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2. ESTADO DE LA CUESTIÓN

2.3. Reduccionismo versus Emergencia

2.3.2. Emergencia

Otra posición es el de la emergencia. En este caso, se afirma que si bien la conciencia

tiene su origen en eventos físicos del cerebro, no se reduce a éstos, sino que emerge de

ellos de modo análogo a cómo las propiedades del agua emergen de la combinación

química de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, pero no pueden reducirse a la suma de las propiedades individuales del hidrógeno y del oxígeno. Lo mismo sucede con la sal, elemento nutricional formado por dos compuestos: un gas, el cloro, brillante y

venenoso, y un sólido, el sodio, metálico. En suma, estos casos de emergencia de

propiedades son algo normal en sistemas complejos holísticos donde el todo es más que la suma de las partes. Hay otras variaciones a la misma tesis pero, en general, atribuyen a la conciencia un valor marginal, al menos desde un punto de vista de la explicación. En cualquier caso, todas insisten en que no existe una sustancia de la “conciencia” distinta de la sustancia del “cerebro”.

Como lo señaló Daniel Hillis (Hillis, 1988), a veces un sistema con muchos componentes simples exhibirá un comportamiento del todo que parece más organizado que el comportamiento de las partes individuales. El caso más simple son los copos de nieve. Las formas constituidas por el hielo son consecuencia de reglas locales de interacción que gobiernan las moléculas de agua, aunque la conexión entre las formas y las reglas está lejos de ser obvia. Después de todo, son las mismas reglas de interacción las que causan que el agua repentinamente se convierta en vapor en su punto de ebullición y provoque burbujas para formar una corriente. Las reglas que gobiernan las fuerzas entre las moléculas de agua parecen mucho más simples que las de los cristales o burbujas; sin embargo; todos esos fenómenos complejos son consecuencia de esas reglas. Tales

fenómenos, se denominan “comportamientos emergentes” del sistema.

Sería muy conveniente que la conciencia fuese un comportamiento emergente de

neuronas conectadas aleatoriamente, en el mismo sentido que en los casos anteriores del agua. Entonces puede ser posible construir una máquina pensante simplemente por “colgar” juntas una cantidad suficientemente grande de neuronas artificiales en una red.

La noción de emergencia sugeriría que tal red, una vez alcanzada alguna masa crítica,

debería comenzar a pensar espontáneamente. Todo esto, claro está, en el supuesto de que la glía no jugara ningún papel al respecto.

Ésta es una idea muy atractiva y seductora, porque permitiría la posibilidad de construir “conciencia” e inteligencia sin entenderla previamente. Entender la inteligencia es difícil y probablemente lo será durante algún tiempo al menos. De ahí que la posibilidad de que

la inteligencia pueda emerger espontáneamente a partir de las interacciones de una gran

colección de partes simples tiene un atractivo considerable para los investigadores y diseñadores de máquinas inteligentes. Desgraciadamente, a partir de esa idea no surge un

enfoque práctico para su construcción. El concepto de emergencia en sí mismo ni ofrece

una guía de cómo construir tal sistema, ni perspicacia acerca de por qué debería funcionar.

Irónicamente, la aparente inescrutabilidad de la idea de conciencia e inteligencia como un

comportamiento emergente es la causa de su continua “popularidad”. La emergencia

ofrece una manera para creer en la causalidad física mientras, simultáneamente, mantiene la imposibilidad de una explicación reduccionista del pensamiento. Para aquellos que

temen las explicaciones mecanicistas respecto a la mente humana, la ignorancia de cómo

las interacciones locales producen comportamiento emergente, ofrece un reasoning fog

(niebla en el razonamiento) en la cual “ocultar el alma”.

Modelos de comportamiento emergente son las redes de neuronas y demás modelos

conexionistas y los autómatas celulares, así como los modelos evolutivos. Los antireduccionistas interpretan estos procesos como un “schism” entre los racionalistas simbólicos, a los que se oponen, y los gestaltistas a quienes apoyan. ¿De que lado se está? A los informáticos sólo les interesan los aspectos prácticos de la cuestión. ¿Cómo se

debería construir una inteligencia emergente? ¿Qué información debería ser necesaria

conocer para tener éxito? ¿Cómo puede esa información ser determinada por

experimentos? El sistema emergente más fácilmente imaginable debería ser una

implementación del pensamiento simbólico antes que una refutación del mismo, como ocurre, “mutatis mutandis”, con el origen de la inteligencia humana. Después de todo no hace tanto tiempo en que ésta se produjo. ¿Cuáles serían los requerimientos de

almacenamiento de información de tal sistema de pensamiento emergente?

La posibilidad de alcanzar efectos globales basados en perturbaciones locales, se da tanto en el cerebro, concretamente en el modelo del sistema tálamo-cortical (Edelman, 2002), como en ciertos sistemas físicos. Generalmente, en condiciones alejadas del equilibrio, pueden darse regímenes dinámicos en los que la “longitud de correlación” entre los elementos constituyentes aumenta de forma drástica, lo que significa, precisamente, que cualquier perturbación local tiene efectos globales fuertes y rápidos (Nicolis, 1989). La posición metafísica de Edelman es el realismo limitado y la epistemológica, la epistemología de base biológica, cuya idea clave es la noción de que los conceptos no son, en primera instancia, sentenciales; es decir, no son proposiciones de un lenguaje, sino que son construcciones que el cerebro desarrolla al levantar mapas de sus propias respuestas al lenguaje.

Con el nombre de “emergencia” o “fulguración” se describe el hecho de que el todo

presenta propiedades que no tienen individualmente las partes. Por ejemplo, los aminoácidos de una bacteria carecen de la propiedad de “autorreproducirse”; no obstante, el conjunto, con otras substancias, posee esa propiedad. Por eso, cuando se observa un fenómeno parcialmente, como algunas variables escapan a la observación, el sistema

representado por el resto puede desarrollar propiedades notables y hasta “milagrosas”. Ejemplo, los conjuros logran milagros, en apariencia, simplemente porque no todas las variables significativas son observables. Es casi seguro que alguna de las propiedades milagrosas del cerebro, por ejemplo, tener premoniciones, inteligencia, etc., sean milagrosas en este sentido.

El hecho es que desde la teoría cuántica se hizo a los sucesos, no a las partículas; o sea, la “materia”, los elementos de la física, de modo que la “materia” no forma parte de la materia última del mundo, y es meramente una forma conveniente de coleccionar acontecimientos o eventos en haces. Es decir, la física ha venido haciendo a la materia menos material. Del mismo modo, la psicología ha estado haciendo a la mente menos mental. Así, desde ambos extremos, la física y la psicología se han ido acercando y haciendo más factible la doctrina del “movimiento mental” sugerida por la crítica de la conciencia de William James. Para Russell tanto la mente como la materia son formas convenientes de grupos de eventos.

Para David J. Chalmers (Chalmers, 1996), la conciencia de las sensaciones pudiera ser una propiedad de todos los sistemas funcionales, incluidos los termostatos, mientras que la conciencia de la identidad personal y la libertad de actuación quedan restringidas a los sistemas sofisticados dotados de lenguajes. En cambio, Searle sostiene que la conciencia es una propiedad natural de los sistemas biológicos complejos, y afirma que la verdadera laguna explicativa se encuentra en el área de la volición y los actos libres. Dennett, a su vez, ve en el supuesto conflicto entre determinismo y libre albedrío otra más de las falsas dicotomías que surgen siempre que uno se olvida de llevar hasta el final las implicaciones del diseño evolutivo.