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Capítulo II: Cristología de la encarnación

2. Una clave de lectura de la interpretación cristológica actual

2.1. Una comprensión cristológica de la Encarnación

2.1.2. Encarnación en el horizonte del Acontecimiento Cristo

Podemos afirmar que el consenso identificable a nivel cristológico, comienza con una distinción entre el Jesús histórico y su desarrollo pospascual, caracterizado por una amalgama de memorias e interpretaciones eclesiales sobre Jesús de Nazaret. Y, una premisa básica de los estudios actuales del Nuevo Testamento, es que tenemos acceso a Jesús de Nazaret por medio del desarrollo pascual de las primeras comunidades de creyentes cristianos114.

Otro punto cada vez más en consideración entre los especialistas en cristología, consiste en el hecho de, que al parecer el Jesús histórico no asumió para sí el atributo de la divinidad, algo que si parece sucedió en el pensamiento cristiano posterior. En esta argumentación, Jesús de Nazaret no se entendió así mismo como Dios o como el Dios-Hijo encarnado y la encarnación divina requiere de elementos como el de la preexistente divinidad, el Dios Hijo

o el Logos divino, encarnado, hecho carne, tal y como lo desarrolla el evangelio de Juan115.

Lo cual hace pensar que, ninguna afirmación sobre lo que Jesús dijo o no, pensó o no pensó, puede aseverarse con seguridad. Por ejemplo, autores como C.F.D. Moule y David Brown, afirman en este horizonte lo siguiente:

113 Cf. Wright, Nicholas Thomas. ¨Jesus’ Resurrection and Christian Origins¨, en: Gregorianum 83, 4 (2002),

pp. 615-635.

114 Cf. Torres Queiruga, Andrés.

Repensar la Cristología. Sondeos hacia un nuevo paradigma, Verbo Divino,

Pamplona, 1996, pp. 76-77.

115

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Cualquier defensa de una cristología ¨desde arriba¨ que dependiese de la autenticidad de las supuestas reivindicaciones de Jesús acerca de sí mismo, en especial en el cuarto evangelio, sería afectivamente precaria116.

Existen buenas evidencias que sugieren que Jesús nunca se vio a sí mismo como un objeto adecuado de culto, y es imposible basar en su conciencia cualquier alegato a favor de la divinidad de Cristo, una vez que abandonemos el retrato tradicional reflejado en una comprensión literal del Evangelio de Juan117.

Tales sugerencias reflejan una transformación notable en las discusiones actuales del estudio histórico crítico del Nuevo Testamento. Y, en cierto sentido, pretenden señalar que Jesús de Nazaret no pensaba de sí mismo que fuera Dios encarnado. Lo importante de tales argumentaciones, reside en que la fundamentación cristológica se desplazó hacia un terreno institucional, esto es, al escenario de los intentos eclesiales posteriores por formular el sentido de la vida de Jesús de Nazaret, el Cristo; y una de esas formulaciones se condensa, precisamente, en la argumentación teológica del acontecimiento Cristo.

La argumentación del acontecimiento Cristo, consiste no sólo en la vida de Jesús, sino también en la formación de la Iglesia y en el crecimiento de su fe en la divinidad de Jesús. Son este conjunto de factores y no las propias palabras y acciones de Jesús, lo que se invoca a la ahora de fundamentar el mensaje que ubica a Jesús de Nazaret como Dios humanado. En efecto, el mensaje cristiano y, en particular, el significado cristiano del acontecimiento Cristo va ligado a una concepción de la historia que le confiere toda la densidad de compromiso personal de Dios en la historia de los hombres.

La noción del acontecimiento Cristo parece haber surgido por primera vez en la interpretación existencialista del Nuevo Testamento propuesta por Rudolf Bultmann, según la cual la fe cristiana no es una respuesta al Jesús de Nazaret, desconocido en gran parte, sino a la noción actual de Jesús como el Cristo; de este modo, siempre que es proclamado como el Cristo, se verifica una ¨continuación del acontecimiento Cristo revelado al

hombre.118¨ En el pensamiento de Bultmann, el uso de tal idea refleja cierto escepticismo a

nivel histórico y, por ende, un desplazamiento de una comprensión ontológica hacia una comprensión existencialista de Cristo.

116 Module, C.F.D.

The Origin of Christology, Cambridge University Press, Cambridge, 1977, p. 136.

Traducción mía.

117 Brown, David.

The Divine Trinity, Gerald Duckworth & Co, London, 1985, 108. Traducción mía.

118 Bultmann, Rudolf.

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Por otro lado, para otro especialista en estudios cristológicos y del Nuevo Testamento como John Knox, el acontecimiento Cristo posee un sentido eclesiástico y social, en vez de un sentido existencial. La fe cristiana no está centrada solamente en la persona de Jesús de Nazaret, sino en la memoria desarrollada por la Iglesia, sin embargo no en una memoria común en el sentido literal, sino en una memoria metafórica, acerca de Jesús de Nazaret

como Señor divino119. Para John Knox, ¨la expresión Jesucristo nuestro Señor, no designa

primordialmente a un individuo histórico del pasado, sino a una realidad presente

experienciada afectivamente dentro de la vida comunitaria.120¨

Reforzando tal horizonte, John Knox prosigue argumentando al respecto que, ¨la Iglesia es

la realidad cristiana distintiva… Y porque la Iglesia es el cuerpo [de Cristo] y, en la

historia, su único cuerpo, muchas veces usamos las palabras ¨Cristo¨ e ¨Iglesia¨ de manera intercambiable, diciendo ¨en Cristo¨ cuando queremos referirnos lo que realmente significa estar -realmente estar- en la Iglesia. Es esta corporificación o encarnación, es decir, la Iglesia, la que es conocida más inmediatamente -en realidad, la única que es

inmediatamente conocida… Por eso afirmo: la encarnación originalmente no tuvo lugar dentro de los límites de la existencia particular de un individuo, sino en la nueva realidad comunitaria, en principio coextensiva con la humanidad, de la cual él fue el centro

creativo.121¨

Lo que podemos observar de este tipo de argumentación, en el que el cristianismo ya no está centrado en la persona de Jesús sino en la Iglesia, es que se aparta de la fundamentación que ubica a Jesús de Nazaret como el individuo histórico, que fue él mismo el Hijo de Dios encarnado. Denota que ya no importa cómo se auto comprendió Jesús, ello porque la encarnación consiste en la existencia de la comunidad cristiana, incluyéndose en ello las creencias que la misma desarrolló acerca de Jesús. Así que, afirmar la encarnación es afirmar la Iglesia y la narrativa cristiana por la cual ésta existe.

Lo interesante y fundamental de la argumentación sobre el acontecimiento Cristo, más allá de su contundencia teológica respecto a una cristología de la encarnación actual, puesto

119 Cf. Knox, John.

The Humanity and Divinity of Christ: A Study of Pattern in Christology, Cambridge

University Press, Cambridge, 1999, p. 21.

120

Ibídem, p. 25. Traducción mía.

121

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aborda arbitrariamente el mínimo dato desde Nicea hasta Calcedonia, es que tiene el mérito de llamar la atención hacia algo importante, esto es, que el significado de la vida de alguien para otras personas no consiste sólo en la realidad concreta de aquella vida en sí misma, sino también en la o las formas en que esta persona es percibida y fundamentada. Ello podría aplicar en lo que respecta a la vida de Jesús de Nazaret, en cuanto que, sabemos de él, solo porque otros reaccionaron ante él, e incluso porque otros reaccionaron de múltiples maneras a las reacciones de los primeros que creyeron y le siguieron.

También, porque a través del acontecimiento Cristo, el cristianismo atribuye a éste, un momento histórico particular, como representante del designio definitivo de Dios con la humanidad. Esto dentro de la cosmovisión del modo lineal cristiana de comprender e interpretar la historia humana, en la cual ésta no pueda adquirir un auténtico sentido de un diálogo entre Dios y la humanidad por medio de intervenciones históricas de Dios, ni puede tener un destino final que le haya sido asignado por Dios mismo. Esta historia del diálogo entre Dios y la humanidad es una historia de salvación. Esto no quiere decir que se inserte en la historia universal misma, en cuanto diálogo de salvación entre Dios y la

humanidad122. Aunque distinta de la historia profana, es inseparable de ella.

En este horizonte, la historia de salvación se extiende desde el comienzo hasta el final de la historia, desde la creación al fin del mundo. La fe cristiana coloca en su centro el acontecimiento Jesucristo. No en sentido cronológico, sino teológico. El acontecimiento Jesucristo es decisivo en la historia de la salvación; la piedra angular, podríamos decir, sobre el que gira toda la historia de diálogo entre Dios y la humanidad; el principio de inteligibilidad del plan divino, tal como se concreta en la historia del mundo. La

constitución pastoral Gaudium et Spes de Vaticano II, expresa este sentido al afirmar que:

¨Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido

otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el

fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro.123¨

122 Cf. Rahner, Karl. ¨Historia del mundo e historia de la salvación¨, en:

Escritos de Teología, V, Taurus,

Madrid, 1964, pp. 115-134.

123 Documentos del Vaticano II,

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De esta forma, para la fe cristiana, hay una tensión entre un ¨ya¨ y un ¨todavía no¨ a través de toda nuestra historia presente, donde el acento se pone sobre todo en lo que ya se ha cumplido una vez por todas en el acontecimiento Jesucristo. La resurrección de Jesús, por tanto, punto de partida de la fe cristológica, operó en los primeros cristianos un cambio, esto es, la fe de los antepasados les había orientado hacia un futuro indefinido. La experiencia pascual les volvía hacia un acontecimiento concreto que acababa de suceder en un pasado reciente, y ello comprendido como historia de salvación dado en el acontecimiento Jesucristo como centro de tal historia y salvación. Abordemos ahora la propuesta que argumenta la encarnación a partir de una cosmovisión metafórica.