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El tren de los caracoles tiene doce estaciones

5 Boda en el frasco de pepinillos

6 El tren de los caracoles tiene doce estaciones

LLEGARON las vacaciones y todos, menos Juan

Chorlito, se marcharon de viaje. La mayoría se fue con sus madres al lago Garda. Jesusek, el que estaba en la segunda fila, fue a Oberammergau, porque allí tenía un tío. Y Nouge se fue a casa de su hermana mayor, en la ciudad.

Sólo Juan Chorlito se quedó en casa, porque su padre era pobre.

Pero no le preocupaba. Juan podía ir todos los días de excursión. Por ejemplo, al arroyo de los patos. Allí tiraba piedras a las hojas que flotaban sobre el agua y practicaba la puntería. O podía construir barcos de cortezas, ponerles velas de retales y dejarlos flotar hasta la otra orilla. A veces iba a la montaña de los enanos. No era demasiado alta, pero sí la más alta de los alrededores. Y eso era tan importante como si hubiera sido una montaña enorme rodeada de montañas más bajas. Desde allí podía contemplar el paisaje con su amigo invisible.

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Eso refuerza los ojos. La pupila se acostumbra a la distancia.

Una vez fue con Ibu-Ubu un poco más lejos, hasta el bosque.

Cuando llegaron a un claro, Juan Chorlito estaba cansado porque el camino era largo. Se sentaron bajo un pequeño abedul en medio del claro. Juan se echó bajo el árbol y miró al aire. Las nubes pasaban volando y las abejas zumbaban. En definitiva, era un día hermoso.

Ibi-Ubu estaba al lado de Juan Chorlito y observaba a los halcones. Juan miró a izquierda y derecha y vio que las hierbas eran más altas que él. Pasaban por encima de su cabeza. Los escarabajos se paseaban entre ellas. Escalaban por los tallos, volaban un poco y volvían a aterrizar. De repente, Juan vio que allí ocurría lo mismo que en el mundo, donde él tenía que ir al colegio.

Las hierbas eran los árboles; los escara-bajos, la gente; los ciervos volantes eran los pastores y las flores, las iglesias.

Y no pasó mucho tiempo hasta que el propio Juan Chorlito comenzó a retozar entre aquellos seres.

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Y, en aquel momento, él no era más pequeño, como ocurría en su clase, sino el mayor. Aquello era fascinante.

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Fue de aquí para allá. Todo lo observó; miró debajo de las hojas, por si encontraba algo que pudiera guardar. Y vio —no podía creer lo que veían sus ojos— un tren que bajaba por el tallo de una flor. Muy despacito. Delante, en el lugar de la locomotora, iba un caracol. El tren de los caracoles se dirigió hacia el árbol, frenó bruscamente —chirrió un poco, no muy fuerte— y se paró en seco.

¡Salgan, salgan del andén que ya ha llegado el tren!

El que quiera viajar ya se puede montar.

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Éstas fueron las palabras del caracol; y después silbó como una locomotora, pero mucho más bajito, claro.

Se abrieron las puertas y bajaron más de cien insectos. Las hormigas corrieron de un sitio a otro y se enredaron las patas unas con otras. Había escarabajos con sus hijos y más insectos de todo tipo. Se metieron entre los tallos y desaparecieron por los agujeros. Antes de que Juan Chorlito pudiera darse cuenta, se encontró

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en medio del revuelo que armaron los nuevos viajeros que se apiñaban ya en los vagones.

El caracol gritó;

Subid, subid, queridos amigos. Subid, subid, que ahora partimos. Tralarí, tralaré, traloró, tralará.

Si queréis volar, el abejorro os llevará. Si preferís viajar, conmigo venid.

Que se quede aquí el que no quiera ir.

Después se metió en su casa y se durmió.

Juan Chorlito no dejaba de admirarse ante cosas tan interesantes. Había, por ejemplo, un escarabajo que llevaba en la mitad de una avellana un poco de tierra. Tal vez quisiera visitar a unos familiares y les llevaba un recuerdo de su patria. A lo mejor sólo iba a su huerto y se llevaba la tierra para utilizarla como bancal. Algunos cargaban extraños bultos: objetos envueltos en pequeñas hojas, agujas de pino atadas con esmero para construir casas o hacer fuego. En definitiva, todo era como en una estación de verdad.

Y sin apenas darse cuenta, Juan Chorlito se encontró en un vagón del tren de los caracoles. Corrió a la ventana y llamó a Ibi-Ubu. Quería que fuera con él.

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—No —dijo Ibi-Ubu—. ¡Vete tú! Yo te esperaré aquí mientras observo los halcones.

—Está bien.

El caracol cantó:

De camino partimos.

El norte es nuestro destino. Ya nos pararemos cuando lleguemos.

Y enseguida el tren de los caracoles se puso en marcha. No iba muy rápido. Como es habitual en un tren de caracoles.

Juan observó a la gente de su compartimiento: un topo que llevaba un abrigo de piel un poco gastado, un viejo moscardón, jóvenes escarabajos peloteros y una abeja.

La mayoría era gente pobre que había ahorrado a base de sacrificios un poco de dinero para viajar una vez en su vida. ¡Por una vez no sería necesario utilizar sus propias alas! Estirar las piernas y viajar. Despacio y con comodidad.

El topo pensó que Juan Chorlito era un topo también. Seguramente por su peinado. Se restregó los ojos y dijo:

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—Sepa usted, señor topo, que yo me restregó los ojos antes de soñar, porque yo sueño cosas muy hermosas. Ahora mismo me pondré a dormir y soñaré. Y sería una pena si no tuviera los ojos limpios y no pudiera ver con claridad lo que soñase —y ya con las últimas palabras se le cerraron los ojos y se durmió.

La joven abeja sacó una pipa de cera de su cazadora de piel, la llenó con semillas que llevaba en el bolsillo y comenzó a fumar.

Los viajeros estiraron sus piernas y tomaron a raudales el sol que entraba por las ventanillas. Y el tren de los caracoles siguió calmoso hacia su destino.

En la primera estación no bajó nadie. En la segunda, tampoco. Y lo mismo ocurrió en la tercera.

Por fin, en la cuarta, el viejo moscardón dejó el compartimiento y dijo:

—Tengo que hacer trasbordo. Desde aquí volaré, sssss..., hasta Hamburgo —se elevó y se marchó volando.

Entre la cuarta y la quinta estación se armó un revuelo.

Intranquilidad en los vagones.

Los viajeros se deslizaban nerviosos de aquí para allá. Algunos saltaron por las ventanas y se fueron

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volando. Otros se colgaron de las puertas para que no los vieran desde dentro. ¿Qué ocurría?

Un herrerillo con uniforme azul pasó por los compartimientos.

—¡Billetes, por favor, billetes, señores! —estaba ya a dos vagones del compartimiento de Juan Chorlito—. Si lo desean, pueden adquirir el billete en este momento, señoras y señores.

Pero Juan Chorlito no tenía dinero, la verdad es que ni siquiera sabía con qué se pagaba allí. ¿Cuál era la moneda? Y antes de que pudiera pensar en alguna solución, se abrió la puerta y apareció el herrerillo: — ¡Señores, tengan la bondad! ¡Los billetes, por favor!

Sólo quedaba una posibilidad:

Juan Chorlito cerró los ojos para que el herrerillo no lo viera. Y en efecto, no lo vio. Revisó los billetes y se marchó.

En el compartimiento vecino la cosa no fue tan fácil. Un escarabajo pelotero quería pagar con un billete de mil hierbajos. Pero nadie tenía cambio.

—¡Mil hierbajos, por el amor de Dios! No, no, no —dijo el herrerillo—. En cuatro años no he conseguido reunir tanto dinero.

El escarabajo pelotero tuvo que bajarse y cambiar. ¿Encontraría a alguien?

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Y, para colmo, una cetonia dorada.

Se comportaba de forma muy elegante. Como si fuera la dueña de una mina de oro. Y el revisor hubiera cometido una impertinencia, ¡una verdadera in- so-len-cia!, exigirle una suma tan ridícula. ¿El señor revisor no veía el oro de sus alas?

—¡No, querida dama! —contestó el herrerillo—. ¡Conmigo no valen las artimañas! ¡Con ese oro no podría comprarse nada de nada!

La pelea continuó durante un rato y, al final, la cetonia dorada tuvo que bajarse.

El caracol cantó:

Tralarí, traloró, tralará.

¡Estación de las Hierbas Altas! Quien viva aquí, bájese ya. Si ésta es su casa, no siga más. Piii...

Después se paró, se refrescó junto al tallo de una flor, se metió en su casa y durmió un poco.

Lo mismo ocurrió en doce estaciones: Parque de Arándanos, Hojas Verdes y todas las demás.

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A veces, el caracol permanecía más tiempo parado y descansaba. Luego continuaba, siempre derecho. No había curvas.

Cuando Juan Chorlito bajó, estaba cansado y se durmió enseguida debajo de su árbol. Al despertarse, Ibi-Ubu estaba junto a él y observaba a los halcones.

Había sido un viaje precioso. Quizá el mejor en la vida de Juan Chorlito.

Cuando se acabaron las vacaciones, todos volvieron de sus viajes. Del lago Garda y de Oberammergau. Estuvieron mucho rato cotilleando en el patio del colegio y presumiendo de sus viajes: mostraron a todo el mundo sus pantalones tiroleses, sus higrómetros y los limones artificiales que habían traído de Italia.

A Juan Chorlito no le hacía falta ningún recuerdo. Su viaje había sido aún más emocionante que ir a Italia.

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7 Mil millas todavía para Texas

A VECES, Juan Chorlito vivía con su amigo invisible aventuras que era incapaz de explicarse porque eran extraordinarias.

Por ejemplo, un día en clase de pintura, el profesor dijo:

—Hoy vamos a dibujar, queridos niños, algo distinto. Dibujaremos a un amigo nuestro. A eso se le llama un retrato. Cada uno pintará a su mejor amigo, su hermano, primo o, en su caso, su padre. Poned todos los medios para que se parezca. ¡Ya podéis empezar!

Todos comenzaron a dibujar a su amigo, su primo o su padre.

Juan Chorlito pintó a Ibi-Ubu. Ibi-Ubu era su mejor amigo. Comenzó por la cabeza, le pintó el adorno de plumas y se dio cuenta de que Ibi-Ubu era demasiado grande y no cabía en una hoja sola. Por eso continuó en otra. El dibujo quedó precioso. Los mocasines tampoco cupieron en la segunda hoja. Por lo demás, todo quedó muy parecido.

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