a 1986, cuando asistí por primera vez al Festival Internacional de Cine de Amiens (Francia). Este evento tiene su mirada puesta en la producción de películas en los paí- ses del Sur, América del Sur, África y Asia. Allí descubrí cineastas brillantes como Djibril Diop Mambéty (1945-1998), cineasta senegalés que dejó una breve pero creativa obra cinematográfi- ca. Tuve acceso a una vasta información sobre películas dirigi- das por cineastas africanos y empecé a conocer sus obras y sus búsquedas, así como también la estructura de producción de los países a los que pertenecían.
El cine en África data de los años cincuenta. La primera película dirigida por un cineasta africano se atribuye al sudanés Gadalla Gubara y fue un documental titulado Song of Khartoum. Poste- riormente, en 1963 hace su aparición la película Borom Sarret, dirigida por uno de los precursores y casi padre del cine africano, Ousmane Sembène (1923-2007), quien fuera cineasta, escritor y activista político senegalés. Con sus obras, el cine del oeste afri- cano hizo su ingreso por la puerta grande, tanto en los festivales de cine europeos como en salas comerciales.
Se puede decir que en sus comienzos al cine africano le resulta- ba un doble esfuerzo conseguir la financiación para la produc- ción de las películas y su posterior difusión y estreno comercial. Pero a partir del año 2010, la tecnología digital colapsó la indus- tria audiovisual y prácticamente en todo el planeta se ha dejado de utilizar el formato analógico, es decir el negativo de 35 mm. Esta digitalización del cine también produjo una democratiza-
ción del mismo y, hoy por hoy, en todos los países los directores
de cine gozan de las ventajas, rapidez y sencillez del cine numé- rico o digital. Esto ha permitido que países como Nigeria se su- bieran al podio en los últimos años. Nigeria, en el plano cinema- tográfico, es conocida como “Nollywood” por sus más de 1.200 largometrajes anuales, siguiendo en el podio de la producción audiovisual a la inalcanzable India, con 2.500 películas al año, mientras que Hollywood ocupa, por el momento, el tercer lugar, con menos de 500 largometrajes.
En cuanto a los festivales de cine, se desarrollan importantes encuentros en el continente africano. El Festival Internacional
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de Cine Amateur de Kelibia (Túnez) nació en 1969 y es el festi- val más antiguo del continente africano. Los festivales de cine de Cartago (Túnez), Marrakech (Marruecos) y Durban (Sudá- frica), por mencionar algunos, se encuentran en lo más alto a nivel convocatoria de público así como también de producción general, mostrando las novedades y variedades del cine africa- no.
En este marco cabe destacar el festival de Burkina Faso, conoci- do como FESPACO, que cada dos años se realiza en Ouagadou- gou y cuyo acto de apertura se hace en el gran estadio de fútbol de la ciudad capital con la asistencia de más de veinticinco mil espectadores. Para la próxima edición, en febrero de 2017, se estima que estará finalizado el complejo Ciné-Guimbi, que con- tará con dos hermosas salas cinematográficas. El mismo se está construyendo, con apoyo de los productores, directores y funda- ciones de cine de todo el mundo, 310 kilómetros al sudeste de Ouagadougou, en la ciudad de Bobo-Dioulasso. Por cierto, entre los orígenes de las palabras atribuidas casi siempre al latín, es mi deber informar que Bobo es una de las etnias más sabias del oeste africano junto con los Mandinga y los Dogón. Cuando en tiempo de las colonias los hombres fueron secuestrados de sus casas en sus tierras africanas, trasladados en barcos a América, se los identificó como si fueran una sola cultura “los africanos”, pero no es así, todos los saben.
En África hay más de 2.500 etnias y los Bobo son una etnia con conocimientos muy precisos de las matemáticas y astronomía. Cuando el colonizador jugaba con ellos burlándose de sus oríge- nes, se destinó la expresión de “bobo” a alguien que tenía sus ca- pacidades mentales disminuidas o que comete varias torpezas. Lo mismo sucedió con la etnia Mandinga, pero su maldición fue ser portadores de energías negativas: “Cosa de mandinga”, atri- buyendo esto a un supuesto ser endemoniado, simplemente por- que las prácticas de las creencias de los Mandinga, Mandingue o Mandé eran totalmente diferentes a las de los colonizadores. En las próximas líneas compartiré mis experiencias de reali- zación de películas en África, las cuales me llevaron a recorrer las culturas, historias y realidades de Túnez, Cabo Verde, Malí, Benín, Etiopía, Angola y Namibia y a trabajar en las primeras coproducciones argentino-africanas.
Túnez
Mi experiencia concreta con la realización de películas en África comienza en el año 1989 cuando fui invitado a ser jurado del Festival Internacional de Cine Amateur de Kelibia (Túnez) y fuera de competición se exhibió mi opera prima en 35 mm La
Sagrada Familia. Este fue el inicio concreto de algo que yo mis-
mo no me imaginaría que luego se fuera a desarrollar hasta mi presente.
Caí como dentro de un sueño cuando el primer llamado a la oración salía desde diversas mezquitas al mismo tiempo y yo estaba en un bungalow de hotel. Corrí a la recepción y desperté a un empleado para preguntarle qué eran esos sonidos tan pene- trantes. Temía que fuera el anuncio de algún conflicto. Cuando me explicaron que se trataba del primer llamado a la oración no lo podía creer y allí vi el mar Mediterráneo transparente y en el borde unas mujeres bañándose con sus túnicas y luego unos muchachos jugando en la arena portando jazmines en sus orejas. Así fue como un despertar de algo que poco a poco se fue materializando en una idea. Tomé los libros de poetas vincu- lados al sufismo, como Saadi, Hafiz, Rumi, Khayyam y empecé a delinear una historia. Cinco relatos unidos de la mano de un ángel que se transformaba en demonio. Así nació Equinoccio
(el jardín de las rosas), que fue la primera coproducción entre la
Argentina y Túnez y la primera hecha entre nuestro país y una nación africana. En 1990 filmamos la película y en 1991 se estre- nó en ambos países.
Para su realización estudié durante un año la lengua árabe y trabajamos en francés. Fuimos cinco argentinos para filmar la película. Formalmente se hizo un contrato de coproducción entre mi empresa y la Federación Tunecina de Cine Amateur (FTCA). El concepto amateur lo defienden muchos para separar lo comercial de lo independiente. Pero en el seno de la FTCA plantean que el cine independiente es una utopía, pues siempre se depende de algo proveniente de la industria del cine. Que el cine independiente se separe del otro cine, para decir que no depende de un sistema, es una ilusión, dado que siempre se depende de algo en el marco del cine que, indefectiblemente, está atado al plano industrial. Se fabrican cámaras para vender millones y no un par, todo es parte de la industria.