I. Teoría del mundo de la vida
8. Entender lo sobreentendido
La identificación de Rousseau del estado originario con un
estado prefamiliar libre de instituciones también nos permite mostrar ahora que el concepto de mundo de la vida es más elás tico que el de estado de naturaleza, y también indiferente a la antítesis de tradición materna estática y tradición paterna pro gresista, que desde entonces forma parte del repertorio de todos los rousseaunismos. El mundo de la vida no necesita ser estático si sus transformaciones están ligadas en el ritmo a las generacio nes y no pueden ser tomadas como indicio de la contingencia de la representación del mundo. La mera acumulación de experien cias mantiene la vida en la adaptación al mundo, a los requeri mientos de la realidad, que no tiene que realizarse expresamente sino que se autogenera, sin que haya necesidad de realizar el ro deo por la teoría. En la crítica que Descartes inicia a la aplicación de determinados procedimientos en habilidades técnicas y artís ticas y desde la cual gira hacia la elaboración de teorías "puras" sin contemplar su aplicación y operatividad, todavía se puede reconocer el hecho fundamental de que grandes áreas de la tra dición profesional constantemente tuvieron que hacer uso de co nocimientos y conquistas teóricas en potencia sin avanzar jamás en acto hacia ese trasfondo teórico de sus propias posibilidades. También los estudios de Galileo en el arsenal de Venecia ilustran este hiato entre un uso del conocimiento sobreentendido y pro pio del mundo de la vida y la explicación de ese conocimiento en sí y para sí con pérdida del contexto de transmisión, propio del mundo de la vida. Por supuesto que los conocimientos de balística y metalurgia guardados en el arsenal de Venecia no eran un mundo de fórmulas puramente estático, sino que cada uno de ellos era el producto temporario, sólo en apariencia está-
tico, de un proceso prolongado de enriquecimiento de experien cias y retroalimentación. Pero a los individuos, muy a diferencia de Galileo y del propio Descartes, tiene que haberles parecido una esfera definitiva, que no necesitaba revisión científica. In cluso en la esfera de la maquinaria de guerra el factor de la dife rencia en el estándar técnico prácticamente no se reconocía toda vía, comparado con las diferencias cuantitativas de armamento entre los Estados y las comunidades rivales. No es necesario ne gar el progreso patriarcal producto de la acumulación de éxitos generacionales para suponer, no obstante, para la conciencia indi vidual la premodalidad de lo sobreentendido propio del mundo de la vida -lo cual siempre significa tanto innecesariedad de fun- damentación como insuperabilidad-, con independencia de las transformaciones que pueda constatar el observador externo o histórico.
Claro que la conciencia de un estado final alcanzado, en tanto conciencia que se ha vuelto expresa, es más fuerte, así como en las ficciones utópicas se vincula con el estado general descripto, porta dor del grado óptimo alcanzado o el grado pésimo alcanzado, pero en ambos casos portador de la conciencia de la insuperabilidad. No por casualidad la literatura utópica comienza pintando el estado en una isla, así como incluso en el poco imaginativo Husserl el con cepto del mundo de la vida casi inevitablemente se vincula de re pente con la imagen de la isla, porque los mundos de la vida son siempre mundos del espacio cercano y su vulnerabilidad obedece a que la totalidad de la realidad jamás es idéntica a la totalidad del mundo de la vida. Así, en un apunte fechadle "probablemente en el verano de 1931" Husserl señala que el rasgo característico de todo "mundo doméstico" o "ambiente de vida" es tener un hori zonte no experimentado y no experimentadle, es decir, un horizon te que no ha quedado sólo fuera de juego en la práctica, sino que "de ninguna manera entra en consideración para la praxis", que se "mantiene dentro de una finitud práctica de experiencia y acción", es decir, protegido en cierto modo de experiencias más amplias, "como por ejemplo el mundo de la vida de un pueblito isleño que.
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totalmente aislado, tiene su 'representación del mundo' y su mundo como un ambiente de vida finito"d
Frente a tal mundo de la vida en tanto un "mundo en el estilo normal que me es familiar, con el que puedo contar constante mente", también la anomalía tiene su estilo, predecible incluso para "el tipo de los acontecimientos anómalos impredecibles". Parte de eso es siempre la organización del tiempo, que incluye el día normal como día de vida, la periodicidad normal de días festi vos y cotidianidad, de dedicación pública y privada. En el límite, toda ruptura de esta normalidad tiene el tipo que se expresa en la frase: "Estoy totalmente desorientado".^ Considero sumamente revelador que para ilustrar la normalidad Husserl mencione la or ganización del tiempo, y para ilustrar la anomalía, el aconteci miento extremo de la falta de fiabilidad del suelo: el terremoto.^ Aquello destinado a poder afectarnos más profundamente por la falta de fiabilidad tiene que ser lo que es soporte de la vida y con centra allí con mayor fuerza nuestra capacidad de confiar en soli deces: el suelo del mundo de la vida. Esto es algo que por ahora no seguiremos exponiendo en este contexto. Husserl lo dijo una vez del siguiente modo: el mundo de la vida posee una racionalidad aparente, "como si" estuviera regulado lógicamente.'* Solamente a este como si lógico, no a los contenidos y las diferenciaciones es pecíficas de las situaciones o profesiones puede referirse lo que Husserl llamaría "la gran tarea de una teoría eidètica pura del mundo de la vida".®
Es notable, no obstante, que Husserl no haya retomado un in tento hecho ya tempranamente, en el curso de 1910-1911 sobre el concepto natural del mundo, de integrar el factor cartesiano a la
' Edmund Husserl, Husserliana xv, p. 232.
^ Ibid., p. 210 (mediados de agosto de 1931: "Die vorgigebene Welt in anschauli- cher Enthüllung - die Systematik der Erweiterung").
Hbí£í.,p. 211.
* Edmund Husserl, Husserliana xvm, pp. 211 y ss. [trad. esp.: Investigaciones lógi cas l, trad. de Manuel G. Morente y José Gaos, 2“ ed., Madrid, Alianza, 1985, p. 177].
temática del mundo de la vida. Porque allí Husserl había desta cado el yo como lo primero con lo que cualquiera se encuentra y que por eso forma parte del horizonte de su concepto natural del mundo, lo había mostrado en la más simple de todas las situacio nes: "Cada uno de nosotros dice 'yo' y se conoce, hablando así, como yo".®
Las instituciones son como islas, pero como islas con tránsito. Se las visita, se plantean preguntas y en ellas se escuchan las pre guntas traídas desde afuera. Estos rasgos muestran que el mundo de la vida en su conjunto no es una institución, porque no conoce la protección de lo artificial-regular. Su protección se basa en las distancias naturales, también en la distancia que generan sus de fensas. No se puede poner en duda que los mundos de la vida implican belicosidad.
No debemos considerar la tendencia del mundo de la vida a la inercia de existencia, su apariencia conservadora desde una perspectiva externa, como algo que tenga que ver con su duración fáctica. Si bien sin duda es cierto que las culturas primarias pre históricas y exóticas, con cuotas de cambio extremadamente bajas, también han convertido su inercia de existencia en una duración de milenios, y si su principal factor de cambio, como puede supo nerse, ha sido el cambio del clima, esto tampoco fue jamás una vi vencia dentro del tiempo de vida del individuo. La desproporción objetiva entre el tiempo de vida y el tiempo del mundo siempre redundó aquí en favor del individuo al ser desconocida para él, ya que no podía convertirse en su carga mental. Pero con la "esencia
^ Edmund Husserl, Husserliana xiii, p. 112 [trad, esp.: Problemas fundamentales de la fenomenología, ed. y trad, de César Moreno y Javier San Martín, Madrid, Alianza, 1994, p. 48]. Del curso Problemas fundamentales de la fenomenología, del semestre de invierno de 1910-1911, cuyo primer capítulo parte de la actitud natu ral y el yo en la actitud natural; allí Husserl, por otro lado, todavía apunta como una obviedad que este concepto natural del mundo funciona "como punto de partida de una teoría del conocimiento" (Husserliana xni, p. 111 A. I [trad, esp.: Problemas fundamentales de la fenomenología, op. cit., p. 45]); dicho sea de paso, el propio Husserl también llamaba "Clases sobre el concepto natural del mundo" a este curso de Gotinga, el editor Iso Kern menciona dos pasajes que lo prueban.
pura" del mundo de la vida no tiene nada que ver esta duración táctica, sino sólo su tendencia a la inercia de existencia. Esta ten dencia es a la vez el presupuesto para que haya una autodestruc- ción del mundo de la vida, que es presupuesto para la expulsión o la salida del mundo de la vida. Hay que partir de que toda brecha parcial o atomicista abierta en las fronteras y en la continuidad del mundo de la vida estaría condenada al fracaso en vista de su ca pacidad de integración. El mundo de la vida siempre contiene también reglas para el no funcionamiento de sus reglas, y ya por eso sus reglas, validadas todas selectivamente, son más fuertes que toda incoherencia periférica o endógena de su sistema, que esta o aquella irrupción de lo desconocido. Tales reglas son de una índole similar a las parateorías que los sistemas teóricos contienen implicativa o ya explicativamente para el caso de que se encuen tren con una resistencia masiva, una reacción de irritación, indo lencia académica, rechazo escolar. Son paliativos preventivos y presuntivos prácticamente para cada caso de incoherencia, incer tidumbre, impugnación, casos que ya han ocurrido y han sido probadamente integrados. El mundo de la vida no cae en su con versión teórica por el solo hecho de que lo desconocido irrumpa en él, esté presente en él, ofrezca tenaz resistencia a que se lo de clare perfectamente conocido.
La función histórica del mundo de la vida, que no es otra cosa que la realidad en la concepción en que puede ser defendida y en tanto puede ser defendida, se basa en su gran capacidad de defen derse. La cantidad de logros secundarios con los que garantiza a los que están adentro su apariencia de continuidad se convierte un día en su logro principal, pero eso significa que ya ha sido efec tuado el giro hacia la actitud teórica. Tomando los canales como ejemplo. Descartes quería mostrarles a los ingenieros, a los técni cos en fortalezas y a los constructores de esclusas cuántos logros secundarios objetivamente consistentes estaban incluidos ya en sus procedimientos y habilidades; no le preocupaba que ellos afir maran haber hecho ese aporte, sino únicamente que el conjunto de todas esas conquistas casuales ya hubiera adquirido la sufi-
cíente densidad como para autonomizarlo y presentarlo en su teo rización autónoma, como manual de geometría, como teoría de la mecánica. No se le ocurrió, y tampoco le habría interesado, que esa misma gente de la que quería copiar esas cosas y ofrecérselas podía no tener el menor interés en esa teoría autónoma, y así creó la separación de los mundos de la ciencia pura y aplicada, que dura hasta el día de hoy y en la que, por otra parte, la expresión "aplicación" despierta la impresión históricamente falsa de que primero existió la ciencia pura y sólo con posterioridad se produ jeron sus aplicaciones. La teoría del mundo de la vida muestra cuán falso es eso y que para eso no se necesitan en absoluto las mistificaciones sobre las cualidades presuntamente creativas en las mesas de trabajo de las manufacturas y en los arsenales.
El mundo de la vida es inestable porque vive de su apariencia de estabilidad y de los paliativos y las astucias que eso requiere. En su propio interior no puede ni debe descubrirse tal inestabili dad. Ese es el núcleo de la teoría eidètica pura del mundo de la vida a la que aspiraba Husserl. Esa esencia es pura porque surge y es entendible directamente de la esencia de la conciencia; la con ciencia es un dispositivo de autoestabilización de la relación con el ambiente en cuanto ésta ya no se establece en el arco reflejo. Hay que sacarse la costumbre de ver el tema del mundo de la vida desde el interés de la teoría del conocimiento, que induce a decir que en el mundo de la vida simplemente se cree que el mundo es realmente como lo percibimos; pero esa creencia en el mundo su puesta también por Husserl, que él toma del helief de Hume a tra vés de Brentano, es una presunción que trasciende toda demostra bilidad descriptiva, una construcción. Sin el menor énfasis lo que vale es: "El mundo es lo que percibimos".^
A la capacidad de defenderse del mundo de la vida se le puede aplicar lo que Karl Popper ha escrito sobre el complejo "que im-
’’ Maurice Merleau-Ponty, Phänomenologie der Wahrnehmung, Berlin, 1966, p. XI [trad, esp.; Fenomenología de la percepción, trad, de Jem Cabanes, Madrid,
pida la política de inmunizar nuestras teorías contra la refutación".® Las teorías se deberían concebir y mantener de tal manera que sean refutables y conserven su refutabilidad; está claro que no de berían adoptar el estado material de la irrefutabilidad, de la ver dad religiosa, del dogmatismo ideológico. Pero al mismo tiempo no hay que perder de vista la comprensión del "valor de una acti tud dogmática".* No debe haber, si se quiere formularlo de este modo, un mundo de críticos; siempre es necesario que haya no juramentación, pero sí ejercicio: alguien tiene que "defender la teoría de la crítica o, de lo contrario, sucumbiría con demasiada facilidad antes de poder contribuir al crecimiento científico".** Habrá que admitir que es más fácil sopesar ambos principios, la impugnabilidad y la capacidad de defensa, en el campo de los sis temas científicos que en el de una teoría del mundo de la vida. Pero quizá sólo a primera vista; porque ¿hasta dónde puede inmu nizarse una teoría para llegar a movilizar defensores, hasta dónde no debe inmunizarse para no desalentar por completo a los detrac tores? Todo amante de las determinaciones cuantitativas tendrá que resignarse ante tales preguntas. Lo mismo vale, por supuesto, para el mundo de la vida, y sin duda no con mayor indetermina ción: el mundo de la vida detiene la vida, pero sólo deteniéndola prepara sus movimientos.
Lo que he llamado la tendencia del mundo de la vida a la inercia de existencia y que en otro contexto llamo su premodali dad es lo que Husserl reiteradamente denomina lo sobreentendido [die Selbstverständlichkeit]. Y es un término logrado. Lo es ya por que en él se pone de manifiesto, de un modo asombroso pero no casual, la convergencia exacta de la dirección original de todas las descripciones fenomenológicas en tanto establecimiento de una ciencia de las trivialidades con el interés por una teoría genética
® Karl R. Popper, Objektive Erkenntnis, Hamburgo, 1973, p. 43 [trad. esp.: Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista, trad. de Carlos Solls Santos, 2" ed., Madrid, Tecnos, 1982, p. 40].
* Karl R. Popper, Conocimiento objetivo, op. cit., p. 40. [N. de la X] Ibid. [N. de la X]
de las operaciones elementales de la razón, de las posiciones de la conciencia guiadas por la vida y ligadas a la vida, interés que sale a la luz como alejamiento del neokantismo y su ciencia como he cho primigenio. Por lo tanto, lo sobreentendido es, por una parte, la signatura de todos los objetos fenomenológicos; por otra, la dis tinción de un campo especial de objetos que ha descubierto y por eso le es absolutamente adecuado.
El concepto de lo sobreentendido como definición descriptiva homogénea del mundo de la vida no es tan inofensivo como suena. En eso es comparable con su uso en la vieja fórmula de que la moral es siempre lo que se entiende de por sí. Porque si bien lo sobreentendido es el factor estabilizador en la tendencia a la iner cia del mundo de la vida, en cuanto tal es también el ocultamiento de estados de cosas y carencias de fundamentación que tiene lu gar en el mundo de la vida. En medio de sus sobreentendidos, la vida en el mundo de la vida se convierte en una vida que ni está conmovida por sí misma ni se toma a sí misma. Husserl hace un uso inocente de la expresión "mundo de la vida", incluso sabiendo ya o pudiendo saber que ese factor de lo sobreentendido ya había sido reformulado en Heidegger como cotidianidad y, por ende, como la antítesis de la autenticidad del Dasein en tanto un estado que, sin ser teórico, se basa sin embargo en la decisión por sí mismo y en el aprovechamiento de la posibilidad de decidir. En el curso de Marburgo del semestre de verano de 1925 Heidegger to davía describe el método fenomenològico como "simple ver y re tener lo visto, sin la pregunta curiosa de qué hacer con eso", pero fundamenta la dificultad de este comportamiento descriptivo pre cisamente en que el ser humano se encuentra en una suerte de posición sesgada respecto de la esfera de las cosas y, por lo tanto, respecto de su objetividad: "La objetividad respecto de lo más so breentendido es quizá lo más difícil de lograr, porque el ser hu mano tiene el elemento de su existencia en lo rebuscado, en lo mentiroso, en lo ya charlado por otros".^ Allí todavía está la acti-
tud, tan escrupulosamente eliminada sin demora en El ser y el tiempo, del moralista al que la actitud fenomenològica le parece una suerte de elusión de las distorsiones y las mentiras de la vida civilizada. Allí se hace visible la exaltación, propia del movi miento de la juventud, de esta suerte de expresionismo filosófico.
En Husserl no hay nada de tal demonización de lo que está en la superficie. Husserl pertenece a una generación que ya había sido afectada por la condena moral del siglo xix que se iba y sus niveles de saturación burguesa. Las dificultades de la reducción no estaban en remover lo sobreentendido de lo esencial, la creen cia en el ser del ente, sino en las grandes dificultades para separar el yo mundano del trascendental. También inocentemente Husserl sumó en el escrito sobre la Crisis el atributo de la cotidianidad al de lo sobreentendido, confiriéndolo al mundo de la vida. Para el contexto completo, tal vez el planteo sobre la validez del mundo sea la prueba más compacta de la intercambiabilidad de los atri butos: "¿Cómo se puede llevar a una inteligibilidad el sobreen tendido ingenuo de la certeza del mundo en la que vivimos, tanto