Xavier Albó
2. EJES TEMATICOS
2.2. Desarrollo rural
2.2.1. El paradigma “modernizador”
Luego de la segunda guerra mundial (1939-1945) se extendió por todo el mundo una visión modernizadora del desarrollo rural de pretensión uni- versal caracterizada entre otros, por un llamado general a la adopción de tecnología moderna, el privilegio del conocimiento técnico-experto, el in- cremento, especialización y estandarización de la producción agrícola, y la medición del desarrollo con indicadores puramente económicos.
En esta visión, desarrollo rural es sinónimo de crecimiento económi- co. La economía se concibe en términos duales, la ciudad y la industria son percibidas como dinámicas y productivas y lo rural y agrícola como estáticos y retrasados. Los campesinos eran vistos como flojos e igno- rante y la modernización como la única vía de sacarlos de su atraso y pobreza. Esta dualidad solo podía ser superada mantenimiento niveles de producción y crecimiento constantes a través de la modernización agrí- cola. De hecho Rostow ([1960] 1990), uno de los principales propulsores de la teoría de la modernización planteaba que las sociedades tradiciona- les podrían superar su retraso y alcanzar los niveles de crecimiento de los países mas desarrollados si mantenían un crecimiento anual del 5 %.
El paradigma de la modernización planteaba una visión homogeneizadora del desarrollo rural insensible a las diferencias cultu- rales. Las mismas soluciones, transferencia de tecnología, mecaniza- ción agrícola, construcción de infraestructura agrícola, extensión agrí- cola, etc., eran planteadas para problemas diversos y complejos inde- pendientemente de los contextos. Una consecuencia de esta visión homogeneizadora fue el rechazo de todo conocimiento y tecnología endógena, local y tradicional desarrollado por los propios campesinos e
indígenas, o en el mejor de los casos vistos como elementos decaden- tes y folklóricos destinados a desaparecer, o a integrarse en el proceso modernizador.
Desde este paradigma, la diversidad rural, tanto cultural como ecológica de los países latinoamericanos es vista como obstáculo por las políticas agrarias iniciadas desde la Revolución Mexicana en la región a inicios del siglo XX (Bardegue, 2007: 3). En el caso de Boli- via, la diversidad cultural expresada en la fuerte presencia indígena es vista como el gran obstáculo al desarrollo rural y nacional. El pro- yecto de modernización “mestizo-criollo” sustentado por gobiernos liberales, nacionalistas, militares y neoliberales, plantea que los indí- genas deberían abandonar su identidad e integrarse a este proyecto como campesinos.
El paradigma modernizador proporcionó el molde sobre el cual se desarrolló la futura reflexión y practica del desarrollo rural. En conse- cuencia la visión y practica del desarrollo rural entre la década del 50 y la actualidad, con diferentes énfasis, básicamente siguió las huellas puestas por el paradigma de la modernización: superar el retraso y la pobreza del espacio rural y alcanzar el crecimiento económico a través de su integración en el proyecto de la modernidad, que sigue vigente en amplios círculos de América Latina y el mundo incluidas muchas agen- cias internacionales de desarrollo.
De todos modos, el modelo no ha tenido un proceso unilineal, sobre todo por cuestionamientos tanto internos como externos en cuanto a sus principales actores, objetivos y sectores beneficiarios. Limitándo- nos al caso del desarrollo rural, los actores fundamentales fueron alter- nativamente el Estado y el mercado. Los objetivos del desarrollo rural alternaron entre el fortalecimiento de los sectores productivos o el de los sectores sociales. En los 60s el énfasis estuvo más en productivo y el actor fundamental fue el Estado. Debido a la crítica a los límites del crecimiento y la degradación ambiental, en los 70s se dio cierto énfasis a los sectores sociales, expresado en la participación campesina en el desarrollo rural integrado. En los 80s el énfasis volvió a lo productivo pero esta vez liderado por las fuerzas del mercado. Finalmente desde los 90s hasta la actualidad se tiende a buscar un balance entre lo pro- ductivo y lo social y entre Estado y mercado. Esto es lo que se ha
venido a denominar el Consenso de Washington para alcanzar el creci- miento y superar la pobreza. (Ashley y Maxwell, 2001).
Estas oscilaciones muestran ya cierta conciencia de las falencias del modelo, las cuales han sido a su vez objeto de mayores cuestionamientos teóricos como los que, a un nivel más general, fueron recopilados en Sachs (ed. 1992, 1999).
En esta misma línea cuestionadora en las dos siguientes secciones brevemente nos referimos a dos vertientes complementarias hacia un paradigma alternativo: desarrollo sostenible y desarrollo humano. 2.2.2. Desarrollo sostenible
Los efectos ecológicos y socio-culturales del desarrollo homogeneizador y el incumplimiento de la promesa del crecimiento eco- nómico sostenido por el paradigma modernizador, dieron lugar sobre todo desde la década de los 60s a la articulación del paradigma sostenible del desarrollo. Para dar cuenta de los efectos ecológicos adversos del desa- rrollo modernizador se han planteado una enorme cantidad de visiones de sostenibilidad. Estas visiones, sin embargo, pueden agruparse en dos: la visión ecológica y la visión antropocéntrica. La primera enfatiza la sostenibilidad en el tiempo de los sistemas bio-físicos y ecológicos (WCS 1980), y la segunda, la dimensión intergeneracional o sostenibilidad, en el tiempo del uso y acceso de los recursos naturales para generaciones futuras de la humanidad (Comisión Brundtlandt, 1987). En cierto sentido estas distintas visiones reproducen abordajes a la sostenibilidad realiza- das desde las ciencias naturales y desde las ciencias sociales respectiva- mente: ambas visiones coinciden en buscar el equilibrio en los intercam- bios entre las sociedades y sus ambientes naturales. Sin embargo en las instancias decisorias se ha ido dando más importancia a la vertiente bio- física ecológica, por considerar que las raíces de la preocupación antropocéntrica son bio-físicas.
Si bien las ideas de sostenibilidad comenzaron a plantearse desde la década de los 60s, recién a partir de los años 90s comenzaron a ser incorporadas en la teoría y practica como objetivos y mecanismos de planificación del desarrollo. Hitos fundamentales en esta dirección han sido las cumbres de protección al medioambiente en Río (1992) y Kyoto
(1997) donde los gobiernos asumieron compromisos sobre todo en la vertiente más ecológico-técnica del problema.
El principal logro del paradigma de la sostenibilidad es haber introdu- cido una preocupación por las consecuencias presentes y futuras de las acciones del desarrollo, pero en la practica poco se ha logrado todavía en términos de sostenibilidad ecológica y generacional. Diversos factores han contribuido a estos resultados limitados. Uno de ellos, relacionado con el tema que nos compete, es el hecho de que las ideas de sostenibilidad fueron absorbidas e incorporadas dentro del modelo de desarrollo modernizador y su énfasis en el crecimiento económico. Es significativa, por ejemplo, la reticencia de Estados Unidos a suscribir el protocolo de Kyoto. Un tema recurrente y pendiente es el de la complejidad técnica y alto costo de las soluciones propuestas. ¿Quién pagará la factura?
En Bolivia los planteamientos de desarrollo rural no han estado aje- nos de toda esta problemática. Ante todo, la vocación extractiva de re- cursos naturales, primero mineros y ahora también hidrocarburíferos, tuvo siempre graves repercusiones para el desarrollo rural agropecuario y silvícola. Por otra parte, en este último existen también preocupaciones semejantes al nivel interno. Por ejemplo, entre la agroindustria y los pe- queños productores, o por el sobre uso de recursos con el crecimiento demográfico.
En el desarrollo rural, la complementariedad entre la visión más bio-ecológica y la más antropocéntrica queda expresada en Bolivia, por ejemplo, en las conclusiones de una plataforma interinstitucional de reflexión colectiva sobre Desarrollo sostenible en los Andes19. En
ellas afirman que éste sólo será tal si se toman en cuenta de manera simultánea y complementaria seis componentes íntimamente relacio- nados entre sí, a saber: ambiental, económico, tecnológico, social, organizativo y cultural20.
19 Plataforma de contrapartes de NOVIB en Bolivia (García Mora, ed. 1999: 138-140). 20 El hecho de que aparezca ya un componente “cultural” es un avance con relación a
otras propuestas; pero al tomarlo apenas como uno de seis componentes, refleja toda- vía la concepción bastante limitada de la cultura y de su rol en las propuestas prevalentes de desarrollo. En realidad, visto desde la concepción más amplia de cultura adoptada en esta propuesta, es claro que hay una fuerte presencia cultural en cada uno de estos seis componentes.