Situación inicial > elemento extraordinario > evolución de los acontecimientos > desenlace > advertencia
Sin embargo, no todas siguen este mismo esquema: ahora vamos a leer otras
leyendas urbanas y tendréis que indicar cuál es su estructura.
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TEXTO A: “La asadura del muerto”
Había una vez una mujer viuda que tenía una hija. Un día le dice:
-Ves a la carnicería y traes una asadura, que no podemos comer carne porque somos pobres. La niña se marchó y encontró unas amigas con las que se puso a jugar con ellas. Entonces perdió el dinero y muy apurada no sabía qué hacer, y se acordó de que se había muerto una mujer, y fue al cementerio y le sacó la asadura.
Cuando llegó a su casa su madre puso la asadura para cenar y luego se fueron a la cama. Pero a la media noche sintieron voces que decían:
-¡María, ía, ía, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura! Y la chica decía:
-¡Ay madre! ¿Quien será? Y la madre decía: - Calla, hija, que ya se irá.
Pero la muerta entonces decía:
-¡No me voy, no, que abriendo la puerta estoy! ¡María, ía, ía, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura!
Y la chica decía:
-¡Ay madre! ¿Quién será? Y la madre decía:
-Calla, hija, que ya se irá. Pero la muerta decía:
-¡No me voy, no, que subiendo la escalera estoy! ¡María, ía, ía, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura!
-¡Ay madre! ¿Quién será?
-Calla, hija, que ya se irá. -Decía la madre.
-¡No me voy, no, que entrando en la sala estoy! ¡María, ía, ía, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura!
-¡Ay, madre! ¿Quién será? -Calla, hija, que ya se irá.
-¡No me voy, no, que entrando en la alcoba estoy! ¡María, ía, ía, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura!
-¡Ay madre! ¿Quién será? -Calla, hija, que ya se irá.
-¡No me voy, no, que agarrándote de los pelos estoy!
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Una joven pareja que se iba a casar había concertado una reunión de asesoría prematrimonial con un sacerdote. Como no aparecieron, el sacerdote llamó a la mañana siguiente a casa de la futura novia.
-Está en el hospital –le dijo al sacerdote la madre de la joven-. Probablemente preferirá contarle ella misma por qué no pudo ir a su cita de ayer.
Total, que el sacerdote se acercó al hospital y allí se encontró a la joven en cama con una pierna y una clavícula rotas. Pero, a medida que le explicaba la situación, descubrió que el accidente la había dejado más abochornada que dolorida.
Le contó que sus padres se habían ido a pasar el fin de semana fuera de la ciudad y le habían pedido que les cuidara la casa. Ella y su prometido pensaron que era una ocasión única para “practicar para su luna de miel”. Así que, tan pronto como se fueron los padres, la pareja se puso a practicar en el dormitorio del matrimonio.
No mucho después sonó el teléfono. Era su madre con un ataque de pánico. Le dijo que se había olvidado la plancha encendida en el sótano, ¿querría hacerle el favor de apagarla?
El prometido, en plan retozón, la cogió en brazos y la llevó hasta la parte de arriba de las escaleras del sótano. Ambos seguían desnudos. Cuando ella dio la luz, oyeron gritos de “¡Sorpresa, sorpresa!” desde el fondo del sótano. Sus padres estaban al pie de las escaleras acompañados de familiares, parientes políticos y amigos. Una fiesta sorpresa de despedida de solteros.
La impresión fue demasiado para el novio, qu soltó a la chica, salió disparado escaleras arriba y escapó corriendo de casa. Ella cayó rodando por las escaleras y acabó en el suelo, desnuda, mientras los familiares la miraban boquiabiertos. La abuela pidió su medicina para el corazón. Todos estaban tan pasmados que a nadie se le ocurrió tapar a la chica.
TEXTO C: “Los locos también sabemos lamer la mano”
Les voy a contar una historia que escuchaba de pequeña en mi pueblo de Extremadura. No sé si será cierta o no, supongo que es una historia para asustarnos cuando somos pequeños. Nos juntábamos las noches de verano y contábamos “historias de miedo”… Había una historia que trataba de una joven, ciega, que vivía sola con su perro lazarillo, un pastor alemán. La joven vivía cerca de un psiquiátrico; una noche, escuchando la radio, dijeron en el informativo que un loco se había escapado de allí.
Ella se acostó un poco asustada, pero su perro siempre dormía debajo de su cama. Ella dejaba la mano colgando y el perro se la lamía; así se tranquilizaba y se quedaba
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dormida. Esa noche se despertó por un ruido que venía de la cocina: toc, toc, toc; lo que sonaba era el grifo goteando, o sea que lo cerró bien, volvió a la cama, dejó la mano colgando y el perro se la lamió. A la mañana siguiente llamó a su perro, no aparecía. Avisó a sus vecinos para que la ayudasen a buscarlo. Al final lo encontraron debajo de la cama, descuartizado, con una nota que decía: “Los locos también sabemos lamer la mano”.