CAPÍTULO XII MELEAGRO Y ATALANTA
2. El nacimiento del héroe
Siguiendo con la historia, no resulta fácil atenerse estrictamente a la antigua leyenda según la cual Hera procuró a Heracles la gloria, tal y como indica su nombre. Sin embargo, como los artistas antiguos deco raban los templos de la reina de los dioses con las gestas de Heracles, por ejemplo, en Paestum, donde desemboca el río Sele, debemos creer que Hera podía estar satisfecha con las hazañas del héroe. En los rela tos tradicionales parece, no obstante, que ella era su enemiga acérrima. Este estado de cosas comenzó inmediatamente antes del nacimiento del héroe, cuando Alcmena estaba a punto de salir de cuentas. El día en que ella iba a dar a luz a Heracles, Zeus fue víctima de Ate, la insensatez, y anunció en voz alta a todos los dioses:29 «Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos, sacará a luz un varón que, perteneciente a la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinará sobre to dos sus vecinos». Pero Hera fingió no creerle y le hizo jurar solemne mente que «reinará sobre todos sus vecinos el niño que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy entre los pies de una mujer». Zeus no se percató de la trampa y pronunció un gran juramento. Entonces Hera se levantó y abandonó la cima del Olimpo a toda prisa, se fue corriendo hasta Argos, donde sabía que la mujer de Esténelo, hijo de Perseo, estaba embarazada de siete meses.
Hizo que el niño naciera prematuramente y pidió a las Ilitias que de tuviesen el parto de Alcmena. Después de hacer todo esto, le anunció a Zeus que aquel hombre que iba a reinar sobre todos los argivos aca baba de nacer: Euristeo, hijo de Esténelo. De nada sirvió que Zeus co giera por el pelo a Ate, la diosa de la insensatez, y la arrojase desde el Olimpo para que cayese entre la humanidad. N o podía retirar su jura mento.
Parece ser que, a pesar de todo, Heracles vio la luz ese mismo día, pero fue Euristeo, cuyo nombre significa «el ampliamente poderoso» -un nombre que hubiese resultado apropiado para el rey del Infra- mundo-, y no él, quien llegó a ser rey del reino de Argos y Micenas, mientras Heracles siguió siendo su súbdito, aun cuando, de acuerdo con esta versión, había nacido en Tebas. Ilitia se sentó en el vestíbulo del palacio en el que Alcmena yacía de parto.5°Junto a ella estaban las tres Moiras, con las piernas cruzadas y sus manos firmemente apoyadas en ellas. En ese momento una comadreja pasó de repente por delante.5' Asustadas, las diosas levantaron las manos y lo que estaba cerrado se abrió. Quizá no fuese una comadreja, sino «la muchacha comadreja», Galintias o Galantia (galé significa «comadreja»), la compañera de jue gos de Alcmena, que fue quien ideó la siguiente estratagema: la joven salió de la habitación de la parturienta, fue hasta las diosas que estaban en el vestíbulo y gritó: «De acuerdo con la voluntad de Zeus, Alcmena acaba de dar a luz a un hijo, y vosotras ya no tenéis nada más que ha cer aquí»; sorprendidas, las diosas abrieron sus manos, y en aquel mo mento Alcmena dio a luz a Heracles. En ese momento las diosas, que habían sido engañadas, transformaron a la astuta muchacha en el animal que, según se seguía creyendo mucho después, concibe a través de la oreja y pare por la boca. Hécate la tomó como su sirvienta sagrada. He racles fundó el culto de Galintias en su casa, y los tebanos le ofrecían sacrificios cada año antes del festival del héroe. Explicaban también52 que las víctimas del engaño no fueron las diosas, sino unas brujas mal vadas que habían sido burladas por Hístoris, «la docta», una hija de Ti resias, con la falsa noticia de que Alcmena había dado luz a su hijo. La comadreja, debido a su supuesta capacidad de concebir a través de la oreja, acabaría convirtiéndose en una alegoría de la virgen María.
guíente, según aseguraban muchos),34 su hermano gemelo Ificles. Era un doble de su hermano tan sólo por el nombre, un Heracles como él antes de que se hiciese famoso no sólo por su fuerza, sino también gra cias a la ayuda de Hera. Casi no hay relacos sobre Ificles, a excepción de que abandonó su casa y a sus padres, como si Zeus le hubiese priva do del entendimiento, y se avino voluntariamente a ser el sirviente de Euristeo.35 Se decía que más tarde se arrepintió, pero no sabemos nada más. El compañero favorito de Heracles no fue él, sino Yolao, de quien se decía que era hijo de Ificles, y a quien los tebanos veneraban tanto como los argivos a Perseo.36 En lo que respecta a Heracles, Zeus y Hera estaban de acuerdo;37 Euristeo mantendría la soberanía en Tirinto y Mi- cenas, y Heracles permanecería a su servicio hasta que hubiese llevado a cabo sus doce Trabajos, tras los cuales el hijo de Zeus habría de al canzar la inmortalidad que le correspondía por sus hazañas.
Pero la historia empieza mucho antes de tal cosa. Existe también una leyenda que dice que Alcmena, por miedo a los celos de Hera, aban donó al pequeño Heracles inmediatamente después de su nacimiento, en un lugar que más tarde sería conocido como la llanura de Heracles.3® Palas Atenea y Hera pasaban por allí, en apariencia por casualidad, pero no sin intención por parte de la diosa virginal, a quien la alké, el coraje guerrero, la unía fuertemente con el hijo de Alcmena. Atenea expresó su admiración por el fornido bebé y persuadió a Hera de que lo ama mantase. Sin embargo, él chupó con tanta fuerza que la diosa no pudo soportar el dolor y apartó al niño de su seno, pero la leche de la Reina de los dioses ya lo había hecho inmortal. Atenea, muy contenta, de volvió el niño a su madre. N o obstante, según otra leyenda,39 lo que su cedió es que mientras Hera estaba dormida Hermes llevó al pequeño Heracles a su sede celestial y se lo puso en el pecho, y cuando ella lo apartó por el dolor salió un chorro de leche y se formó la Vía Láctea.
Eso ocurría en el cielo, pero en el palacio de Anfitrión sucedieron otras cosas. De acuerdo con una historia antigua,40 fue justo después de que naciesen los gemelos; de acuerdo con una más tardía, cuando am bos tenían diez meses.4' La imagen de un niño divino entre dos ser pientes podía resultar desde hacía tiempo familiar a los tebanos, quienes veneraban a los Cabiros, si bien no en cuanto un primer acto heroico como en la historia que viene a continuación. La puerta de la habitación
de Alcmena, en la que estaban los recién nacidos envueltos en sus pa ñales de color azafrán, se quedó abierta. Dos serpientes, enviadas por la reina de los dioses, se colaron dentro y, con sus fauces abiertas, ame nazaron con devorar a los bebés. Pero el que habría de adquirir fama gracias a Hera, el hijo de Zeus, levantó la cabeza y se batió por primera vez. Con sus dos manos agarró a las dos serpientes y las estranguló hasta que la vida abandonó sus horribles cuerpos. El miedo paralizó a las mujeres que asistían a Alcmena en su lecho, pero la madre saltó para impedir el acto violento de los dos monstruos. Los Cadmeos acudieron con sus armas, el primero de todos Anfitrión, espada en mano, pero se detuvo desconcertado por la sorpresa, el horror y la alegría, al com probar la fuerza inaudita y el valor del niño. Enseguida hizo venir del palacio vecino al famoso adivino de Zeus, Tiresias, quien anunció a él y a todos los presentes el destino futuro del niño, los muchos animales salvajes que iba a matar en la tierra y en el mar, cómo habría de com batir junto a los dioses contra los gigantes y cuál era la recompensa que le aguardaba al final.
Nada sería más fácil que continuar ahora con la enumeración de los maestros de Heracles, como acostumbraban a hacer los narradores más tardíos,42 quienes afirmaban que Anfitrión le había enseñado a condu cir al carro, Éurito a disparar con el arco, Cástor a luchar con armas pesadas, Autólico a luchar cuerpo a cuerpo y así sucesivamente, como si Heracles no hubiese sido más que un príncipe, de origen divino evi dentemente, pero no un ser divino, no uno que se parecía a los demás héroes tan sólo en apariencia, puesto que ellos jamás subieron al Olimpo, sino que, al igual que Edipo, acabaron en el seno de la Madre Tierra. Pero ni siquiera las leyendas de su vida como hijo de Anfitrión y más tarde yerno de Creonte podían mantener en secreto las muestras de su naturaleza salvaje y sobrehumana.
Debió de aprender el alfabeto de Lino, de quien se decía que fue el primero que lo introdujo en Grecia. Todo el mundo sabía que este Lino era hijo de Apolo,43 o de la Musa Urania,44 y que murió muy joven de muerte violenta, y que todos los cantores y tañedores de arpa lo llora ban en los banquetes y en los bailes.45 Una de las versiones de su muerte violenta sostiene que lo mató Cadmo, porque quería ser el primero en haber introducido la escritura entre los helenos.46 Según otra leyenda
más tardía, Lino tenía que enseñar a Heracles el arte de escribir y de tañer el arpa, y se atrevió a castigar al incorregible niño héroe.47 Un pin tor nos ha dejado la escena en la que el joven héroe rompe la silla en la que estaba sentado sobre la cabeza del maestro. Por esta razón, se nos dice,48 Anfitrión lo envió a los pastos con el ganado; creció entre los pastores, hasta que a los dieciocho años tenía ya una altura de cuatro codos. El fuego de sus ojos revelaba su naturaleza divina. Era infalible en el tiro con arco o lanzando la jabalina. Su ración diaria consistía en un gran trozo de asado y un cesto lleno de pan negro.49 Vivía y dormía al aire libre.50 Pero esto se refiere ya a la vida del héroe durante sus va gabundeos, no al tiempo pasado entre los pastores en el Citerón, donde eso hubiese sido la cosa más natural del mundo.
En el santuario de Apolo Ismenio en Tebas se mostraba un trípode que, según se decía, había sido dedicado por Anfitrión51 en recuerdo del año en que su hijo Alceo52 había sido el joven sacerdote coronado de laurel, un cargo anual entre los tebanos. La lucha entre Heracles y su hermano por el trípode de Delfos, por otro lado, está atestiguada en monumentos artísticos mucho más antiguos que este relato. N o obs tante, esta lucha fraternal se produjo mucho después en el curso de la vida del héroe y se explicará en su momento. Debemos pasar ahora a los relatos de los sucesos de su juventud, en Tebas o en las montañas cir cundantes. Allí debía cumplir su primera acción heroica y mostrar su naturaleza de dáctilo por vez primera.
3. Los relatos de su juventud
El Citerón, en cuyas laderas los pastores tebanos apacentaban a sus animales, era el escenario de numerosas historias de dioses y héroes. Fue allí donde Zeus y Hera se encontraron para sus bodas divinas; allí buscaron a Dioniso las hermanas de Sémele; allí fueron abandonados Anfión y Zeto, y también el niño Edipo; por allí vagaron errantes An tíope y el anciano y sufriente Edipo. Entre el Citerón y la otra montaña de los dioses en Beocia, el Helicón, se halla la ciudad de Tespias, donde más tarde Heracles, según se afirma,53 tuvo un santuario de estilo muy antiguo como Dáctilo del Ida. Allí reinaba el rey Tespio en los días en
que el joven héroe vivía con los pastores. No está claro si el león que diezmaba sus ganados y los de Anfitrión vino del Citerón54 o del Heli cón.55 En época histórica ya no había leones allí, pues Heracles iba a li berar el país de ese azote.
Hércules caminaba entre las montañas sin armas. Por lo que respecta a su famosa maza, sin la cual la posteridad apenas puede imaginarlo, la tradición indica56 que arrancó del suelo del Helicón un olivo salvaje, con raíces y todo. Los pastores solían llevar esos troncos con forma de clava cuando caminaban; les servían como el arma de caza más simple, no menos que el conocido bastón curvo que arrojaban a las liebres. Más tarde Heracles consagró esta primera maza, o la segunda o la tercera (pues existen diversas versiones)57 a Hermes Polygios, o más bien Polyg-
yios, «el que tiene muchos miembros», señal de que un bastón tan po
deroso era particularmente apropiado para un ser dactilico como lo era Hermes cuando llevaba este epíteto.
Heracles marchó a combatir con el león y llegó al palacio del rey Tespio. El rey se alegró y lo recibió con hospitalidad y también él, del mismo modo que Autólico los tuvo de Sísifo,58 quiso tener nietos del héroe. Tenía cincuenta hijas e hizo que todas, una tras otra, yacieran con su huésped. Sólo una se resistió al héroe, y sin embargo fue la que más ligada quedó a él. Las otras tuvieron hijos, una o dos incluso ge melos;59 estos hijos de Heracles colonizarían más tarde la isla de Cer- deña.60 Pero aquélla, como se había resistido, se convirtió en su sacer dotisa para toda la vida,61 la primera de las sacerdotisas vírgenes del templo de Heracles en Tespias, y las sacerdotisas vírgenes son siempre las esposas del dios al que sirven. Después también mató al león, y cu brió su cabeza y sus hombros con la piel del animal.62 Es bien conocida esta vestidura característica, acerca de la cual existe también otra tradi ción65 según la cual se trataba de la piel del león de Nemea. Pero ésa es otra historia que explicaremos más adelante.
Tras sus aventuras entre el Citerón y el Helicón, Heracles regresó a Tebas. Ahora tenía dieciocho años, o eso decían los narradores más tar díos, que no eran capaces de concebir a un héroe de los tiempos primi tivos sin edad,64 y estaba ya provisto de su clava y de su piel de león. Por el camino se encontró con unos emisarios65 que venían de la ciudad be- ocia de Orcómeno, una ciudad minia donde entonces reinaba el rey Er-
gino. A su padre lo habían matado años antes los tebanos, irritados por una nimiedad, en una fiesta celebrada en honor de Posidón en On- questo.66 A Ergino le correspondía venganza; sitió a los tebanos y les impuso un fuerte tributo: debían enviar durante veinte años cien bue yes anuales a los minios. Esos veinte años todavía no habían transcu rrido; Tebas carecía de defensas67 y en ella gobernaba el débil Creonte. Los emisarios iban a recoger el tributo cuando Heracles se encontró con ellos, y desde luego su actitud no fue conciliadora.
La tradición no dice cómo fue el encuentro entre estos emisarios y el joven héroe, pero sí su resultado: Heracles les cortó la nariz y las ore jas, se las colgó alrededor del cuello y envió este tributo a Ergino. En tonces los minios regresaron de Orcómeno para vengarse; Heracles se enfrentó completamente solo a su ejército, al menos según la versión más antigua de la historia.68 Provisto de armas por Palas Atenea,69 de rrotó a los minios y liberó Tebas. Por su parte, Creonte le entregó a su hija Mégara por esposa,70 y Heracles la llevó al palacio de Anfitrión al son de la flauta.7’ Nadie podía adivinar el horrible fin que tendría. Cre onte le cedió además la soberanía de Tebas.72
Según una versión de la historia,73 Anfitrión habría muerto en la ba talla contra los minios, pero según otra siguió viviendo en su palacio con Mégara y sus nietos, cuando el héroe los dejó.74 Más tarde los te banos lo veneraban en su tumba heroica, junto a Yolao,75 hijo de Ifi- cles, su nieto y el favorito de Heracles; fue él quien, según otra tradi ción, condujo a los cincuenta hijos de Heracles hasta Cerdeña. En Tebas también se mostraban76 las ruinas de su palacio, que había sido cons truido para él por los héroes arquitectos Agamedes y Trofonio, hijos de Ergino. Se creía incluso que la cámara nupcial de Alcmena podía en contrarse entre esas ruinas. También los beocios pretendían poseer la tumba de Alcmena en Haliarto, hasta que los espartanos, que habían conquistado la Cadmea, la abrieron y trasladaron su modesto conte nido, que incluía una tablilla con caracteres micénicos inscritos, a su propia ciudad.77 Seguramente se trataba de antiguas tumbas heroicas de época micénica que los tebanos y sus vecinos atribuían a los parientes de Heracles.
Los narradores de esta historia tenían que relacionar a Heracles de algún modo con Tirinto, después de haber expuesto unos vínculos tan
estrechos con Tebas; el héroe tenía que llegar al reino micénico del rey Euristeo, del que era súbdito. Allí dominaba la diosa conocida como Hera Argiva por el nombre de la región. Su templo, situado en una im ponente meseta de la montaña situada entre Tirinto y Micenas, no per tenecía a ninguna ciudad en concreto, y tenía además otro templo en Tirinto, donde ella, y no Palas Atenea, era considerada señora del cas tillo. Y junto con el castillo, también el sirviente de la diosa, Heracles de Tirinto, estaba sometido a Euristeo. Ya hemos explicado lo que se contaba acerca de la estratagema con la que ella había logrado este so metimiento. Se trataba de una historia antigua, pero no tanto como la que hablaba de los vínculos entre Hera y Heracles, que posiblemente eran anteriores incluso a los que unían a la Reina y al rey de los dioses. En un tiempo en el que Zeus todavía no había obtenido por esposa a la Gran diosa de Argos, ella podía haber puesto a disposición del rey de su país a su siervo divino, al que quería dar gloria, aun sin necesidad de argucias. El rey Admeto de Tesalia tuvo un sirviente divino en la persona de Apolo,78 y también él era un gobernante terrenal con un nombre que hubiese podido designar al rey del Inframundo.
Se dice que Euristeo hizo venir a Heracles de Tebas,79 o que incluso el propio Heracles tenía ganas de vivir entre los muros ciclópeos de Ti rinto,80 y tuvo que pagar por ello con sus Trabajos. Las historias teba- nas no han acabado todavía, pero debemos comenzar ahora las de Ti rinto, o las de Micenas, pues Euristeo tenía su residencia en Micenas y allí debía regresar Heracles tras llevar a cabo cada una de las tareas asig nadas por el rey, para recibir el encargo de la siguiente.
CAPÍTULO II