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La entrada de Cristo nuestro Señor en Jerusalén con ramos

PUNTO PRIMERO

Cristo entra en Jerusalén con alegría y pompa exterior.

Lo primero, se ha de considerar cómo Cristo nuestro Señor, cinco días antes de su muerte, quiso entrar en Jerusalén, donde había de ser crucificado y muerto, con grandes muestras de alegría y con grande

pascual cinco días antes de sacrificarle. Esta entrada ordenó el Salvador por algunas causas muy amorosas.

1. La primera, para manifestar las ganas que tenía de padecer y la alegría con que recibía los trabajos que le esperaban en Jerusalén, entrando en ella con tanto regocijo como si fuera a bodas; porque el celo de la gloria de Dios y de cumplir la voluntad de su Eterno Padre por la salvación de los hombres le ponía gusto en padecer todos aquellos trabajos, aunque los tenía tan presentes como si ya, los estuviera padeciendo. Y de este ejemplo nació que los mártires iban a las cárceles como a bodas, y estaban en las parrillas de fuego como en cama de flores.

¡Oh dulce Jesús!, corrido estoy en tu presencia por la repugnancia que tengo a padecer trabajos por tu amor; ayúdame, gozo mío, a que me goce en padecer algo por Ti, como Tú te gozabas en padecer por mí.

2. La segunda causa fue para que entendiésemos que cuando en el huerto de Getsemaní y en el discurso de su Pasión había de tener temores, tristezas, tedios y agonías, todo esto era principalmente en la parte

interior del alma, a cuya natural inclinación contradecían los dolores del

cuerpo; mas también los tomaba de su voluntad y con gran contento de la

parte superior del espíritu, en cuanto resplandecía en ellos la voluntad de

su Padre. Y en esto mismo perseveró hasta la muerte, enseñándonos con esto que la suma paciencia consiste en ofrecerse con gran contento del espíritu a sufrir, no solamente trabajos exteriores, sino aflicciones interiores.

Y a esto me tengo de alentar, diciendo con el Apóstol: «Me agrado y alegro en las enfermedades, en las afrentas, en las necesidades, en las persecuciones y en las angustias por Cristo». De buena gana, Salvador mío, recibiré las tristezas y agonías de la carne, y renuncio los gustos sensibles de ella, aceptándolas por imitarte con gozo del espíritu.

3. La tercera causa fue para manifestar que todas las injurias, calumnias y persecuciones que había recibido en Jerusalén las veces que había estado en ella, no eran parte para entibiarle la caridad y amor que la tenia, y el deseo y gusto que recibía en visitarla y enseñarla, y hacerla todo el bien que pudiese; y con esto también la aseguraba que las afrentas y dolores que en ella había de padecer esta vez, tampoco le entibiarían su caridad ni serían parte para que no volviese a recibirla en su amistad si ella quisiese.

¡Oh inmensa caridad de Jesús! ¡Oh fuego encendidísimo de amor, a quien ni las muchas aguas ni los ríos de las tribulaciones pueden apagar! Hasta el día de hoy dura en Él este amor, porque visitando mi alma con su

gracia, si peco mortalmente, aunque con este pecado le crucifico dentro de mí, y pisoteo su sangre preciosa, echándole de mí con ignominia, sin embargo de esto, vuelve segunda vez con grande alegría a entrarse por mis puertas y a querer visitarme y darme de nuevo su gracia; y si otra vez le torno a crucificar, pisotear y echar de mí, volverá la tercera vez, con el gusto que la primera. ¡Oh!, bendita sea tal caridad, y mil veces le alaben los ángeles por ella. Venga, venga vuestra Majestad, Redentor mío, a esta ingrata Jerusalén de mi alma, pues tanto gusto tiene en visitarla, que yo le ofrezco de nunca más echarle de ella, tratándole siempre con la reverencia y obediencia que merece tal caridad. Mas porque yo soy muy mudable, ayúdeme vuestra gracia a tener constancia en retenerla.

4. La cuarta causa fue para que entendamos que padecer trabajos y desprecios por cumplir la divina voluntad y por la virtud, es cosa gloriosa

y honrosa en los ojos de Dios, y de los ángeles, y de los justos; y así, se ha

de entrar en ellos, no sólo con gozo, sino con muestras de honra y pompa, como quien se precia de ellos y se honra con ellos sin avergonzarse ni correrse por esto. Guárdeme Dios, como dice San Pedro, de padecer como homicida, o maldiciente, o ladrón, en castigo de tales culpas, porque esto es cosa vergonzosa; mas padecer como cristiano, por razón de la justicia, honra mía es, como lo fue de mi Señor.

5. Pero más adelante pasó la caridad de Jesús y sus ganas de padecer, porque quiere entrar en Jerusalén con tanta honra y acompañamiento para

que después sus deshonras e ignominias fuesen mayores, como quien caía

de una grande honra, como lo dijo por David: «Después de ser ensalzado, fui humillado y conturbado». Y su Padre dice de Él por Isaías: «Mi siervo será ensalzado v levantado: mas como será a todos muy glorioso, así será entre muchos muy despreciado». De suerte que nuestro buen Jesús siempre huyó la honra exterior de los hombres; y si esta vez la procuró o aceptó, fue para que con ella fuese después muy mayor su deshonra, ordenando la honra a padecer más ignominia.

Gracias te doy, dulcísimo Jesús, por la hambre insaciable de padecer ignominias que tuviste, por la cual te suplico humildemente me des tales ganas de padecer por Ti afrentas, que no se menoscaben aunque reciba honras. Amén.

PUNTO SEGUNDO

Cómo entró Cristo en Jerusalén: Idea de su reino.

Lo segundo se ha de considerar la traza que Cristo nuestro Señor tomó en esta entrada. Envió dos de sus discípulos, diciéndoles: «Id a un lugar que está enfrente de vosotros; allí hallaréis una jumenta atada con su pollino; desatadlos y traédmelos. Y si alguno os dijere algo, decidle que el Señor tiene necesidad de ellos, y luego os dejarán.» Lo hicieron así los discípulos, y poniendo sus capas sobre el pollino, subió en él Jesús.

1. Aquí se ha de ponderar cómo el Rey del cielo, queriendo dar

muestras de su reino, estando acostumbrado a andar siempre a pie por toda

Galilea y Judea, esta vez no quiso entrar a pie, ni tampoco en carros de cuatro caballos, ni en caballo o mula aderezada con ricos aderezos, sino en

un jumentillo aderezado con las pobres capas de sus discípulos, hollando

con esto la pompa mundana y manifestando su pobreza, humildad y mansedumbre, por la cual había de ser conocido en el mundo por Mesías y Salvador, como estaba profetizado por el profeta Zacarías, cuando dijo: «Decid a la hija de Sión: Alégrate, hija de Sión, porque tu Rey vendrá para ti justo y salvador, pobre y sentado sobre un jumento».

Con este ejemplo procuraré aborrecer la pompa del mundo y abrazar la pobreza, mansedumbre y humildad de Cristo; porque si estas son señales de mi Rey y de mi señor, razón es que lo sean también de los que se pre- cian de ser sus vasallos, y con ellas tengo de aparejarme para salir a recibirle, pues a mí también se dice: Tu Rey viene para ti. ¡Oh, si entendiese quién es este Rey mío y cómo viene para mí! Tú, Salvador mío, eres mi Rey, y Rey de reyes, Rey de hombres y de ángeles, de cielos y tierra, Rey por tu naturaleza, Hijo del Eterno Padre y monarca de todo lo creado; y Tú vienes del cielo para mí, para mi salud, para mi consuelo, para mi remedio, para mi ejemplo, para mi defensa y protección. ¡Oh Rey amado mío, Tú para mí, y yo para Ti! Me ves aquí dedicado para Ti, para tu servicio, para tu honra y gloria, para obedecerte, adorarte y amarte y ser todo tuyo, pues Tú eres todo mío; y pues Tú vienes pobre, manso y humilde, yo también quiero ir a recibirte con pobreza, mansedumbre y humildad, vistiéndome de la librea que traes vestida.

2. Lo segundo, ponderaré el misterio que está encerrado en las

menudencias de este hecho. Envía dos discípulos por el jumentillo, y no

uno solo, por llevar adelante su costumbre de que anduviesen acompaña- dos y de dos en dos, unidos en caridad. Manda que suelten a los jumentos

atados y se los traigan, para significar que el oficio de los Apóstoles era soltar a los pecadores, que viven vida bestial y están atados con las sogas de sus pecados, y traerlos a Cristo para que se apodere de ellos y los rija, como rige al jumento el que va sentado en él. Manda que si alguno se lo impidiere, le digan que el Señor tiene necesidad de ellos, como quien avisa que ha de haber quien impida su oficio de desatar las almas de los pecadores, y que estos impedimentos cesarán con el nombre del Señor, que les envía por ellos porque tiene de ellos necesidad para su gloria.

¡Oh palabra omnipotente, que así tapa las bocas y ata las manos de los que quieren impedir el mandato del Señor! ¡Oh Rey de gloria!, ¿qué necesidad tenéis Vos de un jumentillo tan vil y despreciado como el pecador? Yo, miserable, soy el que tengo necesidad de Vos, que no Vos de mí; yo, por mis pecados, soy como jumento, y estoy atado con las sogas de mis pasiones. Mandad, Señor, que me desaten y me presenten delante de Vos, porque mi gozo será llevar sobre mí la carga de vuestra ley, y a Vos, Dios mío, por mi gobernador en ella; no permitáis que el demonio, mundo y carne estorben esta soltura; decidles con vuestra palabra que tenéis necesidad de vuestro siervo, porque luego me dejarán libre para serviros como deseo.

PUNTO TERCERO

Recibe el pueblo con gran honra a Cristo.

Caminando Cristo nuestro Señor sentado en su jumento, a deshora, por inspiración del cielo, le salió a recibir innumerable gente; y unos echaban sus vestiduras en el suelo para que pasase por ellas; otros cortaban ramos de los árboles y olivos que estaban en aquel valle; otros venían desde Jerusalén a recibirle con palmas en las manos, en señal de victoria, y todos con gran gozo alababan a Dios diciendo a voces: Gloria sea al Hijo de David; salva, Señor, al Hijo de David, y por Él nos salva a nosotros: bendito sea el que viene en nombre del Señor; bendito y prosperado sea su reino; paz sea en el cielo y gloria sea a Dios en las alturas.

1. Sobre este hecho, tan maravilloso, que todo procedió de inspiración del Espíritu Santo, ponderaré: Lo primero, cuán de verdad

honra el Padre Eterno a su Hijo con honras y alabanzas verdaderas;

porque así como cuando entró la primera vez en el mundo, naciendo pobre en el portal de Belén, envió ejércitos de ángeles que solemnizasen su entrada y dijesen: «Gloria sea a Dios en las alturas y paz en la tierra a los

hombres de buena voluntad», así cuando entró esta vez en Jerusalén, pobre y manso, sobre un jumento, despierta ejércitos de hombres y de mozos inocentes y puros para que solemnicen su entrada y digan con el mismo espíritu: Paz tenga el cielo con los que vivimos en la tierra, y gloria a Dios en las alturas. Bendito sea el que viene en nombre del Señor. Los ángeles piden paz en la tierra de los hombres para con Dios y estos hebreos piden paz en el cielo de Dios para con los hombres.

¡Oh Padre Eterno!, gracias te doy por la honra que haces a tu Hijo unigénito cuando va, por cumplir tu voluntad, a ser menospreciado. ¡Oh Espíritu Santísimo!, gracias te doy porque inspiraste a esta gente tal modo de alabanzas para gloria de mi Redentor. Me gozo, Redentor mío, de que todos te alaben y bendigan, diciendo: Bendito sea el que viene en nombre del Señor. Estas palabras dice la Iglesia en la Misa al fin del Prefacio, en memoria de la venida que Cristo nuestro Señor hace en el Santo Sacramento del altar, y con este espíritu las diré yo, exclamando: Bendito sea el que viene del cielo a este Sacramento para salvarnos; venga con Él la paz de los cielos y sea gloria a Dios en las alturas.

2. Lo segundo, ponderaré la devoción de la gente, que se quitaba sus capas y las tendía en el suelo para que las pisase Cristo nuestro Señor, en señal de reverencia, teniéndose por dichosos de que tocase sus cosas. Y con este espíritu arrojaré todas las mías a los pies de Cristo, para que Él haga de ellas lo que quisiere.

Veis aquí, Redentor mío, arrojo a vuestros pies, no sólo mi hacienda, sino mi honra y mi contento, mi corazón y a mí mismo todo; pisadme y holladme, y haced de mí lo que quisiereis; triunfad de mí, que he sido enemigo vuestro; yo llevaré en mis manos la palma de esta victoria, y la publicaré por el mundo, porque rendirme a Vos es victoria vuestra y ganancia mía, y es victoria mía en virtud vuestra.

PUNTO CUARTO

Envidia de los fariseos: respuesta de Cristo.

En esta sazón algunos fariseos se llegaron a Cristo y le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos y hazlos callar». El Señor les respondió: «Os digo que si éstos callaren, las piedras hablarán».

1. Aquí se ha de ponderar, lo primero, la maldad del envidioso, que le pesa de la gloria de su prójimo, y condena por malo lo que es bueno, llama

pasión a lo que es inspiración de Dios, y quiere que sea reprendido, por lo cual se hace indigno de que Dios le inspire y mueva, como mueve a la gente sencilla y devota para que se ocupe en alabanzas de Cristo.

2. También ponderaré la eficacia de la divina inspiración, que así trueca los corazones, y enseña a los ignorantes y los mueve a glorificar a Dios con fervor, dejando a los soberbios y presuntuosos fariseos en su tibieza. Esto denotan aquellas palabras: «Os digo de verdad que si éstos callaren, las piedras darán voces»; que fue decir: No dejarán éstos de hablar, porque Dios, con gran fuerza, les inspira y mueve a ello; pero si callaren, Dios despertará otros, aunque sean tan duros como piedras, que clamen y digan lo que ellos dicen, porque para todo es poderoso, y de las piedras sacará hijos de Abraham: y cuando éstos callen ahora, de aquí a poco, en mi Pasión, las piedras mismas, partiéndose con grande estruendo, me predicarán por Dios.

¡Oh dulce Jesús!, ablanda la dureza de los corazones judaicos y gentílicos para que halle entrada en ellos tu divino espíritu, y conociéndote por verdadero Mesías, clamen y den voces diciendo: Bendito sea el que ha venido a salvarnos en nombre del Señor. Sálvalos a todos, Salvador mío, y no te olvides de mi corazón, más duro que las piedras; ablándale, muévele y enternécele con espíritu de devoción cuando ora, para que siempre te ame y alabe por todos los siglos. Amén.

Meditación 4

Las lágrimas que derramó Cristo nuestro Señor sobre

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