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Una España para dos Europas Años de tanteo (1957-61)

En páginas anteriores se ha descrito los esfuerzos del ré- gimen por normalizar su presencia internacional con el ingre- so (o regreso) de España en algunos organismos económicos. En general, no imponían a nuestro país condiciones de orden político y la naturaleza técnica de las negociaciones, jugó a fa- vor de los intereses de un país que aspiraba a seguir haciendo las cosas a su manera pero que se enfrentaba cada vez con mayor viveza a las duras consecuencias (falta de financiación, descrédito internacional, suspicacia) de negarse a reconocer la realidad de que España había cambiado mucho desde 1936. Este trasfondo explica la complejidad de nuestra integración en las nuevas construcciones políticas que desde 1945 se estaban produciendo en el Viejo continente.

acabada la ii guerra mundial, los países europeos se vieron obligados a unirse para las tareas de reconstrucción. la bús- queda de la unidad europea era una vieja aspiración que las penurias de la posguerra pusieron en primer plano. los ante- cedentes de lo que sería el mercado común, aunque pueden relacionarse con ideas anteriores como la promovida por el secretario de Estado norteamericano marshall, se remontan a 1946 cuando W. churchill afirmó que «debemos reconstruir una especie de Estados Unidos de Europa». Era una idea formulada,

entre otros, por nuestro ortega y gasset 1. En 1947 nacía la or- ganización Europea de cooperación Económica (oEcE), y en 1948 el consejo de Europa. El impulso definitivo vendría de la mano de los políticos democristianos franceses j. monnet y r. schuman (ministro de Finanzas, justicia, y Exteriores en 1948- 52), y el alemán K. adenauer (canciller de la república Federal alemana, 1949-63). la idea de la unidad europea trataba de frenar el afán belicista alemán que, desde 1870, había causado tres enfrentamientos entre países europeos.

Este objetivo buscaba schuman cuando en 1950 propuso colocar la producción franco-alemana de carbón y de acero bajo una autoridad común, por tratarse de productos básicos en la industria de guerra. con esta iniciativa audaz y original se sentará las bases concretas de una federación europea in- dispensable a la preservación de la paz, creando la primera organización supranacional europea con la transferencia de soberanía de los Estados que en ella participasen. Por primera vez una institución podría tomar decisiones sin que los gobier- nos respectivos debiesen aprobarlas previamente. En el mes de junio la propuesta se concretó en la reunión de seis países (alemania, Francia, italia, Bélgica, holanda, y luxemburgo), a los que se unió el reino Unido como observador, para crear la comunidad Europea del carbón y del acero (cEca), cuyo tratado fundacional quedó ultimado en abril de 1951. Pronto 1. dos muestras en los textos de ortega. «Unamuno me alude en esa carta: habla de los «papanatas» que están bajo la fascinación de «los euro- peos». ahora bien, yo soy plenamente, íntegramente, uno de esos papana- tas: apenas si he escrito, desde que escribo para el público, una sola cuartilla en la que no aparezca con agresividad simbólica la palabra: Europa. En esta palabra comienzan y acaban para mí todos los dolores de España» (El Im-

parcial, 27.9.1909). «los Estados Unidos de Europa son una de las fantasías más módicas que existen (…) es sumamente improbable que una sociedad, una colectividad tan madura como la que ya forman los pueblos europeos, no ande cerca de crearse un artefacto mediante el cual formalice el ejerci- cio del poder público europeo ya existente (…) la unidad de Europa como sociedad no es un ideal, sino un hecho de muy vieja cotidianidad (…) la probabilidad de un Estado general europeo se impone necesariamente» (La

se retiraron los británicos al ver en peligro su secular indepen- dencia. a comienzos de 1953 entraba en vigor el embrión de la Europa de los Seis. España, fuera de la oEcE y de la Unión Europea de Pagos, no fue llamada al nuevo proyecto; a cam- bio, ese año nuestro país fue invitado a participar en la creación de una organización Europea de transportes. josé miguel de azaola (1957: 9) refiere con asombro el desdén con que aquí se percibían estas novedades allende los Pirineos:

«cuando se discutía acerca de la fundación del consejo de Europa, cuando se debatía el tratado de la comunidad del car- bón acero o cuando las encendidas polémicas en torno a la no- nata comunidad de defensa acaparaban el primer plano de la actualidad continental, España permanecía despreocupada. tan solo unos pocos políticos se atrevían a asomarse más allá de los Pirineos, y un puñado algo más numeroso de intelectuales de- dicaban su atención al proceso de integración que lentamente, pero de modo constante, iba desarrollándose en Europa. En con- clusión, Europa era el purgatorio de los diplomáticos, el Paraíso de los reprimidos con algún dinero y el foco de anarquía política desde donde se enviaban para alterar la paz social española, los terroristas».

Eso no quiere decir que no hubiera europeístas en nuestro país. Entre los pioneros estuvo josé larraz, ex ministro de ha- cienda (1939-42) y fundador en 1949 de la Sociedad para los Estudios Económicos Españoles y Europeos, al que se tildó de «j. monnet español»; el grupo que puso en marcha en Barcelona el Instituto de Estudios Europeos, y el Comité Español para la Liga de Cooperación Económica; el Instituto de Estudios Europeos, nacido en zaragoza por el empuje de lacruz Verdejo. otro foco surgió en torno a tierno galván al crear en 1955 la Asociación Española por la Unidad Funcional de Europa, y que comenzó a publicar un boletín que dirigía raúl morodo con el nombre de Europa a la vista, para divulgar el europeísmo democrático. se hacían resúmenes de la idea europea y publicaban notas sobre el proceso institucional en marcha. tres años después, morodo (2001: 208) presentó en la Universidad de salamanca una de las primeras tesis sobre «la integración política euro-

pea», donde aborda el proceso histórico de institucionalización de la idea europea. En el exilio, destacaba la figura de salvador de madariaga, siempre atento a recomponer la unidad europea sobre la base de la democracia liberal.

Estos precursores aparentemente enlazaban con una tradi- ción europeísta liberal del siglo XiX, con hombres como Es- pronceda y larra, a la que se oponían los aislacionistas donoso o Vázquez de mella. Pero la Europa de mediados del siglo XX poco tenía que ver con la decimonónica. Es curioso cómo esa bandera había sido enarbolada por intelectuales conservado- res que predicaban un casticismo de la pobreza material de España y de los valores espirituales de la raza. se insistía en que el lugar de España estaba en Europa, pero en una Europa que previamente debería ser fecundada por los valores eter- nos de la España católica, simbolizados en el esplendor de los reyes católicos. contra este europeísmo de baja ley se rebe- laban escritores como juan goytisolo que ve ahí una interesa- da confluencia de las clases dirigentes españolas con sectores europeos que nos rogaban seguir siendo tal como somos: «los europeos nos han impuesto un personaje y exigen que lo re- presentemos con fidelidad. los españoles somos valientes, or- gullosos, hidalgos y muchas otras cosas, pero no debemos salir nunca de los límites de una pobreza ascética. El europeo busca en España el alma que ha perdido. nuestra misión, dicen, es una misión espiritual» 2. se entiende que un discurso así viniera de perlas a un régimen que no estaba dispuesto a perder un ápice de su pureza, heredada en una Cruzada.

En marzo de 1957 los seis países de la cEca firmaron el tratado de roma por el que se creaba el mercado común 3. la

2. j. goytisolo (1962), «l’Espagne et l’Europe», en Les Temps modernes, n. 194, p. 128-146. la posterior réplica de Fernández santos daría lugar a un interesante debate de ideas sobre la idea de Europa en España.

3. Un último obstáculo fue la aceptación de las condiciones de su en- trada que Francia había presentado en 1956: derecho de veto para las deci- siones esenciales, cláusulas de salvaguardia económica, medidas especiales para la agricultura, armonización de sistemas sociales, inclusión de los terri- torios de Ultramar.

prensa nacional recibió la noticia sin entusiasmo, ofreciendo una información aséptica y sin aludir a la posible incidencia en España 4. Frente a los dos grandes bloques económicos (Es- tados Unidos y la Urss), Europa aparecía como una entidad de segundo orden. El nuevo ente tenía a escala gigante la fi- sonomía política y económica de cualquiera de las naciones del occidente europeo 5. Por eso fuerzas políticas teóricamente anticapitalistas, como el socialismo y el sindicalismo, apoya- ron la idea internacionalista, y lucharon para conseguir poder dentro de la comunidad con la misma intensidad con que lo hacían en los estados miembros. la experiencia de la cEca había mostrado que podían unirse, y la forma más sencilla era la unión aduanera. Francia llevaba la voz cantante 6. inglaterra participó inicialmente en este proyecto para maniatar a alema- nia y crear un mercado único; pero se plantó en 1958 al darse cuenta de que el mercado común era el germen del estado europeo contra el que había luchado durante siglos; llevó el asunto a la oEcE en cuyo seno se creó un comité interguber- namental, presidido por r. maudling, con objeto de resolver

4. la información sobre la cEE se incluía en la sección económica, con- tagiándose de las deficiencias que ésta presentaba. los periodistas descono- cían estos temas, y en la mayoría de los casos, la prensa se limitaba a trans- cribir declaraciones, discursos, o decretos del BoE, sin analizar o valorar su contenido. la información, por tanto, no tenía un carácter divulgativo. como excepción puede indicarse un artículo que publicaba ABC el 2 de marzo con un título rotundo: «El mercado común Europeo. Un problema ur- gente», donde se afirma «que no debemos continuar con ese “ver y esperar” a que nos hemos referido, sino sustituirlo por un plan previsto y detallado de la mayor efectividad». los editoriales de prensa, de inserción obligatoria, consideraban ese tratado como vagos propósitos sin viabilidad alguna (la Porte, 1992: 97-8).

aunque informes de esas fechas reiteran la importancia de estar atentos. Ver «informe. Participación española en los proyectos de mesina de integra- ción europea», 19 de febrero de 1957 (amaE: r-5662, E 14).

5. «Este proyecto ha nacido al constatar que los estados nacionales se han convertido en anacronismos históricos que no pueden sobrevivir por sí mismos y deben unirse o perecer» (New York Times, 27.3.57).

6. En despacho de j. argüelles a castiella el 11 de marzo de 1958, apun- taba la rivalidad franco-inglesa en Europa, y las posibilidades de España para un mayor entendimiento con Francia (aFmc: 13, 144, 4).

los problemas aduaneros con Francia. inglaterra no quería ir más allá de una unión de librecambio industrial, y promovió la creación de la EFta en enero de 1960, que durante algunos años disputaría al mercado común el liderazgo del proceso de integración europeo. nunca se sentirían cómodos los ingleses en esta organización alternativa que respondía a una simple tradición de amistad con el continente.

Ese carácter de contrapeso y alternativa a la presentida pre- potencia norteamericana era también públicamente declarada por juan XXiii en junio de 1957 cuando, en la presentación de cartas credenciales del nuevo embajador español ante la santa sede, gómez llano, al evocar éste el deseo de que no fuera una unión egoísta con una pesada carga para los países subdesa- rrollados, el Papa añadió: «conviene no olvidar que la tremen- da preponderancia económica americana colocaba a Europa en situación de inferioridad que solo podía ser mitigada por la unión de los países europeos» 7.

la creación del mercado común coincidió con un gabinete franquista más aperturista (castiella, navarro rubio, Ullastres) que los de la etapa autárquica 8. Especial optimismo suscitó el nombramiento de castiella, como apunta Esther sánchez (2006: 91-2) aunque solo fuera por la triste experiencia de los años de la autarquía. lópez rodó (1990: 103-4) describe el enfrentamiento que se daba en el seno del gobierno entre europeístas y escépticos como gual Villalbí o carrero. El pro- pio Franco veía en el mercado común un potencial caballo de troya, a través del cual se colaría en nuestro país el liberalismo y la masonería 9. como nota el embajador francés en madrid entre 1954 y 1959, guy de la tournelle, «tandis que les catho-

7. gómez llano a castiella, 25 de junio de 1957 (agUn/grg/103-ii). 8. sobre los gabinetes de Franco y sus remodelaciones, vid. Urquijo, josé r. (2001), madrid: csic. En formato electrónico: http://www.ih.csic.es/ lineas/jrug/diccionario/gabinetes/m7 _franco.htm.

9. Pese a ello declaraba al New York Times (19.3.57): «El que España se rebele contra la vieja política de Europa de luchas y rivalidades entre sus miembros y que aspire a eliminar injusticias que todavía perduran, no quita el que se haya sentido siempre integrante de Europa y que como tal haya procurado servir al bien común».

liques, sous l’inspiration de l’Église, se montrent partisans de “l’Européanisme” de la démocratie chrétienne, les phalangis- tes sont, en raison de leur caractère antilibéral, hostiles à toute manifestation de l’union européenne» 10. nadie pensó en invitar al autocrático gobierno español, con una ideología situada en las antípodas de las democracias europeas 11: participar en el proyecto hubiera supuesto una inaceptable cesión de sobera- nía. no debe confundirnos comentarios como el del ministro francés Faure a castiella en agosto de 1957 de que no existía impedimento para la firma del tratado por parte española, ale- jado de la realidad de la hostil actitud que en ese momento tenía el gobierno francés (y el propio Faure). Pretender que el problema político no hizo su aparición hasta el informe Birke- lbach en 1962, es negar lo obvio. otra cosa es que en 1957 los comunitarios podían hacer la vista gorda a hechos que después ya no estaban dispuestos a aceptar (munich, el caso grimau, y otros tropiezos del régimen). la única participación que nos interesaba era la comercial y esta crecía de día en día: hacia allí iban dos tercios de las exportaciones españolas.

España y el reino Unido ignoraran el naciente proyecto alegando el principio de no injerencia. Esta es una constante en la historia española: no era solo desinterés por lo europeo, sino su percepción como una molesta realidad que el régimen de buena gana se hubiera quitado de encima. con la solicitud inglesa en 1961 la situación para España cambia radicalmente. no fuimos a Europa por vocación, no nos empujaba un talante razonado y sereno, sino un extraño ventarrón, que más parecía la fuerza del instinto de conservación para no perder un impor- tante tren histórico y económico (Bassols, 2007: 72). nuestra marcha hacia Europa no se caracterizó por la convicción que

10. la tournelle a maE-F, 22 de febrero de 1957 (ahcE, maEF 704). 11. confiaba el caudillo en noviembre de 1957 a su primo Pacón (1976: 220): «El comunismo, el hitlerismo, el fascismo y el falangismo son sistemas políticos distintos, pero todos ellos tienen algo en común, como es el esta- blecimiento de la autoridad del estado, base del orden en un país, la disci- plina social y económica». huelga cualquier comentario sobre la nostálgica simpatía que sentía hacia los sistemas totalitarios.

tuvieron los seis miembros primitivos. al no participar en el esfuerzo racional del principio, tuvimos ambos países más con- vencidos pragmáticos que hombres iluminados por la vocación europea. tampoco sorprende este despego si pensamos cuán- tos españoles conocen hoy el nombre del presidente de go- bierno comunitario.

Estos años de tanteo (1957-61) vieron nacer los primeros proyectos europeístas en nuestro país, con el denominador co- mún de ser alternativas conservadoras y antiliberales al pro- yecto de la Europa democrática y abierta que representaba el mercado común, y que todos intuían se convertiría en el eje unificador de la unidad europea. Estos dos proyectos estaban patrocinados por dos grupos rivales: el de falangistas evolu- cionados, al que pertenecían laín, tovar, martín artajo y ruiz- giménez; y los hombres de la «tercera vía» (calvo serer, Pérez Embid) con su triple objetivo: monarquía, religión y región. ri- druejo los bautizará como comprensivos y excluyentes. los dos grupos pugnaban por controlar el Centro Europeo de Docu- mentación e Información (cEdi), poderoso instrumento con- servador de europeización. otra alternativa la abrió sánchez Bella que, desde su embajada en santo domingo y Bogotá 12, se erigirá en el campeón de la causa americanista y la integración de España en el naciente proyecto de la cEPal y la alalc. 1. Dos proyectos enfrentados: el falangista y la “tercera vía”

El temprano discurso europeísta se articuló en España en torno al cEdi 13, un grupo de estudios que desde 1953 venía

12. sánchez Bella tuvo una trayectoria apretada de cargos: vicese- cretario del csic (1940-1941), director del instituto de cultura hispánica (1946-1956), embajador en la república dominicana (1957-1959), colombia (1959-1962) e italia (1962-1969), y ministro de información y turismo (1969- 1973).

13. creado por el archiduque otto, con sede en munich, «el cEdi persi- gue como fin agrupar en todos los países europeos las fuerzas activas dispues- tas a defender en la vida pública los principios fundamentales de la cultura europea cristiana». con ese fin se estableció un «instituto Europeo de Estudios

funcionando en nuestro país. Fundado por el grupo de sán- chez Bella y vinculado al instituto de cultura hispánica, agru- paba a personajes de carácter conservador y católico, enemigos del comunismo y de las decadentes democracias occidentales. sánchez Bella hace valer su mejor derecho de fundador, para explicar su potencialidad en la acción política española. la idea había surgido en los cursos de verano en santander, con el pro- pósito de coordinar las fuerzas europeas con un común de- nominador: ser «anti-liberales, anti-marxistas, anti-comunistas, anti-mariteinianos» 14. dividido en asociaciones nacionales, co- ordinadas a través de una presidencia, que ostentaba el archi- duque otto de austria-hungría, y de un secretariado general en madrid.

sánchez Bella intentaba vender a castiella la imagen de un potente instrumento al servicio de la política española en Eu- ropa, ponderando la vinculación con el centro de directores de periódicos de gran circulación que estarían dispuestos a co- laborar en cualquier campaña que se intentase realizar. «Una de las pocas personalidades europeas de auténtico relieve in- ter nacional» 15, el archiduque otto era hombre de excelentes

Políticos» para, con la ayuda de expertos, elaborar proposiciones en materia política, social y cultural. Formaban parte de él políticos de tendencia liberal- conservadora de casi toda Europa, como m. debré, Primer ministro de Francia, y P. smithers, secretario general del consejo de Europa. Fueron presidentes de la sección española sánchez Bella y martín artajo, y miembros: ruiz-gimé- nez, Fernández de la mora, y el marqués de Valdeiglesias, entre otros.

Por esas fechas (marzo de 1957) anima sánchez Bella a otto a preparar el congreso «para celebrar el centenario de la muerte del Emperador carlos i de España y V de alemania. la gran figura de carlos de Europa debe ser punto de unión en torno a madrid de muchos amigos de todo el continen- te» (agUn/asB/001/267). la nueva vocación europeísta se encauzaba así a través de los viejos moldes de la gloriosa etapa imperial de los siglos XVi y XVii, a la que habría seguido dos siglos y medio de negación de lo español

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