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ES DIOS DIFÍCIL DE ENCONTRAR?

In document Paz del alma, Fulton Sheen (página 47-60)

No es difícil encontrar a Dios, porque Él puede ser rápidamente descubierto por la razón, o por nuestros esfuerzos, o por Su merced.

Santo Tomás nos dice que nuestra razón, contemplando el orden del universo, adivina inmediatamente a alguien que lo gobierna. Así como la mente adivina al relojero al ver el reloj, así vislumbra a la Madre Divina al contemplar el orden del cosmos. Este conocimiento inmediato de Dios, empero, no es claro ni distinto. Por eso es necesario un estudio más refinado para conocer la naturaleza de Dios. La distinción entre ese conocimiento confuso de Dios y el conocimiento refinado y reflejo que viene con las pruebas formales de Su existencia, es sumamente parecida a la que existe entre el conocimiento que la mayoría de las gentes, tiene del agua y el del químico, que sabe que está compuesta de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. La razón claramente utilizada puede demostrarnos que existe un Poder detrás del universo, un Poder que lo hizo, una Sabiduría que dirige sus leyes y una Voluntad que hace que todas las cosas alcancen su meta. Dios está más cerca de nosotros de lo que creemos. “Porque en Él vivimos y nos movemos y somos” (Hechos 17, 28). Santa Teresa dijo una vez: “Algunos hombres incultos solían decirme que Dios se hacía presente solamente con Su Gracia. Yo no pude creer tal cosa porque, como decía, Él me parecía estar presente por Sí mismo. Finalmente, un hombre ilustrado me disipó de esa duda, porque me dijo que Él estaba presente en el mundo y en nosotros, y cómo conversaba con nosotros, y eso fue un gran consuelo para mí”. Francis Thompson, el poeta, redondeando la idea de Santo Tomás de que Dios está íntimamente en todas las cosas, escribió:

¡Oh mundo invisible, te vemos: Oh mundo intangible, te tocamos;

Inapresable, te aferramos!14

Es fácil descubrir a Dios, por lo menos en forma confusa y primitiva, en cada una de las ansias y aspiraciones de nuestra voluntad y nuestro corazón. Porque la gran diferencia que existe entre el animal y el hombre reside en que el animal puede satisfacer sus deseos, pero el hombre no. Lo único que el animal quiere es satisfacer sus necesidades inmediatas; no así el hombre. Éste está animado por un anhelo, un deseo inextinguible de ampliar su visión y conocer el significado último de las cosas. Si fuese solamente un animal, jamás utilizaría símbolos, porque, ¿qué son ellos, sino un intento de sobrepujar lo invisible? No, es un “animal metafísico”, un ser que constantemente ansia conocer respuestas a la última pregunta. La tendencia natural del intelecto hacia la verdad y de la voluntad hacia el amor hablaría, ella sola, de que hay en el hombre un deseo natural de Dios. No hay una sola avidez o búsqueda o anhelo del corazón humano, aun en medio de los placeres más sensuales, que no sea un vago tanteo en pos del Infinito. Así como el estómago ansia alimentos, y el ojo luz, y el oído armonía, así el alma ansía a Dios.

Muchos confunden la naturaleza de ese Infinito y tratan de satisfacer el anhelo de cualquier modo menos con Dios, como los hay que saben que la comida es necesaria para el estómago y, sin embargo, lo arruinan con una dieta constante de ginebra. Muchas almas son como una aguja magnética que vibra de pronto en esta dirección, luego en esa, buscando por la mañana lo que rehúyen por la noche, y luego, al descubrir que todos los otros puntos de la brújula son un engaño, descansan al final en Dios.

No es difícil encontrar a Dios, porque Él se nos da en la forma de la Merced Divina. La vida natural es una merced. El alma tiene que entrar en el cuerpo desde afuera, directamente como un don de las manos de Dios. Y la vida sobrenatural nos es dada también desde afuera. Todo el sentido del cristianismo está contenido en la simple frase del credo: “Él descendió del Cielo”. A cada una de las almas Nuestro Señor dirige las palabras que pronunció ante la Samaritana, junto al pozo: “Si conocieses el don de Dios, y quién es el que te dice “Dame de beber”, tú pedirías de él y él te daría agua viva” (Juan 4, 10). Como San Pablo dijo a los Romanos: “La dádiva de Dios es vida eterna con Cristo Jesús Nuestro Señor” (Romanos 6, 23). Y más tarde, a los Efesios: “Por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2, 8).

14 “The Kingdom of God”, Poems of Francis Thompson, Appleton-Century-Crofts,

Dios es presentado simultáneamente en las Escrituras como el Don y el Donante, pues tal es la naturaleza del Amor. Nadie puede comparar el Don Divino (aunque se lo puede vender, después de haberlo recibido, como hizo Judas). Si el don de Dios fuese solamente la verdad, algunas mentes débiles podrían tener miedo de buscarlo. Si la merced fuese solamente la justicia, nuestros pecados podrían levantarse y espantar a la merced. Pero como el don de Dios es el amor, no puede haber nadie que no acepte Su Corazón como propio.

Y entonces, si Dios es tan fácil de encontrar y puede ser encontrado, ya sea en la belleza de las estrellas, ya en cada minúsculo placer de la tierra que, como una concha marina, habla del océano de la Divinidad, ¿por qué es que tan pocas almas acuden a Él? La culpa es nuestra, no de Dios. La mayoría de las almas son como hombres que viviesen en un cuarto oscuro durante el día y se quejasen de que la luz as difícil de encontrar —cuando lo único que necesitan para descubrirla es levantar las cortinillas de las ventanas.

Dios es lo más evidente de la experiencia humana. Si no Le conocemos, es porque somos demasiado complicados y, porque, orgullosos, vamos con las narices en alto, pues, ¡ved!, Él está ante nuestros mismos pies. “No tenemos más que volver una piedra y mover un ala”. La gracia de Dios viene al hombre en el grado preciso en que el hombre le abre su alma; el único límite a la capacidad del hombre para recibir a Él es su disposición a hacerlo. Algunos corazones sedientos abren apenas una rendija, mientras que otros, con completo abandono, entregan sus cisternas vacías para que les sean llenadas con las aguas de la vida. Unas pocas almas se asfixian, encerradas dentro de su mente consciente, conjuntamente con sus repugnantes frustraciones y temores, negándose a abrir la puerta y dejar entrar el aire refrescante de la gracia de Dios. “He aquí que estoy a la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (Apoc. 3, 20). El pestillo está de nuestro lado, no del de Dios, porque Dios no derriba puertas. Nosotros impedimos Su entrada. A veces, incluso nos escapamos de Él, como pollitos huyendo de la gallina madre. “Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus polos debajo de las alas, y no quisiste” (Mateo 23, 37).

¿Por qué nos portamos así? Es difícil creerlo, pero la palabra Divina afirma que algunos “hombres aman la oscuridad más que la luz”. La tragedia suplementaria del pecado es que, después de pecar, nos resistimos a que Dios nos ayude a hacer lo que es correcto y bueno. Rompemos el arco para que Él no pueda tocar en nuestro violín. Mantenemos a Él a

distancia porque nos negamos a ser amados. Nos ahogamos y no queremos aferramos a Su Mano auxiliadora porque, en nuestro orgullo, decimos que “debemos salir por nuestros propios medios del embrollo”. La verdad de la cuestión es, no que Dios sea difícil de encontrar, sino, más bien, que el hombre tiene miedo de ser encontrado. Por eso oímos tan a menudo en las Sagradas Escrituras las palabras “No temáis”. En medio de la vida pública, Nuestro Señor tuvo que decir a sus asustados Apóstoles: “No temáis”. Y después de Su Resurrección, se dignó encabezar Sus palabras acerca de la paz con el mismo requerimiento: “No temáis”.

Nuestro señor siente que es necesario decirnos que no temamos, porque hay tres falsos temores que nos apartan de Dios: 1) Queremos ser salvados, pero no de nuestros pecados. 2) Queremos ser salvados, pero no a un costo demasiado grande. 3) Queremos ser salvados a nuestro modo, no al de Él.

1. Queremos ser salvados, pero no de nuestros pecados. El gran temor que muchas almas tienen a Nuestro Divino Señor es el temor que Él haga precisamente lo que significa Su nombre, “Jesús” — “El que nos salva de nuestros pecados”. Estamos dispuestos a ser salvados de la pobreza, de la guerra, de la ignorancia, de la enfermedad, de la inseguridad económica; esos tipos de salvación dejan intactos nuestros caprichos individuales y pasiones y concupiscencias. Ese es uno de los motivos de que el cristianis- mo social sea tan popular, de que haya tantos que afirman que la tarea del cristianismo es solamente la de ayudar a sanear los barrios pobres o la de impulsar el desarrollo de la amistad internacional.

Esa especie de religión es, por cierto, sumamente cómoda, porque deja tranquila a la conciencia individual. Incluso es posible que algunas personas se sientan estimuladas a valerosas reformas de injusticias sociales, por la misma inquietud y perturbación que les provoca la conciencia individual; sabiendo que algo anda mal por dentro, tratan de contrarrestarlo enderezando los entuertos del exterior. Este es también el mecanismo de aquellos hombres que, habiendo acumulado grandes fortunas, intentan tranquilizar su conciencia subvencionando movimientos revolucionarios. La primera tentación de Satán en la Montaña fue tratar de inducir a Nuestro Señor a dejar a un lado la salvación de las almas y dedicarse a la salvación social convirtiendo las piedras en pan — con la falsa suposición de que eran los estómagos hambrientos, y no los corazones corrompidos, los que hacían que la civilización fuese desdichada. Porque algunos hombres piensan que el propósito primario de la Divinidad es aliviar la adversidad económica, acuden a Él en el

momento de prueba y luego se rebelan contra Dios porque Él no les llena la bolsa. Intuyendo una más amplia necesidad de religión, otros están dispuestos a ingresar en una secta cristiana, siempre que ésta se dedique a la “elevación” social o a la eliminación del dolor, dejando intacta la ne- cesidad individual de expiar el pecado. En casi todas las mesas, durante la comida, los hombres no se oponen a que se introduzca en la conversación el tema de la religión — siempre que la religión no se ocupe de lo referente a purgar el pecado y la culpa. Y así, muchas almas atemorizadas se encuentran temblorosas ante las puertas de la bienaventuranza y no se atreven a entrar, “por miedo de que, teniendo a Él, no puedan tener ninguna otra cosa más”.

2. Queremos ser salvados, pero no a un costo demasiado grande. El Dios que abona Sus campos con sacrificio para hacer crecer la Viña de la Vida, atemoriza siempre a los tímidos. El rico se alejó, triste, del Salvador, porque tenía muchas y grandes posesiones. Félix quiso escuchar a Pablo “en otra oportunidad”, cuando Pablo habló del juicio y de hacer abandono del mal. Muchas almas tienen miedo de Dios precisamente debido a Su bondad, que hace que Él no se sienta satisfecho con nada que sea imperfecto. Nuestro más grande temor no es el de que Dios pueda no amarnos bastante, sino el de que Él nos ame demasiado. Como el amante quiere ver a su amada perfecta en modales y conducta, así, Dios, al amarnos, desea que seamos tan perfectos como perfecto es Su Padre Celestial. Como el músico ama al violín y pone tensas las cuerdas con tensión de sacrificio, para que emitan mejores tonos, así Dios nos somete al sacrificio para hacernos santos.

Ese temor de que el amor de Dios imponga exigencias desmedidas explica el que haya tantos hombres cultos que han llegado a conocer a Dios y, sin embargo, se niegan a entrar en Su redil.

El mundo está lleno de eruditos que hablan de extender las fronteras del conocimiento, pero que jamás utilizan los conocimientos ya adquiridos; a quienes les encanta golpear a la puerta de la verdad, pero que se caerían muertos si esa puerta se abriese alguna vez ante ellos. Porque la verdad implica responsabilidad. Toda merced de Dios, en el orden natural tanto como en el sobrenatural, exige una respuesta por parte del alma. En el orden natural el hombre se rehúsa a aceptar el don de la amistad porque le crea una obligación. La merced de Dios, del mismo modo, implica un momento de decisión. Y porque aceptar a Él significa abandonar lo que es bajo, muchos se convierten en buscadores de regateos en religión y aficionados en moralidad, negándose a arrancarse los falsos ídolos del

corazón. Quieren ser salvados, pero no al precio de una cruz; a través de sus vidas resuena el reto de la antigüedad: “Desciende de la Cruz y te creeremos”.

3. Queremos ser salvados, pero a nuestra manera, no a la de Dios. Muy a menudo se oye decir que los hombres deberían ser libres para adorar a Dios cada uno a su manera. Esto, en verdad, es cierto en cuanto implica libertad de conciencia y el deber de cada hombre de vivir de acuerdo con las luces que Dios le ha dado. Pero contendría grave error si significara que adoramos a Dios a nuestro modo y no al de Él. Considérese la analogía: La situación del tránsito quedaría enmarañada y desesperante si dijésemos que la forma de vida norteamericana reclama que cada hombre conduzca su coche a su modo, y no al de las leyes de tránsito. Si los pacientes comenzasen a decir al médico: “Quiero ser curado a mi manera, no a la de usted”, sobrevendría la catástrofe. O si los ciudadanos dijesen al gobierno: “Quiero pagar mis impuestos, pero a mi manera, no a la tuya”. Paralelamente, hay un tremendo egoísmo y vanidad en esos artículos y disertaciones populares titulados “Mi Idea de la Religión” o “Mi Idea de Dios”. Una religión individual puede ser tan errónea y mal informada como una astronomía individual o una matemática individual.

Los individuos que dicen “Yo serviré a Dios a mi modo y tú sírvele al tuyo” deberían preguntarse si no sería aconsejable servir a Dios a Su Modo. Pero es precisamente la perspectiva de una religión estable, universalmente verdadera, lo que altera al alma moderna. Porque, si su conciencia está perturbada, quiere una religión que no incluya el infierno. Si ya se ha vuelto a casar, contra la ley de Cristo, quiere una religión que no condene el divorcio. Todas esas reservas significan que el hombre quiere ser salvado, pero no a la manera de Dios, sino a la suya. Y de ese modo, al negarse a despojarse de sus vanos deseos, se pierde el vuelo hacia ese “Amor que desprende de cualquier otra belleza culpable”.

Si muchas almas no logran encontrar a Dios porque quieren una religión que rehaga la sociedad sin rehacerlos a ellos, o porque quieren a un Salvador sin una corona de espinas y una cruz, o porque prefieren sus propios planos a los de Dios, aún queda por verse qué le sucede al alma qué sí responde a Dios. Entre muchos otros efectos, pueden mencionarse varios.

Primero, esa alma pasa de un estado de especulación a uno de

sumisión. Ya no se siente preocupada por el porqué de la religión, sino por

mundo de diferencia entre conocer a Dios por el estudio y conocer a Dios por el amor, tan grande como la diferencia entre un cortejo llevado por correspondencia y otro por contacto personal. Muchos profesores escépticos conocen las pruebas de la existencia de Dios mejor que algunos de los que dicen sus oraciones; pero como los profesores nunca actuaron según el conocimiento que tenían, como nunca amaron al Dios a Quien conocen por sus estudios, ningún nuevo conocimiento de Dios les fue concedido. Les agrada hablar de religión, pero no hicieron nada al respecto, y sus conocimientos religiosos siguieron siendo tan estériles como antes.

Por el contrario, el alma que respondió a Dios recibió, conjuntamente con el amor, un poco de conocimiento de Dios; en consecuencia, nuevos portales de sabiduría y amor fueron abiertos. En esas almas, el amor a Dios trae un conocimiento de Dios que, en su certidumbre y realidad, sobrepasa la información teórica del profesor. Esta sublime verdad está expresada en las Sagradas Escrituras: “Mas si alguno ama a Dios, el tal es conocido de él” (I Cor. 8, 2). (También la mujer de la fuente fue primeramente escéptica: quería mantener la religión en un nivel puramente especulativo y formuló la pregunta sobre si había de adorar en Jerusalén o en Samaría. Nuestro Bendito Señor sacó la discusión del reino de la teoría al hablar de sus cinco esposos, recordándole que había olvidado hacer la expiación que la verdadera religión exige).

El alma que responde a Dios piensa de la religión en términos de sometimiento a la voluntad de Dios. No busca al Infinito para que le ayude en sus intereses finitos, sino más bien, trata de someter sus intereses finitos al Infinito. Su oración es “No mi voluntad sino la tuya, cúmplase, Oh Señor”. Sin interés ya en utilizar a Dios, quiere Dios le use a él. Como María, dice “Hágase en mí según Tu Palabra”, o, como Pablo, preguntaba: “¿Qué quieres que haga, Oh Señor?”, o como Juan el Bautista, dice: “Yo debo disminuir, él debe aumentar”. La destrucción del egoísmo de manera que la mente toda pueda someterse a la Divina Personalidad, no significa un desinterés en la vida activa; trae aparejado mayor interés, porque el hombre entiende ahora la vida desde el punto de vista de Dios. Debido a su unidad con la Divina Fuente de la energía, tiene mayores poderes para hacer el bien como un soldado es más fuerte a las órdenes de un gran gene- ral que a las de uno mediocre. “Si estuvieseis en mí, y mis palabras estuvieran en vosotros, pedid lo que quisiereis y os será hecho. En esto es mi Padre glorificado; en que llevéis mucho fruto” (Juan 15, 7-8). A las criaturas centradas en sí mismas les resulta difícil advertir que hay muchas

almas real, verdadera y apasionadamente enamoradas de Dios. Pero esto no debería ser tan difícil de entender; el que ama la luz y el color de la vela amará, sin duda, mucho más el sol.

La vida para las almas que responden a Dios comienza a moverse entonces de una circunferencia a un centro. Las cosas externas de la vida, tales como la política, la economía y su rutina cotidiana, importan menos, en tanto que Dios importa más. Esto no significa que la humanidad no sea querida, sino, solamente, que es querida más en Dios. El momento-ahora se convierte en servidor del momento-Eterno. Lo carente de interés, lo irreal es ahora lo que no se usa o no puede ser usado para los fines de Dios.

In document Paz del alma, Fulton Sheen (página 47-60)