4 La Madre Josefa Hendrina Stenmanns
4.4. El sacramento del momento presente
Los años de práctica del rezo de jaculatorias y del rosario, el „Mantra“del occidente, y su gran deseo de entregarse a Dios como la “mínima”, la llevaron paulatinamente a la “oración in- cesante”. Sus expresiones ocasionales hacen deducir que le fue concedida la gracia de experimentar en forma constante la pre- sencia de Dios en su interior. Esta vivencia era fuente de paz y alegría, también cuando a causa de sus múltiples tareas y res- ponsabilidades ya no podía recitar jaculatorias y rosarios, pero le quedaba lo más importante, esto es, la sentida certeza de la presencia de Dios en su corazón. El aliento del Espíritu, im- pregnando totalmente a la Madre Josefa, se irradiaba de tal modo que era percibido también por los demás, era el clima que ella comunicaba a lo que hacía o asumía.
Como se mantenía siempre en la presencia de Dios, era capaz de vivir con totalidad el momento presente y actuar desde la situación dada, sin hacerse problemas por el futuro. En medio del duro trabajo y de los afanes, la Madre Josefa no se perdía en una excesiva actividad. Una Hermana atestigua lo siguiente: “Apreciaba el trabajo, pero incomparablemente
más la interioridad; nunca estuvo irritada, por más que los pro- blemas se acumularan. Todo su ser emanaba paz y armonía.”44 Con
el ahora de cada in- stante participamos en el eterno HOY de Dios. La Madre Josefa siendo atenta al hálito del Es- píritu se fue familiari- zando paulatinamente con su acción e inspira- ciones. Fue capaz de ver la realidad con la mirada de Dios, en la medida que esto es po- sible al ser humano. Vivió en verdad las pa- labras de Jesús: “No os preocupéis del maña-
na; el mañana se preocupará de sí mismo. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura.” (Mt 6, 33-34).
A ejemplo de Jesús que siempre vivió unido a su “Abba”, así la Madre Josefa en lo profundo de su corazón permaneció unida al “buen Dios”. En realidad era Dios mismo que, desde el amanecer hasta la noche, estaba presente en lo profundo de su conciencia. Era una presencia de indescriptible confianza, más profunda que el amor entre dos personas que en su tota- lidad se pertenecen mutuamente. De modo que pudo decir a las Hermanas: “Una devota mirada del corazón a Dios cada
44 Haltermann, Udo: Die Mission des guten Herzens, en:’ Geist und Auftrag’, número especial, 2/85, p. 16
Reloj en el pasillo de la Casa Madre de las Hermanas Misioneras de Steyl Señala cada cuarto de Hora con un toque, para recordar a las Hermanas la presencia de Dios.
vez que uno se acuerda, en esto consiste el caminar en presen- cia de Dios.”
Esta experiencia del Dios presente fue la que produjo la pro- funda unidad interior de la Madre Josefa. Por haber puesto en Dios su morada interior, pudo estar totalmente presente entre sus semejantes. No vivió en dos mundos, pues para ella el mundo de Dios era el mundo de los hombres. Podía mirar y va- lorarlos con los ojos de Dios. Porque era el mundo de Dios, por eso estuvo “ahí” en el mundo de deberes y desafíos cotidianos, totalmente presente en cada momento. Esta divina e inalterable presencia en ella, en momentos de gran alegría o gran dolor, estallaba con signos externos y visibles, en jaculatorias que tes- timoniaban y, al mismo tiempo, profundizaban ese “Sacra- mento del Momento Presente” que vivía en su interior.
Para la Madre Josefa “El Reino de Dios y su justicia” era algo muy concreto, esto es, la edificación de la incipiente Congre- gación y su expansión misionera. Era un objetivo al que estaba muy atenta para percibir las mociones del Espíritu y seguirlas fielmente. Su misma vida, sus deseos e ilusiones, quedaron to- talmente relegados. Como si ya no existieran. Los intereses del Señor y su Reino la absorbían, y así, perdiéndose a sí misma se realizó en el pleno sentido de la palabra. Por eso, pudo es- cribir a las Hermanas: “Oh, qué estupidez es tener toda clase de deseos. Vivamos de hora en hora, de día en día, y dejemos el futuro al buen Dios. Como Padre amoroso el cuidará de nos- otros.”45
En estas líneas, la Madre Josefa se pinta de cuerpo entero. Durante largos años, mejor dicho, toda su vida, confinó sus propios deseos y necesidades y encontró la paz en Dios. No tuvo otro deseo ni anhelo que no fuera la realización del Reino de Dios, en cuya expansión deseaba colaborar como misionera. Sus deseos eran los deseos del Señor y su Reino. Pudo vivir plenamente cada momento, porque estaba inmersa en el gran
hoy de Dios y allí estaba su hogar y su verdadera patria. Por eso pudo rezar: “¡Pronto está mi corazón, oh Dios, pronto está mi corazón!” Su única luz era la luz de la fe, y a través de ella, le fue posible conocer el valor o la nulidad de las cosas. Eso le posibilitaba pasar súbitamente de los sucesos cotidianos al plano de la fe.
Como vivía en constante relación con su buen Dios, esta unión a menudo se traslucía en sus palabras. No hacía falta que alguien le dijera que Dios era su padre amoroso y que toda su fuerza estaba en Él, porque lo estaba experimentando cada día de nuevo, llenándose de admiración y gratitud: “El Espíritu mismo da testimonio de que somos hijos de Dios” (cf Rm 8,16). No podía hacer otra cosa que hablar y escribir lo que estaba viviendo. Esta mirada contemplativa la capacitó a ver la acción de Dios en todos los acontecimientos y a entregarse a Él incondicionalmente. Y lo que ella vivía como contempla- tiva en la acción, quería verlo realizado en las Hermanas: “Pidan a menudo al Espíritu Santo el don de sabiduría y for- taleza. Sin lugar a duda, que el Espíritu Santo las iluminará para que puedan realizar el trabajo de tal modo que cada tarea sea una oración.”46