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LOS HIJOS DEL TRUENO (Le 9,51-56)

PARA ENCARARSE C O N JERUSALÉN

Jesús ha vivido situaciones de gran conflicto en su pue­ blo y en las ciudades que se han beneficiado de sus accio­ nes.

Se lamenta de la indiferencia de Galilea y experimenta el odio de Judea donde será asesinado.

Únicamente es aceptado en la cismática Samaría.

Por este motivo, los samaritanos son presentados en los evangelios de modo positivo, en contraposición a los galileos y los judíos.

Jesús «vino a su casa y los suyos no lo acogieron» (Jn 1,11). Los judíos lo rechazan, pero los samaritanos están pron­ tos para recibirlo: «le rogaron que se quedara con ellos» (Jn 4,40).

Después de la predicación fallida en la sinagoga de Nazaret, Jesús «estaba sorprendido de su falta de fe» (Me 6,6) y comentó entristecido que «sólo en su tierra, entre sus pa­ rientes y en su casa desprecian a un profeta» (Me 6,4).

Pero, si en Nazaret los Galileos no han creído en Jesús, en Sicar «muchos de los samaritanos le dieron su adhesión» (Jn 4,39) y, en el episodio de la purificación de los diez leprosos, el único que lo agradece es el samaritano, que gana la admiración de Jesús por su fe.

Cuando Jesús manifiesta a los judíos el proyecto de Dios sobre la humanidad, éstos «trataban de matarlo, ya que... llama a Dios su propio Padre, haciéndose igual a Dios» (Jn 4,42).

En el evangelio de Lucas la expresión «tener compasión», que se aplica en la Biblia únicamente a Dios, se encarna en la acción del samaritano que socorre al herido ignorado por el sacerdote (Le 10,33).

86 Galería de personajes del Evangelio

Sólamente en una ocasión los samaritanos son presenta­ dos negativamente, y es, precisamente, en un episodio que tiene por protagonistas a los hijos del Zebedeo.

Escribe Lucas que «cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran a lo alto, Jesús también resolvió ponerse en camino para encararse (lit. «endurecer el rostro») con Jerusa­ lén. (Le 9,51).

Para hacer comprender las intenciones de Jesús, el evan­ gelista utiliza literalmente la expresión «endurecer su rostro» que, en la Biblia, indica una actitud hostil como preludio de un enfrentamiento con alguno.

Cuando Yahvé anuncia la destrucción de Jerusalén dice: «Yo he endurecido mi rostro contra esta ciudad para mal» (Jr 21,10), y al profeta Ezequiel Dios le pide: «Endurece tu rostro contra Jerusalén y habla contra sus santuarios» (Ez 21,7 LXX).

Jesús está decidido a encararse a Jerusalén y sube al Templo para denunciar a las autoridades religiosas que han convertido la casa de Dios en una «cueva de ladrones» (Le 19,46).

S A N T O PATRÓN

En su viaje hacia Jerusalén, Jesús va precedido por sus discípulos, a los que ha enseñado a duras penas que la verda­ dera grandeza del hombre consiste en servir y no en domi­ nar.

Esta aclaración surgió a causa de la enésima disputa de los discípulos, que discutían entre sí para saber «cuál de ellos sería el más grande» (Le 9,46).

Y mientras el Señor está tratando de hacer comprender que, al contrario de la sociedad, en su comunidad «el que es

de hecho más pequeño de todos, ése es grande» (Le 9,48), Juan, uno de los dos hermanos, lo interrumpe.

Demostrando no haber comprendido nada de cuanto ha dicho Jesús, se dirige a él llamándolo «Jefe», y proclama triun­ fante: «Hemos visto a uno que echaba demonios en tu nom­ bre y hemos intentado impedírselo, porque no te sigue junto con nosotros» (Le 9,49)-

Es ésta la única vez que uno de los hijos de Zebedeo aparece sólo.

Y mediante la eliminación de la figura del hermano, el evangelista pretende poner en paralelo la actitud intolerante de Juan con la del también celoso Josué.

Éste, que era «ayudante de Moisés desde joven» (Nm 11,28), se apresura para protestar ante su señor, porque también algunos que no habían participado en la ceremonia de in­ vestidura de profeta habían recibido el Espíritu y se habían puesto «a profetizar en el campamento» (Nm 11,26).

Josué considera este hecho intolerable y se vuelve a Moisés diciéndole: «Prohíbeselo tú, Moisés» (Nm 11,28).

Aunque la intervención de Juan está motivada por el he­ cho de que hay uno que actúa en nombre de Jesús sin for­ mar parte del grupo oficial de los doce.

No afirma que ése no siga a Jesús, sino que no lo sigue con ellos.

Santo patrón de todos aquellos movimientos eclesiales que presumen de ser la única respuesta posible al mensaje de Jesús, Juan considera inconcebible que haya quien pueda seguir al Señor fuera de su comunidad.

Dominado por su fanatismo, el discípulo no se da cuenta de lo absurdo de la situación: ha impedido a aquél expulsar los demonios, mientras él y los otros discípulos, a los que Jesús había dado «poder y autoridad sobre todos los dem o­

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nios» (Le 9,1), se muestran incapaces de hacerlo («He rogado a tus discípulos que lo echen, pero no han sido capaces», Le 9,40).

Como Moisés ha reaccionado negativamente a la intole­ rancia de Josué («¿Estás celoso de mi? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!» (Le 9,50).

Para Jesús se puede muy bien ser su seguidor sin tener que pertenecer necesariamente al grupo de los discípulos.

Pero éstos siguen sin com prender y, puestas estas premisas, la misión de los mensajeros enviados por Jesús delante de él no podía sino fracasar.

De hecho, éstos entraron en una aldea de Samaría para preparar su llegada, pero se negaron a recibirlo, «porque había resuelto ir a Jerusalén» (Le 9,52-53).

El evangelista había escrito que Jesús «resolvió ponerse en camino para encararse con Jerusalén», en una actitud de condena.

Los mensajeros, encargados de abrirle el camino, omiten este importante aspecto y anuncian de modo triunfal sola­ mente que Jesús iba hacia Jerusalén.

En esta frase está el motivo de la hostilidad de los sama- ritanos, que, en otras ocasiones,, se muestran muy acogedo­ res con Jesús.

Enemigos mortales de los judíos, los samaritanos aco­ gerían con sumo gusto al Jesús que va a encararse con Jerusalén, pero no desean recibir al Mesías que va a ser proclamado el rey de los judíos, y que los deberá someter y dominar junto a los otros pueblos paganos: «Samaría paga­ rá la culpa de rebelarse contra su Dios; los pasarán a cuchi­ llo, estrellarán a las criaturas, abrirán en canal a las preña­ das» (Os 14,1).

Ofendidos por el rechazo de la aldea, Santiago y Juan piden a Jesús vengarse: «Señor, si quieres, decimos que caiga un rayo y los aniquile» (Le 9,54).

Empujando a Jesús para que se impongan por la fuerza, los discípulos tientan a su maestro como lo hizo el demonio en el desierto, cuando lo invitó a manifestar su divinidad de modo estruendoso.

Los hijos de Zebedeo pretenden ser discípulos de aquel que ha dicho «al que te pegue en la mejilla, preséntale tam­ bién la otra». Pero, en realidad ellos no siguen ni la enseñan­ za de Jesús, ni la de Moisés, que había tratado de limitar la venganza al daño recibido («ojo por ojo, diente por diente», Éx 21,24).

«Los hijos del trueno» son dignos discípulos de Lamec, el primero que se gloriaba de vengarse setenta y siete veces, y de que «mataría a un joven por una cicatriz» (Gen 4,23), y de Elias el profeta, que no perdía tiempo en hablar con sus adversarios, sino que los reducía a cenizas de cincuenta en cincuenta («Cayó un rayo y abrasó al oficial con sus cincuen­ ta hombres», 2 Re 1,9-12).

Pero Jesús no es Elias, no ha venido a destruir a los peca­ dores, sino a salvarlos y, al contrario de Lamec, a éstos no se les concede «setenta y siete veces» (Mt 18,22) la venganza, sino el perdón. Como había vencido la tentación del diablo cuando en «Jerusalén, lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres el hijo de Dios, tírate de aquí abajo» (Le 4,9), ahora Jesús rechaza con fuerza la tentación de los discípulos y, en lugar de hacer bajar «un rayo del cielo», hará precipitar a Satanás del cielo, el gran acusador de los hombres junto a Dios: «¡Ya veía yo que Satanás caería del cielo como un rayo!» (Le 10,18).

EL BANQUETE DE LOS PECADORES

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