5. DISCUSIÓN
5.2. D ESAFÍOS EN LA PROTECCIÓN DEL QUECHUA
A pesar de un discurso generalmente favorable hacia el quechua por parte del Estado y los quechuahablantes, en la práctica se enfrentan varios retos. Antes que nada, y pese al énfasis ampliamente reconocido de la no discriminación por el idioma, los quechuahablantes sufren del
58 Mayormente se habla del bilingüismo, y no del multilingüismo, porque las investigaciones tratan
racismo. Esto está dirigido tanto hacia las personas como también la lengua. Según las investigaciones revisadas aquí, el racismo se observa, por ejemplo, a través de que se menosprecia las capacidades de los quechuahablantes. El menosprecio continuo puede conducir a una autoidentificación distorsionada; refiriéndome a Phillipson, Rannut y Skutnabb-Kangas (1995: 2), uno de los derechos lingüísticos más fundamentales, un derecho humano lingüístico, debería ser la capacidad de los hablantes de diferentes lenguas a identificarse de manera positiva. A los quechuahablantes (probablemente, entre los demás indígenas), aún se les parece negar el reconocimiento de una identidad positiva igual a los castellanohablantes. En consecuencia, la identidad nacional tampoco se encuentra bien compartida entre las personas.
Otra falla notable, conforme a las investigaciones, es que en el nivel nacional falta una coordinación activa para apoyar la implementación de las políticas lingüísticas en el nivel regional. Supuestamente, la creación de un quechua estándar peruano hiciera que su protección y promoción fuera más fácil, pero dada la diversidad de las variantes en el Perú, no veo que sea una opción adecuada. Las circunstancias requieren políticas regionales y específicas, sin embargo, siempre con suficiente apoyo estatal. Algunos casos además dan una impresión de que incluso falta conocer mejor de qué se tratan los derechos lingüísticos.
Hoy ya no es obvio que el quechua siempre se transfiera a los niños. Varios estudios mencionan la transferencia intergeneracional interrumpida, pero últimamente no se parece haber estudiado las opiniones de niños, niñas y adolescentes quechuahablantes sobre su lengua. Estudios parecidos a los que Barrett (2008) y Collins (2005) realizaron en Guatemala, podrían ofrecer información vital sobre las perspectivas hacia el quechua de las personas de las cuales últimamente más depende el futuro de su lengua. Una legislación ni las políticas avanzadas no van a resultar beneficiosas en la práctica, sin conocer bien la actitud general de los hablantes que las rodea. Vinculado a lo anterior, el castellano es, sin duda, estimado como “la lengua más necesaria”, especialmente en los entornos urbanos. La situación responde a lo que definió May (2003: 150-151) sobre el cambio lingüístico: no es un proceso voluntario, sino la desigualdad conduce a que las personas sientan la necesidad de preferir las lenguas dominantes. Al mismo tiempo, esto puede fácilmente conducir a que las personas en posición dominante lleguen a tener opiniones erróneas, como que la disminución del número de hablantes de las lenguas minoritarias fuera un proceso natural.
El bilingüismo —a pesar de las actitudes positivas hacia él— no parece ser una solución fácil. Primero que todo, con respecto al bilingüismo, sería favorable que en los censos exista espacio para definirse bilingüe, o incluso multilingüe (véase § 2.1.) A mi parecer, sería vital conocer la población en este sentido. Las expectativas hacia la naturaleza del bilingüismo
varían: el Estado parece favorecer políticas contradictorias a la realidad de los hablantes. Por ende, sería conveniente investigar más las percepciones y las opiniones de los quechuahablantes sobre cómo ven el bilingüismo, y, por otra parte, sobre cómo sería un país “auténticamente bi o multilingüe” desde la perspectiva de ellos. En el contexto educativo, algunas investigaciones muestran que falta conciencia de la naturaleza del bilingüismo, como que existen diferentes grados del bilingüismo, o que los límites entre las lenguas no siempre son tan claras. Además, hay prejuicios hacia personas bilingües, por lo menos cuando en su habla se escucha influencia de una lengua minoritaria, por ejemplo, un acento diferente. El quechua sufre de no ser considerado una lengua apta para todas las circunstancias (véase e.g. Núñez Méndez 2013: 9).
Blommaert (2006: 238) advirtió que existen dos tipos de identidad: una experimentada por la persona, y otra dada desde el exterior a la misma persona. Según lo que he podido observar, relacionado también al bilingüismo, parece necesario poner énfasis en asegurar mejor que los mismos quechuahablantes puedan definir su identidad. Las políticas deben basarse en una identidad experimentada; ahora, las investigaciones dan señas de que en la práctica el Estado intenta promover políticas basadas en una identidad predeterminada, refiriéndome por ejemplo al estudio de Zavala (2018) en la escuela de formación de maestros para la EIB. En este contexto es de recordar que la identidad (experimentada) puede variar entre diferentes generaciones.
La EIB es un método potencial, pero el sistema educativo (intercultural bilingüe) requiere reforzamiento. Faltan recursos e instrucciones para cumplir con las metas de la EIB, ni siquiera no todos los profesores poseen de una formación adecuada. En la práctica, hay que promover que la EIB sea verdaderamente tanto intercultural como bilingüe, puesto que la lengua y cultura no se pueden separar. Con el objetivo de incluir mejor las necesidades culturales en la educación, es necesario establecer más espacios de participación para las comunidades quechuas (crear más o mejores políticas desde abajo). En la actualidad, no solo la hegemonía del castellano, sino también la del inglés, alcanza a influenciar la posición del quechua. Las fallas en la realización de políticas, como también la falta de lineamientos e/o ideologías compartidos entre los diferentes actores, complican los buenos intentos en la realización de los derechos lingüísticos de los quechuahablantes.