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El secreto de la verdadera educación

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Ya hemos hablado antes de la educación y su papel en el éxito. Hemos mostrado que varios de los diez hombres ricos que analizamos no se beneficiaron con una educación académica muy esmerada. Lo mismo ocurre con muchos millonarios, a tal puto que ciertos analistas llegan a preguntarse si los estudios no serán un obstáculo para el que quiere enriquecerse. Nosotros no iremos tan lejos. Además, para desalentar a los partidarios de esa hipótesis bastaría con citar el caso de John Paul Getty, que, como se recordará, fue diplomado de la prestigiosa universidad de Oxford, Inglaterra.

La instrucción académica no es en sí un mal, sobre todo en nuestra sociedad, donde la técnica y la ciencia alcanzan tal grado de refinamiento. Pero muchos autores han notado – al igual que muchos millonarios. Que puede encerrar ciertos peligros, el primero de los cuales sería que los estudios actuales son tan largos que demoran de manera inevitable el momento en que el hombre puede lanzarse al fin a la conquista del mundo y los millones. A veces se pierden años decisivos. El que comienza a los 18 ó 20 años en sus intentos de enriquecerse dispone en general de una ventaja inicial de cinco o seis años, si no más, con respecto al universitario, y más sobre cualquiera que desee proseguir estudios aún más especializados.

En su obra Los millonarios, Max Gunther observa: “Es notable comprobar cuán pocos, entre los muy adinerados, han ido a la facultad o incluso a la escuela secundaria. Clement Stone abandonó los estudios pues estimaba que no tenían nada que ver con la meta que se había fijado: hacer dinero. Howard Hugues, que tenía el tiempo y todo el dinero necesario para

CAPÍTULO 5

Saber lo que se hace

asistir a una universidad, rechazó la idea, considerándola una pérdida de cuatro años. William Lear ni siquiera llegó a la escuela secundaria. Si la existencia de estos hombres no permite hacerse una idea general, sin embargo trasluciría una verdad: en los Estados Unidos, la facultad clásica no enseña nada o bien muy poco de lo relacionado con los modos de hacer una fortuna”. Durante la Primera Guerra Mundial, Henry Ford fue tratado de pacifista ignorante por un periodista. Ford, insultado, decidió demandar al diario. Así es como Napoleon Hill cuenta esa anécdota tan instructiva: “Cuando el asunto pasó a juicio, los abogados del diario trataron de demostrar que Ford era un ser inculto y, para ponerlo en dificultades, le formularon numerosas preguntas sobre temas variados e inesperados. Por ejemplo: ‘¿Quién era Benedict Harnold?’, o ‘¿Cuántos soldados enviaron los ingleses a los Estados Unidos para sofocar la rebelión de 1776?’ Fue entonces cuando Ford replicó: ‘No conozco el número de soldados ingleses que vinieron como expedicionarios, pero oí decir que eran muchos más que los que volvieron a su patria’. Por último, excedido por el interrogatorio, lanzó a sus adversarios: ‘Permítanme que les recuerde que en mi oficina tengo una cantidad de botones eléctricos. Me basta apoyar el dedo sobre uno de ellos para que acuda el hombre que responderá a cualquier pregunta relativa al tema del que me encargo personalmente y al cual consagro todos mis esfuerzos. Ahora, ¿serían ustedes tan amables de explicarme por qué, con el único objeto de responder a las preguntas de ustedes, yo debo tener el cerebro lleno de cultura general cuando estoy rodeado de colaboradores que suplen cualquier laguna o desconocimiento de mi parte?’ La lógica de esta respuesta desarmó al abogado, y el público de la audiencia reconoció que las palabras de Ford eran las de un hombre inteligente e instruido”.

Los largos estudios pueden igualmente acarrear el riesgo de embotar una cierta audacia, un cierto sentido de la iniciativa, el gusto del riesgo, pues la cerebralidad y el análisis (a ultranza) se privilegian a menudo a expensas de la acción, al punto de engendrar a veces un verdadero inmovilismo.

En Los ricos y los super ricos podemos leer lo siguiente: “Los educadores que predican como es debido los beneficios de la instrucción tratan desesperadamente de demostrar, con la ayuda de estadísticas, que, en conjunto, los individuos instruidos pueden aspirara a salarios más elevados que los ignorantes. Esta afirmación es exacta cuando se trata de ejecutivos medios de una empresa cuyas operaciones totales exigen un personal

altamente calificado. En ese caso las remuneraciones varían en proporción con las responsabilidades y la productividad de cada uno. Pero nada es menos cierto en lo que concierne a los dueños de grandes fortunas. La instrucción puede ser, por el contrario, un serio hándicap para el que quiere convertirse en millonario”. Y el autor prosigue así: “En efecto, la educación suele desarrollar en el individuo una cierta propensión a los escrúpulos. Esto lo perciben vagamente los neoconservadores que reprochan a las instituciones escolares su tendencia comunista. Pero los escrúpulos constituyen un obstáculo casi infranqueable para el aprendiz de millonario, que en todas las circunstancias, debe mostrarse oportunista. Sin embargo, por ambicioso que sea, si durante años ha adquirido el hábito de presentar rendiciones de cuentas fieles, de hacer traducciones exactas y experiencias de laboratorio minuciosas, su temperamento queda inevitablemente marcado por esa disciplina. Si se lanza a la conquista de la fortuna en un mundo en que las contraverdades hipócritas, las promesas falaces, son moneda corriente, tendrá que adaptar su comportamiento al medio en el cual evoluciona. Aunque triunfe, el proceso de esta adaptación lo pone en condiciones de inferioridad ante los ignorantes que no deben derrochar su energía en esfuerzos de ese tipo y se apoderan de todo lo que se les cruza por delante sin la menor inquietud”.

No nos resta ahora más que aclarar que la educación también presenta ventajas positivas. Vivimos en una sociedad en la que un diploma puede abrir muchas puertas. Lo cual no significa, desde luego, que le asegurará el éxito. Pero a menudo le permite tener su primera oportunidad. Los conocimientos generales puede, además, ser de gran utilidad. Como el éxito siempre se relaciona con los demás, pues uno nunca se enriquece solo, el conocimiento de la psicología, la sociología, la historia, etc., permite ampliar la visión y perfeccionar el juicio. Pero hay que recordar que esos conocimientos no serán verdaderamente válidos más que en la medida en que sepa usarlos para sus fines. El punto más importante con respecto a la relación entre la educación y el éxito es el siguiente: SI BIEN MUCHOS

HOMBRES RICOS NO HAN ASISTIDO MUCHO

TIEMPO A LA ESCUELA, POR EL CONTRARIO

TODOS SIN EXCEPCIÓN, SE HAN CONVERTIDO EN

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