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El quinto elemento

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El dinero es uno de los materiales primordiales con que la humanidad diseñó la civilización.

Lewis Lapham

La palabra más antigua de la que hay registros en la literatura europea es el antiguo vocablo griego para la ira, en el comien­

zo de La Riada. En castellano, solemos traducir esa primera

línea así: “Canta, oh, musa, a la ira del gran Aquiles”, pero el texto original parte con la palabra equivalente a “ira”, “cólera” o “furia”, y esa emoción en particular se transforma en la más relevante en el recuento de Homero de la guerra de Troya, esos diez años de conflicto en que los griegos estuvieron sacrificán­ dose, eliminándose, martirizándose, violándose, mutilándose y esclavizándose entre sí. Todos esos individuos, guiados por la ira, vivieron en lo que los modernos académicos denominan la época heroica u homérica, al filo de los grandes imperios anti­ guos. Seguramente su mundo se habría sumido en las tinieblas de la historia de no haber sido por los dos grandes poemas

épicos griegos, La Riada y La Odisea de Homero, que supusie­

ron la iniciación del registro que la civilización ha llevado a contar de entonces de su propia y fatídica evolución. Los grie­ gos que Homero nos presenta en su obra eran guerreros, no comerciantes. Los héroes de sus obras orientaban sus vidas ha­ cia la guerra, incursionando contra sus vecinos y defendiendo el honor de sus familias. Homero describió, con gran viveza de detalles, las armas de sus héroes, la armadura que empleaban, los diseños en sus petos y cada implemento del que se valían en la batalla. Describió la belleza de sus embarcaciones, pero tam­ bién refirió en tono adusto el punto en que la lanza entró en la cabeza de un guerrero y el punto por donde la abandonó, y

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cuánto lloraron en sus exequias la madre y la esposa del gue­ rrero caído.

El dinero no desempeña ningún papel en los poemas épi­ cos de Homero, como no tenía ninguna función aparente en las vidas de sus héroes. Para emplear los términos de Voltaire, “puede que Agamenón tuviera un tesoro, pero ciertamente carecía de dinero”. El comercio no aparece en la poética de Homero, en la que los individuos persiguen el honor, no la riqueza; imponían su voluntad sobre otros y a cualquier costo. No negociaban, ni adquirían compromisos o argüían respecto del valor de los bienes mundanos. Los más fuertes exigían que los bienes les fueran donados como tributo para utilizarlos en sus campañas; no se rebajaban a disputar con los tenderos.

Los palacios fortificados, como el de Agamenón en Micenas y el de Príamo en Troya, constituían el centro de la vida co­ munitaria en Grecia durante la era homérica, y los mercados no figuraban como lugares de importancia. Cada ciudad se afanaba en producir tantos bienes como pudiera, de modo de comerciar lo menos posible con otras ciudades. En sus mo­ mentos de esparcimiento los héroes homéricos cazaban, feste­ jaban y realizaban juegos rituales de guerra.

Homero no brinda ningún indicio de reflexión o de auto- conciencia en sus héroes. Sus ideas e impulsos provienen de un anhelo hondamente arraigado de incrementar su honra personal o bien como una inspiración súbita, susurrada en sus oídos por los dioses. Los héroes homéricos eran individuos apasionados, más que el tipo de individuo moderado que tan­

to admiraba la Grecia clásica. La frase gnothi seauton (“conóce­

te a ti mismo”), que luego se convirtió en el lema de los griegos de la época clásica, de la época dorada de Atenas, casi no hubiera tenido significado para Aquiles, Ulises, París, Héctor, Agamenón, Príamo y los demás héroes homéricos. Eran hom­ bres de acción, no espíritus reflexivos.

¿Cabe acaso imaginar a Ulises volviendo a su hogar tras diez años de aventuras y abriendo una tienda de cerámicas,

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swpervigilando una granja o inaugurando una tienda de vi­ nos? Como otros héroes homéricos, Ulises se divertía con las entidades divinas, peleaba contra monstruos horrendos, bebía a destajo, seducía a las mujeres (divinas y mortales) y vivía junto a otros héroes como él, en un juego eterno de defender e incrementar su honra. El comercio tenía escaso significado para Ulises y sus camaradas, pues su mundo desconocía el dinero.

Pese a desconocerlo, fue precisamente muy cerca de los muros de Troya que nació el dinero. Fue allí, en el pequeño reino de Lidia, que los seres humanos produjeron las prime­ ras monedas y allí donde se inició la primera gran revolución monetaria. Una revolución que habría de tener un mayor impacto en nuestro mundo que todos los héroes de la antigua Grecia.

Rico como Creso

Durante ese mismo milenio, varios reinos surgieron, florecie­ ron y decayeron en la costa jónica y en las islas adyacentes. Y cada uno dejó como herencia algo que sus vecinos y sucesores adoptaron. De las muchas y grandes civilizaciones que flore­ cieron y se marchitaron en la antigua Anatolia, la de Lidia no es, ciertamente, de las más conocidas. Los lidios hablaban una lengua europea y vivieron en Anatolia después del 2000 a.C, mas o menos. Constituían un pequeño reino gobernado por la dinastía mermnadae, que se había originado en el siglo séptimo, pero, aun en su apogeo, el reino lidio fue poco más que una ciudad-estado más desarrollada que otras y que se había expandido en las afueras de Sardes. Los monarcas lidios no eran celebrados en los mitos o las canciones como grandes guerreros, conquistadores, edificadores o incluso amantes.

Los nombres de las dinastías y los reyes han llegado hasta nosotros a través de las tablillas hititas y los libros del histo­ riador griego Herodoto, pero de la antigua Lidia se conoce tan sólo un nombre: el de Creso. “Tan rico como Creso” es

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una expresión habitual en el inglés moderno, el turco y

otros

idiomas.

Creso ascendió al trono lidio en el 560 a.C. y gobernó un reino que era ya muy rico. Sus antepasados habían dejado una base económica muy firme para el bienestar del reino, fabri­ cando algunos de los mejores perfumes y cosméticos del mun­ do antiguo; con todo, por sí solas esas mercancías hubieran sido incapaces de incrementar la riqueza de Creso a los nive­ les que el mito le atribuye. Para ello se sirvió de otra inven­ ción de sus antepasados: las monedas, una nueva y revolucionaria forma de dinero.

En Mesopotamia, China, Egipto y otros muchos lugares del mundo antiguo pueden hallarse elementos parecidos al dinero e instancias parecidas al mercado, pero, en rigor, en ninguno de ellos se utilizó verdaderamente la moneda hasta el surgimiento de Lidia y el subsiguiente acuñamiento de las primeras monedas, ocurrido entre el 640 y el 630 a.C.1 El genio de los monarcas lidios consistió en reconocer la necesi­ dad de lingotes muy pequeños y fácilmente transportables, equivalentes a no más de unos pocos días de labor o una pequeña fracción de una cosecha. Al confeccionar esos lingo­ tes más reducidos, de un tamaño y peso estándar, y al impri­ mir en ellos un emblema que indicaba su valor incluso a los analfabetos, los reyes de lidia ampliaron exponencialmente las posibilidades de cualquier empresa comercial.

Las primeras monedas que confeccionaron fueron de elec­ tro, una aleación de oro y plata de color ámbar que se da en la naturaleza. Convertían el electro en fichas ovaladas, varias

veces más gruesas que las monedas actuales o equivalentes en

tamaño al tercio superior de un dedo pulgar adulto. Para garantizar su autenticidad, el rey hacía estampar en cada una de ellas su emblema, una cabeza de león. El proceso de estam­ par el sello aplanaba las unidades, iniciando de ese modo su transición desde un trocito ovalado a una moneda plana y circular como las actuales.

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Al elaborar los trocitos del mismo peso y, por ende, de aproximadamente el mismo tamaño, el rey eliminaba una de _ las fases más engorrosas del comercio; la necesidad de pesar el oro cada vez, en cualquier transacción que se hacía. De ahora en adelante, los mercaderes podían estimar el valor a simple vista o bien contabilizar el número de monedas. Esa estandarización redujo en buena medida la posibilidad de ha­ cer trampas con la cantidad o la calidad del oro y la plata en cualquier intercambio. Uno no precisaba ser un experto en el manejo de una escala o en el arte de valorar la pureza del metal para adquirir una cesta de trigo, un par de sandalias o un ánfora de aceite de oliva. El empleo de monedas que ha­ bían sido pesadas y estampadas con un sello en el taller real hacía posible que el comercio fluyera más rápida y más hones­ tamente y le permitió a la gente participar incluso si no dispo­ nía de una escala de medidas. El comercio con monedas abrió nuevas posibilidades a nuevos segmentos de la población.

La riqueza de Creso y de sus antepasados no surgió de las conquistas militares sino del comercio. Durante su reinado (560-546 a.C.), creó nuevas monedas de puro oro o pura plata en lugar de las de electro. Empleando sus monedas recién inventadas como un medio estandarizado de intercambio, los mercaderes lidios negociaban las necesidades cotidianas de la existencia -granos, aceite, cerveza, vino, cuero, cerámica y ma­ dera- y también mercancías de lujo, como perfumes, cosméti­ cos, alhajas, instrumentos musicales, cerámicas vidriadas, figurillas de bronce, lana mohair, telas purpúreas, mármol y marfil.

La variedad y abundancia de bienes comerciales condujo rápidamente a otra innovación: el mercado minorista. En lu­ gar de permitirle a ciertos compradores que localizaran a al­ guien con disponibilidad de aceite o de joyas para la venta, los monarcas de Sardes establecieron un sistema nuevo e innova­ dor en el que cualquiera que tuviera algo que vender, incluso un extraño, podía acudir a un mercado central. Numerosos

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pequeños negocios se alineaban en el mercado y cada corneé ciante se especializaba en determinadas mercancías. Uno veri* día carne y el otro ofrecía granos. Uno vendía joyería, el otro ropas. Uno instrumentos musicales, otro cacerolas. Dicho sis­ tema de mercado se originó a finales del siglo séptimo a.C., pero sus herederos subsistirían, en el ágora griego de etapas posteriores, en las plazas medievales y ferias de la Europa

septentrional y en los malls comerciales del moderno Estados

Unidos.

El mercadeo se volvió tan relevante para los lidios que

Herodoto los calificó como una nación de kapeloi, que signifi­

ca “mercaderes” o “vendedores” pero con alguna connotación negativa equivalente a “mercachifles” o “charlatanes”. Hero­ doto apreció que los lidios se habían convertido en una na­ ción de tenderos. Habían transformado el simple intercambio y el trueque en un verdadero comercio.

La revolución comercial en la ciudad de Sardes provocó grandes cambios en toda la sociedad lidia. Herodoto informa con gran asombro de la costumbre lidia de permitir que las mujeres escogieran a sus esposos. A través de la acumulación de monedas, la mujer se volvió libre de conformar su propia dote y así disponía de mayor libertad para escoger a un esposo.

Muy pronto se incorporaron nuevos servicios al merca­ do. No había pasado mucho tiempo desde los primeros ne­ gocios y tiendas cuando algún espíritu emprendedor montó una casa especializada en servicios sexuales para los muchos varones involucrados en la actividad comercial. Los prime­ ros burdeles conocidos se edificaron en la antigua Sardes. Al parecer muchas mujeres solteras de Sardes trabajaron en los burdeles el tiempo suficiente para asegurarse el dinero requerido para realizar el enlace matrimonial que anhela­ ban.

A ello le siguieron muy pronto las apuestas, y a los lidios se atribuye el haber inventado también los dados. Las excava­ ciones arqueológicas indican claramente que las apuestas y

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los juegos de azar, como los que utilizaban huesos de los nudi­ llos, proliferaron en el área en tomo del mercado.

El comercio dio pie a la fabulosa riqueza de Creso, pero el monarca y las familias más escogidas de Lidia malgastaron su fortuna, desarrollando una gran afición por los bienes lujosos en una auténtica escalada consumista y suntuaria. Cada fami­ lia buscaba, por ejemplo, edificar un sepulcro más grande que el de las familias a su alrededor. Y los decoraban con marfil ornamental y mármoles, realizando costosos funerales, ente­ rrando a sus deudos con cintillos de oro, brazaletes y anillos. En lugar de generar más riqueza, estaban destruyendo la que sus antepasados habían acumulado. La elite de Sardes se valió de su novedoso bienestar para el consumo en lugar de rein- vertirlo en la producción.

\ En última instancia, Creso dilapidó su riqueza en los dos pozos sin fondo habituales del consumo conspicuo entre los monarcas de la época: las grandes edificaciones y los grandes ejércitos. Conquistó y edificó, en suma. Empleó su vasta fortu­ na para conquistar casi todas las ciudades griegas de Asia Me­ nor, incluida la grandiosa Efesos, que reedificó en un estilo incluso más fastuoso. Aun cuando era lidio, desarrolló gran afición por la cultura griega, incluidas su lengua y su religión. Suerte de helenófilo, gobernó las ciudades griegas con mano blanda.

En un célebre episodio de la historia griega, Creso consul­ tó al oráculo griego de Apolo para averiguar cuáles eran sus auténticas posibilidades en una guerra contra Persia. El orácu­ lo le replicó que, si atacaba a la poderosa Persia, un gran imperio caería. Creso entendió la profecía como propicia y atacó a los persas. En la sangrienta campaña que va del 547 al 546 a.C., el imperio que cayó fue, precisamente, el gran impe­ rio mercantil de los lidios. Ciro derrotó sin dificultad al ejérci­ to mercenario de Creso y luego marchó sobre la capital lidia.

Mientras el ejército persa saqueaba e incendiaba la rica ciudad de Sardes, Ciro se mofaba del monarca derrotado jac­

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tándose de lo que sus soldados estaban haciéndole a la ciudad y a las riquezas del gran Creso. Este respondió: ‘Ya no es mía. Nada de esto me pertenece ya. Es tu ciudad la que estás des­ truyendo y tu tesoro el que están saqueando”.

Con la conquista de Lidia por Ciro concluyó el reinado de Creso, su dinastía mermnadae se extinguió y el reino lidio desapareció de las páginas de la historia. Aun cuando los li- dios y sus gobernantes no volvieron a alzar la cabeza, el impac­ to de ese reino pequeño y relativamente desconocido ha persistido en forma claramente desproporcionada en relación con su tamaño y su papel relativamente menor en la historia antigua. Muchos pueblos circundantes adoptaron la práctica lidia de hacer monedas y el mundo mediterráneo asistió a una revolución comercial que se extendió por todo su ámbito, y particularmente hacia el vecino inmediato de Lidia: Grecia.

La revolución del mercado

Los grandes ejércitos de Persia conquistaron Lidia y muchos de los estados griegos, pero el sistema persa altamente centra­ lizado no podía competir con el nuevo sistema de un mercado basado en el uso de dinero. Con el tiempo, esos nuevos mer­ cados basados en el dinero se difundieron a todo lo largo y ancho del Mediterráneo y siguieron chocando con la autori­ dad de los estados tributarios tradicionales.

La gran lucha entre las ciudades mercantiles de Grecia y el imperio de Persia representó un choque entre el viejo y el nuevo sistema de crear riqueza; entre el sistema de mercado, basado en principios democráticos, y un sistema tributario basado en el poder autocràtico, un choque que se ha repetido varias veces en la historia, incluso hasta nuestros días.

Enriquecidos por sus mercados emergentes, los griegos desplazaron a los conservadores fenicios como los grandes mercaderes del Mediterráneo oriental. La revolución moneta­ ria gatillada por los reyes de Lidia dio por concluida la tradi­ ción heroica griega e inició la evolución que los convertiría en

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una nación inspirada en el comercio. Con la difusión de la moneda y el alfabeto jónico, surgió una nueva civilización en las islas griegas y a lo largo del continente anexo.

La acuñación de moneda dio gran ímpetu al comercio, al proveerlo de una estabilidad de la que antes había carecido. Las monedas se convirtieron, de modo literal, en una base con la cual se comparaban otras mercancías y servicios que ahora podían medirse y venderse con mayor facilidad. La mo­ neda brindó a los antiguos comerciantes, granjeros y consumi­ dores un medio de intercambio permanente que era fácil de almacenar y transportar. Esa facilidad de uso, la estandariza­ ción del valor y su duración como reserva para almacenar la riqueza familiar atrajo cada vez más gente hacia la nueva mer­ cancía.

Los atenienses de la época clásica tuvieron la ventaja de descubrir ricos depósitos de plata en Laurio, a unos cuarenta kilómetros al sur de Atenas. Las minas en cuestión produje­ ron plata desde el siglo sexto al siglo segundo a.C. Tenían en

promedio una profundidad de entre 22 y 45 metros y algunas

de ellas alcanzaban a cerca de 120 metros.

La especificidad de la cultura griega, en contraposición a la de Persia y Egipto, no descansaba en la autoridad fuerte de un estado apoyado por un gran ejército. Los griegos ni siquiera fueron capaces de unirse en un único estado; siguie­ ron divididos en una multiplicidad de ellos, cada uno apor­ tando en diverso grado al florecimiento económico y cultural de esta nueva tierra. El poder y la fuerza de Grecia jamás dependieron de las armas. No fue sino hasta después del apogeo de la civilización clásica que toda el área se unió bajo un único líder y un solo ejército, cuando el rey Filipo de la vecina Macedonia conquistó las ciudades-estado y su hijo Ale­ jandro efectuó su breve pero espectacular incursión militar, primero en torno del Mediterráneo oriental y luego en el subcontinente indio. La grandeza de Grecia fue un subpro­ ducto de la revolución monetaria y mercantil de Lidia, de la

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introducción del dinero, los mercados modernos y la distri­ bución mayorista y minorista.

El dinero posibilitó una organización de la sociedad en una escala mayor y mucho más compleja de la que hubieran hecho posible el parentesco o la fuerza. Las comunidades ba­ sadas en el parentesco tienden a ser de tamaño muy reducido: son facciones de sesenta a cien personas unidas a través del parentesco, o por el matrimonio, a facciones vecinas y simila­ res. La capacidad de los sistemas tributarios y del estado de organizar a los individuos resultó bastante más significativa que la del mero parentesco. Un sistema tributario podía in­ cluir fácilmente a millones de personas diseminadas en pro­ vincias y en varias clases sociales, administradas por una burocracia que contaba con un sistema de registros bien con­ solidado. El uso del dinero no requiere de la interacción cara a cara y las relaciones intensivas de un sistema basado en el parentesco. Ni requiere de sistemas administrativos, policíacos y militares de vasto alcance. El dinero se volvió el nexo capaz de relacionar a los seres humanos en bastantes más formas de