Transformaciones socioeconómicas
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Ordenamiento de prelados, oto rg ad o p o r las C ortes de Valladolid (1351),
constituye una bu en a m uestra de ello: «Alo que dizen qu e las O rdenes et los perlados que en algunas eglesias en m uchos logares del mió sennorío, assí en Gallizia com o en otras partes, et que algunos que se llam an devise ros et padroneros et naturales dellas, quales tom an yantares; et si gelas non dan, que p re n d en lo délas eglesias et a los clérigos dellas. Et p o r esto que son yermos et astragados; et pidieron me m erget quelos que se llama ren deviseros et pad ro n ero s e t naturales, quelo m u estren et lo vengan mostrar aquí ala mi corte, que los recabdadores de las mi tercias que es tén por las cuentas, que fueren dadas en las casas délos perlados...» (Cor
tes..., II, 130).
La injerencia de la nobleza en los negocios internos de las institucio nes monásticas resultaba especialm ente enojosa cuando el com endatario noble recibía tam bién el título de abad del m onasterio en co m en dad o o de «adm inistrador perpetuo», a efectos p u ram en te form ales y económ i cos. Los conflictos experim entados p o r la abadía b ened ictina de San Juan de Corias (Asturias) a causa d e esta irregularid ad constituyen un buen ejemplo de sem ejante problem ática. En 1380 era n om b rad o abad com en daticio del cenobio Alonso E nríquez, hijo del alm irante de Castilla, en contra de los deseos de la com unidad. El p rio r de San Miguel de Bár- cena, un p eq u eñ o m onasterio rural filial del Coriense, acom pañado de u n a comitiva de hom bres arm ados, tom a la abadía para in ten tar im pedir que las rentas fueran a p arar a m anos del noble castellano. Las au torida des reales, en este caso el m erino del Principado, tratarán de restablecer el orden ju ríd ic o para conseguir que las ren tas llegaran al abad no m brado, y parece que la em presa no resultó n ada fácil, pues las aguas tar darían más d e un año en volver a su cauce (E. García, Corias..., 267-69). Sin embargo, suele decirse que esta clase de irregularidades fueron m u cho menos num erosas en España que en otras partes de la Iglesia.
En este período, y especialm ente d u ran te el siglo xv, los grupos de li najes, que h an id o co n so lid á n d o se , se c o m p o n e n y re c o m p o n e n de form a variable, según los intereses concretos d e cada situación. El p o d er social y político de los mismos d ep e n d e de su riqueza. En la época de los Reyes Católicos, el n úm ero de grandes familias, relativam ente reducido, está ya muy bien definido en los reinos de la C orona. El mayorazgo, insti tucionalm ente afirm ado, se convierte, tam bién, en u n a garantía eficaz a la hora de m an ten e r la integridad de los patrim onios familiares.
Además, la nobleza renovada y fortalecida a lo largo de esta época, su peradas las circunstancias adversas d e la crisis, em pieza a m anifestar sus preferencias p o r la vida de las ciudades en vías de desarrollo, rivalizando allí con otros dos grupos poderosos: el de los com erciantes y el form ado
p o r el patriciado urbano, cuyos intereses p o r bienes y dom inios territoria les com ienzan a ser tam bién u n a realidad. M iem bros de linajes y familias nobles participan en em presas com erciales de altos vuelos. Los catalano- aragoneses, p o r ejem plo, podían en co n trar un m odelo estim ulante en las actividades de su mismo soberano Alfonso V (1416-1458), que, en algu nos aspectos, se com porta com o u n auténtico m ercader.
A Finales de este período, los m iem bros de m uchos linajes im po rtan tes de la P enínsula adoptarán ya com portam ientos refinados propios de un g ru p o social avezado a gastos suntuarios y d arán rien d a suelta a su gusto p o r productos exóticos provenientes de m ercados lejanos. Al lado de los m ercaderes esta nobleza, v erd ad eram en te «nueva», conseguirá realizar las prim eras acum ulaciones im portantes de capital que preanun- cian la d en o m in ad a Epoca M oderna. Sin em bargo, resultaría im propio, en los um brales del 1500 o a lo largo del siglo xvi, h ab lar ya de un cam bio de m odo de producción. A pesar de la im portancia socioeconóm ica de las «acum ulaciones primitivas» de capital y de la fuerza transform a dora del capital com ercial, la base de la prod ucción seguía siendo agrí cola, el elem ento fu ndam ental de las fuerzas productivas la familia cam pesina y las relaciones de p roducció n feudales. Todavía d u ra n te m ucho tiem po —se im ponen siem pre com probaciones em píricas de ám bito re gional— los feudales, alejados de las form as de participación directa en el proceso de producción, seguirán ap ropiándose de las plusvalías del trabajo rural, re cu rrie n d o para ello a los m ecanism os de coerción tradi cionales del más característico feudalism o. Y co n tin u arán utilizando, asi mismo, el apoyo del p o d e r político, si bien es cierto que no desem peña rán ya en la adm inistración pública las funciones determ in an tes de los siglos anteriores.
Al repasar, en conjunto, las num erosas transform aciones de la nobleza du rante estos siglos tardomedievales, se puede afirm ar que el feudalismo, p len am e n te desarrollado, tien e u n a en o rm e capacidad de ad aptació n para enfrentarse a circunstancias nuevas, con frecuencia adversas. Esta vir tualidad que ha propiciado la p érdida progresiva de la rigidez estructural, característica de los prim eros dom inios señoriales, le h a convertido en un sistema económico-social capaz de p erd u rar aún m ucho tiem po, en gene ral, hasta las prim eras revoluciones industriales.
La renta feudal
Los graves desajustes estructurales del siglo xiv inciden negativam ente en los niveles tradicionales de la ren ta feudal, es decir, los provenientes de la
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propiedad de la derra, del reconocim iento de la condición señorial por parte de la clase trabajadora y del ejercicio de los derechos jurisdicciona les, que, en su conjunto, constituían el instrum ento fundam ental de los señores para acaparar las plusvalías del trabajo de sus d ependientes, en co n creto del cam pesinado. Lo form ulaba, sin paliativos, el obispo de Oviedo D on G utierre cuando redactaba y sancionaba en 1383 unas Cons tituciones para sus canónigos: «de las m ortandades acá han m enguado las rentas de nuestra iglesia cerca la m etad dellas, ca en la p rim era m or tandad fueron abaxadas las rentas la tercia parte, et después acá lo otro p o r despoblam iento de la tierra» (Fernández C onde, Gutierre..., 203), sin que ello suponga, ni m ucho m enos, el final del feudalism o y los preludios históricos del capitalismo, p o r más que m uchos nobles, catalanes sobre todo, com iencen a m anifestar sus preferencias p o r u n a econom ía de in versiones fijas de capitales, im itando tam bién en esto a grupos de patri cios y m ercaderes acomodados.
Superados los m om entos más críticos de las crisis del siglo xrv, se re gistra p o r casi todas partes u n m ovim iento de reacción y de recuperación señorial, plen am ente docum entado d u ran te el siglo xv, en el que no re sulta difícil individuar sus rasgos más característicos, a los que nos hem os referido más arriba, y que ten d rán una influencia de signo positivo en la prop ia renta: el aum ento de la presión señorial sobre el cam pesinado, po n ien d o en vigor y urgiendo viejas costum bres feudales que se habían ido relajando al aflojarse los lazos del entram ado social en los m om entos más duros de la centuria anterior; la preferencia, cada vez m ejor acusada, p or otros capítulos rentísticos más pingües com o el de los ingresos prove nientes de los derechos jurisdiccionales o de la participación en las rentas de la hacienda regia; y la potenciación de nuevos cultivos com o la vid, el olivo, d o n d e las condiciones de la tierra lo perm itieran, o los productos de h u erta muy selectivos, para los que existía u n a buen a d em an d a en los m ercados urbanos, juntam ente con la producción lanera, in crem entad a con el auge de la cabaña ganadera.
Este conjun to de factores no funcionaba siem pre en su integridad ni de form a m ecánica en cada dom inio señorial. Todos los señoríos feuda les tienen su propia historia, así com o su dinám ica específica a la h o ra de afro n tar la crisis del XIV y la recu peración posterior, u n a vez su perad a aquélla. El abadengo de Santa M aría de la Espina (Valladolid) constituye un buen ejem plo del com portam iento económ ico de un señorío, en este caso eclesiástico y cisterciense, a lo largo de esta coyuntura de depresión y de recuperación con claras incidencias en la evolución ele su ren ta feu dal. Las causas principales de la crisis de la abadía, que com ienzan a op e rar negativam ente en el siglo xm, fueron, sobre todo, dos: el abandono
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progresivo de la explotación directa —constante muy generalizada en la historia de la eco n o m ía feudal de aquel p erío d o — más segura que la renta feudal expuesta a los avatares de unos arrendam ientos estipulados en num erario y a largo plazo, som etidos, p o r lo tanto, a los graves proble mas de las devaluaciones m onetarias; y la creciente e intensa conflictivi- dad social de Castilla entre 1275 y 1350 que propiciaba la creación de un clima insano, en el que «los bandidos que m erodeaban p o r los m ontes... cayeron com o irrupción de bárbaros sobre el m onasterio, talando sus ri cas propiedades y en tran d o a saco en el edificio». La d en o m in ad a «reac ción señorial» tuvo com o goznes principales: la reafirm ación del control de las instalaciones molinarias y de las granjas —piezas básicas, éstas, de la econom ía cisterciense— , la reestructuración de la re n ta feudal del aba dengo sobre un sistema de contratos agrarios de corta duración o pagados en productos concretos que no alteraban los valores generales fijados; fi nalm ente, y au nque parezca paradójico, el despoblam iento progresivo del coto m onástico, un proceso finalizado a m ediados del siglo XVI. «Las con secuencias del proceso... son de vital im portancia para co m p ren d er la fu tura solidez de la econom ía monástica: en prim er lugar, m erced a la con clusión de la política despob lad o ra, la abadía se alzará con un sólido bastión a p artir del cual es posible explicar su posición hegem ónica d en tro del área de influencia dom inical, puesto que desde los inicios del si glo XVI los religiosos poseerán la p ro piedad absoluta y la jurisdicción so bre las 3000 hectáreas que com ponían su coto redondo. Paralelam ente, ello les perm itirá organizar la explotación del dom inio sobre la base de u n a p erm a n en te articulación en tre la pequeña producción, confiada a los arrendatarios del abadengo, y la gran producción señorial, qu e se realizará en las reservas cistercienses m ediante la utilización de fuerza de trabajo d ep en d ien te y asalariada» (López García, La transición..., 52).
Sin em bargo, la renovación de los recursos económ icos de cada seño río llevaba aparejada otra actividad com plem entaria, pero n o m enos im portante, que se detecta en la política de m uchos dom inios, a la h ora de recu p erar o au m en tar los niveles de sus respectivas rentas feudales des pués de 1400: la puesta en práctica de provisiones de diversa índole, desti nadas a consolidar y a hacer más eficaz la explotación de los antiguos te rrazgos dom inicales. El sistema de contratos agrarios a corto plazo y en especie, para sortear con éxito las constantes y sostenidas devaluaciones de la m oneda en estas centurias, no fue adoptado invariablem ente po r todos los señoríos feudales. Algunos titulares de dom inios preferían con tratos de larga duración, a veces, incluso, vitalicios y perpetuos. Esta clase de relación económ ico-jurídica favorecía, en principio, al cam pesinado, pero le gravaba, al mismo tiem po, con otras obligaciones personales y
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costosas, destinadas a m ejorar las estructuras m ateriales del p ropio dom i nio, com o eran , p o r ejem plo, la obligación vinculante de re p ara r o cons truir casas, p o n e r en funcionam iento industrias agrarias —m olinos o la gares— o delim itar adecuadam ente las parcelas a base de cerram ientos apropiados. De este m odo, q u edaba garantizada la explotación del seño río territorial a m edio y largo plazo; y la aparen te m oderación económ ica se convierte en recurso beneficioso y positivo para los feudales. P or otra parte, en los grandes Apeos o Pesquisas, que com ienzan a p roliferar en m u chas partes a lo largo de los siglos xv y xvi, se en cu entra, m uchas veces, otra p reocupación constante y casi obsesiva: la recuperación y puesta al día de los instrum entos jurídicos que regulaban las relaciones de d ep e n dencia económ ica y vasallática del cam pesinado som etido. La p érdida o destrucción d e esta clase de docum entación perm itía, lógicam ente, la re dacción de otros contratos agrarios adaptados a las circunstancias con tem poráneas.
Situación del campesinado
Las incidencias de la crisis en el cam pesinado fueron tan variadas, como lo era su situación social, en la que había, según E nrique de Villena, «villa nos, cavadores e labradores, hortelanos e los que se alquilan ajo m ales» . Las h am brunas, las epidem ias y las m ortandades, p o r lo com ún más duras en las ciudades que en el cam po, afectaron m enos, com o es lógico, a los sectores del cam pesinado con posiciones más desahogadas que a los v erd ad eram en te pobres. En general, la m asa de p ob lació n cam pesina descendió de m an era drástica, au n q u e no siem pre debido a la expansión de esas m ortandades sino al traslado de una p arte de la población a las ciudades o a otros núcleos rurales m ejor situados. En los apeos de finales del xv suelen ap arecer todavía m uchos despoblados o aldeas sem idesha- bitadas com o resultado de ese reajuste poblacional que com ienza en los períodos más agudos del trescientos. Así, la aldea de San M artín de Sie rra, en las Asturias suroccidentales, «está despoblada... p o rqu e n o n bibe ninguno en ella, salvo Góm ez P ertierra, persona de och en ta años», según el registro d e un gran apeo capitular de la últim a década del citado siglo, conocido com o Libro del Prior.
En las décadas más difíciles, las centrales del siglo xrv, p ueden ver alige radas las duras cargas señoriales que pesaban sobre ellos, ab andonando tie rras m arginales y pobres para situarse en terrazgos más fértiles y de cultivos especializados, e incluso ofreciendo todo o parte de su fuerza de trabajo a otros señores o a m iem bros del patriciado urbano. La escasez de m ano de
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obra y el inevitable correlato del alza de precios creó esta coyuntura favora ble para quienes soportaban el peso del trabajo agrario y artesanal.
U n a vez su p e ra d o s los p e río d o s m ás críticos, la clase d o m in a n te vuelve a hacerse con las riendas del control social para reorgan izar la re n ta feudal de m anera firme. U no de los m edios utilizados, aunque no el más im portante, fue, com o ya se indicó, el aum ento de la presión seño rial sobre el cam pesinado d ep e n d ie n te. Los conocidos malos usos e in cluso el ius maletractandi, viejas costum bres feudales m edio olvidadas, vuelven a ser urgidos en todo su rigor. Ese «derecho om inoso» en tra en el Fuero Viejo de Castilla en 1356 y será todavía ratificado p o r Ju a n II de Aragón en las Cortes de 1474-1475. F ernando el Católico suprim irá esos usos feudales en la conocida sentencia arbitral de G uadalupe (1486).
Con todo, resulta imposible establecer u n a trayectoria uniform e que com pendie la situación del cam pesinado en su conjunto. Cada períod o concreto y cada coyuntura político-social podían intro d u cir variables que m odificaran las relaciones habituales e n tre feudales y cam pesinos. De form a general quizá no resultara incorrecto afirm ar que d u ra n te estos dos siglos dom ina, casi totalm ente, la explotación indirecta y los sistemas de te n e n c ia /a rre n d a m ie n to de los terrazgos señoriales. Las semas, que aú n p erd u ran , son ya residuales, e incluso otros servicios o infurciones tradicionales, que form aban p arte todavía del entram ad o social, ocupan u n lugar secundario en tre los m ecanism os utilizados p ara d e tra e r u n a parte im portante de la renta. Al producirse la den o m in ad a «reacción se ñorial», u n fenóm en o claram ente constatable desde el año 1400, aproxi m adam ente, los feudales prestan u n a atención preferen te a otras fuentes económ icas más sustanciosas y m ejor adaptadas a sus nuevas necesidades, com o se ha indicado más arriba. Este hecho y su correlato inevitable: el alejam iento progresivo de los dueños de las tierras de sus propiedades, contribuyeron, a la larga, a h acer más liviana la situación del cam pesi nado, que p odía ya o b ten er contratos agrarios más favorables.
Resulta im posible tipificar, con cierto rigor, la orientación prioritaria y más frecuente de estos contratos agrarios a lo largo de las dos centurias finales del Medievo. A unque parezca dem asiado genérico, quizá habría que limitarse a decir que el pragm atism o y la m áxim a utilidad, no siem pre a corto plazo, com o ya se apuntó, fueron los dos únicos criterios bási cos de los distintos sistemas de contratación. Ello explica el hecho de la presencia de sistemas muy diferentes en diversas partes de la Península o en u n m ismo señorío pero en períodos más o m enos distanciados. Los rectores de la política económ ica del Cabildo de Oviedo, p o r ejem plo, en el citado apeo general de sus inm uebles, efectuado a finales del siglo xv, m anifiestan con claridad sus preferencias p o r los contratos agrarios p er
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petuos o de larguísim a duración con valores económ icos no muy gravo sos y sin connotaciones vasalláticas p ropiam en te dichas. En las series de contratos de d icho apeo las calificaciones ju ríd ic a s expresadas: foros, arrendam ientos o préstam os, se reducen a m eras form alidades verbales. En A ndalucía, p o r el contrario, m uchos contratos agrarios que contem plan explotaciones especializadas y muy notables, los plazos tem porales estipulados son cortos y lo mismo ocurre en otras latitudes peninsulares. En estas grandes explotaciones especializadas se utilizan ya contingentes notables de jorn alero s que no tienen nada q u e ver con los antiguos sier vos medievales. El sistema aleja, aún más, al cam pesinado de sus m edios de producción.
A pesar de todo, el m alestar social del cam pesinado es un clima gene ralizado y, prácticam ente, inin terru m p id o en este p erío d o de crisis y de reajustes. P or la calidad y la m agnitud de las manifestaciones, esa conflic tividad se reduce, con m ucha frecuencia, a u n a resistencia sorda y sin con tenidos ideológicos. Aveces puede hablarse d e conflictos graves, pero sólo coyunturales. Y en alguna ocasión ese clima de m alestar cristaliza en m o vim ientos y revueltas tan graves com o la g u e rra de los rem ensas en Ca