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EL MATRIMONIO: ¿VOLUNTAD, SENTIMIENTO U OTRA COSA?

Serafín y Emilia, Peter y María

Serafín volvió al pueblo después de pasarse 5 años trabajando en las minas de Lena, en Asturias. Se trataba de pagar la carrera eclesiástica de su hermano pequeño, el cual había mostrado aptitudes tanto para los estudios, como para la devoción. Una vez conseguido el objetivo volvió a casa para ayudar a la familia en la faena del campo y con los animales. A poco de llegar, su padre, Dioscorides, le propuso buscar esposa: “Serafín, ya tienes una edad más que respetable, superas los treinta; es hora de pensar en formar un hogar y tener hijos”. La propuesta era a todas luces razonable, pero el hombre no tenía especial facilidad para socializar con el sexo femenino. Su padre, conocedor de esta circunstancia, se puso inmediatamente mano a la obra. Hombre práctico y de recursos, le comentó el asunto a su amigo Saturnino, que podía ser de ayuda. Y efectivamente, lo fue: días después de escuchar la inquietud de Dioscorides, se presentó en su casa con una posible solución. “Mira” —le dijo—, “he estado pensando en lo que me comentaste el otro día y después de hacer un repaso por las mozas del pueblo, se me ha ocurrido que no creo que haya una mejor que la mi Emilia”. “La mi Emilia” no era otra que su hija, que aunque no llegaba a la veintena, era una mujer decidida y capaz, espabilada en cuestiones de regateo para vender una oveja o una vaca, con salero si se trataba de manejar la hoz en el campo y más que resuelta para solventar los asuntos del hogar. ¿Por qué no ella? Es verdad que había diferencia de edad y que a Emilia le gustaba la fiesta y el baile, mientras que Serafín era de carácter introvertido y muy religioso. Pero lo de casarse era una cuestión… ¿cómo decir? Era como montar una empresa, una sociedad conyugal en la que el objetivo primordial consistía en traer hijos al mundo para enseñarles el camino del cielo, a través de una vida de trabajo honrado y cabal. Se trataba, también, de considerar los escasos bienes materiales que ambos aportarían al matrimonio, determinar que los dos salían ganando al unir sus vidas a través del sí quiero

ante el altar… En tiempos en los que el hambre era una posibilidad más que probable y temible, los elementos de juicio que decantaban una decisión no eran tanto de naturaleza emotiva como gastronómica y nutricional. Eran otros tiempos, sin duda. La cuestión es que tanto Serafín como Emilia, al ser preguntados, dieron su consentimiento. Apenas habían cruzado cuatro palabras antes de ese momento, pero a la vista no se disgustaban y lo que sabían el uno del otro —más que nada, la historia familiar y el patrimonio— resultaba de interés suficiente como para tomar la decisión. Accedieron y la boda tuvo lugar un buen día, de un buen año de la década de los veinte. Los cinco hijos de la pareja testifican que sus padres dieron muestras, a lo largo de sus 47 años de matrimonio, de quererse y respetarse, en lo bueno y en lo malo, ya que de todo hubo en aquel tiempo, hasta que la muerte puso fin a ese compromiso adquirido delante de Dios.

¿Más ejemplos? “Modesto funcionario del Estado, soltero, católico, de 43 años, con derecho a pensión, quiere contraer matrimonio con una muchacha católica, que sepa cocinar y a ser posible coser, con patrimonio”, rezaba el anuncio del pretendiente, publicado el 7 de marzo de 1920. El padre de Ratzinger (Benedicto XVI), por entonces gendarme, no tuvo suerte en el primer intento y cuatro meses después probó de nuevo, especificando ahora que era un “funcionario medio”. Entonces respondió María Peintner, cocinera. El matrimonio se celebró en 1920. Tuvieron tres hijos: María, Georg y Joseph.

No pienses que si te contamos estos ejemplos es porque tenemos la intención de hacer apología del matrimonio de conveniencia. No es nuestro propósito. ¿Por qué lo hacemos entonces? Porque es bueno conocer cómo vivieron nuestros mayores y sano acercarse a ellos, tratando de comprenderles, para aprender tanto de lo que nos parezca imperfecto y mejorable, como de lo que pueda resultar más sabio e inteligente que lo que hoy día somos capaces de diseñar.

Lo cierto es que de vidas como estas, que son paradigma de miles de historias similares de aquel entonces, aprendemos varias cosas interesantes. Una de ellas es que la esencia del matrimonio consistía en el consentimiento de la voluntad. La gente sabía perfectamente lo que era el matrimonio, una palabra dada a otra persona para formar una sociedad de vida muy especial en la que la ayuda mutua, la procreación y crianza de los hijos eran sus propósitos naturales. La apuesta era para toda la vida, y se tenía perfecta conciencia de que no solo se unían dos personas, sino dos familias. Por lo tanto, no era tanto una cuestión individual, o personal, sino familiar y social. Había demasiado en juego.

Conocimiento y libertad: saber lo que el matrimonio es y consentir en ello. Por tanto, contrato válido. Serafín y Emilia dijeron que sí: matrimonio válido. El señor Peter y la señora María dijeron que sí: matrimonio válido. Nos diréis que, de esta forma, ¿cuántas personas desgraciadas habrá habido a lo largo de la historia? Encontrarse casados sin apenas conocerse para mantener el patrimonio familiar… No parecen, desde luego, las

condiciones más favorables para el surgimiento y permanencia del amor. Y sin embargo, comentábamos hace no muchas páginas que hoy la gente se casa adulta, libremente y después de un tiempo respetable de discernimiento, y las cosas no parecen irnos mejor. Queda, además, una pregunta planteada en el aire: ¿y tantos casos en los que, después de casarse así, llegaron a quererse y respetarse verdaderamente?

Hoy la gente se casa porque se ha enamorado. Estamos seguros de que, antiguamente, muchos llegaron a vivir amándose porque se habían casado.

Hollywood y el amor romántico

No cabe duda de que la distancia cultural que nos separa de esta concepción es abismal. No han pasado tantos años, pero el abismo es infinito. Podríamos hablar de los factores que han propiciado el cambio, pero vamos a mencionar de pasada uno importante: la revolución sexual, que nos ha impactado en olas sucesivas a lo largo del siglo XX. Y nos vamos a detener en un aspecto de esta revolución en la que queremos adentrarnos: el sentimentalismo o romanticismo.

Con el cine, llegó Hollywood y con él las películas mudas, en blanco y negro; luego, el sonido y el color. Al principio, después y siempre, el sentido del amor como sentimiento. Desde el principio ha sido lo mismo, aunque la censura no dejó expresarlo de la misma manera. ¿Sabías que los besos tenían límite de tiempo? Pero siempre hubo formas de burlar la ley. Hay un beso famoso de Ingrid Bergman y Cary Grant que conseguía regatear los límites impuestos a través de una conversación de teléfono. Dejaban de besarse porque él tenía que responder a la conversación, pero seguían a continuación con un beso que desafiaba, burlón, las prohibiciones del momento. Estas leyes desaparecieron y lo que se daba por supuesto se hizo explícito. Llegaron las escenas de desnudo y contenido sexual explícito, al principio rodeadas de escándalo y polémica. Hoy todo ello no es sino más de lo mismo, cuota programada, algo dado por supuesto. Las escenas de cama proporcionan a la película más posibilidades de éxito comercial, pero no dejan de ser pura rutina previsible.

La esencia siempre fue la misma: “¿qué es el amor?” Sentimiento, pasión, erotismo, feromonas, deseo irrefrenable….

Podríamos poner miles de ejemplos de cómo el mensaje transmitido de manera machacona por la industria del cine es este, pero vamos a quedarnos con un simple botón de muestra. Se trata de una película lenta, algo aburrida, protagonizada por Robert de Niro y Meryl Streep en 1985. Es la historia de un hombre y una mujer bien situados profesional y afectivamente en sus respectivos matrimonios, que de manera imprevista comienzan a sentir una atracción cada vez más poderosa. El drama estriba en que ambos

luchan contra la atracción que sienten para salvar sus relaciones previas. De hecho, a pesar de la tentación y de un intento de huida, no se van juntos. La relación se rompe. Vuelven a encontrarse fortuitamente al cabo de los años y descubren que, a pesar del sacrificio, cada uno de ellos fracasó en su matrimonio y a la vez perdieron la oportunidad que les presentaba ese amor espontáneo que había surgido entre ambos.

La tesis de la película es que no tiene sentido contrariar la fuerza del sentimiento por conveniencias sociales. Porque entonces, todos pierden: si lo que se lucha por mantener es solo compromiso, voluntad, resulta algo tan absurdo y vacío que no da felicidad ni vida a nadie. Es inútil llevarle la contraria a la pasión, porque la verdad del amor es la intensidad del sentimiento. Si el sentimiento se ha acabado, solo queda la conveniencia social. Decidir permanecer juntos por el qué dirán es falso, farisaico e hipócrita.

Aquí tenemos a los dos protagonistas de nuestro capítulo. Acabamos de presentaros a nuestras estrellas invitadas de hoy: voluntad y sentimiento.

¿Qué es el amor: decisión o sentimiento?

El amor, ¿es la decisión consciente y libre de amar y respetar a alguien o ese sentimiento que alguien te despierta y que arranca de ti, de forma natural y espontánea, el deseo de amarle, de entregarle lo mejor que eres y que tienes?

Forma parte del amor tanto la decisión consciente y libre, como ese deseo natural y apasionado de entregarse uno mismo de manera verdadera.

Voluntad y sentimiento nos ayudan a amar y son claves siempre y cuando no cometamos el error del que habla Chesterton en una de sus mejores obras, titulada “Ortodoxia”: “Las virtudes también andan desencadenadas; y las virtudes se extienden más desenfrenadas y causan perjuicios más terribles. El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas. Enloquecieron las virtudes, porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias”.

Siguiendo su idea, queremos mostrar de qué manera voluntad y sentimiento son elementos importantes y positivos del amor conyugal, pero con la condición de que se entienda bien el lugar que ocupan, porque si pretenden ser su clave o eje de comprensión se desordenan, trastornan, y convierten en algo equivocado y deforme.

¿Quién duda de que la oreja es un elemento práctico y positivo del organismo? Sin embargo, no sirve para comer. No respiras por los ojos, ni ves con la boca, ni comes con las orejas, ni escuchas por la nariz…

El sentimiento o la voluntad no sirven como clave del amor conyugal, por la misma razón por la que no haces palanca con un churro, si lo que necesitas es un punto de apoyo para mover cien kilos. Y el problema no lo tiene el churro, deliciosamente blando

y crujiente, listo para ser devorado recién salido de la freidora. El problema lo tienes tú si pretendes servirte de él para otra cosa distinta de su finalidad propia.

Quedamos entonces de acuerdo en que el sentimiento y la voluntad son importantes, pero lo imprescindible es conocer su lugar en el amor conyugal y respetarlo. Igualmente necesario resulta saber cuál es la clave del amor del que estamos hablando.

El amor es respuesta a tu valor, a su valor

La clave del amor conyugal es lo que tú vales. Y cuando decimos “tú vales”, te invitamos a conjugar el verbo con cada una de las personas: yo valgo, él vale, nosotros, vosotros, ellos…

La clave del amor conyugal es la verdad: la verdad del valor que tú atesoras. Si eres único e irrepetible es porque eres amado desde el principio de tu existencia por Aquel que te la ha dado y te mantiene en ella. Dios te ha pensado, querido y creado por amor; el amor que está en el origen de tu vida y en cada latido que te permite seguir respirando. Esa es la gracia única e irrepetible que tienes.

Imagina a un novio con un precioso ramo de rosas rojas, deseoso de entregárselo a su novia, pues nos encontramos en el día de San Valentín. El chico está que se sale, es puro sentimiento y poesía y se empeña en expresar con palabras lo mucho que ella significa para él… Le dice: “Mi amor, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, no puedo concebir mi vida sin ti, me haces sentir lo que nadie… Te quiero, te quiero como nunca antes y deseo que esto sea para siempre, que nada nos separe, poder amarte siempre, no importa lo que ocurra, lo que pase… (él sigue absolutamente volcado en el sentido de sus palabras, pero ocurre que, aunque hablaba embalado por la fuerza de la pasión, a medida que avanza su explicación, cae en la cuenta de lo que está diciendo y poco a poco, comienza a dudar)… ¡Hombre! No importa lo que ocurra. Sí, te amaré siempre, pase lo que pase… Bueno, claro, eso sí, si no cambias, porque hay gente que cambia. No, mi amor, pero yo sé que tú no vas a cambiar. Mi vida, eres adorable: esos ojos negros, esa cintura ceñida… Cariño, supongo que no cogerás demasiado peso con el paso de los años, ¿verdad? Te cuidarás, ¿no? Mi amor, te amaré siempre, porque eres preciosa y te amo y no vas a cambiar…”

Ella ha sentido toda la emoción que la sinceridad del tono y las palabras transmitían, pero cada vez que recuerda cómo ha terminado su discurso le recorre una cierta inquietud, que va haciéndose cada vez más acuciante, así que después de un día con ese runrún dentro necesita preguntarle qué quería decir exactamente con ese “yo te amaré siempre porque tú eres preciosa y te amo y no vas a cambiar…”. En esta ocasión, le encuentra menos apasionado y más racional y termina reconociendo sus temores. En

realidad, sabe que hoy la quiere y que le hace sentir muchísimo, como nunca antes, pero no tiene ni idea acerca de cuánto le van a durar sus sentimientos —y menos si ocurre algo grave, que a ella le haga cambiar y resultar menos atractiva de lo que ahora es—. Después de escuchar esto, ella vuelve a casa con mirada ausente. Al llegar observa el ramo precioso de rosas rojas que colocó cuidadosamente en un rincón del salón mientras piensa: “¡Qué belleza! Significan: ‘¡mi amor, te amaré siempre, hasta que deje de amarte!’”.

No me digas que no dan ganas de decir: “¡Cómete las flores, cariño!”.

“Te amaré siempre: en la salud y en la enfermedad, en la adversidad y en la prosperidad, hasta que la muerte nos separe”. ¿A quién no le encantaría ser amado así? Pero, ¿quién es el listo, el fuerte capaz de expresar un amor así? Si somos sinceros con nosotros mismos, reconoceremos en el corazón el deseo de ser amados con un amor poderoso y verdadero, capaz de desafiar el tiempo y las circunstancias de la vida. Si seguimos siendo sinceros con nosotros mismos, dudaremos de nuestra capacidad para expresar un amor así.

Lo que anhelamos recibir, nos descubrimos incapaces de prometerlo.

¿Cuál es la clave del amor conyugal? La verdad. ¿Y cuál es la verdad a este respecto? Que tú necesitas ser amado con un amor libre, gratuito, total, definitivo y exclusivo. Y que tú lo vales, porque eres digno de ser amado así.

No te olvides de conjugar el verbo. Tú lo vales, es cierto. Él o ella también. Por eso, si alguien te dice: “Te amaré siempre, a no ser que te pongas gorda o se te caiga el pelo”, te dan ganas de hacerle comer el ramo de rosas.

Necesitamos ahondar en el significado de la verdad del amor conyugal, ese “tú lo vales”. Lo vamos a hacer analizando cómo la persona necesita saberse amada con un amor único y exclusivo. Aunque este amor es necesario siempre, nos fijaremos en dos momentos especiales. Cuando el niño nace y cuando uno se enamora.

¿Por qué todo el mundo se quiere enamorar?

Los padres —a no ser que sufran alguna herida profunda que se lo impida— están programados para, al contemplar a su bebe, verlo único, irrepetible y precioso. Puede ser que los vecinos, al conocer a la criatura, estén pensando: “Qué feo es el pobre, ha salido con la nariz de su madre, ¡lástima!” Si tienen un poco de tacto no van a expresar en voz alta sus pensamientos, sino que dirán para salir del paso: “¡Qué rico! ¡Qué gracioso! ¡Qué chiquitín!” Pero no vacilarán en exclamar: “¡Qué precioso! ¡Qué monada! ¡Es muy guapo!” si realmente lo es.

van a decir sin mentir. Todo lo contrario: siendo absolutamente fieles a la verdad. El niño aprenderá que es amable —digno de ser amado— a fuerza de recibir miradas de cariño, palabras de amor, sonrisas repetidas día tras día… Es en esa experiencia primera, realizada antes de tener conciencia, donde aprende su valor: soy único e irrepetible, soy gracioso, soy guapo. ¿Y qué pasa con los niños a los que no se les trata así, ni se les dice o demuestra el amor? Son igualmente amables, pero les costará más llegar a saberlo.

Otro factor a tener en cuenta son los “receptores del amor” que todos tenemos. De la misma manera que hay quien no asimila bien el hierro y anda siempre tomando ampollas con el dichoso mineral, hay quien no asimila bien el cariño que le dan y por tanto, anda anémico en lo que a conciencia de amabilidad se refiere. Mientras que otros, a poquito que reciben, generan una corriente de afecto que les hace enriquecerse rápidamente. Únicos e irrepetibles. Así somos y así necesitamos sabernos amados.

Algo parecido vuelve a ocurrir cuando nos enamoramos. ¿Te has planteado alguna vez por qué casi todo el mundo suspira por vivir esa experiencia tan especial, la del enamoramiento? A quien se enamora de verdad le ocurre algo semejante a los padres que miran fascinados a su hijo recién nacido. Son capaces de verlo en su unicidad irrepetible. ¡Es impresionante! Trataremos de explicarlo, ¡cómo no! Con un ejemplo verdadero y real como la vida misma.

Eran dos amigas de quince años. Las chicas cuando son muy amigas, “amigas del alma”, suelen estar pegajosamente juntas: siempre buscándose, con la necesidad de contárselo todo al instante; muy celosas de su lugar privilegiado de “mejor amiga” de la otra; nada favorables a compartir y repartir amistad con el entorno. En fin, esta simbiosis poco sana se suele romper cuando una de las dos se enamora. Es justo lo que ocurrió: una se enamoró y la otra empezó a sufrir con mosqueo y resignación el cambio notable del que estaba siendo testigo. Aún siendo ambas de carácter huraño y poco dado a los aspavientos emocionales, la una observaba cómo la otra no podía evitar hablar de su chico y si lo dejaba en algún momento, era por un residuo de vergüenza ajena que todavía conservaba. Pero era obvio que, muchas veces, sacaba otros temas de conversación o escuchaba con mirada ausente, no pudiendo evitar volver a lo suyo.

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