EL ESPÍRITU SANTO
Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.
Antes de empezar propiamente el comentario de este artículo de la fe, quiero llamar la atención sobre la notable diferencia, en cuanto a extensión, con que se formula en cada una de las versiones del Credo. Frente a la fórmula larga, que encabeza este apartado, y que pertenece al Niceno-Constantinopolitano, en el Símbolo de los Apóstoles se dice sencillamente: “Creo en el Espíritu Santo”. El extenso “añadido” no es sino resultado de la elaboración teológica que concluyó en el Concilio de Constantinopla (381).
En general, ni a teólogos ni a predicadores les ha resultado fácil hablar del Espíritu Santo. A diferencia de las imágenes familiares del “padre” y del “hijo”, el Espíritu resultaba inapresable y, por ello, inexpresable. En cualquier caso, aunque frustrante, eso mismo constituía un buen ejercicio de humildad, en el que la mente tenía que reconocer su incapacidad para nombrar el Misterio y terminar rindiéndose ante él, en adoración. Lo que ocurrió, sin embargo, no fue que la frustración acabara siempre en adoración, sino más bien en un simple silenciamiento: del Espíritu no se hablaba.
Paradójicamente, desde la perspectiva no-dual, así como desde la más genuina espiritualidad, “Espíritu” parece ser uno de los nombres menos inadecuados para referirse a Dios, en cuanto Dinamismo de Vida y de Amor que hace que todo sea. El Dinamismo es, sencillamente, una de las dos caras de lo Real; la otra es el mundo de las formas. Y ambas abrazadas y entrelazadas en la admirable No-dualidad. Por eso, hablar del Espíritu es también hablar de nosotros y de todo lo Real.
Pero empecemos por el principio. En la Biblia hebrea, el Espíritu presenta forma femenina: es la Ruaj, el “aleteo” de Dios sobre las aguas, el soplo impetuoso que genera
vida. Aliento, soplo, viento, respiración, fuerza, fuego… con nombre femenino que habla de maternidad y de ternura, de vitalidad y de caricia. ¿Cabe algo más evocador para nombrar el Misterio de Lo Que Es?
Si Ruaj es femenino, su traducción griega lo convierte en el neutro Pneuma. Como si en su intrínseca dificultad para imaginarlo, el mismo término nos estuviera diciendo que se trata de una Realidad que, no sólo trasciende el género (está más allá de la distinción sexual), sino también el concepto de “individuo” y hasta de “persona” (por definición, lo neutro no puede ser “personal”; en todo caso, transpersonal).
Con la traducción latina (Spiritus), el Espíritu Santo se hizo masculino, y así ha llegado hasta nuestras lenguas modernas. Pareciera como si, con este cambio, volviéramos a sentirnos cómodos: finalmente, podríamos dirigirnos a él como una persona y en masculino. Eso casaba bien con nuestra conciencia egoica y patriarcal.
Al mencionar al Espíritu, el Credo queda distribuido en forma trinitaria, a pesar de que no haya ningún artículo específico que se refiera a la Trinidad. En el Nuevo Testamento, se habla del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo –como, por ejemplo, en la fórmula bautismal que se recoge al final del evangelio de Mateo (28,19)–, pero nunca se detienen a tratar de “explicar” el Misterio; más aún, da la impresión de que no les creaba ninguna dificultad. El “Padre”, el “Señor Jesús” y el “Espíritu” constituían sus referencias, sin necesidad de entender mentalmente la relación entre ellos o sus “procesiones internas”, como diría la teología posterior. Ni Jesús ni el Nuevo Testamento dicen absolutamente nada sobre un supuesto “dogma fundamental”, según el cual “tres personas divinas” (hipóstasis) tienen “una única naturaleza”. Este tipo de elucubraciones posteriores, aunque hechas con la mejor intención, más que ayudar a la experiencia espiritual, no pueden sino provocar división –todas las formulaciones mentales son sumamente limitadas y relativas– y, a la larga, generar ateísmo, en quienes, lúcidamente, se nieguen a creer en un Dios así objetivado por nuestro razonamiento.
Por lo que se refiere a la historia, la palabra griega trias aparece por primera vez en el siglo II (en el apologista Teófilo); el primero en usar el término latino trinitas es Tertuliano, en el siglo III; y la doctrina clásica de la Trinidad –“una naturaleza divina en tres personas”– no aparece hasta finales del siglo IV. Más aún, la festividad de la Trinidad no fue declarada obligatoria hasta el año 1334.
Lo que el Símbolo afirma acerca del Espíritu recoge sustancialmente el resultado de aquellas discusiones conciliares, que nunca han quedado (y nunca podrán quedar)
definitivamente zanjadas (piénsese en la controversia con la Iglesia oriental a propósito del Filioque): “Procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”.
Aparte de eso, se hace también una doble afirmación: el Espíritu es dador de Vida y habló por los profetas. Ya no es el lenguaje sumamente abstracto de la frase anterior, por lo que nos resulta más evocador. Como decía más arriba, hablar del Espíritu es hablar del Dinamismo de Vida que se despliega y expresa en todo lo que es, también en la palabra de los profetas.
“Profeta” no es sinónimo de adivino ni de “vidente” –en el sentido de que descifrara el futuro,–, sino quien ve y refleja aquello que, en cualquier situación, va a favor de la vida, a la vez que denuncia lo que la bloquea, impide o aplasta. Por eso, en la Biblia se afirma que el profeta es quien dice la palabra apropiada de Dios en cada situación.
Pues bien, en realidad, todos somos profetas…, cuando no caemos en la trampa de dejarnos enredar en nuestro ego. Al tomar distancia del yo, hacemos posible que el Espíritu se exprese con libertad en nosotros: lo que aflore entonces será su voz y su acción. Cuando, por el contrario, permanecemos identificados con nuestro yo, aparte de convertirnos en víctimas de la ignorancia y confusión que nacen de ello, esa misma identificación se convierte en un bloqueo, que impide que la acción del Espíritu pueda fluir con libertad y desapego.
Celebrar el Espíritu es celebrar nuestra Fuente última, nuestra Identidad definitiva. No somos individuos aislados reducidos a su forma diferente, sino el Espíritu que se vive y expresa en todas ellas. Como dijera Pierre Teilhard de Chardin, “no somos seres humanos que viven una aventura espiritual, sino seres espirituales viviendo una aventura humana”, el Espíritu viviéndose en forma humana.
La conclusión de quien lo ha visto es radicalmente transformadora. Lejos de elucubraciones abstractas, que dejan la cabeza caliente y el corazón frío, en un intento siempre fallido de apresar lo inapresable, experimenta al Espíritu como la Realidad más íntima y viva que pudiera sospechar, nada menos que su Identidad original. No hay intimidad ni experiencia de Unidad mayor. Pero, una vez más, esto no puede entenderse con la mente ni puede alcanzarse a través del pensamiento; requiere justamente el silencio mental, para que pueda manifestarse esta luz. Al silenciarse el pensamiento, emerge la comprensión.
Y (en) la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.
Al llegar a la Iglesia, se modifica la forma de expresión (aunque la traducción a nuestras lenguas no lo refleje). En latín se venía diciendo: “Credo in Deum Patrem…, in Iesum Christum…, in Spiritum Sanctum”. Sin embargo, al hablar de la Iglesia dice: “Credo Ecclesiam”. Evidentemente, tras la omisión de la preposición se esconde una intencionalidad manifiesta: creer –en el sentido de poner la confianza– sólo puede referirse a Dios. La Iglesia no es “objeto de fe” –cuando se ha pretendido que lo fuera, se la ha absolutizado, como si quisiera ocupar el lugar de Dios–, sino en todo caso el “lugar” donde se quiere dejar actuar al Espíritu, de quien está naciendo.
En el Nuevo Testamento, Lucas señala lo que podríamos considerar el “acto fundacional” de la Iglesia, situándolo en el día de Pentecostés, con la efusión del Espíritu sobre el colegio apostólico. Nunca podremos saber qué sucedió –si es que sucedió algo– detrás del relato del libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-13). Aunque no deja de ser significativo que sea sólo Lucas quien nos hable de un “Pentecostés cristiano”. Ni Pablo, ni Marcos, ni Mateo ni Juan saben nada de ello; más aún, para el cuarto evangelio, Pentecostés (el don del Espíritu) ya ocurrió en el momento mismo de la muerte de Jesús (19,30) o, en todo caso, en la primera aparición del resucitado (20,22). Todo esto nos haría sospechar que Lucas, en su peculiar y exclusiva periodización, de la que hemos hablado más arriba, hace coincidir la fiesta judía de Pentecostés (literalmente, día quincuagésimo) con la efusión del Espíritu sobre la naciente comunidad cristiana; es decir, “cristianiza” una fiesta judía.
Ecclesia significa “asamblea” y es la comunidad de quienes creen en Jesús. De esta Iglesia se dice que es “una, santa, católica y apostólica”. La Unidad es su sello y su vocación, pero una unidad universal; no porque todos deban integrarse en ella formalmente –eso sería una gran pérdida de la riqueza de lo que es diferente–, sino porque viva, más allá de las diferencias de todo tipo, la certeza de la Unidad de todo.
Que la Iglesia sea “santa” significa que ha nacido de Dios, “el solo santo”. Pero esto, de nuevo, no sólo no puede usarse para marcar distancias y comparaciones, sino que tendría que servir para recodarnos que todo es santo, todo está lleno –es expresión– de la santidad de Dios. Al mismo tiempo, deberíamos evitar esa distinción, que no se sostiene, entre la Iglesia santa y sus miembros pecadores. Porque no existe una Iglesia en abstracto, al margen de quienes la integran.
llamada “sucesión apostólica” no habría que restringirla, como privilegio, a unos pocos elegidos, que conforman la jerarquía, sino que se aplica al conjunto del pueblo de Dios: todo él es “apostólico”.
En cuanto a la catolicidad, originariamente significaba la Iglesia completa, toda la Iglesia, por contraposición a las Iglesias locales. En un sentido más profundo, la Iglesia es católica por su vocación de universalidad; no porque quiera convertir a todos e integrarlos en su estructura, sino porque se sabe dentro de un “movimiento” universal – todo él expresión del Espíritu– y a nadie cierra las puertas. Catolicidad es universalidad.
Desde la perspectiva no-dual, la Iglesia tendría que verse como signo de lo que ya somos, de modo que todo lo que se dice de ella, es igualmente válido para el conjunto de la humanidad.
EL BAUTISMO Y EL PERDÓN DE LOS PECADOS
Reconocemos un solo Bautismo para el perdón de los pecados.
El Símbolo de los Apóstoles introduce, en este punto, otro artículo de fe que aquí no aparece: el que se refiere a la “comunión de los santos”. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, debe entenderse sencillamente como la comunidad de los fieles (communio sanctorum es communio fidelium). Es sólo otra manera de definir la Iglesia. “Santos” era el modo –junto con el de “hermanos”– como se llamaban los primeros cristianos, incluyendo a quienes habían muerto, particularmente en el martirio. Por eso, la expresión “comunión de los santos” se refiere, también, a la corriente de vida que circula entre todos, y que puede hacerse extensible a toda la humanidad y a toda la creación: todo influye en todo. Algo que se ha verificado incuestionablemente en el mundo subatómico y que parece ser que funciona en todos los niveles de la realidad, por cuanto todo está interconectado, constituyendo una gran Red, de la que nada queda fuera.
El bautismo es el sacramento por el que la persona manifiesta su pertenencia a la Iglesia. Eso hace que ocupe un lugar destacado en el Credo. Desde la nueva perspectiva no-dual, no puede considerarse como un signo de exclusión, como si fuera condición para ser hijo de Dios –piénsese en las implicaciones teológicas de la doctrina sobre el limbo, como destino de los niños que morían sin bautizar–.
No; el bautismo es un sacramento en el que celebramos lo que ya somos. Todos somos hijos de Dios, bautizados o no; todos somos manifestación de su gracia. En el bautismo, lo que hacemos es celebrar esa realidad que nos constituye desde el primer momento de nuestra existencia. Por eso, al hacerlo, no nos sentimos separados de nadie,
sino que, al contrario, somos conscientes de compartir esa Identidad con todos.
Y es también sabio que, en el Credo, vinculándolo con el bautismo, se le conceda un lugar al perdón. Evoca, en primer lugar, un rasgo característico de Jesús, que hizo del perdón gratuito e incondicional un signo distintivo de su práctica y de su mensaje.
Posteriormente, la Iglesia iría institucionalizando diversas formas de celebrar el sacramento (de la penitencia, de la confesión, de la reconciliación, del perdón). Pero lo importante no son las formas –entre las que ha destacado la llamada “confesión individual” o auricular, que se introdujo desde Irlanda a partir del siglo VII–, sino, una vez más, la celebración gozosa de lo que ya ha ocurrido. Basta abrirse a Dios para experimentar su perdón, sin otros medios ni condiciones; lo que luego hacemos en el sacramento es, sencillamente, celebrar lo que ya tuvo lugar.
ESPERANZA DE RESURRECCIÓN Y DE VIDA ETERNA
Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.
Con estas palabras, concluye el Símbolo Niceno-Constantinopolitano. El de los Apóstoles lo hace con alguna pequeña variación: “Creo la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén”.
En la teología, y más aún en la liturgia, suele apreciarse una doble contradicción – véase, por ejemplo, el Ritual de Exequias– a la hora de hablar de la resurrección: si es en el momento de la muerte o en “el último día” (la “resurrección universal”), y si resucita el cuerpo o el alma.
El Credo habla genéricamente de la resurrección de “los muertos” y de la “vida del mundo futuro”. Parece que la insistencia en el “cuerpo” o en la “carne” (como hace el Símbolo de los Apóstoles) es deudora de una antropología más unitaria: al concebir a la persona como una unidad, no podría hablarse de resurrección, si ésta no incluyera el cuerpo. Esto explica también la insistencia con que, en los relatos de apariciones del resucitado, se acentúa la dimensión corporal (comer, tocar…).
Por otro lado, la “vida del mundo futuro” o “vida perdurable” no se refiere, en absoluto, a un tiempo interminable, sino justamente al no-tiempo, a un Presente atemporal que, en sí mismo, es Plenitud. Por eso, “vida eterna” es sinónimo de “vida en plenitud” o Presencia; y eso mismo es el “cielo”.
Según la fe cristiana, es la persona entera la que resucita. Lo que queda por dilucidar es lo que sea exactamente la persona. Parece claro que no pueden ser las formas impermanentes, pues en ese caso, ¿quién resucitaría: la persona a los 5 años, a los 20 o a
los 80?, ¿nuestro ego voluble y narcisista?... No; como bien ha dicho un maestro espiritual, “del camino espiritual, ningún ego sale con vida, gracias a Dios”. La resurrección no puede ser perpetuación del ego –esa idea me parece narcisismo religioso–, sino liberación de él. Por eso, podemos intuir que resucita, no el ego, sino aquella Identidad que trasciende las formas y que, en gran medida, todavía desconocemos.
Pero aquí es bueno detenerse, para no seguir haciendo el juego a un yo que fácilmente deforma nuestra visión. Hasta el punto de que, casi sin darnos cuenta, nos había ya proyectado a un futuro imaginado. Frente a esa trampa, la actitud adecuada es la de abrirse a vivir en plenitud el momento presente. Aquí y ahora somos ya resucitados.
La esperanza no puede entenderse como una espera proyectiva, ni mucho menos tendría que ser pretexto para fortalecer el yo y la identidad egoica. La esperanza es una llamada de atención para escuchar el anhelo más hondo de nuestro corazón y venir, una y otra vez, al presente, donde todo es pleno.
Porque el presente de que hablamos no es un “espacio temporal” entre el pasado que se fue y el futuro que se abre camino, sino la experiencia atemporal, el no-tiempo1. Al venir al presente, nos apercibimos de que nuestra identidad profunda es precisamente Presencia, el “Yo soy” eterno y pleno.
Mientras nos movemos en el mundo de las formas, identificados con nuestra mente y con todo el conjunto de pensamientos, sentimientos, emociones y reacciones (eso es el yo mental o psicológico), nos ponemos a merced de sus vaivenes. Y soñamos en un futuro en el que, final y afortunadamente, seremos libres de ello. Sin embargo, basta venir al momento presente para empezar a percibir que todo eso era simplemente un “sueño”, un conjunto de “historias mentales”, que habíamos tomado “personalmente”. Al pararlas, cesan las historias y emerge la Verdad de lo que somos, que sabe a Quietud y se experimenta como Plenitud.
Probablemente, todos tenemos experiencia de que parar la mente constituye una tarea sumamente ardua, en particular, cuando lo que la ocupa tiene mucha carga emocional, o cuando nos sentimos especialmente vulnerables, física o también emocionalmente. Su inercia, fruto también de nuestra historia de identificación plena con ella, puede ser de tal magnitud que nos parezca imposible tomar distancia y no ser absorbidos por la mente.
Sin embargo, la motivación y la práctica perseverante irán logrando que, poco a poco, aprendamos a descansar en la Conciencia, percibiendo la mente como un objeto o herramienta a nuestro servicio, pero no nuestra dueña.
Y entonces experimentaremos por nosotros mismos lo que tantos maestros y maestras espirituales han enseñado. En expresión reciente de Gangaji: “aquello de lo que estás huyendo, en realidad no existe; y aquello que buscas, está siempre aquí”2.
Antes que ella, Tony de Mello había dicho lo mismo, ilustrándolo, como a él le gustaba, con un cuento muy elocuente: “Había un monje que vivía en el desierto egipcio, al que las tentaciones atormentaron de tal modo que ya no pudo soportarlo. De manera que decidió abandonar el cenobio y marcharse a otra parte. Cuando estaba calzándose las sandalias para llevar a efecto su decisión, vio, cerca de donde él estaba, a otro monje que también estaba poniéndose las sandalias. «¿Quién eres tú?», preguntó al desconocido. «Soy tu yo», fue la respuesta. «Si es por mi causa por lo que vas a abandonar este lugar, debo hacerte saber que, vayas donde vayas, yo iré contigo». Y Tony de Mello concluye: “Tanto aquello de lo que huyes como aquello por lo que suspiras está dentro de ti”3.
1. Sobre esta cuestión, puedo sugerir la lectura de unos artículos colgados en mi web, bajo el título genérico de La belleza y sabiduría del presente. Se pueden descargar en:
www.enriquemartinezlozano.com/bellezapresente.htm y www.enriquemartinezlozano.com/bellezapresente_2.htm 2. Buscadora y maestra espiritual de origen norteamericano, es autora de un librito que recomiendo: GANGAJI, El diamante en tu bolsillo, Gaia, Madrid 2006.