1. Marco Teórico: Escritura, memoria y cuerpo
1.5 Espacios de escritura: la mujer y el encierro
Se ha hablado anteriormente sobre la escritura como resistencia ante la marginación u opresión, como salida al dolor físico o emocional, cual tabla de salvación para sobrevivir al mal tiempo. Sin embargo, aunado a esto, así como al espacio que constituye el propio cuerpo de la mujer, las narradoras recurren al acto de escritura en solitario y en espacios confinados. Estos sitios forzados por otros o auto impuestos sirven de reclusión, pero a la vez permiten la escritura. Es en esta privacidad que las narradoras son capaces de echar a andar su historia, de tejerla cuales auténticas Penélopes y abrirle paso en la soledad desde la que se encuentran. Es por ello necesario analizar estos sitios: cárceles y conventos, habitaciones propias. ¿De dónde surgen las historias y qué tanto tienen que ver estos lugares en relación con la propia escritura? Lo que parece intuirse es que hay una estrecha relación entre la escritura como resistencia y los espacios que utilizan las mujeres para escribir.
Tradicionalmente, el espacio de la mujer es ante todo interior, es decir, bajo techo mientras que el del hombre es el de afuera, el exterior, el mundo de la aventura, de la exploración. Así pues, desde la Edad media hasta la era colonial en América Latina en el siglo XIX, el destino de las mujeres se dividía entre la opción del convento o el de la casa del marido. Las mujeres salían de la casa familiar sólo a uno de estos dos caminos. Así las cosas, las mujeres tendrían que encontrar sus propias armas dentro de estos ámbitos. “Recogidas y tapadas, las mujeres coloniales habitan infinidad de clausuras, su espacio: el de un cuerpo que debe ser circundado, cerrado en sus orificios, su función: la maternidad y la educación de los hijos o el servicio a Dios” (Ferrús 58). Y sin embargo, el convento fue durante tres siglos de vida colonial uno de los pocos espacios
para el aprendizaje de la mujer, tanto así que la escritura de mujeres que existe hasta hoy surgió en estos lugares de recogimiento. Los conventos lograron crear espacios de cierta libertad para las mujeres, tanto así que de acuerdo a Ferrús, el puesto de abadesa era uno muy ambicionado por las mujeres de la época y representaba un poder de gran injerencia fuera de los muros del convento.
Sin embargo, las mujeres pertenecieron durante años al mundo de lo privado y su consecuente encierro, casas, conventos, hospicios, bien sirvieron para este propósito. “Enjaular los cuerpos. Vigilarlos, controlarlos, legislarlos. Al hacerlo: conocerlos; para hacerlo: nombrarlos integrándolos o excluyéndolos del orden social” (Tuñón 11). Es decir, que los espacios eran lugares de confinamiento y las mujeres pasaban del orden familiar al orden del marido o de la Iglesia.
Además de los conventos existían escuelas de amigas, quienes solían ser algunas mujeres que se ofrecían para dar lecciones elementales a niñas hijas de conocidos, en las que figuraban las letras, aritmética elemental y labores del hogar. Fue hasta finales del siglo XVIII cuando hubo algunas escuelas más en la capital de México de forma regular.
Sin duda, el convento es el espacio del confinamiento, un lugar oculto, donde no todos pueden entrar; a la vez es sitio de cautiverio y refugio. Es el lugar donde la mujer se puede esconder. Lo mismo ocurre con la ropa, diseñada para no mostrar ningún aspecto femenino, el hábito es una extensión del mismo convento. “El hábito-faja que oculta el cuerpo de las religiosas consta de gran cantidad de prendas que, al cubrirlo, lo ocultan; fajas, camisetas, corpiños, fondos, blusas, chalecos, faldas, sacos, chales, todas superpuestas, además del velo que cubre la cabeza y parte de la cara” (Lagarde 508- 509). Lo único que se ve es una parte del rostro y las manos. Tanto el hábito como el
convento, las separa del espacio exterior donde reside el Mal, la tentación y el demonio, es decir, la síntesis del pecado que conduce al peor de los lugares: el infierno y la separación de Dios.
Otros espacios de encierro, y no por elección, son la prisión y el manicomio. La cárcel, de acuerdo a Lagarde, es a la vez acción sobre el sujeto y un espacio de vida que separa a la persona de la vida cotidiana para supuestamente reeducarla. La prisión encierra la maldad del mundo y tiene como fin convertir a la persona presa para que pueda, teóricamente, volver a ser parte de la sociedad. También, la prisión es un vivir en las fauces, en el límite de lo tolerable, en un lugar que no es del mundo, pero tampoco es el infierno; es una especie de purgatorio dantesco. “[…] la prisión es como una ampliación de las fauces. En ella se pueden dar algunos pasos de ida y vuelta, como los da el ratón bajo los ojos del gato; y a veces se sienten los ojos del guardián clavados en la espalda” (Canetti en Lagarde 675). Vivir en la prisión es vivir siendo observado, tanto como un Big Brother orwelliano y donde lo de uno es incumbencia de todos y no existe privacidad alguna.
Por otra parte, Lagarde afirma que la prisión es peor para la mujer que para el hombre, puesto que ésta puede ser sólo una extensión del prestigio machista para él, mientras que para ella es una reafirmación de que es en efecto, “una mala mujer”. Aunado a esto, las mujeres que son madres padecen una doble prisión, la propia y la de los hijos que también son castigados al negarles a la madre. Por último, la cárcel es el signo de la espera. Es un paréntesis en la vida de la mujer que parece congelarlo todo mientras se aguarda: la sentencia, el arraigo, la condena, la visita de los otros (parientes, hijos, abogados), reunir tiempo para salir, etc. Aunque algunas “no esperan nada del mundo de “afuera”; ni visitas, ni dinero, ni comida, ni regalos, ni abogados, ni jueces
buenos. Se trata de las mujeres que traen la cárcel adentro: abandonadas, transforman totalmente su identidad y, sin esperanza, internalizan como definición de sí mismas el ostracismo al que las condenan la sociedad y el Estado” (Lagarde 685). Así, la cárcel no es sólo el confinamiento del cuerpo, sino que se vuelve metáfora de la negación de la persona.
El manicomio es la otra cárcel, la de la mujer loca y locas pueden ser casi todas las mujeres por diferentes razones. En el mundo machista la mujer puede estar loca por la menstruación, por el embarazo o por la menopausia, y así pues al ser estas características de todas las mujeres, las posibilidades de la locura son infinitas. “La matriz es imaginada como el sitio y la causa de la particular locura femenina, de la histeria42 que va de enfermedad mental a acusación” (Lagarde 690). Y de la locura como enfermedad, también hay remedios, casi todos relacionados con los poderes curativos de las brujas y curanderas: pócimas, infusiones, tés y fármacos de distinta índole vienen a representar la cura de la mujer loca, casi siempre atendida de forma tradicional por otras mujeres.
Las locas han sido encerradas en diferentes espacios, desde la casa familiar de donde no se sale, hasta clínicas de rehabilitación, spas o lugares de aguas termales, conventos alejados del mundo o instituciones públicas o privadas. En la historia reciente a las locas se les cortaba el cabello, se les ponía batas, a veces camisas de fuerza, etc. La novela de Cristina Rivera Garza, Nadie me verá llorar (1999) cuenta el relato de una mujer confinada dentro de los muros de La Castañeda, manicomio durante la época de
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La histeria según Sigmund Freud es el resultado de una experiencia traumática que no puede aceptarse en los valores y comprensión del mundo de una persona. Las emociones asociadas al trauma no se expresan de manera directa, simplemente se evaporan: se expresan a través de la conducta de forma vaga, imprecisa. A esto le añade el deseo sexual reprimido.
la Revolución mexicana en la capital, que es encerrada no necesariamente por loca, sino por transgredir las reglas sociales.
El diagnóstico de la locura sólo hasta años más recientes está relacionado a la psiquiatría, hasta hace muy poco la locura podía venir de cualquier desajuste social no conveniente: abandono del marido, infidelidad, divorcio, abortos, falta de religiosidad, etc. eran suficientes para declararla, aunado a problemas relacionados a las hormonas del cuerpo femenino.
Andrés Ríos Molina en La locura durante la Revolución mexicana señala que en el Manicomio General de La Castañeda, inaugurado con gran bombo y platillo durante el final del porfiriato y considerado la entrada de México a la modernidad, señala que la mayor parte de la población que ingresó entre 1910 y 1920 fue por instancias familiares que buscaban un aval médico o gubernamental que firmara su ingreso. Y así explica en la introducción que “[…] hubo casos, como se expondrá a lo largo del libro, en que los familiares solicitaban reiteradamente el encierro de algún sujeto incómodo así la cordura fuera evidente,” (Ríos Molina 29). Aunque, el autor explica que la mayor parte de los reclusos eran hombres, aclara que la locura atañida a los casos de mujeres, en muchas ocasiones, respondían a una sociedad patriarcal represora y a un conjunto de valores sobre lo que se suponía que debía ser la mujer.
Simone de Beauvoir en La mujer rota define que aquellas mujeres educadas y hechas para ser de otros, y que de alguna forma no pueden cumplir con ese rol social sufren una pérdida y una desarticulación en sus vidas ante la incapacidad de reformularse. “Así, las mujeres rotas se caracterizan porque, desde el conservadurismo que las define, se niegan a cambiar y a concebir la posibilidad de redefinir la vida de
otra manera” (Lagarde 715). La llamada locura se hace en la mujer, se crea en ella por no poder asumir una rol social impuesto.
De esta manera, las mujeres están en estos espacios de cautiverio por una situación de opresión consciente o inconsciente, en la que el resultado son mujeres que no se pueden ajustar y que al entrar en franca rebeldía de forma razonada o bien, intuitiva entran en una sinergia que conduce al encarcelamiento real o metafísico, voluntario o involuntario, pero siempre en torno al cuerpo.
La casa y el hogar son tradicionalmente el sitio de la mujer. Desde la mitología griega donde Hestia, es la diosa de la cocina y más apropiadamente, del fuego del hogar, quien renuncia a sentarse junto a los otros dioses en el Olimpo para mejor tomar lugar al centro de ellos frente al fogón que mantiene caliente el lugar sagrado sobre la montaña, la casa es el recinto propio de la mujer. Y las casas o los hogares, como se sabe, pueden ser fuente de resguardo, pero también son lugares de confinamiento tal como se percibe en Casa de muñecas de Henrik Ibsen, donde Nora es presa de un marido represivo. Ella es la muñeca con la que juega el marido, hasta que harta de no ser persona, ésta abandona el hogar. También en La casa de Bernarda de Alba de Federico García Lorca, donde las hijas son sujetas por la madre mientras los hombres representados por Pepe, el romano, rondan afuera tentándolas a salir.
El hogar, cual cueva primitiva, es el sitio cerrado de la privacidad; es el mundo secreto y sagrado de la mujer. “[…] the womb-shaped cave is also de place of female power, the umbilicus mundi, one of the great antechambers of the mysteries of transformation” (Gilbert and Gubar 95)43. Así, el hogar es la cueva madre, el encierro
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“[…] la cueva en forma de matriz es también el lugar del poder femenino, el umbilicus mundi, una de las grandes ante cámaras de los misterios de la transformación” (Gilbert and Gubar 95).
sí, pero también la creación y la construcción de la vida; es la metáfora del origen de la vida. Quizás este lugar oscuro y secreto, metido en las entrañas de la tierra está lleno de tropiezos y misterios, puede resultar tenebroso o intimidante, pero poco a poco se convierte en lugar solaz, un sitio tranquilo donde se puede ser lejos de los reflectores sociales. Con la pluma entre los dedos y a la luz de la lámpara, la cueva-hogar se transforma en el espacio de la escritura.
La poeta norteamericana, Emily Dickinson, ha sido fuertemente asociada con la casa y el encierro, al parecer sostenía una estrecha vinculación con el hogar, donde la interioridad de la casa y de la escritura eran una misma cosa. “But for Dickinson, interiority was not only a matter of physical enclosure. Interiority was a complicated conceptual problem, continually posited and reexamined in a body of writing that relies heavily on spatial metaphors to advance its recurrent themes of joy, despair, death, time, and immortality” (Fuss 4).44 Dickinson vivía en la casa, es decir, su vida giraba en torno a ésta. Lo más interesante es que su poesía muestra un notorio interés por los espacios más que muebles, jardines o accesorios, a la vez su poesía es limpia, poco recargada y en apariencia simple tal y como le gustaba los espacios. Un poema de 1881 refleja esto economía tanto del lenguaje como del espacio: “All things swept sole away / This is immensity” (Dickinson The Complete Poems of Emily Dickinson)45. Este espacio mínimo es el necesario para ser, sin tropiezos, suciedad, objetos acumulados, etc.
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“Para Dickinson, la interioridad no era sólo cuestión de un espacio físicamente cerrado sino que la interioridad era un problema conceptual, poseído y examinado dentro de un cuerpo de escritura que depende fuertemente en metáforas espaciales para avanzar en sus temas recurrentes como la alegría, la desesperanza, la muerte, el tiempo y la inmortalidad” (Fuss 4).
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Fuss añade que “la puerta” es un símbolo importante dentro de la poesía de Dickinson al ser ese límite entre el dentro y el afuera. Por una parte, representa el mundo exterior donde reina la muerte, la soledad, la pérdida y la amplitud del mundo como vorágine contra la persona humana y por otra, está la memoria, el secreto y la seguridad. Así, la puerta da el revés y el derecho de un mismo sitio, es margen y frontera. El espacio dentro de la casa es el que la poeta añora.
Aunado a esto, Dickinson tenía su escritorio en una habitación dentro del propio dormitorio, esto es, era un cuarto de escribir dentro de otro cuarto. Según Fuss, la mayor parte de sus más de setecientos poemas fueron compuestos en este sitio. El sentido de lo privado y la “habitación propia” de Virginia Woolf son llevadas así al extremo. Algunos de sus poemas marcan la llave o el cerrojo en la puerta, la soledad de la habitación y la necesidad obligada a no ser interrumpida y no hacer caso del llamado a la puerta. Así, si bien existen las mujeres locas y encerradas a la manera de las hermanas Brönte con Bertha Mason de Jane Eyre o, la histérica Elizabeth de Cumbres borrascosas, también co-existen estos modelos de mujeres que construyen dentro del hogar, que en el resguardo familiar son capaces de formar un mundo femenino que les libera de atavismos.
Gaston Bachelard en La poética del espacio explica que la casa o el hogar es el primer mundo del ser y que esto tiene una connotación de lo sagrado. “Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es –se ha dicho con frecuencia- nuestro primer universo” (Bachelard 34). Es la guarida frente al ancho mundo, aquello que compone al ser humano en lo más primitivo y hondo; la memoria más hermética que se tiene en el origen de la persona. La casa está relacionada con la niñez y el sentido de protección animal que aún pervive en el ser humano. Lo que está afuera es amenaza y lo que está
dentro es lo valioso. Es lo que se es antes de salir al mundo y el lugar al que se busca retornar, ya sea de forma consciente o inconsciente. La restauración del hogar por el héroe que sale al mundo es uno de los grandes temas de la literatura; es el eterno retorno de Nietzche.
Bachelard señala que el mundo de lo privado en el hogar: con sus cajas guardadas, sus cajones secretos, sus rincones escondidos, sus nidos privados u ocultos, son lugares de autenticidad, de revelación del ser interior que busca estos sitios para reconfortarse y poder ser lejos de la vista de los demás. El hogar es uno de los grandes instintos animales, y así, Bachelard está más interesado en analizar los cuartos privados (recámaras, baños, clósets o los cuartos de hacer: donde se cose, se lee o se escribe) que los cuartos públicos (salas, salones, comedores). Lo más íntimo o rústico, es lo más cercano al sentido de tierra, cueva o madriguera y por ende, al alma de la persona y su origen. Así, el encierro al que se refiere Dickinson es uno de resguardo, de calor de hogar y de privacidad donde es posible la construcción de un discurso narrativo y de una escritura personal.