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Espacio, etnicidad y poder

Ciudad y sociedad estamental

Las ciudades se constituyeron como “comunidades locales imaginadas” que sirvieron de punto de partida al funcionamiento de la sociedad nacional1.

Quito, Guayaquil, Cuenca, Riobamba, jugaron, independientemente de su importancia o su significación económica, distintos papeles en los pro- cesos de estructuración de proyectos regionales y nacionales y de una “cul- tura nacional”. A los ciudadanos, como herederos de los padres fundado- res y primeros pobladores de la ciudad, “pertenece por dignidad y por naci- miento, el gobierno de su patria” (Guerra 1993: 69). No hay que perder de vista, en todo caso, que buena parte de las funciones de las ciudades en el siglo XIX, y el campo de significados a partir del cual eran percibidas, habí- an sido heredados de la Colonia. Por un lado, estaba la representación de la ciudad como comunidad de vecinos, por otro, la idea de que la ciudad constituía el marco privilegiado de la vida social civilizada, en oposición a lo no civilizado (Guerra 1993: 67).

La organización del territorio a partir de regiones constituidas a par- tir de núcleos urbanos, fue particularmente clara en el caso de Ecuador. “Las regiones hasta bien entrado el siglo XIX se definían menos por una división política administrativa que por la influencia de un centro urba- 1 De acuerdo a Braudel son las ciudades las que crean los estados modernos y los merca- dos nacionales “sin los cuales los Estados modernos serían una ficción”. Al mismo tiem- po, el fortalecimiento de las ciudades produce grandes desequilibrios. Ver al respecto, el capítulo dedicado a las ciudades, en Braudel (1974).

no” (Colmenares 1992: 12). Aunque el litoral tuvo escaso peso econó- mico y demográfico durante la Colonia, esta situación comenzó a modi- ficarse a finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, con las exporta- ciones cacaoteras. Guayaquil se convirtió en el eje de una economía basa- da, entre otras cosas, en relaciones de subordinación de los productores con respecto al capital comercial de exportación afincado en el puerto (Chiriboga 1980; Contreras 1994). En cuanto a Cuenca, los estudios de Silvia Palomeque (1990) muestran el papel jugado en la ciudad por un pequeño grupo de familias terratenientes afincado en ella, y cuyos inte- reses se habían diversificado, en la articulación de las zonas agrarias y la región austral.

Se trataba de una organización jerárquica del territorio que privilegia- ba al espacio urbano con respecto al campo y que colocaba a las ciudades principales por encima de los asentamientos menores. Como forma de organización del territorio y las poblaciones, las ciudades respondieron a un orden real e imaginario a la vez:

La expansión y la dominación urbanas no son sólo económicas, son políticas, administrativas, religiosas, culturales (Braudel 1993: 175).

Los procesos de urbanización, tal como han sido asumidos desde un cen- tro, han generado un juego de oposiciones binarias que privilegia lo urba- no con respecto a lo no urbano, lo concentrado frente a lo disperso, lo simétrico con relación a lo no simétrico. Se conoce, por ejemplo, que el modelo geométrico del damero (o modelo ortogonal, como prefiere lla- marlo Capel) desarrollado en Europa en el Renacimiento, y trasladado a América, constituyó tanto una forma de organización del espacio como un dispositivo mental, generador de un orden:

La cultura geométrica del Renacimiento se ha convertido ya en un hábito mental extendido, necesario para el funcionamiento de la industria, del comercio, de las exploraciones, de los negocios y que garantiza la disposi- ción del escenario cotidiano para el trabajo y el reposo. Los europeos lle- van consigo esta norma, que es al mismo tiempo un instrumento opera- tivo, profundamente vinculado a la herencia y al clima cultural de la madre patria (Benévolo 1993: 126).

El modelo ortogonal expresaría la necesidad de ordenar la fundación y cre- cimiento de las ciudades. Una de sus ventajas sería su capacidad de adap- tarse a diversas circunstancias; pero el problema no radica tanto en saber si ese modelo pudo ser aplicado o no y de qué modo, sino entender el tipo de sistemas clasificatorios que se generó a partir de él:

En la aplicación de esta trama ha habido sin duda motivos económicos. Es la forma geométrica más simple para dividir y distribuir el espacio. Pero la generalidad con la que los diversos imperios la han impuesto a los territo- rios conquistados nos lleva a pensar que han podido existir otras razones. La imposición de la trama ortogonal frente a los diseños irregulares segura- mente tiene que ver con un deseo de mostrar la superioridad de la cultura del pueblo conquistador y con razones de aculturación. Sin duda la cuadrícula expresaba la racionalidad de la vida civilizada (Capel 2002: 157). Algo semejante sucedió con el ornato, como esquema de organización del espacio en el siglo XIX: al tiempo que buscaba ordenar la ciudad, a partir de cánones de embellecimiento urbano y de una normativa, estuvo dirigi- do a establecer criterios de distinción y diferenciación al interior de la urbe. Las distintas formas de ordenamiento urbano son expresión de diversas estrategias de administración de las poblaciones. Los cabildos coloniales, por ejemplo, cumplían funciones locales, de representación e intermedia- ción entre los distintos estamentos de la sociedad colonial. A diferencia de los burgos europeos, cuyo modelo habían copiado, no representaban inte- reses puramente urbanos. Las figuras principales de esos cabildos eran, a su vez, grandes terratenientes:

Los encomenderos dominaban los cabildos y así ni siquiera en las zonas periféricas se dio aquella tensión entre áreas urbanas y rurales que tanto peso tuvo en la evolución del viejo mundo. (Anmino 1994: 239)

Palomeque recuerda que la representatividad del conquistador o del colo- no español se situaba en las ciudades, mientras que la de los indios se basa- ba en los cacicazgos. Durante la República continuó reproduciéndose esta forma binaria de administración de las poblaciones, con la diferencia de que los cabildos de indios perdieron la mayor parte de su poder. A partir de la Gran Colombia.

…los Municipios Cantonales serán el espacio de representación y poder de los hacendados y la población blanca y mestiza en general, y los ‘pequeños cabildos’ serán el espacio de los indígenas (Palomeque 2000:137).

En realidad, la ciudad organizada como estaba, a partir de una “ficción cor- porativa”, asumía lo mismo el control del espacio urbanizado como del rural. La separación entre ciudad y campo obedecía más a un orden sim- bólico que a la dinámica económica y social, no sólo por los flujos de inter- cambio, sino por factores administrativos. Durante el siglo XIX, más allá del dominio de la hacienda, fue establecida toda una red de relaciones que iba de la ciudad al campo, y viceversa, y en la que estaban inmiscuidos tanto los caciques y gobernadores de indios como el clero parroquial, los tenientes políticos y los celadores. La propia ciudad incluía en su seno una población indígena y popular, que respondía a parámetros culturales pro- pios y conservaba el control sobre determinados espacios. En otros casos, lo que dominaba era el espíritu de la “plaza pública”. Los barrios acogían lo mismo a población blanca, india y mestiza (aunque lógicamente existían diferencias entre los barrios del Centro y los más alejados de éste) sin dejar, por eso, de responder a un orden jerárquico.

La antigua separación entre “barrios de indios” y “barrios de españo- les”, expresión espacial de la división entre las dos repúblicas, perdió con- sistencia en el caso de Quito, en el siglo XVII.

Con el transcurso del tiempo la sociedad de castas remplazó el proyecto separatista, pero la ciudad no perdió su calidad de espacio de escenario de disputa o sincretismo entre dos formas de apropiación del espacio cul- turalmente distintas (Terán 1991:73).

En cuanto a Cuenca las reducciones de indios cercanas a la urbe, consti- tuidas a inicios de la Colonia, se fueron transformando en asentamientos suburbanos en los siglos siguientes, en algunos casos con una población predominantemente indígena, en otros, con una configuración pluriétnica (Simard 1997: 431).

En las ciudades, en las que históricamente se habían ubicado los símbo- los del poder colonial, tomó cuerpo la idea de la nación. De la ciudad partía, y hacia allá confluía, ese espacio imaginado que formaba la nación, así como toda la tradición reinventada a partir de la cual ésta pretendía construirse (el

“Reino de los Shirys”, la “Nación Quiteña”, la “República Hispánica”, la “sociedad patricia”)2. Lo que tuvo mayor significación en el campo de la polí-

tica fue, según Maiguashca (1994: 362), la función de estos centros como espacios de poder; y esto antes que su tamaño o número de pobladores.

Los estados nacionales, para constituirse, requirieron de aparatos jurí- dicos y administrativos capaces de organizar una “acción a distancia”, así como de la invención de una tradición nacional. Nada de eso hubiera sido posible sin el concurso de los centros urbanos3. En las urbes se concentra-

ban los organismos que lo hacían factible: la burocracia nacional, la jerar- quía eclesiástica convertida por García Moreno en una aliada del Estado nacional, la administración escolar, el sistema judicial y penitenciario, las instituciones de beneficencia pública, las bibliotecas públicas y academias, la prensa escrita, así como los mercados regionales de productos agrícolas, las casas de comercio, los prestamistas y más tarde los bancos. A partir de ahí se organizaban las redes de relación económicas, sociales, culturales y territoriales que conformaron la República Aristocrática.

La sociedad “blanco-mestiza” se percibía a sí misma como urbana, ya sea que viviese en ciudades o en poblaciones menores. El carácter urbano se definía, en parte, por su condición de dominio: “patricios en su ciudad y señores de vasallos en el campo” (Guerra 1993: 69). Los indios, por el contrario, eran vistos como rurales, aunque existían muchos indios urba- nos. La percepción de lo urbano dependía principalmente de la reproduc- ción de unas relaciones sociales de origen colonial. Desde el momento mismo de la Conquista, los indios de Quito fueron calificados como dis- persos y, por ende, poco civilizados4. En el caso de Guayaquil, por el con-

2 Con estos términos hago referencia a algunos de los proyectos planteados por quiteños y guayaquileños a partir del siglo XVIII. La existencia de un “reyno de los shiris” fue defendida por el jesuita Juan de Velasco, para justificar históricamente la posibilidad de construir una “Nación Quiteña”. Otros proyectos de reinvención de una tradición nacional giraban en torno a una supuesta hispanidad (sobre todo en Quito) o a una procedencia patricia (Guayaquil).

3 Si bien los historiadores ecuatorianos han reflexionado sobe el proceso de frag- mentación del poder y la constitución de “espacios locales de poder”, en el agro muy poco se ha dicho sobre las formas locales de funcionamiento del poder en las urbes - pero sin ser por eso ”dispersas”.

4 Al calificar a los asentamientos indígenas norandinos como “dispersos”, “desparrama- dos”, “apartados”, se estaba justificando la política de reducciones instaurada en 1570 por el Virrey Toledo (Ramón 1989:82).

trario, los rasgos de barbarie provenían de los negros, habitantes de la ciu- dad, a los que se debía controlar. Se podía vivir en la ciudad pero compor- tarse “como salvaje”, es decir, de modo poco urbano. Al mismo tiempo, en las haciendas, había quienes “sabían vivir”5.

Siempre existieron códigos para ubicar a un asentamiento como más o menos urbanizado, ya sea por el tamaño de la población en la que se habi- taba o su importancia económica o administrativa, criterios valorativos con respecto a otras ciudades o relacionados con la idea del progreso:

El concepto de ciudad es eminentemente relativo, sin duda es un con- cepto que tiene que hacer referencia a una cierta acumulación de pobla- ción. Sin duda es también un concepto que alude a grandes complejos de redes de relaciones sociales, de intereses comunes y en ciertos consensos normativos. Para la definición de ciudad se ha adoptado también como criterio la existencia de un sector importante no directamente relaciona- do con la consecución de alimentos. Todo ello puede estar presente en una forma más o menos explícita en los juicios valorativos con los que la gente considera que una determinada población es o no ciudad (Fernán- dez 1993:81).

La ciudad permitía a las clases dirigentes la producción y atesoramiento de recursos materiales y simbólicos inconcebibles fuera de un espacio concen- trado. Pero ni siquiera esa era una condición suficiente. El papel de una ciudad en el proceso de constitución del Estado-nación no dependía tanto del número de sus habitantes como del tipo de capital económico, simbó- lico o cultural que se había acumulado en su seno. Una pequeña ciudad podía ser la sede de una universidad prestigiosa o de un tipo de producción cultural importante para su época, capaz de contribuir a la “cultura de la nación” (tanto Cuenca como Loja, ciudades ecuatorianas que han ocupa- do posiciones secundarias, en términos políticos y económicos, han recla- mado para sí una primacía cultural). En otros casos, las ciudades podían reivindicar su importancia en el contexto de un país a partir de valores no tangibles, como la decencia (Cuzco, en Perú y Riobamba, la “Sultana de los Andes”, en Ecuador). Igualmente, la fama de una ciudad podía provenir de su prestigio como centro de mercado o de producción, como fue el caso de 5 Testimonio de Enma Garcés. Entrevista, junio de 2002.

Quito, en la Colonia, con los obrajes. Los sistemas clasificatorios a partir de los cuales se caracterizaba a las ciudades dependían, en buena medida, de cómo y desde dónde se las juzgaba. A finales del siglo XIX Teodoro Wolf decía que Quito, a pesar de ser la capital, era menos importante que Gua- yaquil; se basaba en criterios tanto demográficos como urbanísticos:

Guayaquil (...) es, sin duda alguna la principal y más importante ciudad del país, bajo todo respecto. Quito le aventaja sólo por ser capital de la República y residencia del Supremo Gobierno (...) Atendiendo al rápido y continuo aumento de la población, no exageramos fijándola para el pre- sente año de 1892 en el número redondo de 45.000 (habitantes). Así como la población en los últimos años casi se ha duplicado, también el caserío de la ciudad se ha extendido sobre más que el doble (...) El cam- bio y mejoramiento de Guayaquil es tan considerable, que el que ha visto la ciudad unos 25 años atrás, hoy a su regreso, apenas la conocerá. Es una gran ciudad en formación, y será dentro de poco, especialmente conclu- idas algún día las obras de canalización y agua potable, una de las mejores de Sudamérica (Wolf [1892] 1975: 608).

En todo caso, en la ciudad confluía una gama de necesidades e intereses, no sólo económicos, sino políticos y culturales, que obligaba a encontrar formas de concertación y mediación más amplias que las del poblado y que permitía extender redes de relaciones sobre territorios mayores. El solo hecho de la concentración poblacional (cincuenta, sesenta mil habitantes, en lugar de mil o dos mil) constituía una diferencia cualitativa con respec- to al poblado. Aunque existían elementos comunes tanto a la ciudad como al poblado, resultantes de su inscripción en una misma formación social, no sólo había una institucionalidad diferente sino que la composición social y el número y la calidad de los actores en juego eran distintos6. Una

ciudad es un centro de circulación de noticias, ideas, personas de diversas procedencias. En ella, a diferencia de los espacios de la hacienda o del poblado, las relaciones de poder asumen formas más universales, que dan lugar a la generación de clases (en un sentido más amplio, concebido por 6 El cabildo no sólo organizaba el aprovechamiento y la distribución de recursos como el agua, el aprovisionamiento urbano, el acceso a la mano de obra necesaria para el servi- cio de la urbe, sino que mediaba en las relaciones entre los diversos órdenes, estamen- tos, corporaciones sociales.

Bourdieu o por Thompson). Si bien los procesos de configuración social urbana se vieron condicionados por el sistema de hacienda y por el peso social y simbólico de los terratenientes, en las urbes se desarrollaron muchas formas alternativas de organización y representación de los secto- res subalternos que entraron en contradicción con la sociedad colonial y republicana7. En una ciudad los conflictos sociales y las preocupaciones de

los actores adquieren una dimensión más amplia que en el agro, en donde los medios de comunicación alcanzan un radio mucho más limitado.

Era principalmente en el espacio urbano donde los miembros de la República Aristocrática se articulaban, establecían vínculos y afinidades, mostraban diversos intereses al interior de un campo de fuerza del que sólo ellos formaban parte; desarrollaban estrategias locales y regionales, enfren- taban las demandas de los sectores subalternos y constituían un universo cultural diferenciado. El fundamento material y simbólico de los grandes señores de la ciudad eran las propiedades agrarias y el sistema de rentas, pero además, se hallaban inscritos dentro de un modus operandi más amplio, que incluía tanto a la ciudad como a su entorno rural, cuyo eje dinamizador era el capital comercial.

Buena parte de los hacendados de la Sierra centro-norte vivía en Quito o pasaba largas temporadas ahí. Algunos poseían propiedades en varias pro- vincias serranas, pero su base de operaciones era la ciudad8. Incluso los que

permanecían la mayor parte del tiempo en las provincias procuraban enviar a sus hijos a los internados de la capital. Esperaban que en ellos encontra- sen una formación intelectual, moral y sentimental acorde con su origen social. Büschesges (1997) muestra que durante la época colonial tardía todas las familias de la alta nobleza de la Audiencia, vivían en Quito. Inclu- so en los primeros años de la República, cuando la población tendía a refu- giarse en el campo, era el ideal urbano el que marcaba las formas de vida en las haciendas. Cuando el viajero Adrián Terry visitó Callo, a catorce leguas de Quito, fue recibido por un hacendado que “recientemente había dejado la ciudad para vivir en el campo”. La descripción que Terry hizo de 7 Los barrios de Quito fueron escenarios de importantes rebeliones, como la que se pro- dujo en 1765, principalmente en los barrios populares de origen indígena de San Roque y San Sebastián (Terán 1992b: 86).

8 Una serie de descripciones los muestran afincados en la ciudad, mientras que las visitas a las haciendas sólo eran realizadas “en tiempos de cosechas”.

la casa de hacienda mostraba la reproducción de un esquema urbano o civi- lizado. Terry no dejó de reconocer las comodidades de la casa de hacienda, aunque como buen europeo encontró reparos que, aún en esas circunstan- cias, permitían distinguir a los europeos de los americanos: era mayor la suntuosidad que el buen gusto.

La casa era espaciosa y nueva, y con un lujo y limpieza que pocas veces se encuentran en el campo, de lo cual se notaba que estaba claramente orgu- lloso cuando al llevarnos de un cuarto a otro confirmaba nuestra admira- ción frente a cada cosa. A la final nos llevó a su oratorio privado, que para él parecía ser el principal adorno de su casa; y en realidad muchos esfuerzos se habían hecho para el embellecimiento del altar y el santuario de Nuestra Señora de las Lágrimas que estaba en él; la pintura y el dorado habían sido

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