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EPISCOPADO

In document Salvador Freixedo Mi Iglesia Duerme (página 97-127)

EPISCOPADO

Comenzaremos este capítulo sobre la actividad episcopal, trayendo a la memoria unas muy serias palabras del profeta Ezequiel 1:

«... Y me fue dirigida la palabra de Yahvé, diciendo: "Hijo del hombre, profetiza contra los pastores de Israel, vaticina y diles a los pastores: Así habla el Señor Yahvé: ¡Ay de los pastores de Israel que se han apacentado a sí mismos! ¿No es el rebaño al que deben apacentar los pastores? Os tomabais la leche y os vestíais de fa lana, degollabais los cebados, pero no apacentabais el rebaño. No habéis robustecido la res flaca, curado a la enferma, vendado a la herida, devuelto a la descarriada ni buscado a la pérdida, sino que las habéis avasallado con violencia y crueldad. Así se han dispersado faltas de pastor y han venido a ser pasto de todas las fieras del campo. Dispersáronse, pues, y ha errado mi ganado por todas las montañas y por toda alta colina; por toda la superficie del país se ha dispersado mi grey, sin que hubiese quien se cuidase de ella ni quien la buscase. Por tanto, escuchad, pastores, la palabra de Yahvé: Vivo yo, declara el Señor Yahvé, que por cuanto mi rebaño se ha convertido en objeto de presa, y mis ovejas han venido a ser pasto de todas las fieras del campo, por falta de pastor, pues mis pastores no se han cuidado de mi ganado sino que los pastores se han apacentado a sí mismos y no a mi grey, por eso, escuchad, pastores, la palabra de Yahvé. Así habla el Señor Yahvé: Heme aquí contra los pastores, y reclamaré de su mano mi rebaño, y los privaré de pastorear ya mi ganado, y no se apacentarán más los pastores a sí mismos, y les arrebataré mi ganado de su boca y no les servirán ya de pasto...".»

Si de la enfermedad que debilita al catolicismo se le puede echar en gran parte la culpa al clero, con mayor razón diremos que la jerarquía carga todavía con un peso mayor en el reparto de responsabilidades. Por ser muchos menos tocan a mucho más; a medida que se sube en rango jerárquico la responsabilidad es más grande en todos los sentidos.

Las conclusiones de la última reunión del CELAM (Consejo Episcopal Latino Americano) tenida en Medellín, Colombia, en 1968, inmediatamente después del Congreso Eucarístico de Bogotá, son un documento esperanzador, lleno de inquietudes ante la difícil hora del pueblo sudamericano y con proyecciones muy de acuerdo con la línea del Vaticano II. Sin embargo, la parte amarga de ese documento es el hecho de que para la mayoría de las diócesis, no pasará de eso: de ser un documento. Bueno para que los conferencistas y los que se desesperan en la acción acudan a él para probar que no se está haciendo lo suficiente. Todos sabemos que estos documentos, por desgracia, son elaborados con gran entusiasmo y conocimiento por la «minoría abrahámica» de que habla Don Helder Cámara, a la que no le viene ancha la mitra. La mayoría gris, vestida de morado, se limita a aprobarlos y a suspirar en sus adentros pensando cómo harán para poner en práctica en sus diócesis lo que ellos allí están aprobando.

No tengo grandes esperanzas de que la reunión de Medellín fuera del terreno de las ideas, dé muchos frutos prácticos. Conozco a bastantes obispos y sé que su conservadora y estática manera de pensar no se cambia fácilmente con documento ninguno. Lo que no han hecho hasta hoy después del empujón del Concilio, tampoco lo harán en el futuro, por lo menos los que hoy están al frente de las diócesis. Si hasta ahora muchos de ellos no han sido capaces de traducir los evidentes signos de los tiempos en medio de los cuales tienen que

vivir, y si hasta ahora han convertido el paso vivo que trazó el Concilio en sus documentos para un reavivamiento de la Iglesia, en un reumático paso de buey cansino, dudando cien veces antes de decidirse a hacer una reforma urgente, y dejando que en la mayoría de los casos las cosas sigan arrastrándose como hasta ahora, no hay grandes esperanzas de que las bellas cosas que han quedado plasmadas en el papel, después de la reunión de Medellín las conviertan en realidad.

Para mí, una de las «pruebas» de la existencia del Espíritu Santo, consiste en que los obispos que ahora vemos en sus diócesis respectivas aferrados a las tradiciones, y muertos de miedo ante los cambios que el Pueblo de Dios les exige a gritos, fueron los mismos obispos que, forzados sutilmente de una manera misteriosa por ese mismo Espíritu, aprobaron en el Concilio las bases para las más grandes reformas de la Iglesia en siglos. ¿Por qué fueron entonces tan audaces, y hoy, en sus diócesis respectivas se muestran tan tímidos, tan inseguros y tan desconfiados de Cristo?

No generalizo demasiado al decir que las reformas en la mayoría de las diócesis no han seguido el paso que debían, implicando con ello que un buen número de obispos son culpables de demorar este proceso de reforma urgente que hace falta en la Iglesia. Ahí están los hechos para darme la razón.

ELECCIÓN DE OBISPOS

Aunque no es de extrañar el que los obispos hayan seguido en su conducta un patrón común, ya que están todos elegidos por un patrón común. El proceso y la mentalidad que rige en la elección de los obispos, son más o menos uniforme; por tanto, es lógico que tengamos obispos con una mentalidad parecida. Si las normas para su elección han sido conservadoras, tendremos, no sólo en América, sino en el mundo entero, obispos con un sello y una tendencia conservadora. Obispos que, para que la Santa Sede se haya fijado en ellos, tienen que ser de una específica mentalidad, sobre todo, tienen que descollar en ciertas «virtudes» que hasta ahora les han arrebatado el corazón a las congregaciones romanas. «Virtudes» que ya no son ni con mucho las más indicadas para regir una grey y que en algún caso son contraproducentes. Este es el caso en nuestra América. Los obispos han sido seleccionados con criterios que, tanto el clero como el Pueblo de Dios, repudian cada día más. La fuerza del Espíritu que brota desde abajo, ya se está haciendo sentir para acabar con este viejo sistema de elección de los obispos, que tantísimo daño le ha hecho a la Iglesia y que en gran parte es el culpable del estancamiento en que ahora nos encontramos. Ya comienza a haber obispos, gracias a Dios, en cuya elección ha intervenido también el parecer del pueblo y del clero. (Por supuesto que «el derecho» de entrometerse en la elección de los obispos, que aun conservan tozudamente algunos gobiernos «catolicísimos» es totalmente inadmisible.)

¿Cómo se hacía, hasta ahora, la elección de los obispos? En realidad para un simple sacerdote, o para un laico, es casi imposible decir exactamente cuál era el proceso, porque estaba todo él rodeado de misterio. Pero sin duda el personaje principal que mediaba en todo esto era el nuncio. Esa figura típica de nuestra actual estructura eclesiástica, de la cual hablaremos más adelante. Nuncios y obispos, y a veces, sin gran participación de éstos, en conciliábulos privados, fijaban su paternal mirada en algún sacerdote que reuniese ciertas cualidades. De ellas la más excelente era si tenía grados romanos, si había estudiado en Roma, pues ello le daba como un sello de «seguridad en la doctrina», cosa a la que Roma ha mirado siempre con un celo escrupuloso.

Digamos de paso, que esa «seguridad en la doctrina», hoy día, es una gran demora para desempeñar bien el cargo de obispo. La doctrina ha sido vista hasta ahora por Roma como algo estático, algo que hay que conservar, no como algo vivo, algo dinámico. Y lo que es vivo, cambia. Conserva dentro la esencia de la vida, pero cambia en sus manifestaciones. Esa doctrina «segura» que muchos obispos tienen hoy en la cabeza, es una doctrina que se ha quedado rancia, que tiene mal sabor para el paladar del hombre de hoy. Pero, por lo menos, Roma tiene la seguridad de que tal hombre no va a decir herejías. Y tan malo como decir una herejía es presentar la palabra de Dios de una manera ininteligible o antipática; es matarla con el silencio, cuando necesariamente hay que hablar.

Otra de las cualidades esenciales que un candidato a obispo tiene que tener es la «prudencia». Pero, en nombre de esta prudencia se han cometido tales actos de cobardía, de traición y de falta de caridad, que la prudencia episcopal suena, en los oídos de muchos cristianos avanzados, como una mala palabra. ¿Cuántos obispos no han callado «por prudencia», cuando deberían hablar y enfrentarse a los poderes públicos, cuando deberían acusar a los capitalistas rapaces, cuando deberían decirle que no a los militares estranguladores del pueblo, lo mismo que San León Magno se plantó delante de Atila y Genserico? La prudencia se ha convertido en muchísimas ocasiones en el manto de la pusilanimidad. Con la prudencia se defiende el puesto, porque muchas veces al hablar, al actuar en situaciones difíciles, por las que tan frecuentemente pasan nuestros pueblos, uno se expone a equivocarse, a que su nombre o sus palabras salten a los titulares de los periódicos. Y esto puede ser que no guste en Roma; puede ser que nuble su buena fama de pastor prudente. Y por eso es preferible callarse cobardemente, y que Dios cuide de la justicia; y que Cristo venga, en persona a defender los derechos atropellados de sus hermanos. Su excelencia «prudentemente» se calló.

Recuerdo una ocasión en que un obispo me decía: «Hay que tener mucho cuidado en no dar escándalo. Tenemos que ser prudentes.» Yo, traducía: «Tengo miedo a decir lo que siento.»

Qué imprudentemente obró Jesús, cuando en público, y con toda solemnidad, le preguntaron: «Dinos, en nombre de Dios vivo. ¿Eres tú el Hijo de Dios, o no?» 2. Si el Señor no hubiera sido Dios, y hubiese tenido de

consejeros en aquellos momentos a bastantes obispos que he conocido, seguramente hubiese escuchado este consejo: «No digas nada, que te matan. Diles que más tarde harás un pronunciamiento. Pídeles tiempo para reflexionar.» Quiera Dios que alguno, al verle en tal aprieto, no le hubiese sugerido el método que él personalmente práctica cuando se ve en tales circunstancias: irse de vacaciones, ausentarse. Pero Cristo fue imprudente, según nuestras normas, y tajantemente dijo la verdad; haberse callado en aquellas circunstancias hubiera sido traicionar toda su Vida; porque hay circunstancias en que es pecado grave callarse. (Pero de esos pecados no nos enseñan a atusarnos.) «Tú lo has dicho: Yo soy el Hijo de Dios» 3. Por su

imprudencia fue declarado reo de muerte. Y por haber muerto, creemos en El. Otro de los criterios que frecuentemente impera para la selección de obispos es pura y simplemente la amistad personal. ¡Cuántos sacerdotes han llegado al episcopado porque eran amigos o porque le caían bien a tal o cual obispo, y sobre todo, al nuncio! ¡Cuántos han llegado a ser obispos porque simplemente fueron secretarios de algún nuncio, o de algún cardenal, o de algún arzobispo influyente! Naturalmente, de tal norma saldrá tal obispo. Un obispo que perpetuará la norma, y de estar en su mano, elegirá, el día de

mañana, a su amigo para que lo reemplace o lo acompañe en el clan episcopal.

Por supuesto que no negamos que haya otras cualidades que influyan en la elección para el episcopado: cierta fama de hombre serio y responsable que ha sabido llevar «bien» una parroquia, no demasiado controversial ni problemático en sus criterios, un mínimo de piedad y buenas costumbres, etc. Pero sí estamos ciertos que, de mediar una elección libre entre los laicos que viven auténticamente su vida de cristianos y conocen a los sacerdotes elegibles y entre el resto de los sacerdotes, muchísimas veces no estaría de acuerdo el resultado de la elección con la elección hecha por el señor nuncio y dos o tres obispos interesados.

Y esta imposición, si hasta hace poco era más o menos tolerada, por no estar tan desarrollado en el pueblo el sentido de participación, hoy día se va haciendo cada vez más intolerable. Hoy día aumentan las protestas cuando a una región con características propias, se le quiere imponer un pastor extraño que a lo mejor no conoce ni las costumbres ni la lengua de la región a donde es enviado. Este colonialismo religioso es inadmisible aun en teoría, porque es una falta de respeto a la dignidad del país y a la mayoría de edad de aquellos fieles y de aquellos sacerdotes. Esto es continuar perpetuando la idea de que la Iglesia es algo aparte de los fieles. De que la Iglesia es un poder segregado que se hace sentir en determinadas circunstancias. No es extraño que el pueblo cristiano no quiera admitir responsabilidades cuando ve que, oficialmente, él es únicamente un sujeto pasivo, receptor de órdenes y de imposiciones, una de las cuales es el obispo que viene de fuera.

Es totalmente inadmisible el caso, sucedido en una nación sudamericana en donde un nuncio, contra el parecer de casi todo el clero, contra el parecer incluso de algún obispo, y contra el parecer de un gran número de laicos, ordenó de obispo a un sacerdote que era totalmente inadmisible para la mayoría de los católicos conscientes, incluidos los sacerdotes que conocían bien sus cualidades negativas. Tales abusos de poder son restos de tiempos pasados, y a las personas que tienen que padecerlos de inmediato les hace un gran daño con el agravante de que a los perpetradores de tales atropellos, no vemos que se les corrija con la misma rigurosidad con que se corrige otros pecados menores que cometen fieles de menor rango y que son debidos, no tanto al intolerable pecado de la soberbia, como en este caso, sino a cualquier debilidad humana. No sólo no se les corrige sino que se les mantiene en sus puestos y se mantienen los atropellos por ellos perpetrados, sancionando con esto el abuso y la injusticia.

El poder de la Iglesia radica en Cristo y Cristo está difuso en todo su pueblo. Y si bien es cierto que se manifiesta oficialmente más, a través de ciertos elementos claves en el seno de su pueblo, sin embargo, El sigue estando siempre en su pueblo y es muy dudoso que se pueda manifestar más a través de una sola persona, cuando esa persona tenga en frente, y en desacuerdo, a lodo un pueblo. Y hoy día hay unas cuantas cosas en la Iglesia, en que si el pueblo verdaderamente cristiano tuviese una, voz gigante para expresarse libremente, sin temor a incurrir en pecado al apartarse del criterio de sus jefes espirituales, el pueblo diría lo contrario de lo que dicen sus jerarcas.

Con tales normas para su elección, es natural que los que sean electos para el Episcopado no den la talla para el enorme esfuerzo que en esta hora de la humanidad se necesita. Y en concreto, en esta candente hora, en que tanta energía, tanto para la América del Norte como para la del Sur, hace falta

desarrollar, tenemos unos obispos prudentes, obedientes a Roma, bien relacionados en curias y nunciaturas, de los que no se puede temer ninguna herejía... Pero esas cualidades no bastan para estos tiempos. Hace falta estar más identificados con las necesidades del pueblo, hace falta más desinterés, hace falta más audacia, hace falta tener un historial menos de curia, hace falta tener menos apego al cargo y menos miedo, y estar dispuestos en algunas ocasiones extraordinarias a hablar, aunque más tarde la Santa Sede, por razones de política humana, tenga que retirarlos. Y triste es decirlo, no vemos grandes indicios de que en un futuro cercano hayan de realizarse los profundos y urgentes cambios que necesitan las mentes de los que actualmente pastorean la Iglesia americana.

Por eso no es de extrañar que se empiecen a oír voces inquietantes, y no precisamente de advenedizos, sino de teólogos conscientes «¿Tiene aún la Iglesia, en su forma actual, algo que decir al hombre de hoy? No. Incluso la palabra Iglesia suele despertar cierta resistencia y así la Iglesia no tiene porvenir. Y aún llegamos menos lejos cuando «adaptamos» la Iglesia a este tiempo de tal forma que la trama sigue siendo la misma. Debemos ser siempre conscientes del aspecto revolucionario de este tiempo en lo que se refiere a los cambios, tanto mentales como estructurales. Aquí se debe intervenir radicalmente. La divisa de Lutero «Ecclesia semper est reformanda» (La Iglesia siempre tiene que estar siendo reformada), cobra mayor actualidad que nunca. Debe ser una reforma tal que, en palabras del obispo anglicano Robinson, la reforma anterior quede reducida a algo provinciano, en comparación con lo que debe ocurrir» 4. En el mismo sentido, y si cabe con palabras más graves,

escribe Adolfs: «El problema del futuro de la Iglesia es muy serio. Si la Iglesia continúa siendo y haciendo lo que hasta ahora, no tiene futuro. Imperceptiblemente cumplirá más y más deberes sociales en el interior de un orden social esencialmente ligado a una ideología anticristiana. Cavará paulatinamente su propia tumba que será al mismo tiempo la tumba de Dios. La situación es seria y lo que he dicho no debe desecharse fácilmente con una sonrisa tolerante o con un encogimiento de hombros. Creemos en Ia Iglesia. Creemos que tiene un mensaje que proclamar, una misión que cumplir y un futuro por delante demasiado grande para que lo podamos siquiera imaginar» 5. Sólo cuando la gran masa de los obispos de América caiga en la cuenta de esta muy seria amenaza y se decida a actuar, podrá la Iglesia ponerse al paso con los tiempos. Sólo así dejará la Iglesia de aparecer a los ojos del pueblo como un viejo líder, que en otro tiempo fue grande y condujo a su pueblo, y para el que hoy, en su ancianidad, hay todavía un gran respeto, pero que ya no tiene fuerzas para conducirnos. No se puede vivir de recuerdos y de tradiciones. Estos, atraen a los viejos, pero nuestra sociedad joven y revolucionaria quiere un liderato audaz, que no tenga miedo en presentarle soluciones nuevas a problemas nuevos. Mal podrá hacerse esto, cuando la suprema norma episcopal es la «seguridad» en la doctrina o la «seguridad» en el cargo. El gran interrogante es sí en unos muy pocos años el episcopado americano en masa habrá descubierto estos graves peligros y se habrá decidido a emprender la reforma con toda la energía que hace falta. De no ser así es muy oscuro el porvenir.

Todas estas verdades son bien conocidas y frecuentísimamente cuchicheadas entre el clero y los católicos conscientes, pero raras veces las vemos escritas en letras de molde para que puedan leerlas aquellos a quienes más les debe interesar, que son los propios jerarcas. Con frecuencia éstos viven rodeados de una cohorte de admiradores, si no de aduladores, que

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