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ELEMENTOS DEFINITORIOS

In document LA ECONOMÍA FEMINISTA COMO UN DERECHO (página 67-71)

DE LA ECONOMÍA FEMINISTA

 

Dra. Amaia Pérez Orozco

Investigadora en INSTRAW-ONU.España

¿Qué es la economía feminista?, ¿cuáles son sus elementos definitorios, aquellos que la distinguen de otras corrientes de pensamiento económico? Esta es una de las preguntas que plantearon las amigas de la Red Nacional de Género y Economía y que sirvieron como base para la rica discusión que sostuvimos a lo largo de dos intensos y emocionantes días de Febrero de 2010. Este texto no pretende dar una respuesta en el sentido de ofrecer una definición cerrada o incuestionable. Si hay algo que define a la economía feminista es su pluralidad y dinamismo1, además de ser una corriente de pensamiento económico relativamente joven y en pleno proceso de construcción colectiva. Por eso este texto pretende situarse sobre las elaboraciones que hemos ido haciendo, las certezas que vamos obteniendo, las dudas que llevamos a cuestas, los debates que nos entusiasman. Y lo hace desde un punto de vista fundamentalmente teórico2. Es decir, aborda la economía feminista en tanto forma de pensar del sistema económico: qué conceptos usamos, qué categorías analíticas, que metodología. Habla de economía feminista no como una forma de organizar el sistema económico, no como una alternativa para organizar los trabajos, el reparto de recursos, etc. Esto no significa decir que la economía feminista sea solo teoría, y que no haga una crítica de las estructuras económicas, o que no haga propuestas de cómo éstas deberían cambiar. Ni mucho menos: ¡la economía feminista es política desde el principio! Lo que significa es que este texto empieza hablando desde la forma en que miramos la realidad, y no desde las prácticas reales3.

El texto comienza abordando los dos elementos definitorios de la economía feminista en contraposición a lo que denominaremos enfoques económicos androcéntricos: la

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 O, en palabras de dos economistas anglosajonas, quizá la única característica fija de los análisis feministas es “que no 

hay que fiarse de ninguna lista definitiva de los principios de la economía feminista” (Scheneider y Shackelford, 2001: 

80). 

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 Se ha hecho igualmente un esfuerzo por dar una bibliografía amplia y variada, que estuviera mayoritariamente en 

español  y disponible en internet. 

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 El último día del Seminario hubo una sesión extra sobre economía social y solidaria (esta sesión no estaba 

planificada, sino que fue espontánea, producto del entusiasmo y de las ganas de aprovechar que estábamos juntas 

para pensar juntas). La economía social y solidaria podríamos decir, más o menos, que empieza justo al revés: es ante 

todo una práctica, una forma de organizar los trabajos y la producción, y de esa práctica luego se crea pensamiento y 

teoría (conceptos, métodos). En ese sentido, hablar de cómo se relacionan la economía feminista y la economía social y 

solidaria no es tanto hablar de si son enfoques sobre cuya complementariedad podamos discutir, ni de si son formas 

organizativas alternativas o complementarias, sino que más bien se trataría de usar nuestro enfoque de la economía 

feminista para pensar la economía social y solidaria que existe y se propone. En inglés lo tienen más fácil: a la 

economía como “ciencia” la llaman economics, y a la economía como sistema existente, “economy”. En español 

ampliación de la noción de economía para recuperar los trabajos no remunerados, y la consideración de que las relaciones de género son económicamente significativas. En segundo lugar, se establece una diferencia entre economía feminista y economía del género, según el grado en que cada una de estas corrientes rompe con los paradigmas androcéntricos. En tercer lugar, veremos la evolución y algunos de los principales debates en la economía feminista en torno a la epistemología subyacente, la metodología que utiliza, el sujeto del que parte y su ámbito de estudio. En cuarto lugar, señalaremos los principales hallazgos que se han ido haciendo, partiendo de esas dos bases fundacionales: la afirmación de que los hogares son las principales unidades económicas, la visión de la economía como un circuito integrado que desborda las esferas donde se mueve el dinero, y el conflicto latente entre el proceso de acumulación de capital y la sostenibilidad de la vida. Por último, se apuntan algunos de los retos que tenemos planteados todas aquellas personas que queremos construir teoría (¡y práctica, ahora sí!) económica feminista.

1.

Elementos Definitorios de la Economía Feminista 

 

La economía feminista tiene dos presupuestos fundamentales, que le otorgan cierta coherencia a pesar de la diversidad que ya hemos mencionado. En primer lugar, la consideración de que las relaciones de género son económicamente relevantes.

   

   

Toda política y proceso económico tiene lugar sobre un terreno marcado por las relaciones de poder de género, que marcan los límites de lo económicamente posible y determinan la forma que tomarán los procesos económicos. Pongamos un ejemplo simple: una política de recorte del gasto sanitario que reduzca los días de hospitalización solo es factible en la medida en que, sin explicitarlo, se dé por hecho que la persona convaleciente, al ser enviada a casa, vaya a recibir los cuidados que necesita4. ¿Por parte de quién? De alguna mujer de la familia, sin duda. Igualmente, los hospitales públicos que no lavan la ropa de las y los enfermos, ni les proporcionan la comida, ni tienen personal para vigilar cuando la sonda debe ser cambiada, están dando por hecho que hay familiares que se encargarán de todo ello. La adjudicación a las mujeres del rol de cuidadoras gratuitas, siempre disponibles, es una de las

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 El papel del trabajo no remunerado en el sistema sanitario puede verse en Gómez Gómez (1994) y Durán (2002). Un 

vistazo rápido a este asunto en la Hoja Informativa de la Organización Panamericana de la salud 

construcciones básicas de género que subyace al funcionamiento de la economía. Pero hay muchas más: por ejemplo, al entender que el salario de las mujeres es un complemento a los ingresos familiares se legitima el pagarles menores salarios; esto es esencial para el éxito de muchas empresas manufactureras que producen para la exportación mediante el uso intensivo de una mano de obra feminizada (maquilas, entre otras) y, por lo tanto, de los modelos de “desarrollo” basados en la apertura a la inversión extranjera directa.

En segundo lugar, los procesos y políticas económicas nunca son neutras ante el género; es decir, siempre tendrán un impacto en las relaciones de poder entre mujeres y hombres, bien sea reforzando la desigualdad, erosionándola o modificando la forma concreta que adopta la desigualdad. Las políticas suelen ser ciegas al género, esto es, afirman dirigirse a seres abstractos, no marcados por el sexo, y por eso no analizan su posible impacto en las relaciones de género. Es un impacto que se oculta, y que nosotras queremos sacar a la luz. El mismo ejemplo de las maquilas es muy útil: la multiplicación de posibilidades de trabajo asalariado para las mujeres tiene un efecto en las relaciones de género. El carácter de ese impacto es materia de mucha discusión: ¿acceder a un salario (aunque sea bajo y en pésimas condiciones laborales) es positivo porque da a las mujeres un nuevo poder de negociación intrafamiliar y porque les permite disfrutar de un nuevo espacio de socialización con compañeras en lugar de estar solas en casa? ¿O es más bien una manera de ampliar los espacios de explotación de su fuerza laboral e, incluso, de su sexualidad (ahora no solo trabajan gratis en sus hogares, sino que abusan de su trabajo en la empresa, donde, además, se ejerce un nuevo control de sus cuerpos por medio del acoso sexual o, por ejemplo, con la amenaza de despido en caso de embarazo)? Aunque no estemos claras en el signo del cambio, lo que sí sabemos con certeza es que hay cambios, porque el género no es una realidad inmutable, sino dinámica5. Y, como siempre los habrá, nuestro objetivo es que sean cambios positivos, para lo cual toda política económica debe incluir entre sus objetivos el avance hacia la igualdad.

Otro ejemplo es el de las mujeres migrantes, que en los países de destino encuentran empleo en sectores laborales feminizados, siendo el empleo de hogar uno de los nichos de inserción laboral más importantes. Esta migración tiene una repercusión innegable en las vidas de estas mujeres, aunque, de nuevo, el efecto total no sea tan sencillo como decir “bueno” o “malo”. Tiene también implicaciones para la organización de los cuidados y la realidad de la desigualdad en los países de origen: ¿quién se queda a cargo de sus hijos/as cuando ellas se marchan?, ¿qué supone para sus madres el recibir las remesas que les envían? Y provoca cambios en destino: reformula la división sexual del trabajo, en la medida en que las migrantes se hacen cargo de trabajos que antes hacían otras mujeres. A nivel global, se crea un mercado laboral segmentado por sexo: la globalización económica está marcada por el género. Por lo tanto cambios a todos los niveles; nunca neutralidad de género.

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 Guzmán y Todaro (2001) explican que hay dos valoraciones sobre el efecto que tiene en las mujeres la incorporación 

de los países a la economía global: hay un discurso que enfatiza las nuevas formas de sometimiento, y otro que 

En última instancia, lo que esto significa es que la economía feminista está comprometida con entender las desigualdades de género (o, dicho de otro modo, el funcionamiento del patriarcado) en el sistema económico, y, más allá de entenderlas, con hacer propuestas para superarlas. Para ello, es imprescindible un cambio: ampliar la idea de economía para abarcar no solo los procesos de mercado, aquellos que mueven dinero, sino también aquellos otros procesos de satisfacción de necesidades y generación de recursos que no mueven plata, que no pasan por el mercado.

   

   

Históricamente nos han repetido hasta la saciedad que las mujeres estábamos ausentes de la economía, nos decían que éramos inactivas; hasta que, recientemente, hemos empezado a incorporarnos, a insertarnos en el mercado laboral. ¿Hemos estado las mujeres cruzadas de brazos, esperando que nos lloviera el pan y el almuerzo sabroso y calientito del cielo? La injusticia de esta afirmación nos subleva: existen muchos más trabajos que aquellos que se pagan; es indiscutible que las mujeres han sido las protagonistas históricas de los trabajos gratuitos. O sea, que encima de hacerlos gratis, eso se esconde. Si queremos podemos verlo así: hay un punto de enfado en este segundo elemento definitorio: economía es más que dinero, y trabajo es más que lo que se paga. Pero, no es sólo que estemos enfadadas; lo que dice la economía feminista es que, si no ampliamos la noción de la economía y si no empezamos a entender procesos no mercantiles realmente no entendemos nada.

 

Más aún: la cuestión no es decir que, además de los trabajos remunerados, hay también trabajos NO remunerados. Lo que en última instancia decimos es que lo que tenemos que poner en el centro de mira no son los procesos de mercado, sino los procesos de sostenibilidad de la vida, los procesos de generación de recursos que son necesarios para establecer condiciones que hagan la vida vivible, que nos permitan tener una vida digna de ser vivida. Lo que se propone es un gran cambio de enfoque; no solo sumar lo que antes no veíamos, sino mirar la economía desde un lugar distinto. Como dice Diane Elson (2002): se trata de mirar la economía desde la cocina (desde donde los recursos y los múltiples trabajos se convierten en bienestar concreto) y no desde el consejo de administración de las empresas (donde economía parecen anotaciones contables; sumas y restas).

Estos dos elementos definitorios pueden parecer ser simples, pero tienen consecuencias radicales si somos de veras consecuentes con ellos. Lo difícil es justo eso: ser consecuentes.

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¿Frente a la Economía Androcéntrica?: Economía

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