos campos. La naturaleza misma no es sino una gran sociedad, la sociedad de la vida. Desde este punto de vista podemos comprender fácilmente el uso y la función específica de la palabra mágica. La creencia en la magia se basa en una convicción profunda de la solidaridad de la vida.96 Para la mente primitiva el poder social de la pa- labra experimentado en innumerables casos se convierte en una fuerza natural y hasta sobrenatural. El hombre primitivo se siente a sí mismo rodeado por toda suerte de peligros visibles e invisibles, que no espera vencer por meros medios físicos. Para él, el mundo no es una cosa muerta o muda; puede oír y

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comprender. Por lo tanto, si los poderes de la naturaleza son invocados de modo debido, no podr‚n rehusar su ayuda. Nada resiste a la palabra m‚gica, carmina vel coelo possunt deducere lunam. Cuando el hombre empez€ a darse cuenta de que esta confianza era vana y que la naturaleza era inexorable, no a causa de que se negara a cumplir con sus demandas sino porque no entend•a su lenguaje, el descubrimiento debi€ de producirle el efecto de un choque traum‚tico. En tal momento tuvo que enfrentarse con un problema que significaba un viraje y una crisis en su vida intelectual y moral. A partir de este momento el hombre debi€ de encontrarse en un aislamiento profundo, sujeto a sentimientos de extrema soledad y de desesperaci€n absoluta. Dif•cilmente los hubiera superado de no haber desarrollado una nueva fuerza espiritual que bloque€ el camino de la magia pero que, al mismo tiempo, abri€ otro m‚s prometedor.

Se frustraron las esperanzas de someter a la naturaleza con la palabra m‚gica, pero el resultado fue que el hombre comenz€ a ver la relaci€n entre el lenguaje y la realidad a una luz diferente. La función mágica de la palabra se eclips€ y fue reemplazada por su función semántica. Ya no est‚ dotada de poderes misteriosos; ya no ejerce una influencia f•sica o sobrenatural inmediata. No puede cambiar la naturaleza de las cosas ni compeler la voluntad de los dioses o de los demonios; sin embargo, no deja de tener sentido ni carece de poder. No es simplemente un ftatus vocis, un mero h‚lito; pero su rasgo decisivo no radica en su car‚cter f•sico sino en el l€gico. Se puede decir que f•sicamente la palabra es impotente pero l€gicamente se eleva a un nivel m‚s alto, al superior; el logos se convierte en el principio del universo y en el primer principio del conocimiento humano.

Esta transici€n tuvo lugar en la primitiva filosof•a griega. Her‚clito forma parte todav•a de esa clase de pensadores griegos que en la Metafísica de Arist€teles son mencionados como los antiguos fisi€logos (€ˆ —›ª—•šˆ «˜‹ˆ’£š•šˆ). Todo su interƒs se halla concentrado en el mundo de los fen€menos; no admite que por encima del mundo fenomƒnico, el mundo del devenir, exista una esfera superior, un orden ideal o eterno de puro ser. Sin embargo, no se contenta con el mero hecho del cambio, puesto que busca los principios del mundo. Seg„n Her‚clito, no hay que buscarlo en una cosa material; no es el mundo material sino el humano la clave para una interpretaci€n correcta del orden c€smico. En este m undo humano la facultad de la palabra ocupa un lugar central; por lo tanto, tenemos que comprender lo que significa el habla para comprender el sentido del universo. Si no abordamos as• el problema, es decir, por medio del lenguaje mejor que por los fen€menos f•sicos, erramos el camino de la filosof•a. En el pensamiento de Her‚clito la palabra, el logos, no es „nicamente un fen€meno antropol€gico, no se halla confinado dentro de los estrechos l•mites del mundo humano puesto que posee una verdad c€smica universal; pero en lugar de ser un poder m‚gico, la palabra es entendida en su funci€n sem‚ntica y simbólica. "No me escuchƒis a m• ” escribe Her‚clito”, sino a la palabra, y confesad que todas las cosas son una."

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filosofía del lenguaje, pero tropezó con nuevas y graves dificultades. Acaso no existe problema tan confuso y controvertido como el "sentido del sentido".97 En nuestros mismos días los lingüistas, los psicólogos y los filósofos sostienen puntos de vista muy dispares sobre la materia. La filosofía antigua no podía acertar directamente con este intrincado problema en todos sus aspectos sino ofrecer un intento de solución, basada en un principio que el primitivo pensamiento griego aceptó generalmente y que parecía firmemente establecido. Las diversas escuelas, tanto la de las fisiólogos como la de los dialécticos, partían del supuesto de que sin una identidad entre el sujeto cognoscente y la realidad conocida no se podría explicar el hecho del conocimiento. El idealismo y el realismo, aunque diferían en la aplicación de este principio, concordaban al reconocerlo como verdadero. Declara Parménides que no podemos separar el ser y el pensar porque son una misma cosa. Los filósofos de la naturaleza interpretaban esta identidad en un sentido estrictamente material. Si analizamos la naturaleza del hombre encontramos la misma combinación de elementos que tiene lugar en cualquier parte del mundo físico. Siendo el microcosmo una réplica exacta del macrocosmo, permite el conocimiento de este último. "Porque es con la tierra —dice Empédocles—, como ve- mos la tierra, y agua con agua; con el aire vemos el brillante aire y con fuego el fuego destructor. Con el amor vemos el amor y el odio con el dañino odio."98

Una vez aceptada esta teoría general ¿cuál es el "sentido del sentido"? Primera y principalmente debe ser explicado en términos de ser, porque el ser o la sustancia es la categoría más universal que ata y vincula entre sí verdad y realidad. Una palabra no podría significar una cosa si no hubiera, por lo menos, una identidad parcial entre las dos; la conexión entre el símbolo y su objeto debe ser natural y no meramente convencional. Sin semejante nexo una palabra del humano lenguaje no podría cumplir su misión, resultaría ininteligible. Si admitimos este supuesto, que tiene su origen en una teoría general del conocimiento más bien que en una teoría del lenguaje, nos enfrentamos inmediatamente con la teoría onomatopéyica que sería la única capaz de cubrir el hiato entre los nombres y las cosas. Por otra parte, este puente parece quebrantarse al primer intento de hacer uso de él. Para Platón, bastaba con desarrollar esta tesis de la onomatopeya en todas sus consecuencias para refutarla. En el diálogo platónico Cratilo, Sócrates acepta la tesis a su manera irónica, pero su aprobación tiende a destruirla por el absurdo que le es inherente. La exposición que hace de la teoría de que todo lenguaje se origina por la imitación de los sonidos desemboca en una verdadera caricatura. Sin embargo, la tesis prevaleció durante varias centurias. Ni siquiera ha desaparecido por completo en la bibliografía actual sobre la materia, aunque ya no se presenta en la forma ingenua con que aparece en el Cratilo.

La objeción obvia a esta tesis es el hecho de que si analizamos las palabras del lenguaje común nos es absolutamente imposible descubrir, en la mayoría de los casos, la pretendida semejanza entre los sonidos y los objetos. Esta dificultad

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Véase C. K. Ogden e I. A. Richards, The Meaning of Meaning (1923, 5a ed., Nueva York, 1938).

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Empédocles, Fragmento 335. Véase John Burnet, Early Greek Philosophy (Londres y Edimburgo, A. & C. Black, 1892), vol. II, p. 232. (Hay traducción española, México, 1944.)

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podría vencerse pensando que el lenguaje humano se ha visto sometido desde un principio al cambio y a la degeneración; no podemos contentarnos, por lo tanto, con su estado actual. Debemos reconducir los términos a sus orígenes si queremos detectar el vínculo que los une a sus objetos y pasar de las palabras derivadas a las primarias; descubrir el etymon, la forma verdadera y original de cada término.

A tenor de ese principio la etimología se convirtió, no ya en el centro de la lingüística, sino también en una de las claves de la filosofía del lenguaje. Las primeras etimologías establecidas por los gramáticos y filósofos griegos no fueron menoscabadas por escrúpulos teóricos o históricos. Antes de la primera mitad del siglo XIX no existe una etimología basada en principios científicos;99 hasta esa fecha, todo era posible, y se admitían de verdad las explicaciones más fantásticas y extravagantes. Junto a las etimologías positivas tenemos las famosas etimologías negativas del tipo lucus a non lucendo. Mientras se mantuvo este esquema, la teoría de una relación natural entre los nombres y las cosas parecía defendible y justificable filosóficamente.

También otras consideraciones generales militaban desde un principio en su contra. Los sofistas griegos eran, en cierto sentido, discípulos de Heráclito. En el Teetetes Platón llega a decir que la teoría del conocimiento mantenida por los sofistas no tenía ninguna originalidad, no era más que producto y corolario de la doctrina de Heráclito sobre el fluir de todas las cosas; sin embargo, existía una diferencia radical entre Heráclito y los sofistas. Para el primero el verbo, el logos, constituía un principio metafísico universal, poseía verdad general, validez objetiva. Pero los sofistas no admitían ya esa palabra divina que, según Heráclito, sería el origen y principio primero de todas las cosas, del orden cósmico y moral. La antropología y no la metafísica desempeña ahora el papel principal en la teoría del lenguaje. El hombre se ha convertido en el centro del universo. Según el dicho de Protágoras, el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son. Resulta, por lo tanto, vano y ocioso buscar una explicación del lenguaje en el mundo de las cosas físicas. Los sofistas han encontrado una manera mucho más simple y nueva de abordar el lenguaje humano.

Fueron los primeros en tratar los problemas lingüísticos y gramaticales de un modo sistemático; sin embargo, no se hallaban interesados en estos problemas en un sentido puramente teórico. Una teoría del lenguaje tiene que cumplir con otras tareas más urgentes, enseñar cómo debemos hablar y obrar en nuestro mun- do social y político presente. En la vida ateniense del siglo V el lenguaje se ha convertido en un instrumento para propósitos definidos, concretos, prácticos; constituía el arma más poderosa en las grandes pugnas políticas. Nadie podía esperar desempeñar un papel capital sin poseer este instrumento. Revestía una importancia vital emplearlo de manera adecuada y mejorarlo y aguzarlo constantemente. A este fin los sofistas crearon una nueva rama del conocimiento, la retórica, que fue su ocupación principal y no la gramática o la

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etimolog•a. En su definici€n de la sabidur•a (sophia) la ret€rica ocupa una posici€n central. Todas las disputas acerca de la "verdad" o "correcci€n" ’›™’‘Š‹) de los tƒrminos y de los nombres resultaron f„tiles y superfluas. Los hombres no tratan de expresar la naturaleza de las cosas, no poseen correlatos objetivos, su misi€n real no consiste en describir cosas sino en despertar emociones humanas; no est‚n destinadas a llevar meras ideas o pensamientos sino a inducir a los hombres a ciertas acciones.

De este modo hemos llegado a una concepci€n triple de la funci€n y del valor del lenguaje: la m•tica, la metaf•sica y la pragm‚tica. Pero todas estas explica- ciones parecen marrar el golpe, pues no se dan cuenta de uno de los rasgos m‚s conspicuos del lenguaje. Las expresiones humanas elementales no se refieren a cosas f•sicas ni tampoco son signos puramente arbitrarios. La alternativa €•‚ƒ„ o…

š “€‘€• o… no se aplica a ellas. Son naturales y no artificiales, pero no guardan

relaci€n con la naturaleza de los objetos externos. No dependen de la mera convenci€n, de la costumbre o del h‚bito, pues se hallan arraigadas con mucha mayor profundidad; son expresiones involuntarias de sentimientos hum anos, interjecciones y gritos. No es un accidente que esta teor•a interjectiva la introdujera un cient•fico de la naturaleza, el mayor entre los pensadores griegos. Dem€crito fue el primero en proponer la tesis de que el lenguaje humano se origina en ciertos sonidos de un car‚cter meramente emotivo. La misma tesis fue sostenida por Epicuro y Lucrecio, que se apoyaron en la autoridad de Dem€crito, y ha ejercido una influencia permanente en la teor•a del lenguaje; todav•a en el siglo XVIII aparece casi con la misma forma en pensadores como Vico y Rousseau. Es f‚cil comprender, desde el punto de vista cient•fico, las grandes ventajas de esta tesis interjectiva; ya no necesitamos apoyarnos en la pura especulaci€n, hemos descubierto ciertos hechos comprobables que no est‚n limitados al ‚mbito humano. El lenguaje humano se puede reducir a un instinto fundamental implantado por la naturaleza en todos los seres vivos; gritos violentos, de temor, de rabia, de dolor o de alegr•a, no son propiedad espec•fica del hombre, los encontramos por doquier en el mundo animal. Nada, pues, parec•a m‚s plausible que el reducir el hecho social del lenguaje a causas biol€gicas generales. Si aceptamos la tesis de Dem€crito y de sus disc•pulos y continuadores, la sem‚ntica deja de ser una provincia separada y se convierte en una rama de la biolog•a y de la fisiolog•a.

Sin embargo, la teor•a interjectiva no pudo alcanzar madurez hasta que la biolog•a misma no encontr€ una nueva base cient•fica. No bastaba conectar el lenguaje humano con ciertos hechos biol€gicos, hab•a que fundar la conexi€n en un principio universal. Este principio era suministrado por la teor•a de la evoluci€n. Cuando apareci€ el libro de Darwin fue saludado con el mayor entusiasmo no s€lo por los cient•ficos y los fil€sofos sino tambiƒn por los ling¬istas, August Schlei- cher, cuyas primeras obras nos lo muestran como un adepto de Hegel, se convirti€ al darwinismo.100Darwin mismo ha tratado esta materia estrictamente desde el punto de vista de un naturalista, pero su mƒtodo general era f‚cilmente aplicable a los fen€menos ling¬•sticos y precisamente en este campo parec•a abrir una v•a

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inexplorada. En La expresión de las emociones en el hombre y los animales ha mostrado que los sonidos o los actos expresivos se hallan dictados por ciertas necesidades biológicas y que se emplean de acuerdo con leyes biológicas definidas. Abordado desde este ángulo, el viejo enigma del origen del lenguaje puede ser tratado de un modo estrictamente empírico y científico. El lenguaje humano cesó de ser un "Estado dentro del Estado" y se convirtió en un don natural general.

Quedaba, sin embargo, una dificultad fundamental. Los creadores de las teorías biológicas acerca del origen del lenguaje no vieron el bosque a causa de los árboles. Partieron del supuesto de que una línea directa nos conduce desde la interjección al lenguaje, pero esto es una petición de principio, no una solución,

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