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EL PANORAMA ECONÓMICO: EL MEMORIAL DE LUIS DE ORTIZ

Cuando se piensa en el siglo XVI, al punto vienen a la memoria las imágenes del Renacimiento y de la Reforma. En seguida se recuerdan estos nombres: Rafael, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, que campean en Italia, o los de Berruguete, Juni y Siloé, que lo hacen en España. Y también se piensa en las guerras religiosas que sacuden Europa, fruto de aquella Reforma que protagonizaron Lutero y Calvino. Renacimiento y Reforma, como señales diferenciadoras del Quinientos, en los ámbitos culturales y religiosos, marcando, por tanto, la línea ideológica; pero también capitalismo, en el económico. Capitalismo inicial, por supuesto, en lid con otras formas socioeconómicas, lo que es también un signo muy marcado de la época, pues si los descubrimientos geográficos y los nuevos instrumentos crediticios, como la letra de cambio, dan ya la nota de una economía que desborda los ámbitos regionales y nacionales, ese capitalismo inicial —que apunta sobre todo en el comercio— no ha excluido en el campo a una economía de tipo feudal, marcada por los grandes señoríos. Y a los dos, al capitalismo y al feudalismo, hay que añadir precisamente en el XVI un esclavismo, que toma un auge fortísimo, a favor de los dominios coloniales. El aumento de la trata negrera, sobre todo en Portugal y Castilla, supone poco en el sector económico peninsular (donde se trata, casi exclusivamente, de una esclavitud limitada al ámbito doméstico), pero sí, y de forma decisiva, en el mundo colonial. Y no olvidemos que es bajo Felipe II cuando en el imperio de Ultramar se pasa de la fase de la conquista a la época colonial, y cuando la mano de obra esclava africana sustituye a la indígena en la región antillana, penetrando también en las costas atlánticas de Colombia y

Venezuela. Era algo ya iniciado en tiempos de la regencia de Fernando el Católico, con la curiosa contradicción de la defensa de la libertad del indio y la admisión, sin discusión, de la esclavitud del negro. De ello podría ser testimonio aquella carta del rey Fernando a Diego Colón, el hijo del

almirante —escrita en 1510—, en la que le da instrucciones para el mejor trabajo en los yacimientos auríferos: Vi vuestra letra —le escribe entonces el Rey— que enviastes con vuestro hermano

Femando, y vi todo lo que él me dijo de vuestra parte. Ahora sólo respondo a lo que me decís de las minas, de do se saca mucho oro. Y pues el Señor lo da y yo no lo quiero sino para su servicio en esta guerra de África, no quede por descuido el sacar lo que se pudiera. Hasta aquí, un texto repetido mil veces: el oro, el ansia de oro, y esa ansia se encubre con una justificación religiosa: la guerra santa, la cruzada rediviva, al calor de la guerra de Granada y de la explotación en África de aquella victoria. Es el resto de la carta el que adquiere particular valor para nuestro tema: la

economía esclavista, otra vez reanudada. Y así continúa el Rey: Y porque los indios son floxos para romper piedras, métanse todos los esclavos en las minas, que ya mando a los oficiales de Sevilla que os envíen los cincuenta esclavos...191 Cincuenta esclavos negros, sacados de África para ir a

trabajar en las explotaciones mineras americanas. Sólo cincuenta, pero no era más que el comienzo. Pronto serían enviados a centenares, a miles, año tras año. En 1559, al comienzo del reinado de Felipe II, Pedro Menéndez de Avilés avisaría sobre el riesgo que suponía aquel trasplante humano, sobre todo en unas Antillas donde había desaparecido la población indígena, incapaz de superar la prueba del contacto con los invasores castellanos; unas Antillas donde la población era ya

mediados de siglo, advertía a Felipe II en 1558: ... en la isla española de Santo Domingo hay pasados de cincuenta mil negros y negras y no hay cuatro mil españoles... Y añadía en su

información cómo aumentaba esa población esclava y no sólo por los nuevos cargamentos llegados desde África, sino también por lo mucho que se multiplicaban en aquellas tierras tropicales: ... porque como es tierra cálida, clima de su naturaleza, dellos multiplican mucho... La amenaza negra, pues, provocada por una población esclava en aumento. Y tan cierta, a juicio del marino asturiano, que sólo encontraba un remedio: tenerla atemorizada con la crueldad: Y a los negros, si estuvieren de mala suerte, se usará con ellos toda crueldad... Y todavía, machacón, obsesionado con aquel peligro, insistirá ante el Rey: Y para el temor de delante —el alzamiento de los esclavos negros— se use con ellos la crueldad que a Vuestra Magestad le parezca...192 Por lo tanto, coexistiendo en

extraño ensamblaje, vemos a un capitalismo inicial, a un feudalismo reverdecido y un esclavismo —en la zona colonial— en auge. Y todo eso dando un colorido singular a la España de mediados del Quinientos, la España donde iniciaba su reinado Felipe II, en la que afloraba una grave crisis económica, provocada por una política Carolina en la que no se habían tenido debidamente en cuenta los intereses de España y donde afloraban una serie de fallos que era preciso remediar, para evitar una catástrofe. Tal era el juicio de un hombre que había seguido, con ojo atento, la evolución económica de la Monarquía: Luis de Ortiz. Veamos, pues, el Memorial que presentó Luis de Ortiz al Rey en 1558. He aquí uno de los testimonios más lúcidos del Quinientos, sobre la situación de España a mediados del siglo. Luis de Ortiz era un contador de Burgos, un economista si se quiere, que con ojo atento había seguido el caos económico en que estaba cayendo el imperio de Carlos V, y en 1558 presenta su memorial a Felipe II, al nuevo soberano, que, como tal, se podía esperar que remediase las cosas. Por eso Luis de Ortiz marca los fallos de la Monarquía, ya veremos que no sólo los económicos, y propone las debidas soluciones; en algunos casos, ciertamente, evadiéndose de la realidad social y de su menosprecio del trabajo. Pero lo que sí vio certeramente Luis de Ortiz fue que los males de España, en el terreno económico, no podían desligarse de sus relaciones con el imperio de Ultramar. Algo que sabemos muy bien por los estudios de Carande y de Pierre Vilar: el oro y la plata llegados de las Indias, y siempre en línea ascendente, no bastaban para cubrir los gastos de las desorbitadas empresas exteriores de la Corona. En otras palabras: la supremacía imperial Carolina sobre Europa resultaba cada vez más cara, de forma que, al no bastar los caudales propios ni las remesas de Indias, el Emperador tuvo que acudir constantemente a los créditos de los banqueros —en particular, de los alemanes—, cada vez más exigentes; de forma que si en los primeros años de su reinado, en los años veinte, esos adelantos le cuestan en torno al 17 por 100, en los finales (los «años conflictivos», en la terminología de Carande) rondará ya el 49 por 100; dicho de otro modo, para obtener nueve mil ducados, ha de pagar catorce mil. Ese pago, al no ser cubierto por las remesas indianas, caía sobre el pechero castellano. Y la ruina amenazaba al país. Felipe II, siendo príncipe y gobernando España en ausencia del padre, entre 1543 y 1554, es el primero en denunciarlo. En septiembre de 1544, pide a Carlos V que apresure la paz con Francia. La paz. Era cuando las tropas imperiales acosaban a la Monarquía de Francisco I, llegando hasta las

inmediaciones de París. Pero el país, particularmente Castilla, estaba al borde de sus fuerzas. Oigamos al Príncipe: V.M. mire que agora cumpliría más con Dios y con el mundo, pues no se podría decir que V.M. lo hacía forzado, sino teniendo las armas en la mano... Era el prestigio imperial, algo que había que dejar a salvo. Pero si esto era así, la paz se imponía. Y así continúa el Príncipe: ... y que le sería de mayor reputación hacerlo así, que esperar a que paresciera que la necesidad y falta del dinero le hacía venir en ella. Por lo tanto, la paz: La cual importa tanto para el bien y remedio de la Cristiandad, y aun destos Reinos, que están tan necesitados y exhaustos, que no sé con qué manera de palabras se lo pueda encarescer... ¿Era tan inminente la ruina? Así lo señalaba el príncipe Felipe: Todos los medios, formas y expedientes, son acabados; los dineros del servicio, así ordinario como extraordinario, consignados; las otras consignaciones, del todo

consumidas. Y de dónde se haya de proveer lo que no se pueda excusar, no se puede alcanzar... Era, por tanto, preciso amainar. Era necesario, por todo punto, ceder, dejar a un lado la política de prepotencia. Es cuando el Príncipe —o sus consejeros, que así le hacen hablar— dice a su padre, el Emperador, aquellas palabras tan reveladoras, la ruina que amenazaba a Castilla, y que nunca

comentaremos bastante: V.M., que lo sabe y entiende mejor todo, lo puede considerar si fuere servido, que de acá no paresce que se pueda dexar de acordárselo, para que desengañado de lo de adelante, pueda medir las cosas según lo que se podrá y no según sus grandes pensamientos...193

Está claro que no es el príncipe Felipe el que habla. Él no hace más que firmar lo que sus consejeros le ponen ante los ojos. Estamos en 1544, y sus diecisiete años no dan para más. Es, evidentemente, la voz de Castilla, no del heredero de la Corona. Pero la frase resulta impresionante, por lo

certera: ... para que, desengañado de lo de adelante, pueda medir las cosas según lo que se podrá y no según sus grandes pensamientos... ¡Y estamos en 1544! Todavía faltarían otros diez años de guerras en Alemania y en Flandes. Porque, en efecto, se hizo la paz con Francia —la paz de Crépy — y, al punto, en 1545, se inició el Concilio de Trento y con él la perspectiva de dominar el

protestantismo alemán por la fuerza de las armas. Con lo cual nuevas imposiciones sobre el humilde pechero castellano. Pero ¿lo podría sufrir? Es cuando Felipe II informa a Carlos V y le dice toda la verdad: la situación en Castilla no podía ser más desesperada y no venía a cuento que se recordara lo que Francia había dado a su Rey para que afrontase su política exterior: ... porque demás que la fertilidad de aquel Reino es tan grande que lo puede sufrir y llevar, la esterilidad destos Reinos es la que V.M. sabe, y de un año contrario queda la gente pobre de manera que no pueden alzar cabeza en otros muchos. El Príncipe defiende a Castilla, sus usos, sus costumbres y privilegios: Cada reino tiene su uso y en aquél es la costumbre servir de aquella manera, y en éstos no se sufriría usar de la misma, porque también se ha de tener respeto a las naciones... En todo caso, la miseria en que había caído Castilla era algo que encogía el ánimo, pues todo amenazaba perderse. El pueblo, la sufrida gente de Castilla, no podía más. Pocas veces unos consejeros —a través de su Príncipe— hablaron tan valientemente al Emperador: ... la gente común, a quien toca pagar los servicios, está reducida a tan extrema calamidad y miseria que muchos andan desnudos sin tener con qué se cubrir. Y es tan universal el daño que no sólo se extiende esta pobreza a los Vasallos de V.M., pero aún es mayor los de los señores, que ni les pueden pagar sus rentas, ni tienen con qué. Una general miseria se

extendía por el país. Los jueces no daban abasto a perseguir a los deudores, todo amenazaba ruina: Y las cárceles están llenas y todos se van a perder194. Carlos V, en su ansia de conseguir dineros de

donde fuese, había llegado incluso a la idea de hacerse con los que venían de Indias para particulares, lo cual era un abuso tan notorio que Felipe II protesta. Eso hubiera sido ... en

grandísimo daño destos Reinos y [la] total destructión y perdición de los mercaderes y de muchos particulares pobres y viudas, cuyos dineros traen [los galeones]...195 ¿No estamos ante la Castilla

que alumbró al Lazarillo de Tormes? Es también la que se refleja en el Memorial de Luis de Ortiz. ¡Cuántas veces he estudiado su texto, desde que decidí publicarlo allá hacia 1956, hace por lo tanto más de cuarenta años! Porque lo cierto es que mucha gente hablaba ya de él, pero la mayoría — como ocurre con tanta frecuencia— sólo de oídas, pues aún permanecía inédito. Se sabía, eso sí, que había varias copias, dos de ellas en la Biblioteca Nacional (sección de manuscritos). Y una mañana de enero yo trasladé mi máquina portátil a la Biblioteca Nacional, donde un buen amigo, don Ramón Paz, me ayudaría poniendo a mi disposición una mesa en un rincón aislado. Y

asombroso: pese a que se publicó en 1957 en la revista Anales de Economía, pese a que seis años más tarde lo recogería en el Apéndice documental inserto en mi libro Economía, Sociedad y

Corona, para muchos pasaría desapercibido196. Ahora bien, en algo fue útil mi trabajo, pues serviría

de base para los estudios que entonces estaba haciendo Pierre Vilar sobre la España del

Quinientos197. El Memorial, presentado al Rey por aquel contador de Burgos en 1558 —como si

esperara del nuevo monarca la solución de los problemas que estaban dañando a la Monarquía—, parte de un hecho evidente: que los paños extranjeros podían competir con los nacionales, tanto en precio como en calidad, pese a que empleaban la lana de la oveja merina castellana. Es más, afanados por sacar un rendimiento inmediato a esa lana, el mercader castellano la vendía al mejor postor, que siempre era un extranjero, para comprar después los paños manufacturados; esto es, se vendía por uno y se compraba por diez, con un desequilibrio de la balanza de pagos que hacía que se fuera al extranjero buena parte del oro que llegaba de las Indias; un oro —nervio de la guerra— que así servía para que ese extranjero hiciese la guerra a España. Luis de Ortiz es un testigo de la hora histórica de su patria. Conforme a una reflexión sacada de la tradicional historiografía, los

imperios del mundo habían ido pasando empujados por la rueda del tiempo hacia Occidente: Persia, Grecia, Roma. Ahora —el ahora del hombre del Quinientos— le tocaba a España. Pero, en ese mismo sentirse imperiales, sentirse testigos y personajes con protagonismo activo de tal imperio, estaba por lo mismo ya la semilla de la duda, de que el girar de la rueda haría, acaso en poco tiempo, que ese imperio se escapase de España. Y ése sería el afán de Luis de Ortiz, encontrar la fórmula que pudiese bloquear la rueda del tiempo, manteniendo a España en la cima del poder: ... España es la que falta en el mundo por tener el supremo mando e ymperio, y que desde que

començó a reinar la magestad del Emperador Carlos Quinto deste nombre, se començó. Y para que éste no sólo se conserve en estos Reinos, mas dure perpetuamente, he dado principio a ello...198 Luis

de Ortiz es un patriota, es un gran enamorado de España. Y tanto, que le lleva a unas loas, acaso por encima de las conocidas Hispaniae laudes medievales. De entrada, juzga a su tierra más fértil que la de Francia, cosa tan lejos de la verdad, y tan en contra del sentir general, como ya hemos visto en las cartas de Felipe II a Carlos V de 1544. Y hasta tal punto, nos dice, que simientes que en otras alejadas tierras eran malignas y aun venenosas, en España se acomodaban y se convertían en benignas: así los duraznos. Sus aires eran «buenos y sanos por todas partes». Y si así era la tierra, ¿qué decir de los hombres? Es cierto que los más de ellos vivían ociosos. ... sin letras ni oficios mecánicos... Pero ¡cuán sufridos y templados! ¡Cuán hechos para la guerra! ¡Cuán secretos! ... los ánimos aparejados para morir por su ley y por su Rey... Y a partir de ese momento, Luis de Ortiz nos presenta su plan. Básicamente el largo memorial, cuya copia de 73 folios se conserva en la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid, está centrado en tres grandes cuestiones: cómo mejorar la balanza de pagos, con una adecuada política aduanera; cómo

desarrollar la economía —llevando pareja una reforma social, acaso el punto más interesante—, la mejora del comercio exterior, el impulso a la economía interior y la confirmación del predominio en la zona del mundo que, a juicio de Luis de Ortiz —y no era el único de su tiempo que así pensaba —, afectaba más a España: el Mediterráneo. En cuanto a la balanza de pagos, el razonamiento de Luis de Ortiz era claro: había una fuerte descompensación porque se exportaban materias primas de gran valor —lana, seda, hierro— y se importaban después los productos manufacturados, que los artesanos de otras naciones hacían precisamente con esas mismas materias primas, y con tal desventaja, que lo que se vendía por uno, se compraba después por valor de diez, de veinte y hasta de ciento. Entendido está —señalaba Luis de Ortiz— que de una arroba de lana que a los

extranjeros les cuesta quince reales, hacen obraje y tapicerías y cosas labradas fuera de España, de que vuelven dello mismo a ella, valor de más de quince ducados... Y tal ocurría lo mismo con la seda y con el hierro. Y así salía el dinero del reino, lo que llevaba a Luis de Ortiz al triste

comentario: ... que, cierto, en esto y en otras cosas, nos tratan peor que a indios...199 ¿Cómo

remediarlo? El Rey lo tenía en la mano: con un estricto control aduanero: Y el remedio para esto es vedar que no salgan del Reino mercaderías por labrar, ni entren en él mercaderías labradas...200 ¿Tan

sencillo como eso? No, porque ello obligaba a una profunda transformación social e incluso mental. Desterrar el ocio, convertir al español, fuere cual fuere su condición social, en un laborioso

artesano. Lo que a su vez obligaba a una reforma legislativa, ya que los oficios mecánicos estaban menospreciados por las leyes del reino. Luis de Ortiz llega tan lejos, en sus afanes reformadores de la sociedad, que pretende que los oficios mecánicos fueran aprendidos y ejercitados por toda la juventud, por la España del mañana, sin excluir ni siquiera a la alta nobleza. ¡Pura quimera! Se ha de mandar que todos los que al presente son nacidos en estos años, de 10 años abajo, y los otros que nacieren de aquí adelante para siempre jamás, aprendan letras, artes o oficios mecánicos, aunque sean hijos de Grandes y de caballeros y de todas suertes y estados de personas...201 Sin duda, Luis de

Ortiz se dejaba llevar aquí de su afán por mejorar la riqueza nacional, sobre la base que el primer factor a tener en cuenta es el mismo hombre. Quiere trabajadores para la industria —en especial, la