todo el que investiga. Suspende el
juicio hasta poder llegar a alguna
conclusión o postura provisional. El
verdadero escéptico (no confundir con
el incrédulo) debe cuestionarse ante
todo a sí mismo, su modo de
aprehender la realidad, sus métodos de
investigación. Se exige a sí mismo una
probidad intelectual, un estudio
riguroso según sea capaz, y un
reconocimiento de los límites
personales. Admitirá sencillamente su
"no saber" en diferentes áreas. Su
esfuerzo será minimizar en lo posible
el "sesgo de confirmación" que sólo le
hace ver lo que confirma sus a prioris.
El escéptico duda y pregunta porque
ama la Verdad, no porque la desprecie.
Es consciente de que nunca la
alcanzará del todo, pero vivirá
buscándola. Admite, pues, que existen
cosas que están al alcance del
imperfecto saber humano. Diferencia
lo inexplicable de lo inexplicado. El
escepticismo bien entendido es lo
único que nos puede salvar del
autoengaño y de los dogmatismo de
toda clase. La duda nos permite
cuestionar esas autoridades
autoproclamadas (religiosas, políticas
y otras) y nos mantiene despiertos
frente a las sedaciones ideológicas y
sociales.
Julián Mellado
Espiritualidad Espiritualidad
YA NO RECUERDO lo que nos dijo hace ya tanto tiempo. Lo que sí puedo decir es que la sombra del gran Eras- mo me ha acompañado desde enton- ces. A lo largo de los años me lo he ido reencontrando en diferentes situa- ciones. Y cuanto más lo estudiaba, más me fascinaba, y su sombra au- mentaba.
Cuando llegó el momento de estudiar la Reforma, me centré en la figura de Martín Lutero. Me llamaba la aten- ción su valentía, su determinación, su confianza en lo que él creía. Hasta que me topé con su enfrentamiento con Erasmo. Mi viejo amigo volvía a apa- recer en un momento clave. Lutero era el hombre de La Palabra, León X, el papa, era el hombre del Magisterio, y Erasmo era el hombre de las pala- bras.
Se encontró entre dos fuegos. Eran tiempos de conflictos, sobre todo de
pasiones, y por qué no decirlo, tiem- pos de violencias. En ese marco de heroísmo y fanatismo, de Lutero y
A LA SOMBRA
DE ERASMO
Recuerdo a aquella profesora con un cariño entrañable, madame Demeuldre, ya mayor, siempre con su moño y sus gafas caídas sobre la nariz, y esa mirada dulce, comprensiva que daba la sensación de que eras muy importante para ella. Yo tenía entonces 10 años.
Aquel día, la vieja maestra nos dijo: Hoy os voy a hablar del Gran Erasmo.
Julián Mellado
Leon X, aparecía la figura del hombre intelectual, reposado, pacífico que creía más en la argumentación que en el lenguaje de autoridad. Al pasar los años, veía cada vez más grande al pensador holandés y más pequeños a sus antagonistas.
Erasmo se negó a tomar partido, el conflicto era para él una desmesura pues temía las consecuencias de la es- calada verbal que se iba produciendo. Admiró al principio la osadía de Lute- ro, pero se sintió defraudado cuando comprendió que se le llamaba a las trincheras. No, así no podía ser. Ten- dría que haber otro camino, otra refor- ma.
Así que decidió mantenerse indepen- diente, necesitaba la distancia para
pensar libremente. Erasmo no era par- tidario de la violencia, de la guerra por motivos religiosos, de la opresión, sobre todo debido a las diferentes in- terpretaciones de los dogmas. Lo esencial para él era lo que llamaba la Filosofía de Cristo.
Se podría decir de él, que creía en la doctrina que sana por encima de la sana doctrina.
Los antagonistas le despreciaron, por tibio, por indeciso, sin compren- der realmente que estaba comprometido con algo superior a los dog- mas. Su compromiso era con el ser humano. Le llaman "el primer eu- ropeo", pero podríamos llamarle "el primer habitante del país de Las Letras". Erasmo fue el hombre sin fronteras.
Partidario de la unión de la cultura clásica con el cristianismo. Admi- rador y continuador en esto del gran Orígenes, del que tomó no pocas inspiraciones.
Estudiando a Erasmo fui a dar con la lectura de los escritos de uno de sus discípulos que me marcaron tanto como él: Sebastian Castelio.
Erasmo me enseñó a ser intelectualmente y existencialmente indepen- diente. No tomar partido en los conflictos que nos llaman a las trin- cheras. Es necesario tomar distancia para pensar libremente, evaluar, discernir, ponderar y buscar la salida que más favorece al ser humano. Erasmo, nos enseña a relativizar los absolutos que no lo son, como los dogmas religiosos y políticos. No se trata de que encontremos el ca- mino a la paz, sino que la paz es el camino. Para ello leyó atentamen- te el Evangelio y descubrió lo que era esencial. Una manera distinta de vivir, la filosofía de Cristo.
Después, en segundo lugar, se podría discutir o debatir sobre doctrinas, siempre y cuando estemos seguro de que ya hemos sido sa- nados de fanatismos, dogmatismos e intolerancias.
Ya con la edad que tengo, cuando oigo hablar del prodigioso siglo XVI, mi pensamiento y afecto van para mi querido amigo Erasmo. Me da pena ver que su reforma humanista no triunfó, y Europa se sumer- gió en las tenebrosas guerras religiosas. Una vez terminadas esas gue- rras, aún persiste la idea de que el cristianismo es un asunto de doctri- nas y dogmas. Pero la semilla del holandés dio fruto con el tiempo en los movimientos humanistas que desembocaron en la Ilustración y en la democracia.
Vivo a la sombra de Erasmo, con una curiosidad intelectual insaciable, un amor a la cultura clásica, un pavor a todo dogmatismo y fanatismo. Con él aprendí a asumir la soledad que acompaña el pensar libremente. Pero también la exigencia de pensar con rigor y siempre dispuesto a rectificar, a aprender. Vivimos tiempos donde se nos vuel- ve a convocar a tomar partido en conflictos políticos, sociales o reli- giosos. Hoy más que nunca es necesaria la moderación erasmiana, la apertura de mente, y el apaciguamiento de las pasiones. Se mantuvo íntegro en medio de las condenas de los posicionados en ideas inamo- vibles.
Con todo el respeto debido, cuando se celebró el 5º centenario de la Refor-ma, en mi corazón di gracias por Erasmo de Rotterdam, por Se- bastian Castelio, por la herencia de humanidad que nos dejaron. El mayor legado que recibí de Erasmo, fue mi deseo de querer ser ciu- dadano del país de las palabras.
Los que creemos en las palabras, y no en la fuerza, estamos en el mis- mo bando, aunque discrepemos en nuestras ideas. R
El escéptico no es el que no cree sino
el que se cuestiona las cosas, y sobre
todo el que investiga. Suspende el
juicio hasta poder llegar a alguna
conclusión o postura provisional. El
verdadero escéptico (no confundir con
el incrédulo) debe cuestionarse ante
todo a sí mismo, su modo de
aprehender la realidad, sus métodos de
investigación. Se exige a sí mismo una
probidad intelectual, un estudio
riguroso según sea capaz, y un
reconocimiento de los límites
personales. Admitirá sencillamente su
"no saber" en diferentes áreas. Su
esfuerzo será minimizar en lo posible
el "sesgo de confirmación" que sólo le
hace ver lo que confirma sus a prioris.
El escéptico duda y pregunta porque
ama la Verdad, no porque la desprecie.
Es consciente de que nunca la
alcanzará del todo, pero vivirá
buscándola. Admite, pues, que existen
cosas que están al alcance del
imperfecto saber humano. Diferencia
lo inexplicable de lo inexplicado. El
escepticismo bien entendido es lo
único que nos puede salvar del
autoengaño y de los dogmatismo de
toda clase. La duda nos permite
cuestionar esas autoridades
autoproclamadas (religiosas, políticas
y otras) y nos mantiene despiertos
frente a las sedaciones ideológicas y
sociales.
Julián Mellado
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