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El emotivismo constituye un craso error, por cuanto que supone la ignorancia de lo que es la afectividad Lo propio de la afectividad es actuar con una cierta indocilidad y

rebeldía para someterse a la razón y a la voluntad. Pero, al mismo tiempo y en otro cierto sentido, la vida afectiva depende de la razón y la voluntad, que son las funciones

que naturalmente han de dirigirla y gobernarla.

Exigir una completa autonomía de la afectividad, desarticulada de la voluntad y de la razón, no puede generar otra cosa que numerosos conflictos, algunos de los cuales se inscriben incluso en el ámbito de lo patológico. En este error reside, a mi entender, la

mala prensa que tuvieron las pasiones humanas a todo lo largo de una tradición multisecular y todavía tienen en ciertos sectores sociales actuales.

6.4. ¿Cómo encontrar la autoestima perdida?

conocer los propios sentimientos

Para encontrar la autoestima perdida –una vez que se ha extraviado, como consecuencia de haberla erigido en la dirección del propio comportamiento–, lo que hay que hacer es conocer mejor los propios sentimientos. Es ésta una tarea personal que cada cual debe hacer como le plazca, pero que, sin duda alguna, puede ser también ayudada por otros. Este es, sencillamente, el propósito al que debe tender la educación de los sentimientos.

distorsión de la realidad

Se conocen mejor los propios sentimientos cuando se está avisado de que la acción valorativa de la realidad, que a través de los sentimientos se nos entrega, no es siempre justa ni verdadera; que muchas realidades, personales o no, merecen un aprecio o valor distinto al que nos procuran los propios sentimientos; que ninguna otra persona debiera ser despreciada, ignorada o condenada a la indiferencia, sólo porque en eso concluyan los sentimientos que suscita; que en cada persona, también en sí mismo, hay muchos más valores positivos que negativos aunque, por los sentimientos, la persona alcance a sólo percibir, en ocasiones, los negativos; que la realidad percibida es siempre positiva, aunque los sentimientos suscitados por esa percepción concluyan lo contrario; que por muy vital que sea la experiencia a que determinados sentimientos conducen a la persona, los propios sentimientos son siempre engañosos y deben ser corregidos, rectificados y enderezados, de acuerdo con la verdad de la realidad.

sustrato biológico

Conviene no olvidar que los sentimientos también hunden sus raíces en el sustrato biológico, que es nuestro propio cuerpo. Es decir, los sentimientos tienen que ver con algunas funciones corporales, especialmente con el sistema nervioso y el sistema endocrino. Ambos tienen muy poco que ver con las circunstancias que nos rodean, hasta el punto de que pueden funcionar con casi total autonomía e independencia de ellas y suscitar los correspondientes afectos, emociones y sentimientos.

La autoestima se encuentra y recupera cuando se rectifica el error que causó su pérdida o cuando se educan los sentimientos

erróneos que causaron tal extravío.

moderar con la razón

Los sentimientos no son dueños de ellos mismos y, por eso, tampoco son capaces ni saben moderarse a sí mismos como debieran. Moderarlos no siempre significa aquí aminorar su intensidad o duración. Hay ocasiones en que moderar los sentimientos significa acrecerlos, estimularlos, reforzarlos; como también hay otras en que hay que hacer lo contrario.

La facultad que tiene que determinar esa moderación no es la propia vida afectiva, sino la razón. Corresponde a ésta la determinación del fin, establecer la meta a la que la persona –y también, naturalmente, sus sentimientos– ha de llegar. Corresponde a la razón, además de establecer el fin, integrar y armonizar todas las funciones psicobiológicas de la persona para que, precisamente, se dé alcance –con el concurso valiosísimo e irrenunciable que todas ellas pueden y deber aportar– a la meta establecida. Una meta, un propósito, un fin sin el que la vida carecería de valor, con independencia de cuáles fuesen los sentimientos que se experimentasen.

En conclusión, que corresponde a la razón establecer el fin y los medios

proporcionados y necesarios para alcanzar la meta que da sentido a la entera vida personal, y también, como es lógico, a las diversas funciones que, armonizadas e integradas en ella, permiten su consecución.

felicidad como consecución del fin

La consecución del fin es lo que nos hace felices. La autorrealización

de la persona

está en función de la felicidad

que se quiera alcanzar. Pero sólo se podrá alcanzar ese

fin, pleno de sentido, si la razón y el corazón, la voluntad y la imaginación, la memoria y los apetitos, en una palabra la entera persona y sus funciones

se coordinan e integran, sin

exclusión de ninguna de ellas, en una unidad funcional superior y de más poderoso alcance.

La felicidad, la armonía psíquica, la vida lograda, la armonía interior o como quiera llamarse así lo exigen. Pero no se piense que el poder hegemónico de la razón y de la voluntad

humanas es tan poderoso como algunos suponen. De hecho –es un dato de la

experiencia en la mayoría de las personas–, la razón y la voluntad en muchas ocasiones manifiestan su impotencia para someter, como se supone que deberían, a las emociones.

sometimiento político de los sentimientos a la razón

La educación de los sentimientos, por eso, debiera estar presidida por el eficiente

consejo socrático de que el sometimiento de los sentimientos y emociones a la razón no ha de hacerse de un modo despótico, sino político. Ese sometimiento debe ser

acompasado, sin estridencias ni exclusiones, sin despreciar o anular los sentimientos, sino vigorizándolos, fortaleciéndolos y cooperando con ellos.

unas veces, parsimoniosa y rutinaria, otras–, sin la cual no podrá dar alcance a su propio fin.

diagnóstico antiguo y nuevo

Platón describe magistralmente lo que acontece cuando no se establece esa lucha porque los sentimientos no se educan, es decir, porque no se educa para la libertad. El

siguiente fragmento del Teeteto

de Platón (173 a-b) constituye un diagnóstico certero y

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