La afirmación de que el mercado constituye un proceso de descubrimiento ocupa un lugar central en la tesis que este libro defiende, pues sólo si se parte del reconocimiento de su carácter heurístico cabe empezar a valorar correctamente la justicia de los ingresos generados por el mercado. Este capítulo, por consiguiente, se propone dejar bien claro tal carácter, sin explorar, a diferencia de los que siguen, ninguna de sus implicaciones normativas. Su propósito es persuadir al lector, simplemente, de la validez de mi afirmación de que cada precio pagado en el mercado o cada ingreso percibido forman parte de un complejo sistema de procedimientos de descubrimiento; esto es,
de que cada transacción es resultado de
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partes implicadas. Más aun, sostengo que la estructura final de distribución de ingresos y la producción total de una sociedad capitalista deben ambas ser reconocidas también como resultados descubiertos.
Comenzaré con un pequeño ejemplo para ilustrar lo que quiero decir con eso de que una transacción de mercado representa un conjunto de descubrimientos simultáneos por las partes implicadas. Considerar atentamente este ejemplo tan trivial será de ayuda cuando intente, un poco más adelante, argumentar la pretensión más general de este capítulo en relación
a todas las transacciones, tomadas tanto
separadamente como un todo.
El caso simple de un intercambio entre dos partes
Partamos de que Jones tiene 20 manzanas y Smith 10 pomelos. Supongamos que Jones preferiría tener pomelos en vez de manzanas (de hecho, preferiría 7 pomelos a todas sus manzanas) y que Smith preferiría, por el contrario, manzanas en vez de pomelos (de hecho, estaría dispuesto a cambiar todos sus pomelos por 15 manzanas). En este supuesto, está claro que se dan las condiciones requeridas para que exista un intercambio mutuamente ventajoso entre ambos. Smith, sigamos imaginando, ofrece a Jones sus pomelos a cambio de sus 20 manzanas, y Jones acepta la oferta: renuncia a sus 20 manzanas y adquiere en su lugar los 10 pomelos. Tanto Smith como Jones han salido ganando en esta transacción más allá, incluso, de lo que cada cual había estimado que ganaría.
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A primera vista, no parece que se advierta en esta pequeña historia ningún elemento de descubrimiento, y hasta podría pensarse que Jones ganó con la transacción simplemente porque Smith le ofreció un trato a todas luces atractivo. Ni siquiera parece que Smith, a quien atribuimos la iniciativa en el trato, haya descubierto nada: no hizo más que sacar partido de la situación. De hecho, dada la jerarquía de preferencias postulada, se limitó a entablar una relación de intercambio con Jones con el fin de hacerse con una ganancia que estaba a su alcance. Dadas las dotaciones iniciales, el origen de las ganancias de que ambos disfrutan se encuentra en las respectivas preferencias de partida, que hemos supuesto invertidas respecto a las dotaciones. Dadas éstas, estaba claro que tanto manzanas como pomelos se encontraban inicialmente en las «manos equivocadas». Fueron estas circunstancias iniciales, es decir, la estructura de preferencias y de propiedad, las que hicieron que el intercambio resultara beneficioso para ambas partes. Si alguien preguntara qué es lo que justifica que Jones disfrute de su parte de la ganancia en este intercambio, cabría responderle sin más que Jones era afortunado poseedor de un artículo por el que existía una fuerte demanda (de hecho, el ansioso comprador de sus
manzanas gustosamente ofreció sus pomelos a
cambio). No parece que haya ninguna necesidad (ni posibilidad tampoco) de argumentar que Jones tiene derecho a su ganancia porque la haya descubierto.
Sin embargo, no nos será difícil advertir, si consideramos el asunto más detenidamente, que el factor descubrimiento está en el corazón mismo de esta historia. Pues, si bien partimos postulando que se
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daban las condiciones para un intercambio mutuamente ventajoso, lo que no hicimos fue postular que tanto Jones como Smith —o a estos efectos, cualquier otro— supieran que tales condiciones efectivamente se cumplían. Supongamos que, en un primer momento, nadie supiera que se cumplían: Jones podría ignorar que Smith tuviera pomelos, que prefiriera tener manzanas a tener pomelos, etcétera. En este caso, está bien claro que no va a tener lugar ningún intercambio entre pomelos y manzanas. Como barcos que se cruzan en la oscuridad, Jones y Smith podrían cruzarse en la calle sin advertir ni en lo más mínimo la situación económica del otro. El simple hecho de que se satisfagan las condiciones para un intercambio mutuamente ventajoso no garantiza en absoluto que éste tenga por qué realizarse. De modo que si, como de hecho ocurre, se acaba realizando, entonces difícilmente cabe atribuir las ganancias obtenidas a la mera existencia de las condiciones que propician el intercambio. Para que llegaran a obtenerse las ventajas que se podrían derivar del mismo, tanto Jones como Smith deberían de algún modo haber descubierto algo que cada uno de ellos ignorara que estaba por descubrir. Adviértase que no pretendo decir que el intercambio que efectivamente se realiza haya requerido algún tipo de investigación deliberada por la que Jones y Smith finalmente concluyeran que el intercambio podría ser provechoso para ambos. Mi pretensión de que ninguno era consciente de que se satisficieran tales condiciones equivale a decir, a fin de cuentas, que ni Jones ni Smith tenían la menor idea de que había algo que ponerse a buscar. Jones se cruza a diario con cientos de personas
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por la calle, y no parece que vaya a ponerse a considerar si vale la pena interrogar siquiera a una de esas personas, preguntándole si tendría algo interesante que ofrecerle a cambio de sus 20 manzanas. Si el descubrimiento que condujo al intercambio fue resultado de una búsqueda deliberada, entonces tal descubrimiento requiere el descubrimiento previo de que tal búsqueda podría llegar a ser de hecho fructífera y digna del empeño. La transacción finalmente efectuada no podría haberse consumado sin el descubrimiento previo de una información de cuya misma carencia ambos eran ignorantes.
Adviértase, además, que el descubrimiento inicial que condujo al intercambio bien podría haber sido realizado por otra persona (por alguien, en cualquier caso, con talento empresarial). Quizás Brown, tras haber advertido las dotaciones iniciales de Smith y Jones, y haber presentido de algún modo sus respectivas preferencias, se decidiera a entablar relaciones con ambos de modo simultáneo, ofreciendo tratos que permitieran mejorar la situación de los tres. Brown podría ofrecer a Smith 15 manzanas a cambio de sus 10 pomelos, y a Jones 7 pomelos a cambio de sus 20 manzanas. En cualquier caso, tanto si el primer paso con carácter empresarial es dado por Brown como por Smith o por Jones, lo que debe quedar claro es que tanto Smith como Jones han tenido que «descubrir algo». Con otras palabras, cada uno de los participantes en la transacción ha debido caer en la cuenta de que había estado operando, hasta ese momento, sobre una concepción equivocada, por cuanto había sido incapaz de reconocer una
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oportunidad de ganancia que tenía a su alcance. Que la transacción finalmente se consume se debe a que ambos participantes han logrado disipar, de algún modo, las tinieblas de la propia ignorancia inicial; una ignorancia que les impedía, incluso, preguntarse por la factibilidad misma de un trato entre sí.
Resulta claro, a la luz de estas consideraciones, que Jones o Smith pensarán —al considerar más tarde la ganancia que se ha derivado de su trato— que ésta debe atribuirse, en último término, al hecho de haber sido finalmente capaces de descubrir el error en que se encontraban. Hasta el punto de que, de no haberlo descubierto, de no haber advertido su error, nunca habrían obtenido la ganancia que obtuvieron. Incluso si fue la oferta de Smith lo que abrió los ojos a Jones, el caso es que éste sólo estuvo en condiciones de comprender la situación en que ambos se encontraban (respecto a un posible intercambio) una vez que prestó atención en serio a tal oferta. Por consiguiente, si bien el descubrimiento de Smith (o quizás de Brown) resultó decisivo para desencadenar el proceso de descubrimiento por parte de Jones, el caso es que fue él mismo quien acabó realizando su
«descubrimiento particular», y que fue
únicamente este descubrimiento el que finalmente le movió a entrar en el trato.
No puede negarse que era el conjunto mismo de condiciones de partida, es decir, la estructura inicial de derechos de propiedad y de jerarquías de preferencias, lo que constituía la oportunidad de obtener unas ganancias que tanto Jones como Smith habían pasado por alto. Pero una oportunidad de beneficio que se esfuma sin ser advertida no
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constituye una ganancia, del mismo modo que unos simples maderos sin descubrir no equivalen a una escalera. Jones estaba realmente haciendo un descubrimiento al advertir aquellos maderos en el fondo de su agujero, un descubrimiento al que debe atribuir el haber dispuesto de los medios necesarios para construir la escalera. A decir verdad, la previa existencia física de los maderos en espera de ser descubiertos constituía la condición necesaria para que el descubrimiento pudiera tener lugar. Pero la diferencia crítica acontece, cronológicamente hablando, con el descubrimiento. De modo similar, la ganancia que Jones obtuviera debería atribuirse, en términos cronológicos al menos, al descubrimiento que diera pie al intercambio.
Con frecuencia damos por supuesta la existencia de cierto conocimiento. Cuando se verifican las
condiciones objetivas para que exista una
oportunidad de beneficio tendemos a suponer —sin pensarlo mucho— que todas las partes implicadas son conscientes de la existencia de estas condiciones, por lo que resulta fácil sacar la conclusión de que la ganancia que resulta de aprovechar una oportunidad es atribuible simple y llanamente a la mera existencia de éstas. Sin embargo, ya hemos visto cómo en absoluto tiene por qué ser éste el caso y cómo, con frecuencia, muchas oportunidades de beneficio pasan de largo sin haber sido advertidas (y, por consiguiente, sin generar una ganancia). Pero si son advertidas, entonces la ganancia así obtenida debe considerarse, sin dudarlo, como una ganancia descubierta, sean cuales fueren las implicaciones éticas deducibles de una descripción tal —heurística— del suceso.
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Es cierto que algunos descubrimientos pueden parecer poco excitantes. Que Smith descubriera que Jones tenía manzanas, podría pensarse, era algo que tenía que ocurrir antes o después. Una vez que Smith agitara los pomelos ante los ojos fascinados de Jones y le convenciera de que su oferta iba en serio, parece difícilmente imaginable que Jones no se diera cuenta del error en que anteriormente se encontraba. Reconozcámoslo: el «descubrimiento» de Jones, e incluso el de Smith, quizás no lo parezcan tanto (lo que también impone sin duda ciertos matices a sus implicaciones éticas). Mi posición, sin embargo, creo que ha quedado suficientemente clara: la transición de un estado en que aún no se ha advertido la oportunidad de realizar un intercambio mutuamente ventajoso a otro en el que éste ya se ha consumado sólo puede ser resultado de ciertos descubrimientos.
Lo que un ejemplo tan trivial como el expuesto pretende es hacer intuir que las ganancias resultantes de una transacción no tienen necesariamente por qué ser estrictamente explicables (explicables en el sentido de explicación positiva o de justificación moral) en términos de realidades económicas objetivas por las que tal transacción sea en sí misma ventajosa. Más bien parece necesario admitir, en la secuencia de sucesos que conducen a advertir la ganancia, un momento en el que se producen ciertos descubrimientos de carácter crucial. Al analizar el proceso del mercado debemos preguntamos, por consiguiente, si hubiera sido posible realizar tales descubrimientos en el curso del proceso y como parte integrante del mismo. Lo que sostengo, de hecho, es que el proceso del mercado consiste en una serie de
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descubrimientos, por lo que las ganancias obtenidas con las transacciones que constituyen las etapas del proceso constituyen ganancias descubiertas. Ilustrar esta tesis resultará útil, y lo haremos considerando atentamente el mercado más simple que cabe imaginar, a saber, el de una única mercancía bajo condiciones de competencia.
La oferta y la demanda
Consideremos un mercado, pongamos que de pescado fresco, que opera bajo condiciones de competencia y en el que a diario concurren multitud de vendedores y compradores. Cuando se supone que los precios van a ser altos entra más pescado en el mercado, y al contrario si se prevé que bajarán. Por lo que se refiere a la demanda, los precios bajos la aumentan y los altos la contraen. Es la situación que recoge el clásico diagrama en que se cortan las curvas de oferta y demanda (figura 1).
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FIGURA 1
Puesto que la cantidad ofrecida es directamente proporcional al precio, la curva de oferta es ascendente; por razones simétricamente contrarias, la de demanda es descendente. La posición de equilibrio E la marca el punto de intersección de ambas. Al precio de equilibrio pe todos los que quieren comprar pescado pueden hacerlo en las cantidades que desean, y los que venden encuentran compradores para todo el pescado que ofrecen.
El análisis económico al uso procede a mostrar cómo, dadas las condiciones de oferta y demanda señaladas, el mercado rápidamente gravitará hacia el
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precio y la cantidad de equilibrio. La historia que se cuenta en los cursos de economía elemental y en los manuales sigue como se relata a continuación. Si se supone que el precio en el mercado es inicialmente superior que pe, por ejemplo, ph, un precio al que la cantidad ofrecida excede a la demandada, los vendedores, al advertir que pueden quedarse con pescado sin vender, recortan sus precios en competencia con los otros posibles vendedores, acercándose así al nivel de equilibrio. Si, por el contrario, suponemos ahora que el precio está por debajo del de equilibrio y la cantidad demandada excede a la ofrecida, los compradores, a quienes resulta imposible hacerse con todo el pescado que desean, comienzan a competir entre sí, forzando los precios al alza y hacia el equilibrio. El resultado es que, tanto si los precios están por debajo como por encima del de equilibrio, la competencia tenderá a forzar su corrección hacia el mismo.
Un relato como éste, al que subyace la idea de que existe un mercado tendente al equilibrio, es perfectamente admisible en sus líneas generales. Lo que deseo subrayar es que cada transacción realizada en tal mercado realmente expresaría descubrimientos tanto por parte de los compradores como de los vendedores. En línea con nuestra argumentación, y a menos que quisiéramos suponer unas condiciones iniciales de omnisciencia en ambas partes (en cuyo caso el equilibrio se alcanzaría instantáneamente), el proceso hacia el equilibrio de precios y cantidades no podría sino describirse como un proceso de aprendizaje por descubrimiento.
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Consideremos por un momento qué significa realmente la suposición de que los precios están por encima del de equilibrio. Ante todo, tal suposición implicaría que tanto compradores como vendedores estarían cometiendo errores que, literalmente, les están costando caro: quienes compran a un precio superior al de equilibrio lo hacen porque
erróneamente creen que habrá suficientes
compradores dispuestos a ello y, por lo tanto, los vendedores no se verán forzados a recortar sus precios; por su parte, los vendedores que se quedan con pescado sin vender a causa de lo elevado del precio lo siguen manteniendo con el convencimiento equivocado de que encontrarán compradores a tal precio. Tanto compradores como vendedores, por tanto, han sobrestimado erróneamente la propensión de los compradores a pagar un precio superior. Como resultado de esta serie de errores por ambas partes, quienes compraron lo hicieron a un precio «demasiado alto», a la vista del nivel real de demanda; peor aún, muchos compradores potenciales dejaron de comprar a causa del precio tan elevado que los vendedores equivocadamente insistían en solicitar. Si éstos hubieran advertido que a ese precio se acabarían quedando con pescado sin vender, sin duda que habrían preferido vender a un precio inferior, con lo que además habrían atraído compradores adicionales: aquellos a los que no les gustaba tanto el pescado como para estar dispuestos a pagar un precio superior, por encima del de equilibrio. Con otras palabras, un precio por encima del de equilibrio significa que el pescado se queda sin vender incluso si se dan las
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realice un trato que beneficie tanto a los vendedores como a los potenciales compradores.
Lo que ocurre cuando los vendedores bajan sus precios al advertir que se están quedando con pescado sin vender es que han descubierto el error en que antes se encontraban. La mano invisible del mercado no ha forzado los precios a la baja de un modo misterioso, sino haciendo que los vendedores caigan en la cuenta de que su idea anterior de las condiciones del mercado había sido excesivamente optimista. Esto, y no otra cosa, es lo que finalmente les conduce a bajar deliberadamente los precios.
Descubrimientos similares tienen lugar cuando los precios están originalmente por debajo del de equilibrio, dando lugar a una demanda insatisfecha. En este caso son los compradores quienes caen en la cuenta de su excesivo optimismo previo, al comprobar que les es imposible obtener pescado al precio al que estaban dispuestos a pagarlo, advirtiendo, al mismo tiempo, que no hay otro modo de poder comprarlo que atraer a compradores y vendedores que inicialmente no habían entablado relaciones. Los compradores, en efecto, no habían pensado en pagar un precio superior, ya que suponían que dispondrían de suficiente pescado al precio inferior que ya estaban pagando. Los vendedores potenciales, por su parte, no se habían preocupado de anunciar su deseo de vender a un precio superior, ya que también imaginaban que habría suficientes vendedores que se satisfarían con vender cuanto los compradores desearan adquirir al precio inferior.
Por consiguiente, el proceso por el que la ley de la oferta y la demanda empuja el precio del mercado
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hacia el equilibrio es realmente un proceso de descubrimiento espontáneo. En cada momento, el precio del pescado expresa lo que compradores y vendedores han aprendido hasta entonces. Con todo, es muy posible que los descubrimientos realizados no sean suficientes y que los vendedores aún tengan que seguir bajando sus precios. La cuestión, sin embargo, es que los compradores que se han incorporado al mercado como resultado de la reducción de precios inducida pueden disfrutar de su compra (al igual que los vendedores de sus retribuciones) sólo porque la experiencia del mercado ha permitido ciertos descubrimientos. Si aun así quedara pescado sin vender, sería porque aún cabrían ulteriores descubrimientos.
Lo que he descrito como descubrimiento generado por las fuerzas del mercado satisface la definición (recogida en el capítulo segundo) de la idea de descubrimiento, en cuanto algo diferente de un
conocimiento deliberadamente adquirido. La
ignorancia que impedía a los vendedores disminuir los precios era una ignorancia de la que éstos no eran conscientes, pues si pedían un precio superior al de