Mi Señor:
Siempre te mostraste tan generoso con tus amigos que creo que perdonarás la libertad que me tomo en representación de quien se cuenta entre mis mejores a- llegados, y te suplico seas tan benévolo con él como para tomarte la molestia de leer su libro. No voy a apalabrarte con la parte que siga que mi amigo, el autor, promete publicar después, puesto que sé que estos autores tienden a darnos grandes esperanzas sobre lo que se proponen, pero a menudo no cumplen. Le dije claramente que para ti es una cuestión de honor decir únicamente lo que piensas, y que no se haga la ilusión de imaginar de que deseches una cualidad tan extraor- dinaria y novedosa en la corte diciendo que su libro es bueno si descubres que es todo lo contrario. Mas lo que ahora deseo de tu Señoría, y que humildemente te ruego y no me negarás, es que resuelvas una diferencia que hemos tenido entre nosotros. Mi Señor, no habrías acumulado para ti una cantidad tan prodigiosa de conocimiento y erudición si no tuvieras una mente a la que hay que consultar antes que a los más grandes doctores. Señor, esta es la discusión que he tenido con mi amigo:
Quise persuadirlo de que modificara toda la estructura de su libro, pues este modo festivo de desarrollarlo no me parece propio del tema. Estos Misterios de la Cabala (le dije) son asuntos serios, que muchos amigos míos estudian seriamente: en consecuencia, se los debe refutar con el vigor de los argumentos sólidos. Y como los errores que a aquéllos se refieren son, por lo general, sobre lo Divino (además de lo difícil que es hacer reír a un Sabio en cualquier tema), son en verdad muy peligrosos como para bromear con ellos: y muy bien podemos temer, no sea que proyecten un escándalo sobre nuestra religión. Es cierto que él debe hacer que un cabalista hable como un santo, o de lo contrario manejará mal al personaje; pero si éste habla como un santo, con su apariencia de santidad estará engañando con sus juicios pocos consistentes, y es probable que induzca a los hombres a que crean en estas extravagancias con más intensidad que lo que sus chanzas sean capaces de refutar.
Mi amigo contestó a esto con la misma presunción que acostumbran usar los autores al defender sus obras: que aunque estos Misterios cabalísticos son tan serios, empero sólo las personas melancólicas son afectas a su estudio; que si hubiera tratado este tema de modo directo, siguiendo el método dogmático, él hubiera quedado en ridículo por tratar con seriedad semejantes necedades; y que juzgó más adecuado hacer que todo este ridículo recayera en el Conde de Gabalís; que las ciencias secretas de la Cábala se cuentan entre las quimeras, a las que les asignamos suma autoridad cuando las combatimos seriamente; y que, por ello, debemos procurar desbaratarlas y destruirlas burlándonos solamente de ellas. Y como él es erudito en los Padres de la Iglesia, me remitió a Tertuliano. Señor, tú que los entiendes mejor que él o yo, puedes juzgar si su cita es veraz o no: Multa sunt risu digna revin- ci, ne gravitate adorentur.W El me dijo que Tertuliano empleó esta excelente afirmación contra los valentinia nos que, en su época, eran una especie de rosacruces muy fanáticos.
En lo que concierne a la devoción, que aparece en esta obra casi en todas partes: (él me dijo) que es inevitablemente necesario que un cabalista hable de Dios. Pero, en cuanto a esto es, incluso más inevitablemente necesario, para mantener este carácter cabalístico, que de Dios no se hable sino con extremo respeto: de modo que la religión no sufra deshonra alguna; y los de juicio poco consistente se apasionarán más con e- llo que el Señor Gabalís, cuando permitan hechizarse con esta devoción extravagante, si es que la chocarrería aquí empleada no obstruye el hechizo.
Por estas razones de él, (mi Señor), y muchas otras, que me abstendré de repetirte (porque aspiro a que estés de mi parte), mi amigo pretende que debía escribir contra la Cábala de esta manera agradable. Mi Señor, confío en que te complacerá resolver esta controversia. Afirmo que sería muy adecuado refutar a los cabalistas, o los rosacruces, o todas sus ciencias secretas, mediante argumentos serios y vigorosos. Mi amigo dice que la verdad es naturalmente vivida y alegre, y que es muy potente cuando ríe: pues uno de los antiguos, a quien sin duda conoces, dice, en cierto pasaje (que sólo tienes que traer a tu mente, puesto que estás dotado de tan
fiel memoria): Convenit veritati ridere, quia laetansÁ1)
Mi amigo agregó que las ciencias secretas son peligrosas si no las encaramos de manera tal que sintamos desdén hacia ellas; describiendo sus Misterios ridículos, impidiendo que el mundo pierda su tiempo buscándolas, mostrando su vanidad y su finalidad, y evidenciando su extravagancia. Te ruego (mi Señor) que dictes tu sentencia, luego de oír nuestras razones. Recibiré tu decisión con el respeto que, bien sabes, me siento obligado a reconocerte. Mi Señor,
Tu Humilde Servidor