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Capítulo primero
(Razón de este Capítulo)
Todo lo que un hombre cristiano puede escribir no concerniente a la propagación y consolidación de la fe, corresponde al estilo pagano (gentiliter). En el presente Paréntesis vamos a dejar ese estilo, empleando para todo cuanto nos queda por decir, en este quinto libro sobre la Entidad de Dios, un estilo cristiano, con lo que evitaremos además ser acusados de paganismo.
Cuando luego reanudemos la exposición de nuestros cinco libros de Prácticas, volveremos a emplear el estilo pagano. Consideramos que esto nos será permitido sin que ello encierre el menor ultraje para la confesión cristiana, ya que en definitiva el rito pagano procede de ella también, según ha sido predestinado por Dios.
Aparte de esto y no obstante que las enfermedades nazcan de la Naturaleza, de acuerdo con las cuatro Entidades ya referidas, será bueno que busquemos también las curaciones por la fe, a cuyo motivo dedicamos este Paréntesis, pues ciertamente Dios es el fundamento integral y verdadero de todas las curaciones.
En cuanto a nuestros libros de Práctica, dado que no sólo están dedicados a los cristianos, sino también a los Turcos, Sarracenos, Judíos y a todos los hombres en general, los compondremos en estilo pagano a fin de que sean comprendidos mejor dentro de la Medicina Natural (genuina).
Capítulo segundo
(Teoría del castigo divino como causa
de las enfermedades)
Hablando a los cristianos de esta manera, queremos advertirles que consideren este Quinto Paréntesis con la mayor atención, a fin de que aprendan el modo como deben investigar y curar las enfermedades, según la Entidad Divina.
De Dios en efecto y no de los hombres, provienen la salud y las enfermedades. Por eso es necesario dividir estas últimas en dos grupos, a saber: las que tienen su origen en la naturaleza y las que representan un castigo (flagellum) por nuestras faltas y pecados.
Al estudio de las enfermedades del primero de estos grupos hemos dedicado los cuatro precedentes tratados de las Entidades. En el Paréntesis actual nos ocuparemos pues, justamente, de las enfermedades del segundo grupo.
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A este propósito será conveniente que consideremos que Dios ha puesto en nosotros una pena de ejemplaridad y una conciencia tal de las enfermedades, que no podemos por menos, cuando estamos tocados por ellas, de reconocer nuestra pequeñez y nuestra impotencia, lo poco que somos y que poseemos, lo limitado de nuestra ciencia y lo oculta que se nos aparece la verdad. Entretanto y por doquier, nuestra debilidad e ignorancia se nos muestran a cada momento. Ante semejante situación será preciso que os diga y que sepáis, que sólo Dios da la salud y las enfermedades, así como los remedios que a ellas corresponden.
En cuanto a cómo el médico puede estar informado de estas cosas, os diré que todas ellas han sido creadas y predestinadas sobre un punto. Y que ese punto es el tiempo. De lo que resulta que todas las enfermedades tienen que curar a la hora precisa que el tiempo les ha destinado y no cuando nosotros dispongamos. Lo cual puede resumirse en el aforismo de que ―ningún médico puede conocer el término de la salud ,‖ el que sólo está en las manos de Dios.
Asimismo debéis saber que toda enfermedad es un purgatorio (Morbus quilibet purgatorium est) y que ningún médico puede curar si Dios con su divina Gracia no ha dispuesto que ese Purgatorio termine.
El Médico debe pues operar y trabajar de acuerdo a la predestinación de cada Purgatorio.
(Donde se advierte de la condición de los médicos
ante los designios divinos)
Hemos dicho ya que toda enfermedad es un Purgatorio. Según esto, todo médico debe ser suficientemente prudente y no incurrir en la temeridad de creer que sabe cuál es la hora de la salud o de que puede prever realmente el efecto de sus medicamentos, pues en verdad que todo esto está en la mano de Dios.
Si la predestinación no es de tal inminencia que podáis conocerla anticipadamente, tened por cierto que no curaréis la enfermedad con ninguna medicina y que por el contrario conseguiréis los éxitos más espectaculares en aquellos enfermos cuya hora de predestinación esté próxima.
Observad bien esto y no lo olvidéis: Cuando os traigan un enfermo al que podáis devolver la salud con vuestros cuidados, sabed que ha ocurrido así porque Dios os lo ha confiado y que no curaréis nunca en cambio a aquellos enfermos que no os hayan sido enviados en la voluntad de Dios. Únicamente cuando se acerca el tiempo y la hora de la redención, nunca antes, confía Dios los enfermos a los Médicos. Todo lo que adviene antes carece de este principio. Por eso los médicos inhábiles (imperiti) no son sino los demonios del Purgatorio que Dios ha dispuesto para cada enfermo.
El médico esclarecido es el de los enfermos a los que Dios ha adelantado la hora de la salud.
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Es necesario pues compenetrarse bien de este principio: así la predestinación no podrá dejar de ser tenida en cuenta por más hábil y afamado (generosissimus) que sea el médico. Lo que importa por lo tanto, es buscar o averiguar cuál es la hora en que debe terminar ese Purgatorio; y que todo aquél que no reciba al médico del bienestar y de la curación, sepa que ello es así porque Dios no le ha acordado aún la salud.
Cuando Dios envía un médico a un enfermo en semejantes condiciones, debéis cercioraros de si verdaderamente el arte del médico ha procurado o no algún beneficio, pues Dios no solamente ha creado las enfermedades, sino también a los médicos, cuya llegada al lado de los enfermos puede retrasar todo el tiempo que sea necesario hasta que se alcance la hora y el tiempo de la predestinación, en cuyo momento coincidirán las soluciones del arte y de la naturaleza, pero nunca antes.