YGENTRY, ALLÍ DE PIE,con la Forma ardiéndole en los ojos, sosteniendo la red de trodos a la luz cegadora de las bombillas, diciéndole a Slick por qué tenía que ser de aquel modo, por qué Slick tenía que ponerse los trodos y conectarse directamente con lo que fuese que aquel bloque gris introducía en la persona que yacía en la camilla.
Sacudió la cabeza al recordar cómo había dado con sus huesos en Dog Solitude. Y Gentry se puso a hablar más de prisa, interpretando como de rechazo aquel gesto suyo.
Gentry insistía en que Slick tenía que dormirse, decía que tal vez sólo unos
segundos, mientras él hacía unos ajustes en los datos y preparaba una macroforma. Slick no sabía cómo hacer eso, dijo Gentry, de no ser así él mismo se enchufaría; no eran datos lo que quería, sólo la forma global, pues estaba convencido de que eso lo guiaría hasta la Forma, la grande, lo que durante tanto tiempo había buscado.
Slick recordó cuando había atravesado Solitude a pie. Tenía miedo de que volviese a darle el Korsakov, que olvidase dónde se hallaba y así beber el agua cancerígena de los charcos de cieno rojo de aquella llanura oxidada. Espuma roja y pájaros muertos flotando con las alas extendidas. El camionero de Tennessee le había dicho que caminara hacia el oeste a partir dé la autopista, que al cabo de una hora llegaría a una carretera asfaltada de dos carriles y allí alguien podría llevarla hasta Cleveland, pero tenía la certeza de que había pasado más de una hora y ya no estaba seguro de hacia dónde quedaba el oeste, y aquel lugar lo estaba amedrentando, esa cicatriz de depósito de chatarra que parecía aplanada a pisotones por un gigante. En una ocasión vio a alguien a lo lejos, en lo alto de un risco poco elevado, y agitó los brazos para llamar su atención. La figura desapareció, y él siguió en aquella dirección, ya sin molestarse en sortear los charcos, arrastrando los pies por el fondo, hasta que llegó al risco y vio que en realidad era el fuselaje sin alas de un avión medio enterrado entre latas oxidadas. Subió el terraplén siguiendo un camino donde las pisadas habían aplanado las latas hasta llegar a una abertura cuadrada que en su momento había sido una salida de emergencia. Asomó la cabeza al interior y vio cientos de cabecitas colgadas del techo cóncavo. Quedó paralizado, ofuscado por la súbita oscuridad, hasta que lo que estaba viendo empezó a cobrar sentido. Eran cabezas rosadas de muñecas de plástico, con el pelo de nailon amarrado a ganchos y los ganchos hundidos en una gruesa capa de alquitrán; así colgaban y se mecían como frutas. No había otra cosa, sólo algunas maltratadas láminas de goma espuma verde, y supo que no tenía ganas de quedarse por allí ni averiguar de quién era aquello.
Entonces caminó hacia el sur, sin saberlo, y encontró la Fábrica.
-Nunca tendré otra oportunidad -dijo Gentry. Slick observó aquel rostro tenso, de ojos muy abiertos por la desesperación-. Nunca lo veré...
Y Slick recordó la vez que Gentry lo golpeó, cómo había bajado la vista hacia la llave inglesa, cómo se había sentido... En fin, Cherry se equivocaba con respecto a ellos, pero sí que había algo de eso, y no sabía qué nombre darle. Le arrebató la red de trodos con la mano izquierda y con la derecha le dio un puñetazo en el pecho.
-¡Cállate! ¡Cállate de una puta vez! -Gentry fue a dar contra el borde de la mesa de metal.
Slick lo maldijo en voz baja mientras se acomodaba la delicada red de dermatrodos de contacto en la frente y en las sienes.
Sus botas crujieron sobre gravilla.
Abrió los ojos y miró hacia abajo; el camino de gravilla se abría plácido en el campo, más limpio que cualquier lugar de Dog Solitude. Levantó la vista y vio dónde doblaba el camino, y más allá, árboles verdes y de ramas muy extendidas que rodeaban el empinado tejado de pizarra de una casa que cabría dos veces en la Fábrica. Cerca de él varias estatuas se alzaban entre la hierba mojada y crecida. Un ciervo de hierro, y la figura rota del cuerpo de un hombre esculpida en piedra blanca, sin cabeza ni brazos ni piernas. Los pájaros trinaban y ése era el único sonido.
Empezó a subir por el camino que conducía a la casa gris, pues nada indicaba que hubiese otra cosa que hacer. Al llegar a lo alto vio, más allá de la casa, otras edifi- caciones más pequeñas y un amplio y llano campo de hierba donde había unos planeadores amarrados a estacas para que no se los llevara el viento
De cuento de hadas, pensó cuando contemplaba la amplia cornisa de piedra de la
mansión, los diamantinos ventanales emplomados; como en alguno de los vídeos que veía cuando era pequeño. ¿De verdad había gente que vivía en lugares así? Pero esto no
es un lugar, se recordó a sí mismo, sólo da la impresión de serlo.
-Gentry -dijo-, haz el favor de sacarme de aquí, ¿de acuerdo?
Se examinó el dorso de las manos. Cicatrices, mugre incrustada, negras medias lunas de grasa bajo las uñas quebradas. La grasa se metía y las ponía tan blandas que se rompían con facilidad.
Empezó a sentirse estúpido, allí de pie. Quizás alguien lo estuviese observando desde la casa. -Que se vaya a la mierda -dijo, y echó a andar por el ancho camino enlo- sado, adoptando de manera inconsciente el jactancioso contoneo que había aprendido en el Deacon Blues.
En el panel central de la puerta había otra cosa: una mano, pequeña y elegante, que sostenía una esfera del tamaño de una bola de billar, todo ello en hierro fundido. Tenía una bisagra en la muñeca, de modo que se podía levantar y dejarla caer. Lo hizo. Con fuerza. Dos veces, otras dos veces. No ocurrió nada. El pomo de la puerta era de bronce con motivos florales gastados casi del todo por años de uso. Giró con facilidad. Abrió la puerta.
La riqueza de colores y texturas lo hizo parpadear; superficies de madera oscura y lustrada, mármol negro y blanco, alfombras con miles de colores suaves que brillaban como vitrales de iglesia, plata pulida, espejos... La suavidad de aquel contraste le hizo sonreír, su mirada saltaba de una figura a otra, había tantas cosas, objetos para los que no tenía nombre...
-¿Buscas a alguien en particular, tío?
El hombre estaba de pie delante de la enorme boca de una chimenea, llevaba unos ajustados vaqueros negros y camiseta blanca. Estaba descalzo y con la mano derecha sostenía una abultada copa de licor. Slick le dirigió una mirada perpleja.
-Mierda -dijo-, eres tú, él...
El hombre meneó la copa y el líquido color madera giró en remolino hasta los bordes; bebió un sorbo. -Suponía que tarde o temprano Afrika saldría con una de éstas - dijo-, aunque tú, colega, no tienes aspecto de ser su asistente.
-Tú eres el Conde.
-Ajá -dijo el hombre-, yo soy el Conde. ¿Quién coño eres tú? -Slick. Slick Henry.
El Conde se echó a reír. -¿Quieres un poco de coñac, Slick Henry? -y señaló con la copa hacia un mueble de madera pulida donde se exhibía una hilera de botellas
barrocas, cada una con una plaquita de plata colgada al cuello de una cadenilla. Slick negó con la cabeza.
El Conde se encogió de hombros. -De todos modos, no emborracha... Perdona que te lo diga, Slick, pero estás hecho una mierda. ¿Me equivoco al suponer que no participas
en las operaciones de Kid Afrika? Y si no me equivoco, ¿qué es exactamente lo que te trae por aquí?
-Me ha mandado Gentry. -¿Gentry qué?
-Tú eres el que está en la camilla, ¿no?
-El que está en la camilla soy yo. Y, ¿dónde, exactamente y en este preciso instante, está esa camilla, Slick?
-En lo de Gentry. -¿Dónde queda eso? -En la Fábrica. -¿Y dónde está eso? -En Dog Solitude.
-¿Y cómo es que fui a parar allí, donde quiera que esté eso?
-Fue Kid Afrika, él te trajo. Te trajo con una chica que se llama Cherry, ¿entiendes? Verás, yo le debía un favor, y él quería que te alojásemos un tiempo allí, a ti y a Cherry, y ella se encarga de cuidarte.
-Me has llamado Conde, Slick...
-Cherry dijo que Kid te llamó así una vez.
-Dime, Slick, ¿te pareció que Kid estaba preocupado cuando me llevó? -Cherry dijo que se había asustado, allí en Cleveland.
-No me cabe la menor duda. ¿Quién es Gentry? ¿Un amigo tuyo? -La Fábrica es de él. Yo también vivo allí...
-Y ese Gentry, ¿qué es? ¿Un vaquero, Slick? ¿Un jinete de consola? Porque si tú estás aquí es porque él es técnico, ¿no es así?
Ahora le tocaba a Slick encogerse de hombros. -Gentry es..., no sé, un artista, o algo así. Tiene unas teorías. Es difícil de explicar. Le acopló un juego de disruptores a ese chisme de la camilla, a eso a lo que estás tú enchufado. Primero quiso sacar una imagen en un aparato holográfico, pero lo único que salió fue como un mono, como una
sombra, así que me convenció para que...
-Qué locura... Bueno, no tiene importancia. Esa fábrica que dices, ¿está en el quinto pino, o algo así? ¿Está relativamente aislada?
Slick asintió.
-¿Y esa Cherry es una especie de enfermera particular? -Sí. Dice que tiene título de médica auxiliar.
-¿Y nadie ha ido a buscarme todavía? -No.
-Eso está muy bien, Slick. Porque si alguien lo hiciera, aparte de la rata de mierda de mi amigo Kid Afrika, a vosotros os caería un problema de los gordos.
-¿De verdad?
-De verdad. Escúchame bien. Quiero que recuerdes esto. Si cualquiera llegase a presentarse en esa fábrica, vuestra única salvación sería conectarme a la matriz. -¿Has entendido?
-¿Cómo es que eres el Conde? O sea, ¿qué quiere decir eso?
-Bobby. Me llamo Bobby. Conde fue mi apodo en un tiempo, eso es todo. ¿Crees que te acordarás de lo que te he dicho?
Slick volvió a asentir.
-Muy bien. -Puso la copa en el mueble donde estaban aquellas botellas elegantes.- ¿Oyes eso? -Por la puerta abierta entraba el ruido de ruedas de coche que pisaban gravilla.- ¿Sabes quién llega, Slick? Angela Mitchell.
Slick se volvió para mirar. Bobby el Conde miraba hacia el camino. -¿Angie Mitchell? ¿La estrella del estim? ¿Ella también está en esto? -En cierto modo, Slick, en cierto modo...
Slick vio el coche largo y negro que pasaba. -Eh -empezó a decir-, Conde, quiero decir, Bobby, ¿qué es...?
-Tranquilo -le estaba diciendo Gentry-, apóyate en el respaldo. Tranquilo. Tranquilo...