II. CRISIS HUMANITARIAS
3. Conflictos armados y emergencias políticas complejas
3.6. Epidemias
Los desastres, y en particular los conflictos armados, sue- len provocar auténticas crisis sanitarias caracterizadas por la
propagación de epidemias, que normalmente son la princi- pal causa del aumento de la mortalidad en tales contextos. Estas crisis sanitarias se desatan por tres motivos:
– El aumento de la propensión fisiológica de las víctimas a contraer enfermedades, dado que la malnutrición ge- nera debilidad corporal y pérdida de las defensas del organismo.
– El incremento de la exposición a las enfermedades, dado que los movimientos de población y su hacina- miento en nucleos urbanos o en campos de ayuda en condiciones insalubres (falta de agua potable y de sa- neamientos) multiplican las posibilidades de contagio de enfermedades como el sarampión, las infecciones diarréicas, la malaria o las infecciones respiratorias agudas (tos ferina, neumonía, bronquitis, etc.). Estas en- fermedades transmisibles son la principal causa del au- mento de mortalidad entre las personas desplazadas. Tanto es así que, según se ha estimado, en los éxodos masivos y repentinos para huir de la violencia, los des- plazados pueden sufrir un incremento de su mortalidad de hasta sesenta veces respecto a lo habitual en el país. – La disminución de la protección sanitaria a la pobla-
ción, debido a que el conflicto ocasiona una mayor di- ficultad de planificación y gestión sanitaria, disminuye los recursos financieros y humanos, hace peligroso desplazarse a los centros de salud, y provoca la des- trucción o paralización de parte de las infraestructuras sanitarias.
Por último, señalemos que a todos estos componentes de las emergencias políticas complejas se les añade algunas ve- ces otro elemento, el de las catástrofes naturales, que actúan como un agravante de la situación.
Es importante subrayar el carácter eminentemente político de la raíz de las EPC, que suele hallarse en la lucha de deter- minados grupos por el poder político, el control de unos re- cursos económicos escasos, y la reafirmación de su identi- dad. En concreto, el conflicto civil y la hambruna con frecuencia se convierten en medios que, en un contexto de incapacidad o quiebra del Estado, les permiten a los señores de la guerra y otros actores el incrementar su poder político, afianzando el control de determinadas áreas; así como el po- der económico, apropiándose de recursos naturales o despo- jando de sus bienes a los sectores vulnerables mediante tácti- cas como la llamada limpieza étnica o las migraciones
forzosas. En otras palabras, las emergencias políticas com- plejas muchas veces son deliberadamente provocadas y es- timuladas por los grupos ganadores o beneficiarios de las mismas.
Por otra parte, como hemos visto, las EPC se desarrollan en contextos de crisis estructural, tanto política como eco- nómica, por lo que algunos autores las interpretan como re- sultado de un fracaso del modelo de desarrollo. Esta idea desafía la concepción tradicional de las agencias de Nacio- nes Unidas sobre la relación existente entre las emergen- cias y el desarrollo. En efecto, el desarrollo habitualmente se ha concebido como un proceso lineal y normal, y los desastres como acontecimientos excepcionales que inte- rrumpen ocasionalmente tal proceso, el cual se reanuda cuando se supera el impacto de la emergencia generalmen- te gracias a la ayuda. Este esquema, que puede servir para los desastres activados por catástrofes naturales, no es váli- do para las EPC, fruto de un declive a largo plazo y frag- mentación de la economía y del Estado. En este caso, la cri- sis no es un evento puntual y transitorio, sino que es la norma: se trata de una crisis del sistema. La consecuencia es que no se puede responder satisfactoriamente a una EPC mediante el mero alivio de sus síntomas, sino que requiere una reformulación del modelo de desarrollo político y eco- nómico fracasado.
Por lo demás, las emergencias complejas le plantean a la acción humanitaria internacional numerosos retos políti- cos, éticos y operativos. Sin ánimo de ser exhaustivos, el desmoronamiento del Estado en el que se opera implica que la comunidad internacional carezca de un interlocutor con capacidad real, que la fragmentación del poder obligue a negociar con grupos opuestos al gobierno soberano, o que las agencias y ONG internacionales asuman funciones que les corresponderían a las instituciones públicas. Otro dilema consiste en qué tipo de ayuda proporcionar: la pro- visión de bienes y servicios para la subsistencia, que podría ser suficiente ante los desastres naturales, resulta claramen- te insuficiente ante estas crisis derivadas de violaciones ma- sivas de los derechos humanos, que requieren además otro tipo de medidas (protección de las víctimas, denuncia y presión política, etc.), pero cuya ejecución puede ser difícil de conjugar con las anteriores y causar que las ONG sufran el hostigamiento o la expulsión del país. En tercer lugar, la complejidad de los conflictos internos actuales, con secto- res que los alientan en beneficio propio y con prácticas de persecución de la población civil, plantea un serio desafío
a la vigencia de algunos de los principios humanitarios, como la neutralidad e imparcialidad, e incrementa el riesgo de que la ayuda sea instrumentalizada y contribuya a ali- mentar la confrontación. Además, la creciente implicación de fuerzas militares en las operaciones de acción humani- taria suscita un serio peligro de desvirtuación de las mis- mas. Todos estos aspectos serán abordados en los próximos capítulos.