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CAPÍTULO I: MARCO TEÓRICO

I. Enfoque funcional

El enfoque funcional conceptúa los valores como metas u objetivos relativamente abstractos y consistentes a través de las situaciones que guían la conducta de los seres humanos y constituyen la representación cognitiva y consciente que los individuos tienen de las necesidades fundamentales para la supervivencia propia y de los grupos a los que pertenecen; es decir, los valores representan estados

adaptativos. Schwartz y Bilsky (1987) ilustran este planteamiento con

dos ejemplo: Por una lado, la exigencia de satisfacción de las necesidades orgánicas se transforma conscientemente en valores hedónicos de placer que guían la conducta hacia funciones como la alimentación y la actividad sexual; Por otra parte, la necesidad de ajuste mutuo y convivencia armónica de las personas para la supervivencia y el funcionamiento del grupo se representa cognitivamente en valores de conformidad, respeto y restricción de los propios impulsos.

Generalmente los valores se definen como "concepciones de lo

deseable" (Kluckhohn, 1951; Rokeach, 1973; Triandis, 1975;

Schwartz, 1992) y no solamente de lo deseado, en función del estado

del organismo y de las claves situacionales. Para Mueller y Wornhoff

(1990) los valores suponen un proceso de racionalización de las necesidades fundamentales y, por tanto, tienen un carácter normativo que los hace trascender situaciones y momentos. La funcionalidad de los valores se hace plenamente evidente en el plano social y por eso la sociedad se encarga de inculcar valores en forma de exigencias para el desempeño de un rol. El individuo aprende e internaliza los valores como demandas sociales de competencia y moralidad, de este modo el sistema de valores del sujeto está en estrecha relación con su posición y su experiencia social.

Entre las necesidades humanas hay unas que el sujeto percibe con mayor grado de evidencia, como “exigencias primarias”, que tienen una conexión inmediata y directa con los valores que las representan. Estos valores requieren una presión social mínima para su internalización. Mientras que otras necesidades no son tan evidentes y los valores que las satisfacen requieren mayor elaboración cognitiva para su justificación y un esfuerzo deliberado para su socialización.

Braithwaite (1979) en una investigación que realizó para descubrir las interconexiones que los sujetos eran capaces de establecer entre sus

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valores y hasta qué punto justificaban unos en función de otros, encontró que los valores de armonía internacional e igualdad constituían un dominio muy articulado y elaborado racionalmente en el que los sujetos eran capaces de dar cuenta explícita de la relación entre sus valores; lo contrario sucedió con los valores de seguridad.

Braithwaite (1993) sugiere que los primeros constituyen "una orientación de valor fundamentada en el contenido" y los segundos "deben mucho al estilo cognitivo o a las necesidades no conscientes".

Al representar necesidades, los valores también cumplen una función motivacional en dos sentidos: como expresiones de necesidades fundamentales son energizantes o activadores que impulsan a la acción; como representaciones cognitivas tienen una función direccional, guían la percepción, la selección de metas y el curso de la acción. A esta doble función se refiere Feather (1982)

cuando dice que los valores "pueden funcionar como motivos generales, pero también determinan parcialmente la acción al inducir valencias en los sucesos y consecuencias potenciales".

Finalmente, en su calidad de representaciones conscientes de las necesidades humanas, los valores cumplen la función social fundamental de permitir la comunicación interpersonal e intergrupal sobre las metas y objetivos de individuos y de grupos. Esta posibilidad de comunicación e intercambio es base imprescindible para una acción social coordinada que permita afrontar la realidad en nuestros contextos sociales (Schwartz, 1992).

II Enfoque estructural

Según Rokeach (1960), el sistema de creencias del individuo está conformado por un núcleo relativamente pequeño de creencias resistentes al cambio, es decir, duraderas en el tiempo y aplicables a una amplia gama de objetos y situaciones, y por una gran cantidad de creencias periféricas progresivamente más variables y específicas. El núcleo central del sistema cognitivo del sujeto está compuesto por las creencias autorreferentes que constituyen la identidad; en torno a éstas se ubican los valores, que poseen un considerable grado de abstracción y estabilidad; las actitudes se sitúan en la periferia de los valores, siendo más susceptibles de transformación y más circunscritas en su aplicación (Rokeach, 1980). Mientras que los valores son fundamentalmente creencias preceptivas o normativas, las

actitudes constituyen organizaciones complejas de creencias existenciales, evaluativas y causales en torno a un objeto o secuencia

de eventos (Rokeach, 1973, 1980). Generalmente se ha asumido que

la relación entre los valores, las actitudes y otros esquemas cognitivo- motivacionales más específicos es una relación de dependencia funcional: las prioridades de valor predicen significativamente la adopción de actitudes específicas (Rokeach, 1973, 1980)3.

Idéntico planteamiento fue propuesto por Katz (1960), quien afirma

que una de las funciones de las actitudes es la exteriorización de los valores subyacentes, actitudes de carácter fundamentalmente

expresivo denominadas actitudes simbólicas (Chaiken y Stangor,

1987). En cuanto a su coherencia con los valores, cabe hacer algunas

precisiones:

1) Hay diferencias individuales en el grado de consistencia entre actitudes y valores porque varía la tendencia a adoptar y mantener actitudes simbólicas. Para los individuos cuya conducta se guía por criterios internos, la función expresiva de las actitudes tiende a ser preponderante y la coherencia con los valores, grande. En cambio, quienes orientan la conducta en función de claves externas tienden a mantener actitudes que maximizan el ajuste a la situación y proporcionan aprobación social, aunque sean menos consistentes

con sus valores individuales (Kristiansen y Zanna, 1988).

2) Las personas tienden a caracterizar sus actitudes en términos positivos y, en consecuencia, a adoptar posiciones más polarizadas en dimensiones en las que el punto evaluativo es congruente con las actitudes. De ahí se deduce que para justificar actitudes divergentes sobre un mismo asunto los individuos apelan a valores distintos (Eiser, 1987); Molpeceres (1994) ilustra el planteamiento con un ejemplo: en el tema de las actitudes hacia las centrales nucleares, las personas que están a favor de ellas discutirán el tema

3 Son muchos los estudios al respecto. Las áreas más investigadas son, quizás, las que se refieren a: a) Valores y actitudes en relación con problemas políticos, por ejemplo, los

estudios de Kristiansen y Zanna (1988) y Braithwaite (1993); b) actitudes parentales hacia

la socialización (Musitu et al., 1988; 1996); c) actitudes filiales hacia la familia y la

autoridad (Musitu et al., 1988; 1990; 1994); d) también la asociación entre valores,

estereotipos intergrupales y actitudes hacia el contacto con minorías (Schwartz y Bilsky, 1990; Schwartz y Sagiv, 1995).

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en términos de seguridad nacional, puesto que en este valor el polo evaluativo es congruente con la actitud; mientras que las que estén en contra definirán el asunto en términos de su impacto ecológico. 3) Cuando no existe libertad para asumir una actitud, sino que el

contexto la impone en términos de la importancia que tiene para un valor en concreto, esa actitud y los juicios sociales derivados de ella se polarizan o se moderan debido a que el contexto normativo determina la expresión del mayor o menor grado de extremismo en las actitudes y juicios.

III Enfoque fenomenológico

El enfoque fenomenológico conceptúa los valores como producto de la socialización; constituyen la representación que el sujeto internaliza de las demandas y expectativas sociales; y operan como guías para el desempeño de roles y son garantía de su adecuada ejecución. Esta función de control interno de la conducta se hace posible porque, desde un punto de vista subjetivo, los valores tienen un carácter prescriptivo, carácter que puede entenderse en un doble sentido: como criterio o marco de referencia evaluativo del juicio que se emite sobre la realidad y como guía para la selección y realización de objetivos específicos y conductas consistentes con ellos.

Todos los valores son normativos en la primera acepción, son concepciones amplias de lo deseable. En consecuencia, funcionan como esquemas cognitivos para contrastar la realidad. De ese contraste resulta una evaluación afectiva de las situaciones que rodean al sujeto, de los sucesos que acontecen a su alrededor y de las conductas que observa. Atendiendo a su relación con la conducta no todos los valores son iguales. De una parte, hay valores que son preceptos para la conducta en el sentido de que generan un comportamiento de aproximación al estado deseado, mientras otros no lo hacen. De otra parte, unos son percibidos como prescriptivos para uno mismo solamente, y otros para uno mismo y para los demás (Rokeach, 1973; Martín y Benavent, 1993).

El carácter prescriptivo de los valores se ve afectado por dos aspectos:

1) Atribución y obligación: Rokeach asume que los valores orientan la conducta del individuo porque la percepción discordante entre

valores y conducta genera un sentimiento de insatisfacción consigo mismo que activa y motiva a cambiar la conducta en la dirección de la

meta deseable (Rokeach y Ball-Rokeach, 1989). Sin embargo, los

teóricos de la atribución ofrecen un planteamiento matizado: los valores son concepciones de lo deseable, pero eso no significa que necesariamente motiven una conducta orientada a su consecución. Para que un valor tenga el carácter de precepto de la conducta es preciso que sea percibido como una meta controlable y dependiente del sujeto. Si no se activa el sentido de la responsabilidad personal los valores no se constituirán en normas conductuales.

De acuerdo con los planteamientos de Weiner (1985) hay valores

que se consideran dependientes del sujeto y controlables, los valores morales pertenecen a este grupo, de ahí que exista la tendencia a considerar que la honestidad, la servicialidad o la obediencia dependen de la voluntad del sujeto y la transgresión de estos valores genere sentimientos de culpa. Sobre otros valores también se realizan atribuciones internas, pero se perciben como incontrolables, es decir, que la ejecución competente depende de las cualidades del sujeto, pero estas cualidades no son modificables a voluntad. Los valores de aptitud son un ejemplo de este tipo. Así, la inteligencia se considera como algo establecido y, por consiguiente, el fracaso en alcanzar los estándares de competencia socialmente prescritos no suele provocar culpa sino vergüenza por la inadecuación personal. Finalmente, hay otros valores sobre los cuales se realizan atribuciones externas, se considera que su realización no depende de uno mismo sino de factores ajenos. Muchos valores socioestructurales son de este tipo, por ejemplo, la paz mundial y la seguridad nacional son considerados como estados sobre los cuales la propia conducta no tiene repercusión alguna. La transgresión de estos valores suele provocar ira.

Cada una de estas emociones (culpa, vergüenza, ira) tiene

consecuencias diferentes para la motivación. Weiner (1985) encontró

un considerable volumen de investigación que sugiere que la vergüenza provoca retraimiento, abandono e inhibición motivacional, y la ira produce respuestas agresivas. De las tres, sólo la culpabilidad favorece la activación motivacional y la conducta de aproximación a la meta no alcanzada. En definitiva, sólo los valores morales son prescriptivos para la conducta en el sentido expuesto por Rokeach.

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La cultura es otra variable que debe ser tenida en cuenta en el marco descrito, puesto que las atribuciones no son inherentes a la naturaleza del valor sino que son características de cada cultura, teniendo en cuenta que existen culturas con mayor tendencia a las

atribuciones personales e internas que otras4. Hay también

condiciones socioestructurales e institucionales que pueden favorecer unos estilos de atribución sobre otros, es decir, la determinación de los estilos atribucionales puede expresarse de forma diferente dentro de una misma cultura. Así, por ejemplo, la atribución de control y responsabilidad personal sobre los modos deseables de interacción y las ejecuciones competentes parece asociarse a una ideología conservadora y cercana a la ética protestante; del mismo modo que las clases altas y las personas que están de acuerdo con la ideología dominante, tienden a internalizar el control del medio (Páez et al., 1987). De este modo, la autoatribución de responsabilidad sobre las metas personales, interaccionales y socioestructurales se deriva de una interacción compleja entre las convicciones ideológicas, la posición en la estructura social, el grado de poder asociado a ésta, y la historia personal de éxitos y fracasos (Molpeceres, 1994).

2) El rango de aplicabilidad de la prescripción: Teniendo en cuenta que los valores difieren en el grado en que se perciben como prescriptivos para uno mismo o para la sociedad en su conjunto,

Mueller y Wornhoff (1990) seleccionaron siete valores para analizar el grado de correlación entre la prioridad personal y la prioridad social otorgada a cada uno de ellos. Encontraron, por ejemplo, que quienes valoran la belleza para sí mismos no la consideran importante para los demás, en cambio, quienes valoran el orden para sí mismos tienden a considerarlo también normativo para los otros con un coeficiente de correlación muy alto. Aunque Mueller y Wornhoff no presentan un estudio sistemático de los motivos por los cuales unos valores se consideran personal y socialmente deseables y otros sólo personalmente deseables, hay razones para pensar que puede existir

4A partir de la cultura, Farr (1987) analiza la "ideología de la responsabilidad individual"

propia de las sociedades occidentales. En relación con la aptitud, Mugny y sus colaboradores denominan "ideología del don" la tendencia a atribuir incontrolabilidad a la inteligencia y especifican las condiciones culturales en las que la emergencia de esta

una variabilidad en el rango de aplicabilidad de la prescripción en función del carácter propio de cada valor; de los seleccionados en su estudio, el orden es el único que, en cierto modo, requiere de todos para que verdaderamente se realice.

Hipotéticamente se pueden conceptualizar tres tipos de valores según la matriz de interdependencia que generan. De este modo, existirían valores que requieren de la voluntad colectiva para su realización como muchos de los valores de foco socioestructural y algunos interpersonales. Por ejemplo, no se puede disfrutar de la paz, el orden o la amistad si no son metas apreciadas y protegidas por los demás. Existen otros valores, en cambio, en los que la consecución del placer es generalmente independiente de que otros compartan o no la prioridad de este valor, muchos valores personales como la belleza y algunos interpersonales como la servicialidad se encuentran en este caso. Por último, hay valores excluyentes en los que el logro del objetivo depende de la consecución simultánea por el menor número posible de personas, la riqueza material es un ejemplo evidente.

Otro valor que en el trabajo de Mueller y Wornhoff (1990) obtiene

una correlación muy alta entre la prioridad personal y la prioridad social que se le otorga, es la obediencia. Tanto el orden como la obediencia son valores de conformidad que sustentan un modelo ideal de sociedad cohesionado y uniforme; pero puede ocurrir que quienes priorizan en mayor medida estos valores conservadores tiendan a considerar más deseable el consenso social y que quienes enfatizan personalmente valores de independencia y apertura prefieran un modelo social más pluralista, sin requerir que otros compartan su posición.

Naturaleza psicosocial de los valores. La teoría de Milton Rokeach

Un autor clásico en el estudio de los valores como concepciones individuales es Rokeach. Inmerso en el mundo inestable que genera la transición entre modernidad y postmodernidad de los años sesenta y setenta, sus conceptos reflejan el estado revolucionario de la época en tres aspectos:

a) En sentido ideológico, su teoría constituye un modelo explicativo de los valores en el ámbito de la psicología política.

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b) Como reflejo del empirismo, la operacionalización del concepto de valor facilita su medición.

c) En atención a la transformación, su teoría es un reflejo de la dinámica y del cambio social en el sistema de valores.

Estos aspectos proporcionan un marco para delimitar el concepto de valor y precisar su constitución como sistema, convirtiéndose su teoría en el centro de congruencia, de divergencia y de partida para posteriores investigaciones y formulaciones, razón por la cual la veremos ampliamente.

Estructura y tipología de los valores

Para Rokeach (1973) "los valores son creencias prescriptivas y duraderas referidas a modos de conducta o estados finales de existencia, personal o socialmente deseables, o preferibles a su opuesto". Son creencias prescriptivas en cuanto permiten juzgar como deseable o indeseable un objetivo o un medio tendente a la realización de una acción determinada. Son creencias duraderas por su grado de estabilidad acorde con la personalidad y la sociedad; tienen un carácter absoluto pero no inmutable. Como creencias los valores tienen tres componentes:

a) Cognitivo, porque son concepciones de lo deseable;

b) Afectivo, porque adhesión y rechazo son de carácter emocional;

c) Conductual, porque guían la acción.

Rokeach estructura una tipología de los valores, considerados como "modos de conducta o estados finales de existencia", en dos niveles: terminales e instrumentales. Los valores que se asocian a estados finales son los valores terminales que a su vez pueden ser personales y sociales, los primeros se centran en el sí mismo (self) y, por lo tanto, su orientación es intrapersonal; los segundos se centran en la sociedad y su orientación es interpersonal. Los valores referidos a la conducta son instrumentales que a su vez pueden ser morales y de competencia; los morales se caracterizan por su orientación interpersonal; los de competencia tienen orientación intrapersonal. En la Figura 2 podemos

VALORES

Concepción de algo que es personal y/o socialmente deseable

VALORES TERMINALES Referidos a estados finales de existencia

VALORES INSTRUMENTALES Referidos a modos de conducta

VALORES PERSONALES Centrados en uno mismo, de

foco intrapersonal Ejs.: salvación, armonía interior

VALORES SOCIALES Centrados en la sociedad, de foco interpersonal Ejs.: paz mundial, igualdad

VALORES DE COMPETENCIA De foco intrapersonal, su transgresión provoca vergüenza

Ejs.: honesto, responsable

Ejs.: lógico, imaginativo

VALORES MORALES De foco interpersonal, su transgresión provoca culpa

Figura 2 Clasificación de los tipos de valores (Rokeach, 1973)

Algunos autores, como Gorsuch (1970), han criticado esta

distinción entre valores terminales e instrumentales. En concreto,

Gorsuch considera que "cualquier valor que no sea el último puede considerarse un valor instrumental".

En la teoría de Rokeach, el individuo integra sus valores en un sistema organizado en función de la prioridad que le asigne a unos con respecto a otros, es decir, establece un sistema jerarquizado de valores cuya permanencia depende de su grado de internalización. Este sistema está formado por dos subsistemas de valores, terminales e instrumentales, funcionalmente interconectados en la medida en que existen modos de conducta instrumental para alcanzar estados finales y teniendo en cuenta que la misma conducta puede ser instrumento de varios estados finales y varios modos de conducta pueden orientar un solo estado final.

Williams (1979) hace dos precisiones al planteamiento de Rokeach sobre los valores como determinantes funcionales de la conducta: 1) La relación entre valor y conducta se modifica por efecto del

desarrollo individual. Concretamente, el desarrollo cognitivo permite la comprensión, integración e internalización de los valores en un sistema organizado, coherente y estable.

2) Cuando la conducta acorde con un valor es excesivamente costosa para el individuo no es suficiente la internalización para provocarla, entrando en juego el factor social con su sistema institucionalizado de sanciones y la consecuente presión de conformidad al grupo de pertenencia.

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Los valores también son los determinantes básicos de las actitudes. Las actitudes son una organización de varias creencias en torno a un objeto o situación específica, mientras que los valores son una sola creencia de tipo prescriptivo que tiene una cualidad trascendental. En este sentido, los valores ocupan una posición central en el sistema cognitivo y de la personalidad, guían las acciones, las actitudes, los juicios y las comparaciones sobre objetos y situaciones, trascendiendo lo inmediato hacia objetos o metas a largo plazo.

La escala elaborada por Rokeach para la medición de valores, el

Rokeach Value Survey (RVS), consta de treinta y seis items

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