LA LLEGADA Y EL FINAL SIN GLORIA DEL GENERAL DAVIES
1 El 9 de noviembre de 943 el general Davies enviaba
a El Cairo un radiograma para transmitir a Londres, y en el que entre otras cosas se decía: «d) ... El [el Movimiento de Liberación Nacional — MLN] es enteramente hostil a Zogu. El Balli Kombëtar acepta tal comité [un gobierno en el exilio] asi como la colaboración con Zogu» (FO 371/37145-3741. PRO. Ex
traido de la copia del original depositada en los Archivos del Instituto de Historia — AlH, Tirana).
General, no disparó ni un solo tiro, no aplicó ni una sola de las decisiones adoptadas en conjunto. Sin embargo McLean tenía clavados los ojos en él. Debíamos instruir constantemente al Partido, al Ejército y al Frente de Liberación Nacional para que ningún cuadro diera un paso en falso por ingenuidad.
Quinto, el general Davies había venido aquí
seguramente también para impartir nuevas ins trucciones a todas las misiones que se encontra ban en nuestro país, convocarlas para que infor maran, conocer de su boca la situación y las po sibilidades de acción y establecer las debidas con clusiones para el encuentro con los cabecillas del Balli Kombëtar y, después de todo eso, encomen dar nuevas tareas a sus misiones de cara a las «nuevas situaciones» que se crearan.
Sin embargo, para poner en práctica todos estos puntos de que hablé, necesitaban hacer algo, aunque sólo fuera formalmente, dar a en tender que estaban luchando contra el enemigo, fingir que nos ayudaban, ya que de lo contrario no le resultaría fácil materializar sus planes futuros.
Por eso —les dije a los camaradas—, debe mos tener bien presentes sus objetivos, y el tiem po vendrá a confirmar nuestras previsiones. De bemos adoptar todas las medidas necesarias para derrotar al enemigo ocupante y para que los planes secretos, militares y políticos, de los in gleses y sus lacayos, ballistas, zoguistas y bajrak-
tars fracasen vergonzosamente. Solo con una lucha armada enérgica y con lucha ideológica, ambas dirigidas por nuestro Partido, serán des baratadas y desenmascaradas todas las intrigas de los enemigos. Les venceremos, liberaremos el país, y el pueblo, bajo la dirección del Partido, tomará el poder en sus manos —dije finalizando la conversación con los camaradas, que aprobaron plenamente las conclusiones políticas y organiza tivas que acababa de enunciar.
El mismo día convoqué a los camaradas con responsabilidad de nuestros destacamentos y ba tallones para ponerles al corriente de mi entre vista con el general Davies y encomendarles que reforzaran la lucha contra el ocupante y los trai dores y elevaran la vigilancia sobre cualquier ac tividad de los ingleses.
Al siguiente día, por la mañana, Mustafa Gjinishi regresó de Biza. Según nos contó, el general le había ofrecido para desayunar cacao, tabletas de chocolate, torta y mantequilla fresca.
—Entonces —le dije a Mustafa—, ¿qué dijo el general, con qué impresiones se fue?
—Oh —dijo—, estaba a la vez muy impre sionado y contento, porque le hablaste franca mente y me señaló: «El señor Hoxha defendió bien el interés del Frente de Liberación Nacional. Así quiero que sean siempre las conversaciones con Uds.»
tiempo dudábamos de él, pero sería más tarde cuando se probara claramente que era un agente de los ingleses.
Nuestra lucha guerrillera contra los alema nes y sus instrumentos continuaba violenta y sin descanso. Radio Londres continuaba guardando silencio en torno a ella y hablando de la «lucha» que libraban los ballistas y los zoguistas. Las semanas y los meses pasaban. Los ingleses lanza ban metralletas, pero sin municiones suficientes, en alguna ocasión lanzaban algunos trapos viejos o calzado, muy frecuentemente de un solo pie, lo que provocaba la hilaridad entre los guerrille ros que decían: «Por lo que se ve los ingleses quieren que andemos y luchemos con una pier na... Dichosas sean nuestras abarcas con las que han luchado nuestros abuelos». La cantidad de armas, municiones y vestimenta que nos envia ban era irrisoria. Los oficiales ingleses, so pre texto del abastecimiento de armas, intentaban penetrar en nuestros destacamentos para descu brir nuestros efectivos, cómo estaban organiza dos, dónde se acantonaban, dónde operaban, etc. Pero en todas partes se estrellaban contra un muro de hormigón. Las únicas palabras que los ingleses escuchaban de labios de nuestros guerri lleros eran: «¿Por qué no nos lanzan armas?» Y ellos mentían y se justificaban como siempre. Los oficiales ingleses pedían informaciones sobre las fuerzas alemanas, pedían que les diéra
mos las señas y el número de las unidades de los alemanes puestos fuera de combate, todas las cuales les dábamos en abundancia. Querían des plazarse libremente, controlar, tomar contacto con nuestras unidades y como, por supuesto, no les manteníamos encadenados, se lo permitíamos, paseaban por las montañas, las gargantas y las peñas, pero no encontraban lo que deseaban. Siempre tenían como acompañantes a dos o tres guerrilleros, un intérprete y uno o dos campesi nos de confianza, que se encargaban de sus mu- las. Es decir, en este sentido nuestros camaradas tenían los ojos bien abiertos. Pero alguna vez se relajaba la vigilancia y hubo casos en que los oficiales ingleses agregados a nuestras fuerzas guerrilleras de Dibra, habían escapado al control y logrado relacionarse con los cabecillas de la reacción en Dibra, con Fiqri Dine o Xhem Gosti- vari, e incluso tomaron parte junto con ellos en un ataque contra nuestras fuerzas en Peshkopia. Envié una carta al camarada Haxhi Lleshi en la que le decía que advirtiera por última vez a los ingleses, les dijera que nuestras balas no harían distinción alguna entre todos los que se unían al enemigo para atacarnos. Era evidente que, tam bién esta vez, las misiones inglesas actuaban, en ayuda de los notables y contra nosotros, aplican do las directrices que recibían.
Nuestras previsiones se confirmaron, ellos eligieron Biza como residencia porque era el lu
gar más apropiado desde donde el general desa rrollaría frecuentes encuentros con las misiones inglesas del Norte, establecería frecuentes contac tos con Mat, Dibra y Albania Central. Natural mente, no hay por qué ocultarlo, todos sus movi mientos estaban bajo nuestro control, pero no sabíamos qué hablaban y qué decidían. Nosotros: les observábamos y descubríamos sus decisiones durante su puesta en práctica.
De este modo trabajaba contra nosotros el general Davies. Pero nosotros tampoco dormía mos.
Había pasado algún tiempo tras la entrevista con el general, cuando un día viene Frederik Nosi y me informa que el inglés le había dicho que finalmente había logrado establecer contacto con los cabecillas del Balli Kombëtar, y que ellos habían aceptado un encuentro con él en Shën- gjergj. «En este encuentro, había dicho el ge neral, creo que estarán Lumo Skëndo1, Begeja y
algunos otros». Por eso, había recomendado a Frederik que informara a nuestro Estado Mayor General sobre esta cuestión.
Le dije a Frederik que transmitiera al gene ral que nuestro Estado Mayor ponía a su dispo sición 10 guerrilleros para garantizar su pro tección contra algún posible ataque de los ale-
manes, pero que el general debía asumir la res ponsabilidad sobre el encuentro con los ballistas, porque era él quien lo había preparado y de seado contra la voluntad del comisario político del Estado Mayor General del Ejército de Libe ración Nacional. «Tú —le dije a Frederik, que estaba al tanto de la conversación que había sos tenido con el general—, hazte el indiferente, toma el mando de los guerrilleros, ve a ver a Ali Shtëpani, dile que tenga la gente dispuesta para cualquier eventualidad, ocupad las posiciones y escucha con atención todo lo que te diga después el general, pero dando la impresión de que no te interesa mucho. Si te dice que me transmitas sus palabras, dile que «lo mejor sería que se lo dijera Ud. mismo»».
El general Davies tuvo la reunión con Lumo Skëndo y regresó de inmediato a Biza. Le dijo a Frederik: «La reunión ha sido muy animada y el señor Hoxha ha tenido razón en ciertas puntos, pero finalmente conseguí convencerles de que de bían luchar». Y, si la memoria no me falla, había tomado un documento por escrito de las promesas que le habían dado. Frederik le había escuchado con indiferencia y le había dicho: «El Balli Kom- bëtar no combate, está hundido hasta el cuello en la traición, le han engañado». El general de brigada Davies no le dijo a Frederik que me in formara pues yo le había dicho que no me intere saban sus conversaciones con los ballistas. Pero
él sabía que Frederik me pondría al corriente. Otro día viene Frederik y me dice que el general me había invitado a cenar en su cuartel en Biza, junto con los camaradas que estaban con migo. Acepté la invitación y en la tarde del 11 de noviembre, acompañado por algunos guerrille ros y tomando a Mustafa Gjinishi como intérprete y en su calidad de miembro del Estado Mayor, emprendimos el camino desde Orenja. Llegamos a Biza al atardecer. El general me esperaba son riente ante la tienda principal, acompañado por su edecán, el coronel Nicholls, del «Coldstream Guards», si no me equivoco. Nos estrechamos la mano y entramos en la tienda, porque hacía bas tante fresco. En aquella planicie descubierta, por las noches soplaba el viento.
El general había arreglado bien y de manera cómoda su tienda de campaña. Todo, desde la mesa de campaña hasta las sillas de tijera, tapi zadas de hule, era plegable. Sobre su cama estaba el buldog hecho una bola con su precioso collar al cuello. La cena era de alimentos secos, conser vas de carne, de pescado, queso extranjero y del país, algunas de nuestras frutas, tabletas de cho colate, cigarrillos ingleses, rakí, whisky y vino. El general me invitó a ocupar la cabecera de la mesa y nos sentamos todos. Nos llenó las copas con whisky.
—A mi sírvame poco —le dije—, porque nunca lo he tomado, aunque le haré el honor
como dueño de la casa. Lléneme el vaso de rakí, que es lo que han bebido mis antepasados, el abuelo y el padre.
—Es Ud. conservador, señor Hoxha —me dijo.
—No tengo por qué no serlo con las buenas cosas de mi pueblo —le dije—. A nuestra pa tria debemos amarla más que a nuestra vida. Fíjese, Ud., general, se hace traer whisky en avión desde Inglaterra.
—El whisky es una excelente bebida —dijo Mustafa Gjinishi— a mí me gusta mucho.
—Tómalo —le dije—, pero ten cuidado no se te suba a la cabeza, después no podría lle varte hasta Orenja.
Reímos y comenzamos una conversación li bre, pero la lengua, como dice el pueblo, va siem pre donde duele la muela. Todos pensábamos en política, a todos nos martilleaba el cerebro lo principal, pero lo evitábamos por saber que dis putaríamos, ya que en esto nuestros intereses di ferían radicalmente. Hablamos primero de lite ratura, yo sobre la nuestra y él sobre la suya. El no sabía nada de nuestra literatura. Por mi parte la cultura que había adquirido en Francia y los numerosos libros que había leído me familiariza ron también con una serie de autores ingleses.
—Nosotros conocemos bien a Shakespeare —le dije—, no sólo por lo que hemos aprendido en la escuela, sino también a través de la notable
traducción albanesa de sus obras hecha por nues tro poeta, historiador y demócrata revolucionario, Fan Noli. Al igual que Fitzgerald hizo «hablar» a Khayam en inglés, nuestro Noli hizo al gran Shakespeare «hablar» en albanés.
Aquella noche en Biza, mientras soplaba el cierzo, hablamos con el general, entre otras cosas, de las noches de invierno de David Copperfield, del humor de Jerome K.Jerome, de Swift y By- ron, de Shelley y Kipling.
—Kipling es grande para Uds. general —le dije—, pero yo lo aborrezco, porque es uno de sus escritores que en sus obras ensalza las con quistas coloniales del imperio británico. Prefiero a su gran Byron, a quien la joven generación inglesa ha abandonado para marchar tras poetas y escritores sin valor. Prefiero a Byron no porque yo sea romántico, sino porque ha querido since ramente a mi pueblo, le ha cantado con gran pu reza de sentimientos, e incluso, según he leído en alguna parte, le dio a su hija el nombre de Alba, manifestando así su simpatía hacia el pueblo al banés. Como Ud. sabe en su famoso Childe Ha-
rold ha cantado también al valor, a la hombría y
a la madurez de los albaneses:
Fieros son los hijos de Albania , pero virtudes No les faltan, aunque pudieran ser más maduras. ¿Dónde está el enemigo que jamas viera su
¿Quién como ellos soporta las fatigas del combate? Su odio es tan mortal como firme su amistad. Y cuando la gratitud y el honor les llaman
a derramar su sangre, Se lanzan intrépidos donde su jefe les conduce».
Hemos conservado intactas estas caracterís ticas de nuestros antecesores, queremos a los ami gos y les acogemos generosamente, esperamos a tiros a los enemigos. Usted, general Davies, es nuestro amigo y aliado.
El general se inclinó y dijo sonriendo:
«Thank you».
—Byron quería a los pueblos que luchaban por la libertad. El apreciaba esto por encima de cualquier otra cosa y cantaba:
«En los calabozos alcanzas tu mayor brillo, Libertad, Porque allí, el corazón tienes por morada,
Un corazón que sólo amor guarda por tí Y cuando han cargado a tus hijos de cadenas En las tinieblas de una húmeda mazmorra Su martirio anuncia a su patria la victoria, Y vuela en alas del viento tu gloria, Libertad».
—¿Sabe usted, general, quiénes le fueron más fieles a Byron y no le abandonaron? Dos
valientes albaneses que le había dado su amigo, Ali Pachá de Tepelena. Le querían tanto, que, según he leído en alguna parte, en un momento en que se debatía en un violento ataque de fie bre, por el profundo dolor que sentían por él, amenazaron al doctor que habían llamado: «¡O lo curas o te matamos!».
Nosotros apreciamos a Byron y deseamos que el pueblo inglés quiera al pueblo albanés como él.
—Me ha conquistado señor Hoxha —dijo el general—. Sabía que la literatura francesa le resultaba familiar, pero es usted también un buen conocedor de la nuestra.
—Nosotros, los albaneses, general, estamos sedientos de libertad y de saber y por ambas cosas hemos combatido durante siglos; por ello mismo luchamos hoy y lucharemos también en el futuro, si es preciso —le dije y levanté mi vaso de raki mientras él lo hacía con el suyo de whisky. Tam poco Gjinishi, enfrascado en una dulce conversa ción con el coronel Nicholls, se quedaba atrás a la hora de beber.
—¿Ha estudiado usted en alguna escuela mi litar? —me preguntó el general.
—Sí. —¿Dónde?
—He pasado por la escuela de guerra de mi pueblo, que es una escuela con gran expe riencia. ¿Ha oído hablar de Gjergj Kastrioti,
1 A Zogu y Kupi que eran del Norte.
Skënderbeu? —le pregunté—. Se hizo famoso en todo el mundo por luchar contra los otomanos, contra dos de los más grandes sultanes, dirigió veintidos batallas, y no perdió ninguna. El sul tán Mehmet Fatiu sometió a Bizancio, pero mien tras vivió nuestro Skënderbeu no pudo tomar Kruja.
—Era del Norte —dijo el general malicio samente.
—Era albanés, —le dije tajantemente, com prendiendo su alusión1—, y era un príncipe que
se apoyaba en el pueblo. Quería al pueblo y éste le quería a él.
—Su país es hermoso —dijo el general cam biando el curso de la conversación—, por eso lo ha querido Byron. Tenemos en Inglaterra una pintura que lo retrata vestido con traje albanés. Cuando ganemos la guerra, señor Hoxha, espero que me invite a visitar su país —dijo el general esforzándose por dar a la conversación un tono íntimo y alegre.
—Debe venir sin falta y conocerlo mejor, porque nuestro país y nuestro pueblo son maravi llosos. No se debe quedar con las viejas impre siones producto de las informaciones tendencio sas de los cónsules ingleses, que con otros fines le hablaban a su Foreign Office de cosas inciertas, o bien de los «coleccionistas» de flores y maripo sas que en realidad llevaban a cabo otra activi-
dad. Por supuesto no hablo aquí de estudiosos como Miss Durham que ha recorrido Albania, especialmente el Norte, para estudiar la vida en las montañas y no ha escrito mal sobre ello. Pero los tiempos han cambiado, general. El imperio inglés ha perdido su poderío de antaño a la vez que en nuestro país el poder de los beyes y baj- raktars está en su ocaso, el fin de esta lucha será la losa que cubrirá su tumba.
—Señor Hoxha —dijo el general—, es cierto que nuestro imperio Victoriano ya no es lo que fue, pero nosotros somos una monarquía demo crática, por así decirlo, en nuestro país no existe uno sino dos partidos, uno es de los laboristas, es decir de los obreros, y el otro es de los conserva dores. En nuestro país hay elecciones libres.
—Conozco —le dije— su sistema de demo cracia, mas en él los trabajadores, como dice un refrán de nuestro pueblo, «tienen las llaves del pajar». En su país existe democracia para los capitalistas, para los lores, pero no para los obreros. Cuando nosotros triunfemos vamos a establecer la democracia, pero no como la de us
tedes. En nuestro país existirá democracia úni camente para el pueblo, y «las llaves del pajar» —añadí riendo— las llevarán en la mano los beyes, los agas y los bajraktars, que han oprimido y traicionado siempre al pueblo.
—¿Cómo, señor Hoxha —preguntó el gene ral—, van a confiscarles todos sus bienes?
—Desde luego, general, los malhechores, los enemigos, los que se han manchado las manos de sangre comparecerán ante los tribunales po pulares, a los demás les pondremos a trabajar, a sudar para que vean lo sabroso que es el pan cuando se gana con sudor.
—Por eso, señor Hoxha, no quieren unirse con ustedes, porque les tienen miedo —dijo el general.
—Está bien que nos tengan miedo. Ellos saben lo que le han hecho al pueblo durante toda su vida, por eso nos temen. A pesar de todo, el pueblo y nosotros les hemos hecho un llamamien to para que renuncien al camino de la traición. Ellos no escucharon, y eso les pesará. En el Frente de Liberación Nacional participan personas de ca pas ricas, que son patriotas y a los que el pueblo y nosotros respetamos por sus actitudes patrió ticas y antifascistas.
—Señor Hoxha —dijo el general—, yo sos tuve una entrevista con el señor Lumo Skëndo y otros y les hablé sin ambages ni rodeos, les re proché, les dije que «por lo que yo sé sólo el Movimiento de Liberación Nacional está luchando contra los alemanes, mientras que ustedes no lo hacen», pero ellos me contradijeron y por poco me acusaron de comunista, mas yo insistí en mis argumentos y creo que finalmente les persuadí, me dieron su palabra de que lucharán.
—¿Combatirán contra nosotros? —le pre gunté.
—Oh, no, señor Hoxha —dijo el general—,