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El Misterioso Extraño

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Las primeras historias de Chéjov fueron en su mayor parte humorísticas; las escribió muy fácilmente. Escribía, decía él, como un pájaro canta, sin asignarle ninguna importancia. No fue sino hasta su primera visita a Petersburgo, al descubrir que se lo aceptaba como un artista promisorio y de talento, que comenzó a tomárselo en serio. Se dispuso entonces a adquirir habilidad en su oficio. Algún día un amigo lo encontró copiando un cuento de Tolstoi, y cuando le preguntó qué hacía, Chéjov respondió: “Estoy reescribiéndolo”. El amigo se molestó por tomarse tales libertades con el trabajo del maestro, mientras que Chéjov le explicó que lo hacía como un 3 El escritor se despertó agitado, pidiendo la asistencia de un médico. Cuando Olga le colocó sobre el

pecho una bolsa de hielo para aliviar los estertores de su agonía tuberculosa, Chéjov le preguntó, saliendo momentáneamente del delirio, "¿para qué poner hielo sobre un corazón vacío?". Luego, al llegar el doctor, le dijo simplemente: "Me muero". Aunque rechazó otro cuidado médico, sí aceptó una copa de champán, que vació, antes de acostarse de lado y morir.

ejercicio; había concebido la idea (buena, hasta donde conozco) de que al hacerlo podía aprender los métodos del escritor al que admiraba y así desarrollar unos propios. Es evidente que no malgastó su tiempo. Aprendió a componer sus cuentos con una habilidad consumada. Los campesinos, por ejemplo, está tan elegantemente construido como Madame Bovary de Flaubert. Chéjov se ejercitó en escribir de modo simple, claro y conciso, y se cuenta que alcanzó un estilo de gran belleza. Lo cual, quienes lo leemos en traducción, debemos suponerlo como cierto, pues hasta en la más exacta traducción el tono, el sentimiento, la eufonía de las palabras del autor se pierden.

Se interesó mucho por las técnicas del cuento corto y tuvo cosas extraordinariamente interesantes que decir acerca de éste. Sostuvo que un cuento no debe contener nada superfluo. “Todo aquello que no tenga relación con él debe desecharse sin piedad —escribió—. Si en el primer capítulo se dice que una pistola cuelga de la pared, en el segundo o tercer capítulo ésta, sin falta, debe bajarse.” Esto parece bastante razonable, como también suena razonable su insistencia en que las descripciones de la naturaleza debían ser breves y exactas. Chéjov fue capaz, en una o dos palabras, de dar al lector una vívida impresión de una noche de verano en que los ruiseñores cantan hasta el cansancio, o de la fría brillantez de las estepas ilimitadas bajo la nieve de invierno. Se trata de un don que no tiene precio. Siento, en cambio, más dudas respecto a su condenación de los que humanizan la naturaleza:

“El mar ríe, escribió en una carta. Sin duda te dejas llevar por un impulso, pero suena tosco y vulgar. El mar no ríe, tampoco llora: ruge, relampaguea, brilla. Observa

cómo lo hace Tolstoi: ‘El sol se levanta y se pone, los pájaros cantan’. Nadie ríe ni llora. Y eso es lo principal: simplicidad.”

Es cierto, pero cuando todo está dicho y hecho, cuando hemos personificado la naturaleza desde el comienzo de los tiempos, esto nos parece tan natural, que sólo mediante un esfuerzo podemos evitarlo. Ni siquiera Chéjov lo logró; en su cuento “El duelo”, nos cuenta que “una estrella atisbaba, y tímidamente parpadeaba con su único ojo”. No veo nada objetable. De hecho me gusta. Hablando a su hermano Alexander, también escritor de cuentos, aunque bastante malo, le dice que un autor jamás debe describir emociones que no ha sentido. Esto es exagerado. Seguramente es innecesario cometer un asesinato para describir de modo convincente las emociones que un asesino puede sentir cuando lo ha hecho. Después de todo, el escritor tiene imaginación, y si es buen escritor posee el don de la empatía que le permite apropiarse de los sentimientos de los personajes de su invención. Pero la demanda mayor de Chéjov consistía en exigir al escritor pasar rápidamente del principio al final del cuento. Esto fue lo que él hizo con los suyos, y tan rigurosamente, que sus amigos acostumbraban decir que tenían que arrebatarle sus manuscritos antes de darle la oportunidad de mutilarlos, pues de otro modo los reduciría hasta que quedaran sólo en: “Eran jóvenes. Se enamoraron, se casaron y fueron desgraciados”. Cuando se lo contaron, Chéjov replicó: “Pero miren, en realidad eso es lo que sucede”.

Chéjov tomó a Maupassant como su modelo. De no habérnoslo dicho él mismo, jamás lo hubiera creído, puesto que sus objetivos y métodos me parecen enteramente diferentes. En general, Maupassant buscó que

sus cuentos fueran dramáticos, y para conseguirlo, como lo dije antes, estaba decidido de antemano a sacrificar la probabilidad. Me inclino a pensar que Chéjov eludió deliberadamente lo dramático. Escribía sobre la gente corriente que llevaba una vida ordinaria: “La gente no viaja al Polo Norte para caerse de los icebergs”, escribía en una de sus cartas. “La gente va a la oficina, se pelea con su esposa y come sopa de repollo.” Se le podría objetar que la gente sí va al Polo Norte, y si no se cae de los icebergs, emprende aventuras tan peligrosas que no hay razón en el mundo para que un autor no pueda escribir buenas historias sobre todo esto. Obviamente no es suficiente que la gente vaya a la oficina y tome sopa de repollo, y no creo que Chéjov haya pensado jamás que lo fuera; para escribir un cuento, seguramente la gente debe robar pequeñas sumas de dinero o aceptar ser sobornado, pegar o engañar a su esposa, y cuando toma sopa de repollo esto debe tener alguna importancia. De este modo se transforma el símbolo de una feliz vida doméstica o de la angustia de una vida frustrada.

La práctica médica de Chéjov, aunque inestable, la pasó en contacto con todo tipo de gentes: campesinos, obreros, dueños de fábricas, comerciantes, empleados fiscales de mayor o menor jerarquía, y que juegan un papel tan importante en la vida de la gente, terratenientes que debido a la liberación de los siervos se vieron reducidos a la miseria. No parece haber tenido jamás trato con la aristocracia, y sólo sé de un cuento, un cuento amargo titulado “La princesa”, en el que éste fue su asunto. Escribía con cruel candor de la indolencia de los terratenientes que permitían que sus propiedades llegaran al caos y a la ruina; de la desgraciada multitud de obreros que vivían en los límites del hambre, laborando doce horas

cada día para que sus patrones pudieran agregar a sus propiedades más propiedades; de la inmundicia, borrachera, vulgaridad, ignorancia y pereza de los campesinos, mal pagados y siempre hambrientos, y de las infectas y malolientes cuevas en que habitaban.

Chéjov pudo dar una extraordinaria realidad a los sucesos que describió. Aceptamos lo que nos dice como aceptamos el recuento de un evento descrito por un reportero fidedigno. Pero, por supuesto, Chéjov no era un mero reportero: él observaba, seleccionaba, adivinaba y combinaba. Como dijo Koteliansky:

“En su asombrosa objetividad, pasando por encima de dolores y alegrías personales, Chéjov lo vio y lo supo todo. Podía ser amable y generoso sin amor; tierno y simpático sin afectos; un benefactor que no aspira a la gratitud.”

Pero esta impasibilidad era una afrenta para muchos de sus colegas escritores, quienes lo atacaban ferozmente. Los cargos contra él tenían que ver con su aparente indiferencia hacia los sucesos y las condiciones sociales de su tiempo. La demanda de la “inteligencia” era que todo escritor ruso debía tratar esos problemas. Chéjov replicaba que al autor competía narrar los hechos y dejar a los lectores decidir lo que debían hacer con ellos. En su opinión el autor no estaba llamado a resolver problemas especializados.

“Para problemas particulares —dijo—, tenemos especialistas; a ellos corresponde juzgar a la comunidad, el destino del capitalismo, los perjuicios de las borracheras…”

Esto suena razonable. Pero como se trata de un asunto demasiado discutido en el mundo de las letras, me aventuraré a citar algunos comentarios que hice, años atrás, durante una conferencia en la Liga Nacional del Libro. Un día leí, siguiendo mi costumbre, la página de uno de los mejores semanarios dedicados a comentar la literatura. En esta ocasión el crítico empezaba su artículo sobre una obra de ficción recientemente publicada con las palabras: “Mr. Fulano de Tal no es un mero cuentista”. La palabra “mero” se me atragantó y ese día, como hicieran Paolo y Francesca en otra ocasión, no leí más. Este crítico es un conocido novelista y, aunque no he tenido la fortuna de leer ninguno de sus libros, no dudo que son admirables. Pero por su comentario no puedo menos que concluir que en su opinión un novelista debe ser algo más que un novelista. Parece obvio que, aunque con algunas dudas, él acepte la noción, prevaleciente entre los escritores de hoy, de que en el convulso estado del mundo en el que vivimos resulta frívolo para un autor escribir novelas destinadas únicamente a ayudar al lector a pasar unas cuantas horas agradables. Tales obras son, como bien lo sabemos, rechazadas por “escapistas”. Esta palabra, al igual que potboilers podría muy bien ser suprimida del diccionario de los críticos. Todo arte es escapista, tanto las sinfonías de Mozart como los paisajes de Constable. ¿Acaso leemos los sonetos de Shakespeare o las odas de Keats por algo distinto al agrado que nos proporcionan? ¿Por qué debemos pedir al novelista más de lo que pedimos al poeta, al compositor o al pintor? De hecho, no hay nada a lo que pueda llamarse un “mero” cuento. Aunque en ocasiones al escribir un cuento un autor no tenga otra intención que hacerlo legible, es probable que sin proponérselo haga una crítica a la vida. Cuando Rudyard

Kipling en su Plane Tales of the Hills escribió acerca de los civiles indios, los oficiales jugadores de polo y sus esposas, lo hizo con la inocente admiración de un joven periodista de origen modesto deslumbrado ante lo que él consideraba glamour. Es extraño que en su época nadie viera la dura crítica que hacían al poder supremo estos cuentos. Nadie puede leerlos ahora sin darse cuenta de lo inevitable que era que los británicos renunciaran a su control sobre la India. Igual sucede con Chéjov. Objetivo como trató de ser, con la única intención de describir la vida tal como es, sus cuentos no pueden leerse sin advertir que la brutalidad y la ignorancia de la que escribió, la corrupción, la miserable pobreza de los pobres y la despreocupación de los ricos, debían inevitablemente llevar a una revolución sangrienta.

Me imagino que mucha gente lee obras de ficción puesto que no tiene nada más que hacer. Leen por placer, y está bien que lo hagan, aunque gentes diferentes buscan al leer diferentes tipos de placer. Uno de ellos es el placer de reconocerse. Los lectores contemporáneos de Barchester Chronicles de Trollope las leen con una íntima satisfacción puesto que retratan el tipo de vida que ellos llevaron. En su mayoría los lectores pertenecen a la clase media alta de la que tratan estas crónicas. Sentían la misma autocomplacencia que experimentaban cuando Mr. Browning les decía: “Dios está en su cielo. Todo va bien en la tierra”. El tiempo ha dado a estas novelas el atractivo del género. Las encontramos divertidas, y hasta emocionantes (¡qué bueno era vivir en un mundo en el que la vida para las gentes acomodadas era tan fácil, y todo resultaba tan bien al final!) y poseían el mismo tipo de encanto de aquellas pinturas anecdóticas de mediados del siglo XIX con sus barbados caballeros de sombrero de

copa y frac, y sus lindas damitas de sombrero y crinolina. Otros lectores buscan en esas novelas lo extraño y novedoso. Las novelas exóticas tienen siempre sus partidarios. La mayoría de la gente lleva una vida prodigiosamente aburrida, y es un alivio a la monotonía de la existencia absorberse por un rato en un mundo de azar y peligrosas aventuras. Sospecho que los lectores rusos de los cuentos de Chéjov encontraban en él un placer muy diferente al que encontraban sus lectores del mundo occidental. Ellos conocían muy bien las condiciones de la gente que él tan vívidamente describe. Los lectores ingleses encuentran en sus cuentos algo nuevo y extraño, horrible y a menudo depresivo, pero presentado con una verdad impresionante, fascinante e incluso romántica.

Sólo los ingenuos pueden suponer que una obra de ficción pueda suministrarnos información confiable sobre temas que nos interesan y que pueden moldear nuestra conducta. Precisamente por la naturaleza misma de su facultad creadora el novelista es incompetente para tratar con tales asuntos; él no se debe a la razón sino al sentimiento, a la imaginación y a la inventiva. Es parcial. Los temas que el escritor escoge, los personajes que crea y su actitud hacia ellos están condicionados por su parcialidad. Aquello que escribe es expresión de su personalidad y manifestación de sus instintos, sus emociones, sus intuiciones y su experiencia. Él carga los dados, a veces sin saber cómo, a veces sabiéndolo muy bien; y luego emplea toda la habilidad para evitar que el lector lo descubra. Henry James insistía en que el escritor de ficción debía dramatizar. Eso quiere decir, aunque tal vez de manera no muy lúcida, que el escritor debe arreglar de tal manera los hechos que atrape y mantenga la atención del lector. Esto, como es bien sabido, fue lo que

James hizo consistentemente, pero, por supuesto, no es el modo como un trabajo de valor científico o informativo se escribe. Si el lector está preocupado por los apremiantes problemas de su época, debe leer, como Chéjov lo aconsejaba, no cuentos ni novelas, sino aquellas obras que específicamente tratan de ellos. El verdadero objetivo del escritor de ficción no es instruir sino divertir.

Los autores llevan vidas oscuras. No son invitados a la mesa del alcalde, ni se los nombra ciudadanos honorables de las ciudades. Tampoco tienen el honor de quebrar botellas de champaña contra el casco de un trasatlántico pronto a zarpar en su viaje inaugural. Las multitudes no se agolpan, como sucede con las estrellas de cine, para verlos salir de su hotel y saltar dentro de un Rolls Royce. No se les invita a inaugurar bazares en ayuda de nobles damas venidas a menos, ni se les ve ante una aclamante muchedumbre entregando la copa de plata al ganador de individuales en Wimbledon. Pero tienen sus compensaciones. Desde tiempos inmemoriales, los hombres favorecidos por el don creador han adornado mediante sus obras de arte el feo negocio de la vida. Como puede verlo cualquiera que visite Creta, las copas, las tazas y los cántaros fueron decorados, no para hacerlos más útiles, sino más agradables a la vista. A través de los tiempos los artistas han encontrado satisfacción completa produciendo obras de arte. Si el escritor de ficción es capaz de hacerlo, hace todo lo que razonablemente puede demandársele. Es un abuso utilizar la novela como púlpito o estrado.

Consejos a un escritor

A Alexéi M. Peshkov (Máximo Gorki). Yalta, 3 de diciembre de 1898

Me pregunta cuál es mi opinión sobre sus cuentos. ¿Qué opinión tengo? Un talento indudable, y además un verdadero y gran talento. Por ejemplo, en el cuento "En la estepa crece" con una fuerza inhabitual, e incluso me invade la envidia de no haberlo escrito yo. Usted es un artista, una persona sabia. Siente a la perfección. Es plástico, es decir, cuando representa algo, lo observa y lo palpa con las manos. Eso es arte auténtico. Esa es mi opinión y estoy muy contento de poder expresársela. Yo, repito, estoy muy contento, y si nos hubiésemos conocido y hablado en otro momento, se hubiese convencido del alto aprecio que le tengo y de qué esperanzas albergo en su talento.

¿Hablar ahora de los defectos? No es tan fácil. Hablar sobre los defectos del talento es como hablar sobre los defectos de un gran árbol que crece en un jardín. El caso es que la imagen esencial no se obtiene del árbol en sí, sino del gusto de quien lo mira. ¿No es así?

Comenzaré diciéndole que, en mi opinión, usted no tiene contención. Es como un espectador en el teatro que expresa su entusiasmo de forma tan incontinente que le impide escuchar a los demás y a sí mismo. Especialmente esta incontinencia se nota en las descripciones de la naturaleza con las que

mantiene un diálogo; cuando se leen, se desea que fueran compactas, en dos o tres líneas. Las frecuentes menciones del placer, los susurros, el ambiente aterciopelado y demás, añaden a estas descripciones cierta retórica y monotonía, y enfrían, casi cansan. La falta de continencia se siente en la descripción de las mujeres ("Malva", "En las balsas") y en las escenas de amor. Eso no es oscilación y amplitud del pincel, sino exactamente falta de continencia verbal. Después es frecuente la utilización de palabras inadecuadas en cuentos de su tipo. Acompañamiento, disco, armonía: esas palabras molestan. [...] En las representaciones de gente instruida se nota cierta tensión, como si fuera precaución; y esto no porque usted haya observado poco a la gente instruida, usted la conoce, pero no sabe exactamente desde qué lado acercarse a ella. ¿Cuántos años tiene usted? No lo conozco, no sé de dónde es ni quién es, pero tengo la impresión de que aún es joven. Debería dejar Nizhni [Nizhni-Novgorod] y durante dos o tres años vivir, por así decirlo, alrededor de la literatura y los círculos literarios; esto no para que nuestra generación le enseñe algo, sino más bien para que se acostumbre, y siente definitivamente la cabeza con la literatura y se encariñe a ella. En las provincias se envejece pronto. Korolenko, Potapenko, Mamin [Mamin-Sibiriak], Ertel, son personas excelentes; en un primer momento, quizás le resulte a usted aburrido estar con ellos, pero después, tras dos años, se acostumbrará y los

valorará como merecen, y su compañía le servirá para soportar la desagradable e incómoda vida de la capital.

ANTÓN CHÉJOV A Mijail P. Chéjov, Taganrog,

6 y 8 de abril de 1879

Haces bien en leer libros. Acostúmbrate a leer. Con el tiempo, valorarás esa costumbre. ¿La señora Beecher Stow [novelista norteamericana, autora de La cabaña del tío

Tom] te ha arrancado unas lágrimas? La leí hace

tiempo y he vuelto a leerla hace unos seis meses con un fin científico, y después de la lectura sentí la sensación desagradable que sienten los mortales que comen uvas pasas en exceso... Lee los siguientes libros: Don Quijote (completo, en siete u ocho partes). Es bueno. Las obras de Cervantes se encuentran a la altura de las de Shakespeare. Aconsejo a los hermanos que lean, si aún no lo han hecho, Don Quijote y Hamlet, de Turguéniev. Tú, hermano, no lo entenderás. Si quieres leer un viaje que no sea aburrido, lee

La fragata Palas, de Goncharov. A Dmitri V. Grigoróvich,

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